sábado, 5 de septiembre de 2026

Inhumanidad.

Fabrizio Mejía Madrid
En un video que él mismo divulgó, el presidente de Colombia camina entre cuerpos envueltos en sábanas blancas. Los salta mientras habla, indiferente a la presencia de cadáveres, de los restos humanos, de la existencia física de las personas. Se ufana de que son resultado de un bombardeo suyo contra el Frente Carolina Ramírez de las FARC en Guaviare. El hombre camina entre los bultos blancos vestido vagamente de paramilitar. Su equipo de comunicación lo graba y lo publica. Ante las críticas, él dirá más tarde que es un ejercicio de “transparencia”.
El autócrata siempre tiene un deseo profundo: caminar entre cadáveres, ser el único sobreviviente, vencer a todos. Paso las páginas de un ensayo de Elías Cannetti que recuerdo cada vez que veo la inhumanidad del poderoso. Son sus apuntes sobre las Memorias de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, el mismo que diseñó una capital del Reich milenario que sólo fueron maquetas. En su lugar, las ciudades reales alemanas, Berlín y Dresden incluidas, fueron bombardeadas y destruidas. Speer relata que Hitler fue indiferente a la matanza de los suyos porque, al ser derrotados, habían demostrado ser débiles. Él, en cambio, no fue nunca a combatir porque le temía a ser un fiasco.
Escribe Canetti tratando de entenderlo: “Todo cuanto no es uno mismo acaba siendo aniquilado o sometido (…) Sus defensas internas, que se hallan al servicio de su crecimiento y eternización, se alzan precisamente contra este contagio por la destrucción. Pero ésta mora en él, pues es parte integrante de su ser, y cuando se manifiesta de improviso en el mundo exterior; no importa de qué lado, no puede sorprenderlo ni extrañarlo en modo alguno. La violencia de los procesos que acontecen en su interior es lo que él impone al mundo como visión”.
Canetti hace lo que el propio fascismo les niega a sus enemigos: humanizarlos. Le atribuye al dictador nazi una interioridad turbulenta que proyecta desde su poder absoluto hacia el exterior y que delimita quién vive y quién muere: vencedores y derrotados. El video del presidente de Colombia trata sobre quién –asesinado– se muestra a los ojos de los demás, de qué manera, y quién no. El poder en su forma más grotesca es la del capitán caminando entre los cadáveres de sus enemigos y filmarlo para jactarse.
La Humanidad fue un concepto que surgió precisamente tras 1945 y que tuvo en los derechos humanos su mayor expresión política. Un animal parecido a los simios pero erecto, con dos colmillos, pulgares oponibles y un impulso para crearse herramientas y cocinarse de todo, que puede ver más que oler, que necesita de relación con sus muertos, comunidades y dioses, que cura a los demás, que tiene casi tantos neurotransmisores como traumas, complejos, y fantasmas, que mira el cielo y quiere volar, que no para de hablar y de hablarse, y que tiene algo que debe ser protegido: dignidad humana.
Pero parece que llegó a su fin, por lo menos para encender la indignación activa. Un genocidio en Palestina, otro en Cuba. Decenas de bombardeos sobre pescadores de Trinidad y Tobago en el Caribe. Muchos disparos a quemarropa del ejército mercenario de inmigración en ciudades de Estados Unidos. Nada de eso parece importar. Se va normalizando la idea contraria: la inhumanidad de los pobres y la transhumanidad de los ricos. Miles de millones somos menos que humanos. Los milmillonarios invierten en su propia trascendencia y eternidad mientras proyectan vivir entre robots capaces de aprender: una forma distinta de caminar entre cadáveres.
Lo que es ser un ser humano pasó de las descripciones antropológicas o biológicas a ser un problema político. Incluir a todos en esa dignidad inviolable se presentó como la tarea desde la última mitad del siglo XX. La universalidad o la diferencia. Luchar por el poder o por ser representado. Todo se confundió cuando el fin del sentido se confundió con el fin de la Historia. De ahí a la trama de una sociedad tecnocrática donde desaparece la política y la cultura se conforma como un fenómenos natural que se recicla por los siglos de los siglos, sólo había tres décadas de distancia. La civilización universal sería un aparato entrenado matemáticamente. En el camino, la Humanidad dejó de tener, también, sentido.
Repetir el mantra de lo “transhumano” no conlleva una ruptura, sino simplemente es visualizar uno de los rostros de la modernidad tecnológica vendida, otra vez, como solución milagrosa a todos nuestros conflictos históricos, psicológicos, religiosos, políticos.
Es una universalidad tecnológica sin humanos. La ultraderecha insiste por eso en llamarle “diferencia” a las desigualdades y uniformidad a las luchas por la equidad y la igualdad. Para los libertarios, la “diferencia” es que existan muy ricos y los demás apenas sobreviviendo porque eso es lo natural, sea basados en sus teorías seudocientíficas de la genética del comercio, sea en la deshumanización de los migrantes, los demás colores y géneros.
Pero estoy traicionando el esfuerzo que Canetti hizo por encontrarle una tempestad interior al mismísimo Hitler. No lo intentaré ni por un segundo con el Presidente colombiano. Lo haré con quien es el investigador principal de Google para desarollar la IA, Ray Kurtweil.
Su tormenta personal es haber perdido a su papá a los 22 años, de un ataque al corazón. Su interés en la inmortalidad viene de ahí. Su dedicación a poner todos los papeles que pudo encontrar sobre su padre en una memoria virtual y hacer que ésta le hable como si estuviera vivo, viene de ese trauma. Así, inventó el negocio de los “duelos cibernéticos”, que es que sigues hablando con tus muertos, algo que en Yucatán y Campeche practican cada noviembre. Él cree que para este siglo, el neocortex de los cerebros de algunos ricos se podrá conectar a la nube por medio de una fusión con las máquinas.
La Humanidad podrá terminarse, la Historia también, pero lo difícil que los demás se nos mueran, sigue siendo tan humano que hasta puede llevarnos a la inhumanidad.

