sábado, 24 de enero de 2026

Reanuda EU ataques a lanchas.

De la Redacción
Periódico La Jornada   Sábado 24 de enero de 2026, p. 17
El ejército de Estados Unidos afirmó ayer que atacó una embarcación que supuestamente era usada para traficar drogas en el océano Pacífico. Es el primer ataque de este tipo desde que secuestró al presidente venezolano, Nicolás Maduro, a principios de este mes. El Comando Sur de Estados Unidos alegó en redes sociales que el barco estaba “involucrado en operaciones de narcotráfico” y que el ataque resultó en la muerte de dos personas y dejó un sobreviviente. Afirmó que notificó a la Guardia Costera para que lanzara operaciones de búsqueda y rescate para dicha persona. Un video que acompaña la publicación muestra un bote moviéndose por el agua antes de explotar en llamas. Al menos 107 personas han sido ejecutadas extrajudicialmente por fuerzas estadunidenses en 27 bombardeos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico desde el 2 de septiembre.

El internacionalismo de Cuba reafirmado en Venezuela
Miguel Díaz-Canel (centro), presidente de Cuba, durante el homenaje a los 32 militares cubanos asesinados durante la incursión militar de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero. Foto Afp   Foto autor
Gilberto López y Rivas
24 de enero de 2026 00:01
Con toda razón el presidente cubano Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez destacaba el pasado 16 de enero, en el acto de Homenaje Póstumo a los 32 combatientes caídos en Venezuela, ante la Tribuna Antimperialista José Martí: “la bravura de este puñado de hombres que, con marcada desventaja de fuerzas y capacidad de fuego, ofreció fiera resistencia a los secuestradores (del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores), lesionando incluso a varios de sus efectivos e inutilizando, hasta donde sabemos hoy, parcialmente uno de sus medios de transporte (…) Ellos son la única medida posible del valor y el carácter de los cubanos, leales a una hermandad forjada desde los tiempos de Bolívar, exaltada por Martí y que ya es legendaria por la entrañable relación de Fidel y Chávez, líderes de la integración regional, que en pocos años alfabetizó, devolvió la visión y llevó los servicios médicos y de superación a millones de venezolanos y a otros habitantes de nuestra América Latina y el Caribe.” 
Este acto de heroicidad en la fatídica madrugada del 3 de enero, es congruente con la práctica y el legado de internacionalismo de la revolución cubana, desde su triunfo en 1959. La Primera Declaración de La Habana del 2 de septiembre de 1960 proclamó: “el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados y agredidos, sea cual fuera el lugar del mundo en que éstos se encuentren y la distancia geográfica que los separe.” Concreción de este compromiso la constamos en las ayudas internacionalistas, incluso militares, a varios procesos independentistas y revolucionarios de África y América Latina, siendo el más conocido su participación en Angola, donde miles de cubanos, –como en Venezuela–, ofrendaron sus vidas, en su lucha contra el régimen racista sudafricano. 
En esta línea de pensamiento y acción, Cuba ha enviado en diferentes épocas a casi medio millón de sus habitantes a cumplir misiones internacionalistas fuera de sus fronteras, en guerras y procesos de liberación nacional, como maestros y alfabetizadores, técnicos en diferentes áreas, médicos y trabajadores de la salud, como lo constatamos en Nicaragua en los años 80 del siglo pasado y en la Venezuela de hoy, en barrios y regiones remotas. 
Precisamente, en el año 2006 escribía sobre la llamada Misión Milagro, programa de cooperación iniciado por Cuba y respaldado por la República Bolivariana de Venezuela, que ya se desarrollaba en ese año en 24 países de América Latina y el Caribe, y que había logrado operar y curar de manera gratuita, en apenas año y medio, a más de 210 mil personas afectadas de ceguera y otros tipos de deficiencia visual. La razón por la que fue bautizada así se debe a que recurrentemente muchos de los enfermos, al recobrar la vista y conocer el rostro de sus hijos o nietos, exclaman emocionados: “¡esto es como un milagro!” 
