En visita a centro comunitario, afirma que los votantes premian a los candidatos que tienen propuestas de cambios estructurales sobre vivienda asequible, apoyo a trabajadores e incremento salarial
▲ La alcaldesa señala que se identifica con el “socialismo de alcantarillado”, el que se enfoca en resolver problemas locales, como parques, baches o programas de educación.Foto La Jornada
Jim Cason y David Brooks Corresponsales
Periódico La Jornada
Sábado 5 de septiembre de 2026, p. 19
Seattle y Nueva York., La alcaldesa de Seattle, Katie B. Wilson, fue elegida como parte de una ola progresista que ha llevado a decenas de políticos que se identifican como socialistas democráticos a puestos locales, estatales y algunos federales durante este año en varias partes de Estados Unidos, pero no enfocados en ideología, sino en las condiciones de vida cotidiana, como vivienda asequible, apoyo a familias de trabajadores y resistencia ante las políticas antimigrantes del gobierno de Donald Trump. Pero después de nueve meses en su puesto, Wilson enfrenta realidades que son resultado de décadas de pobreza y crímenes violentos que aquejan a su ciudad en el noroeste del país.
La tasa de crímenes en Seattle se redujeron y los homicidios se desplomaron más de 30 por ciento este año, pero un tiroteo que dejó tres muertos en julio forzó la salida del jefe de policía y hasta llamados a la renuncia de la alcaldesa. Wilson reconoce las preocupaciones por la seguridad pública, pero señala que el crimen se está reduciendo según las estadísticas y recuerda que éste y otros problemas relacionados han sido nutridos a lo largo de décadas y deben ser atendidos a fondo al reducir la pobreza, la falta de vivienda y la creación de buenos empleos.
Más de 250 socialistas democráticos han sido elegidos a puestos locales y estatales alrededor del país en tiempos recientes y Wilson, como muchos de ellos, se enfoca menos en debates teóricos sobre el socialismo y más en cómo promover cambios fundamentales en la política dentro del país.
En entrevista con La Jornada, explica cómo gente en México y América Latina debería entender el surgimiento de socialistas democráticos elegidos en Estados Unidos:
“Estos triunfos no son chiripas ideológicas; son una respuesta a los problemas de asequibilidad. Renta, vivienda y salarios están tan descompuestos en ciudades estadunidenses que los votantes están premiando a candidatos dispuestos a nombrar esos problemas y que tienen propuestas de cambios estructurales más que a aspirantes que sólo ofrecen ajustes incrementales”.
La alcaldesa, quien antes de ser elegida era una de las fundadoras del Transit Riders Union –agrupación de usuarios de transporte público– resalta que su elección fue resultado en parte de una creciente frustración con las cúpulas de los partidos nacionales, el republicano y el demócrata. “Refleja un rechazo de más de la misma política de siempre”.
Explica que se identifica con el “socialismo del alcantarillado” –referencia a alcaldes socialistas en la primera parte del siglo XX en Estados Unidos que se enfocaban en resolver problemas locales concretos que afectaban a las mayorías– desde reparar o construir infraestructura municipal a crear parques y programas de educación y componer baches entre otras necesidades básicas.
Durante una reunión comunitaria en uno de los barrios pobres de la ciudad, La Jornada observó cómo la alcaldesa escuchó durante más de una hora presentaciones y videos realizados por estudiantes de preparatoria sobre los problemas locales de violencia armada, los sin techo y los precios cada vez más altos de alimentos básicos y la amenaza de la gentrificación. “Sé que las familias han expresado preocupaciones por la seguridad pública y si el desarrollo de este barrio incluirá y beneficiará realmente a toda la gente que vive aquí. Esos temores son válidos y estoy comprometida a caminar junto con esta comunidad”, declaró Wilson al público.
Este centro comunitario, informaron los asistentes a La Jornada, es parte del esfuerzo que está transformando una colonia que antes tenía un creciente problema de gente sin techo y un amplio uso de drogas ilícitas a una zona con vivienda asequible, empleos y espacios donde jóvenes pueden obtener capacitación, jugar deportes y trabajar de manera colectiva. Pero la misma alcaldesa reconoce que hay mucho más que se debe hacer.
Un rubro en que la alcalde cuenta con amplio apoyo es en su postura clara en defensa de la comunidad inmigrante de Seattle al confrontar las políticas de deportaciones de la Casa Blanca.