El origen del exilio republicano ibérico
José M. Murià
El masivo exilio en México de republicanos ibéricos, que comenzó a mediados de 1938, dio lugar a que la nacionalidad de muchos sea diferente a la de sus padres. Es así que yo, por ejemplo, soy a mucha honra el primer mexicano de mi familia, pues nací, me forjé y desarrollé aquí la mayor parte de mi actividad profesional y social.
Además, en Jalisco nacieron mis dos hijos y ahí, seguramente, quedaré enterrado. Asimismo diré siempre que, para mí, los atardeceres de Guadalajara son los más bonitos del mundo… Pero también es el caso de que el catalán no me es ajeno y estoy comprometido cabalmente con la liberación de su país.
En México hallaron la mejor de las acogidas: “De Sonora a Yucatán vaya donde quiera y haga lo que le dé la gana”, le dijeron a uno de ellos al pisar en Veracruz tierra mexicana, lo cual le hizo sentir de nuevo, y para siempre, libertad. No es accidente que en México se hubiesen congregado más de ellos que en todos los demás países de América juntos.
Hagamos énfasis en la cifra porque en España se habla de unos 10 o 15 mil refugiados en México, cuando, como mínimo, debe hablarse de unos 50 mil.
Resulta imponderable el papel de pueblo y gobierno, sin que faltaran “prietitos en el arroz”, es cierto, desempeñaron para mitigar aquella tragedia.
Empecemos con los casi 500 mexicanos sumados a las “Brigadas Internacionales” que combatieron en favor de la República española, de los cuales nomás unos 400 no regresaron.
Aquí recuerdo, con emoción, a los tres estudiantes de mi Universidad de Guadalajara que fueron fusilados en El Ferrol, antes de que pudieran entrar en acción. Asimismo, hay que mencionar a los intelectuales mexicanos que respaldaron a la República Española, dentro y fuera de la Sociedad de Naciones; también los 456 infantes que fueron acogidos en Morelia.
Después vino lo mayor: todo empezó con unos taxis contratados por el embajador de México en Francia, que esperaron a los presidentes de Cataluña y de Euzcadi, cuando estos pasaron juntos la frontera pirenaica.
Las cosas se complicaron más para los refugiados en Francia cuando ésta cayó en poder de los nazis. Poca gente recuerda aquel Acuerdo del gobierno de Pétain y los representantes de México, ratificado por los gobiernos de Alemania e Italia, que puede haber significado la salvación de la vida, o al menos la libertad, de unas 100 mil personas. Dicho acuerdo declaraba “en tránsito hacia México” –vinieran o no– y “bajo la protección” de nuestra bandera, a todos aquellos refugiados que hubiera en esa parte de Francia.
Pero a menudo la policía española y la misma Gestapo se “brincaban las trancas” mientras los franceses se “hacían majes”, lo cual dio lugar a otras acciones por parte de los representantes de México. Desde Marsella, el cónsul Gilberto Bosques creaba residencias de acogida, un campo para niños enfermos o desnutridos en la falda del Pirineo y escondites para los más perseguidos, aparte de documentar día y noche a todos aquellos que lo solicitaban para marchar a México.
No todos eran peninsulares. Había también judíos. Estos le han tributado diversos homenajes en agradecimiento, como es el caso de Viena y Marsella, donde le pusieron su nombre a una calle y una plaza.
A partir de Vichy, el embajador Luis I. Rodríguez, hacía lo suyo. Entre otras gestiones, salvó la vida de Juan Negrín López, Jefe de Gobierno, y evitó que secuestraran al presidente Manuel Azaña.
Ojalá hubiera un merecido reconocimiento de lo que hicieron entonces los mexicanos en favor de los españoles que eran perseguidos por el totalitarismo de Hitler y Mussolini, secundados por el “generalísimo” Franco, reputado por la Iglesia Católica como “caudillo de España por la gracia de Dios”.

Marco Rubio viajará próxima semana a Colombia, Ecuador y Perú para fortalecer alianzas de EU
El secretario de Estado de EU, Marco Rubio, interviene durante el acto de lanzamiento de la escuela 'The Foundry' en el Instituto de la Paz de los Estados Unidos, en Washington D. C., el 3 de septiembre de 2026. Foto Afp   Foto autor
Afp
04 de septiembre de 2026 12:59
Washington. El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, viajará a Colombia, Ecuador y Perú entre el próximo 8 y el 10 de septiembre para "fortalecer alianzas clave de Estados Unidos en la región", informó el Departamento de Estado este viernes.
El presidente colombiano Abelardo de la Espriella y el ecuatoriano Daniel Noboa son dos de los principales aliados de Washington en la región, mientras que el gobierno de la peruana Keiko Fujimori anunció la semana pasada que se unía a la alianza de seguridad Escudo de las Américas que lanzó Donald Trump en marzo pasado.
El objetivo de la visita de Rubio es revisar la "cooperación reforzada en la lucha compartida contra el narcoterrorismo, que amenaza a nuestro hemisferio" así como "los beneficios de relaciones comerciales más profundas entre nuestros países", explicó el comunicado. América Latina y el Caribe ha experimentado un marcado viraje a la derecha que coincide con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025.
Varios países han adoptado resueltamente el modelo de mano dura contra el crimen organizado, de mega cárceles al estilo salvadoreño para atajar la delincuencia y de cooperación militar en fronteras comunes, como la de Colombia y Ecuador. Quito y Bogotá ya han anunciado operaciones conjuntas con Washington.