En uno de los centros de atención de la ciudad de La Habana, un hermoso hotel cerca del mar, donde estos pacientes son cuidados diligentemente por jóvenes trabajadores sociales, los “médicos del alma” –según los llamaba Fidel–, fui testigo de ese “milagro” en un humilde limpia coches de la ciudad de Buenos Aires que relató sus primeras impresiones, justo en el momento de recuperar la vista después de más de cinco años de oscuridad total, afectado por una enfermedad previsible y curable siempre que se cubran los altos costos de los servicios médicos privados. En este centro, decenas de internos relataban experiencias de su peregrinar por los servicios de salud en sus respectivos países, sin recibir respuesta. Algunos ya habían abandonado toda esperanza. 
No es la primera vez que Cuba llevaba a cabo labores internacionalistas de alto contenido humanista desde que, en 1963, y en las difíciles condiciones de los primeros años de la revolución, su gobierno envió un destacamento solidario de médicos a Argelia. A la fecha, más de 100 mil profesionales y técnicos de la salud cubanos han contribuido a salvar vidas en 97 países de África, Asia y América Latina. Aun durante el llamado “periodo especial”, caracterizado por grandes privaciones y dificultades que vivió el pueblo cubano después del derrumbe del campo socialista y la desaparición de la URSS, el gobierno revolucionario fundó la Escuela Latinoamericana de Medicina, que ha graduado a miles de médicos procedentes de todos los confines del planeta, incluso, de Estados Unidos. 
Díaz-Canel afirmó: “Cuando parece que el mundo entierra su última utopía, que el dinero y la tecnología están por encima de todos los sueños humanos, que la humanidad se cansa, ¡justo en ese instante, 32 valientes cubanos ofrecen sus vidas y se agigantan en una fiera batalla hasta la última bala! ¡hasta el último aliento! ¡No existen enemigos capaces de amedrentar tamaño heroísmo!(…) ¡No hay pueblo pequeño cuando su dignidad es tan firme!” 
¡Con Cuba hasta siempre! 

Palabra de Trump
Fabrizio Mejía Madrid
Tras invadir Venezuela, Donald Trump confesó que era “por el petróleo”. Sus apoyadores apreciaron que, por fin, un político estadunidense hablara con la verdad. Los críticos, como el comediante John Stewart, extrañaron la añeja retórica cuando cada invasión y golpe de Estado alentado por Estados Unidos se disfrazaba de luchas por la libertad y la democracia. Que Donald Trump utilice su antirretórica supuestamente directa no quiere decir que diga la verdad o que no busque engañar. Se supone que hablar con claridad es ser serio sobre lo que se dice y, para ser tomado en serio, las palabras deben reflejar la realidad. Nada de esto es cierto con el presidente que dijo, sólo en su último discurso en Davos, que solucionó “ocho o más” guerras, que China no tiene granjas eólicas o que Estados Unidos “le devolvió” Groenlandia a Dinamarca después de la Segunda Guerra Mundial. O, al día siguiente, que los somalíes tenían un IQ bajo. En realidad, estamos ante alguien que lleva la retórica hasta su límite al ya ni siquiera reconocer las normas de autocontención que solían tener la diplomacia y el ejercicio presidencial.
Estamos ante un tipo de retórica cuya antirretórica oculta la mentira, el doblez, y el engaño porque presenta su crueldad y vulgaridad como autenticidad y sinceridad sobre lo que “realmente” se piensa. Esta crudeza se disfraza, a su vez, de contraparte de lo políticamente correcto al presentar a éste como falso, timorato e hipócrita. Los que “realmente dicen la verdad” son los que insultan y agreden sin preocuparse ni por la dignidad y la reputación de los demás, menos por los hechos y datos comprobables. Soportan la veracidad usando la repetición, la hipérbole, y la grosería. Ellos son los verdaderos salvadores en el relato de superhéroes detrás de cómo se habla de la política estadunidense.
Desde mediados de los años 60 a esa visión se le ha llamado “paranoica”, que es una forma de no decirle “despolitizada”. Arranca en los crímenes contra los Kennedy y sigue hasta el 11 de septiembre y la guerra en Afganistán e Irak. La política en Estados Unidos se entiende más a partir de la conspiración que por la lucha de clases o el conflicto racial y geográfico que jamás han logrado resolver. Como si la política fuera un cómic o un videojuego, unos demonios que se benefician de su propia maldad trabajan en la penumbra de un Estado Profundo o un pantano de pederastas.