“La identidad de Seattle es inseparable de sus comunidades inmigrantes y latinas. Esto no se ha modificado con el clima político nacional sobre este tema y no cambiará”, comentó a La Jornada.
Aunque hay operativos de agentes federales, las autoridades de la ciudad –policía, bomberos y otras agencias– tienen instrucciones de la alcaldesa de enfocar sus esfuerzos en apoyo a inmigrantes, que siempre han sido parte de esta ciudad, afirma. “Los restaurantes, instituciones culturales y colonias de la localidad reflejan décadas de presencia mexicana, como de otros latinos, que precede y sobrevivirá a cualquier administración de un periodo” en Washington, afirmó.
No sorprende que la alcaldesa cuente con menos apoyo del sector ultrarrico de Seattle, una ciudad sede de empresas como Microsoft, Amazon y la cadena Starbucks, así como de sus fortunas. Las propuestas de Wilson para incrementar impuestos a los ricos y apoyar alzas salariales ha provocado protestas de líderes empresariales, como Howard Schultz, cofundador de Starbucks, entre otros que han amenazado con huir de la ciudad si esto ocurre.
Wilson descarta las amenazas de los multimillonarios: “los que quieran irse, pues adiós”, afirmó en un foro. De hecho, a inicios de este año la legislatura estatal creó un “impuesto sobre millonarios”, aquellos con ingresos mayores a un millón al año, y encuestas recientes indican que votantes –incluyendo republicanos– favorecen la medida, reportó The New York Times.
La desigualdad económica en Seattle es muy visible en el contraste de rascacielos modernos junto a campamentos de comunidades de los sin techo y mercados de drogas al aire libre que se observan al pasear por la ciudad. Como en la elección del alcalde socialista democrático Zohran Mamdani en Nueva York, fue una creciente ira contra el costo de la vida –el promedio de un nuevo hogar es de 800 mil dólares– lo que nutrió el triunfo de Wilson.
Pero ahora ella debe cumplir con las expectativas de cambio y mantener funcionando esta ciudad. Aunque su apoyo popular se ha reducido a causa de las percepciones sobre seguridad pública, los reunidos en el centro comunitario dejaron claro que también muchos de los más necesitados se están beneficiando con sus políticas.
Vale recordar que Seattle tiene una larga historia de política progresista. El gremio anarcosindicalista Industrial Workers of the World (IWW, por sus siglas en inglés) tiene una sede aquí desde principios del siglo XX encabezando varias luchas, incluida la primera huelga general en la historia de Estados Unidos el 6 de febrero de 1919. Tres años después, Seattle eligió a su primer y hasta ahora único alcalde socialista.
Seattle también fue una de las sedes del gran sindicato de estibadores de la costa oeste encabezado por el famoso comunista Harry Bridges, sindicato que sigue siendo progresista –entre otras cosas rehusó cargar barcos que llevaban armas a las guerras en Centroamérica en los 80 y también participó en el movimiento antiapartheid, entre otros.
Y fue aquí donde se realizó lo que se bautizó como la “Batalla de Seattle”, la primera protesta altermundista masiva contra la Organización Mundial del Comercio, que sesionaba en la ciudad en 1999.
César Trump
Maciek Wisniewski
05 de septiembre de 2026 00:04
El año pasado, después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Jan-Werner Müller, apuntando a la manera en la que Julio César basó su legitimidad en las victorias militares y en las reformas que transformaron el Estado romano sentando las bases del imperio, argumentó acerca de lo inadecuado de usar la etiqueta “cesarismo” para hablar del presidente estadunidense, quien carecía por completo de victorias militares y logros estructurales semejantes. Corrían apenas tres meses de la nueva administración, pero el análisis se mantiene.
El “cesarismo” –recordemos, un régimen político propio de la antigüedad clásica fundado en el liderazgo popular de un jefe militar exitoso que ejerce el poder fuerte a expensas de las élites oligárquicas–, es un concepto que se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, aquel sobrino mediocre de Napoleón I inmortalizado por Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte, siendo de hecho el primero que lo popularizó uno de sus partidarios y contemporáneos, Auguste Romieu. En el siglo XX lo retomó y desarrolló Antonio Gramsci usándolo de manera indistinguible con el término marxiano del “bonapartismo” y elevándolo a una categoría analítica fundamental de la política moderna.
