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Raúl Zibechi
23 de enero de 2026 00:01
La ofensiva de los poderosos contra los pueblos está creciendo en todos los rincones del planeta. Estados Unidos y sus aliados regionales están detrás de las numerosas agresiones que se vienen produciendo, que amenazan extenderse toda vez que no existen mecanismos capaces de frenarlas. La impunidad es la regla en este periodo, en el que las grandes potencias están dibujando un nuevo mapa global ajustado a sus intereses.
Desde que el genocidio de Gaza quedó en la más completa impunidad, se abrieron las compuertas de represiones y violencias contra los pueblos. Las clases dominantes del mundo creen que pueden revertir la decadencia de sus Estados-nación a través de la fuerza militar. La larga y tremenda historia del colonialismo les enseña el camino.
En las escasas semanas del nuevo año, se están produciendo feroces ofensivas contra los pueblos venezolano, iraní y kurdo, en una escalada tan veloz como demoledora. Incluso dentro de Estados Unidos, el presidente Trump parece dispuesto a enviar mil 500 militares para sofocar la revuelta de la población de Minneapolis contra las deportaciones del servicio de inmigración (ICE) que asesinó a una mujer días atrás.
Sobre Venezuela se sigue aplicando la estrategia de la asfixia que, aunque busca acabar con el régimen, afecta principalmente a la población, a la que condena al hambre con la esperanza de que se levante contra el gobierno. Se trata de una estrategia que ya viene siendo aplicada contra otros países, estando el pueblo cubano en la mira del Pentágono, que es el que diseña estos modos de acorralar poblaciones enteras.
Lo de Irán es una tragedia que compromete a las izquierdas por sus inexplicables silencios. La represión del Estado parece haberse cobrado la vida de más de 10 mil personas, a través de una represión abominable que no puede justificarse porque Estados Unidos, Israel y el Reino Unido estén espoleado la movilización popular que, aunque lo nieguen, tiene sus razones en el deterioro de sus condiciones de vida y en una represión persistente.
El pueblo kurdo está siendo duramente atacado por el régimen yihadista que gobierna Siria, con la colaboración de Turquía. A comienzos de enero atacaron los barrios kurdos en Alepo, forzando una retirada, y ahora la emprenden contra la autonomía de Rojava con la esperanza de erradicar el proceso de autogobierno que desde hace 14 años viene desarrollando la población.
Al parecer, hubo un acuerdo entre Turquía e Israel, con el visto bueno de Washington y la Unión Europea: Ankara acepta que Tel Aviv controle el sur de Siria a cambio de tener las manos libres contra Rojava, que es su objetivo estratégico. Los poderes rechazan todo acuerdo, ponen fin a un “proceso de paz” que nunca levantó vuelo y clausuran una imaginaria crisis turca con el apoyo del Occidente colectivo.
El caso kurdo ilustra cómo las potencias y los Estados-nación consideran a los pueblos como arcilla moldeable por la geopolítica capitalista. En realidad, para los pueblos oprimidos nunca hubo democracia ni buenos gobiernos, sino el rigor de la vigilancia y el control que ahora derivan en sablazos con los que la caballería siempre trató a los pueblos que no se dejaban. Creo que esta coyuntura nos impone reflexiones más amplias.
Los grandes pensadores de la guerra, aunque actuaron en épocas y geografías diferentes y ante enemigos diversos, coinciden en algunos aspectos centrales que no tienen nada que ver con las armas y las tecnologías bélicas. Para Sun Tzu, el primer factor fundamental a tener en cuenta es “la influencia moral”, por la que entiende que “el pueblo esté en armonía con sus dirigentes”. A pesar de ser un militar prusiano, Carl von Clausewitz sostuvo que no hay en el mundo fuerza más excepcional que el espíritu del pueblo en armas y que, a su lado, no hay medios técnicos ni militares superiores. Llegó incluso a decir que el pueblo es el “dios de la guerra”.
Mao es más concreto y afirma, en sus escritos ante la invasión de Japón a China que “la movilización de todo el pueblo formará un vasto mar para ahogar al enemigo, creará las condiciones que habrán de compensar nuestra inferioridad, y otros elementos, y proporcionará los requisitos previos para superar todas las dificultades en la guerra”.
En todos los casos el pueblo es el centro, no mero instrumento ni medio para conseguir fines. Una centralidad que fue luego opacada por las izquierdas, tanto las electorales como las revolucionarias, en una deriva ética que convierte a los pueblos en espectadores o ejecutores de decisiones que toman otros. Una vez afirmado este principio, podemos considerar otros aspectos de la guerra. Los grandes estrategas militares coinciden en que la defensiva es superior a la ofensiva, cuestión de actualidad ante las guerras de arriba.