Así, sin pasar por ninguna evidencia o historia de la indignación social, se señala con claridad a un enemigo y se logra ganar votos electorales. Ese poder oscuro maneja recursos ilimitados para tener influencia sobre la educación, los medios, Hollywood o todo un entramado que manipula las mentes. Por su parte, el héroe es el que sabe contra quién se enfrenta y él encarna a un personaje de historieta, más que representar a una mayoría, contar con un proyecto y un mandato en las urnas. La paranoia política reduce todos los conflictos sociales al exterminio de un otro abominable. Y lee la política, no por lo que es, sino desde la resolución a favor de su personaje imaginario. Así, para QAnon o los Proud Boys que acabaron contratados como agentes del ICE, Trump juega un ajedrez de cuatro dimensiones donde toda consecuencia no calculada de su proceder abrupto y vulgar es, en realidad, parte de un plan maestro para terminar con el enemigo que, en el primer periodo presidencial, era la élite de los medios y las universidades, y ahora son los todos los demás. Así que, al final, quien presume de ser directo y no retórico se convierte en el mensaje más oscuro por descifrar.
Otro asunto de la supuesta claridad trumpiana es que no usa palabras que la despolitización considera “huecas”. Cuando la política prescinde de sus palabras más evocativas como “justicia”, “igualdad”, “nación” o “soberanía”, renuncia al afuera que toda participación política necesita. Por eso la movilización del trumpismo llega ese 6 de enero de 2021, rompe el cerco policiaco y no tiene ninguna claridad de si ir por Mike Pence o Nancy Pelosi para ahorcarlos en la picota que han puesto afuera solucionará lo que ellos creen que es un fraude electoral. Se dedican más bien a circular por el Capitolio golpeándose con los policías, sentarse en las curules, y fumarse un toque. Cuando tu proyecto político es insultar a los demás en nombre de la sinceridad, la política se convierte en cambiarle los nombres a todo como única transformación posible: “Golfo de América”, “Consejo de la Paz”, “Centro Trump-Kennedy para las Artes Escénicas”. Es la política entendida como administración de recursos humanos y como mercadotecnia a la que ahora Trump ha agregado “las amenazas falsas y los viajes glorificadores del ego”, como las definió el gobernador de California.
El último asunto que viene a la mente es el llamado “lenguaje de crisis”, que plantea una o varias catástrofes y legitima así el uso de políticas extremas y hasta ilegales. Tal es la crisis migratoria que planteó Trump o las muertes por fentanilo o el déficit comercial. Es una táctica discursiva de las derechas como el “gobierno de emergencia” en Chile. El declive o la deriva son palabras que se usan para sostener un pasado idílico de bonanza que se perdió. De igual manera se utiliza algún fenómeno de desaparición, siempre ligado a la figura fuerte del hombre que terminará con ella. En este caso ha sido redundante la supuesta desaparición de niños por miles. La pérdida es crucial en este discurso de crisis: entre más lejos estés de ella, más tenderás a darle crédito a quien la enuncia.
La afrenta que otros les han hecho es quizás el centro de la retórica cruda de Trump y él la personifica: lo trataron de meter a la cárcel, le dispararon en una oreja, y a su país le han visto la cara Europa, la OTAN, China, Canadá, México, y un largo etcétera. También los organismos internacionales. Y los liberales. Y los demócratas. Y hasta los medios. El resultado ha sido un espectacular reality con armas nucleares y muchos insultos. Lo nuevo es que, cuando se descubre que las promesas o las crisis no eran del todo verídicas, se trata de borrar la evidencia con shocks mediáticos. Uno lleva al otro. Epstein a Maduro, Groenlandia a un resort en Gaza. Pintar todo de dorado, aunque por debajo el unicel que querías ocultar está cada vez más agujerado. Como escribió Will Fish durante el primer periodo presidencial: “Trump es la disposición a emitir advertencias independientemente de si existe una sensación real de amenaza, o hacer promesas que sin el compromiso real de cumplir, o hacer afirmaciones que no hay una razón real para creer que sean verdaderas, todo con el propósito de obtener una ventaja”.
Trump no gobierna, sólo “gana”, aunque para ello haya que maquillar la derrota.

¿Oligarquía o democracia?
El capitalismo contemporáneo amenaza a la democracia no porque el poder haya sido usurpado por el Estado, ni porque haya dejado de residir formalmente en el pueblo, sino porque se ha desplazado hacia un actor concreto: las grandes fortunas. 