Así, el “bonapartismo/cesarismo” pasó a caracterizar en la teoría marxista y más allá de ella, una situación de polarización social entre las clases antagónicas que, al neutralizarse, permitían el surgimiento de una tercera fuerza, liderada por una figura carismática, en cierto modo “externa” al sistema que apelando directamente al pueblo venía a representar a la sociedad en general “por encima de las clases” y a estabilizar el sistema en crisis.
Tomando esto en cuenta, Müller apuntaba que si bien el “bonapartismo” podría encapsular mejor la figura Trump −un líder que gobierna mediante los decretos, el espectáculo y el culto a la personalidad, de hecho sin precedente en la historia del presidencialismo en Estados Unidos−, ni siquiera esta etiqueta se justificaba ya que éste “es un mandatario demasiado grotescamente mediocre, incluso en comparación con Napoleón III” –¡auch, esto dolió!– y uno que representa sólo el caos y la destrucción del Estado.
Aun así, en los últimos años ha sido precisamente el “bonapartismo” −sobre todo frente a la compulsiva “sobreinterpretación” de Trump como “fascista”− que representaba uno de los mejores intentos de captar su anatomía y figura tan contradictoria y elusiva como la suya: la de un estafador inmobiliario millonario y ex estrella de la telerrealidad que ha logrado dominar al Partido Republicano cada vez más extremista y ser elegido dos veces presidente de EU, la segunda incluso a cargo –contrariamente a quienes lo redujeron, junto con su movimiento, a una expresión de la “supremacía blanca”–, de toda una coalición arcoíris multirracial.
Así, hasta ahora, con varios matices, una suerte de un “twist posmoderno” e incorporando su carácter “patrimonial” en el marco del cual trata al Estado como su siguiente “empresa” y fuente de beneficios para él y su familia −tal como lo ha señalado ya hace unos años Dylan Riley−, Trump se sigue insertando bien en el modelo “bonapartista” nacido de las condiciones de una sociedad civil estadunidense fragmentada, débil y anómica y donde ninguna de las fuerzas políticas logra ejercer una hegemonía firme.
Si bien en algún momento Riley empezó a dudar de la aplicabilidad del “bonapartismo” a la política estadunidense dada la dominación del duopolio partidista que, en sus ojos, condena al fracaso cualquier intento de una “solución bonapartista” real (encima Trump, originalmente un “foráneo”, hoy ya está bien enfrascado en el Partido Republicano), según otras interpretaciones en EU la figura bonapartista/cesarista no viene “desde afuera” de los dos partidos dominantes, sino es una que trabaja dentro del orden bipartidista para superar la crisis −y Trump con todo su hiperpartidismo está muy interesado en instrumentalizar el consenso bipartidista−, además que el país tiene una larga tradición del “bonapartismo” en su variedad “blanda”: Cleveland, McKinley, Wilson, T. Roosevelt, F. D. Roosevelt, etcétera.
Desde que hace un año y medio Müller apuntó a la falta de logros para descartar el uso del “cesarismo” respecto a Trump, este vacío no se ha llenado, sino que se ha ampliado. Hoy día, sus proezas −salvo quizás el robo del petróleo venezolano siguiendo los pasos de sus otros predecesores bonapartistas estadunidenses que invadían, extorsionaban y saqueaban a los países latinoamericanos− se limitan a sus, generados por inteligencia artificial, posts en las redes sociales y a los desvaríos ante la prensa sobre “su cálida relación con Kim Jongun”, el “hecho” de haber terminado con siete, ocho, nueve, 10 (y contando…) guerras en el mundo o −cambiando de pronto de tema sin ninguna autorreflexión− de “lo bien” que marchan las cosas en su guerra con Irán.
Al final, quizás “cesarismo” y “César” no sean términos tan inapropiados. Ya hubo quienes compararon su “hazaña iraní” con aquella grotesca campaña británica de Calígula, y uno, escuchando más y más a Trump, tiene la sensación de que todo va en esa dirección: cuando habla de su espejo de agua del Monumento a Lincoln que fue “navajeado (sic) traidoramente por sus detractores” −así como los enemigos apuñalaron a Julio César en un oscuro rincón romano, claro− o su próximo arco del triunfo en Washington −¿el “triunfo” de qué, perdón?−, cuando alaba su “salón de baile militar” −¡ni en el Palatino tenían algo así!− o divaga sobre su interminable remodelación de la Casa Blanca que, chapeada en oro, se volvió indistinguible, precisamente, de un palacio del César. Por supuesto, el de Little Caesars.