Foto Afp / archivo   Foto autor
Franc Cortada* y Alexandra Haas**
24 de enero de 2026 00:01
Las democracias contemporáneas se construyeron sobre una promesa que hoy se enfrenta a un riesgo demasiado real de colapso: la premisa de que la elección periódica de gobernantes y la separación de poderes bastaban para equilibrar la voluntad popular con el imperio de la ley. Ese pacto fundacional –que ahora enfrenta una deriva autoritaria, cuando no abiertamente fascista– se sostuvo durante décadas sobre un consenso teórico sólido, bajo el supuesto de que podía convivir, al menos formalmente, con el capitalismo y sus estructuras de poder. 
Hoy resulta evidente que ese supuesto ya no se sostiene. El capitalismo contemporáneo amenaza a la democracia no porque el poder haya sido usurpado por el Estado, ni porque haya dejado de residir formalmente en el pueblo, sino porque se ha desplazado hacia un actor concreto: las grandes fortunas. El poder efectivo hoy se concentra en quienes no sólo compran yates y mansiones de lujo, sino que pueden comprar influencia, decisiones y, en última instancia, instituciones. Mientras el sistema político fue funcional a esos intereses, se mantuvo relativamente estable; cuando dejó de serlo, comenzó a transformarse. Esa captura está ocurriendo con impunidad, ante nuestros ojos y en directo. 
El informe que Oxfam publicó esta semana –Contra el imperio de los millonarios: defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios– describe dato a dato esta mutación. Coincidiendo con la llegada de Donald Trump a la presidencia en noviembre de 2024, la riqueza agregada de los milmillonarios a escala global ha crecido a un ritmo tres veces superior al promedio anual de los cinco años anteriores. El fenómeno es especialmente intenso en Estados Unidos, pero no exclusivo: en otras regiones del mundo, las grandes fortunas también registran incrementos de dos dígitos. Pero las evidencias más inquietantes no son económicas, sino políticas. 
La concentración extrema de la riqueza deteriora de forma directa la calidad democrática. Los países con mayores niveles de desigualdad tienen hasta siete veces más probabilidades de sufrir procesos de erosión democrática que aquellos con brechas sociales más reducidas. Al mismo tiempo, las personas milmillonarias tienen una probabilidad 4 mil veces mayor de acceder a cargos políticos que la población general. La escala de esta acumulación resulta aún más elocuente si se observa que el aumento de la riqueza de los milmillonarios en el último año habría bastado para transferir 250 dólares a cada habitante del planeta y, aun así, este grupo seguiría siendo colectivamente más de 500 mil millones de dólares más rico. 
En la cúspide, los 12 milmillonarios más acaudalados concentran más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad: más de 4 mil millones de personas, desequilibrios que desafían cualquier lógica democrática. Estos datos no describen sólo una anomalía distributiva; delinean una disyuntiva histórica. El mundo avanza hacia una oligarquía global en la que un número reducido de multimillonarios no sólo acumula riqueza, sino que influye en las leyes, condiciona la economía, interviene en los medios y termina por moldear el sentido común. Todo ello ocurre en un contexto global de desigualdad persistente y profundamente regresiva. 
Cerca de 48 por ciento de la población mundial vive en condiciones de pobreza; los avances en su reducción se han estancado y, en regiones como África, la pobreza continúa aumentando. En ese escenario, la promesa democrática pierde credibilidad para amplios sectores sociales. Se erosionan los consensos básicos, se degrada la división de poderes, se estrecha el espacio cívico y se normalizan prácticas autoritarias orientadas a concentrar poder político y económico. 
La concentración extrema de la riqueza constituye, así, una amenaza tangible para la democracia a escala global. Pero este rumbo puede cambiar. Para ello, son necesarias políticas públicas deliberadas que redistribuyan poder y recursos y que establezcan límites claros al dominio de las élites económicas. La justicia fiscal emerge como una herramienta central, especialmente cuando se articula mediante mecanismos de cooperación internacional que permitan a los Estados recuperar capacidad regulatoria, recaudatoria y de garantía de derechos. 
Y exige, sobre todo, una movilización social amplia y persistente, capaz de ampliar el debate público, exigir rendición de cuentas y defender el interés colectivo frente a la captura de la democracia por minorías privilegiadas. 
*Director general de Oxfam Intermón 
**Directora ejecutiva de Oxfam México