Sin embargo, la defensiva no puede ser pasiva sino “resistencia y rebeldía” como enseñan los zapatistas, ya que son las condiciones para cambiar el mundo cuando los vientos soplan en contra de los pueblos.
Raúl Zibechi
23 de enero de 2026 00:01
La ofensiva de los poderosos contra los pueblos está creciendo en todos los rincones del planeta. Estados Unidos y sus aliados regionales están detrás de las numerosas agresiones que se vienen produciendo, que amenazan extenderse toda vez que no existen mecanismos capaces de frenarlas. La impunidad es la regla en este periodo, en el que las grandes potencias están dibujando un nuevo mapa global ajustado a sus intereses.
Desde que el genocidio de Gaza quedó en la más completa impunidad, se abrieron las compuertas de represiones y violencias contra los pueblos. Las clases dominantes del mundo creen que pueden revertir la decadencia de sus Estados-nación a través de la fuerza militar. La larga y tremenda historia del colonialismo les enseña el camino.
En las escasas semanas del nuevo año, se están produciendo feroces ofensivas contra los pueblos venezolano, iraní y kurdo, en una escalada tan veloz como demoledora. Incluso dentro de Estados Unidos, el presidente Trump parece dispuesto a enviar mil 500 militares para sofocar la revuelta de la población de Minneapolis contra las deportaciones del servicio de inmigración (ICE) que asesinó a una mujer días atrás.
Sobre Venezuela se sigue aplicando la estrategia de la asfixia que, aunque busca acabar con el régimen, afecta principalmente a la población, a la que condena al hambre con la esperanza de que se levante contra el gobierno. Se trata de una estrategia que ya viene siendo aplicada contra otros países, estando el pueblo cubano en la mira del Pentágono, que es el que diseña estos modos de acorralar poblaciones enteras.
Lo de Irán es una tragedia que compromete a las izquierdas por sus inexplicables silencios. La represión del Estado parece haberse cobrado la vida de más de 10 mil personas, a través de una represión abominable que no puede justificarse porque Estados Unidos, Israel y el Reino Unido estén espoleado la movilización popular que, aunque lo nieguen, tiene sus razones en el deterioro de sus condiciones de vida y en una represión persistente.
El pueblo kurdo está siendo duramente atacado por el régimen yihadista que gobierna Siria, con la colaboración de Turquía. A comienzos de enero atacaron los barrios kurdos en Alepo, forzando una retirada, y ahora la emprenden contra la autonomía de Rojava con la esperanza de erradicar el proceso de autogobierno que desde hace 14 años viene desarrollando la población.
Al parecer, hubo un acuerdo entre Turquía e Israel, con el visto bueno de Washington y la Unión Europea: Ankara acepta que Tel Aviv controle el sur de Siria a cambio de tener las manos libres contra Rojava, que es su objetivo estratégico. Los poderes rechazan todo acuerdo, ponen fin a un “proceso de paz” que nunca levantó vuelo y clausuran una imaginaria crisis turca con el apoyo del Occidente colectivo.
El caso kurdo ilustra cómo las potencias y los Estados-nación consideran a los pueblos como arcilla moldeable por la geopolítica capitalista. En realidad, para los pueblos oprimidos nunca hubo democracia ni buenos gobiernos, sino el rigor de la vigilancia y el control que ahora derivan en sablazos con los que la caballería siempre trató a los pueblos que no se dejaban. Creo que esta coyuntura nos impone reflexiones más amplias.
Los grandes pensadores de la guerra, aunque actuaron en épocas y geografías diferentes y ante enemigos diversos, coinciden en algunos aspectos centrales que no tienen nada que ver con las armas y las tecnologías bélicas. Para Sun Tzu, el primer factor fundamental a tener en cuenta es “la influencia moral”, por la que entiende que “el pueblo esté en armonía con sus dirigentes”. A pesar de ser un militar prusiano, Carl von Clausewitz sostuvo que no hay en el mundo fuerza más excepcional que el espíritu del pueblo en armas y que, a su lado, no hay medios técnicos ni militares superiores. Llegó incluso a decir que el pueblo es el “dios de la guerra”.
Mao es más concreto y afirma, en sus escritos ante la invasión de Japón a China que “la movilización de todo el pueblo formará un vasto mar para ahogar al enemigo, creará las condiciones que habrán de compensar nuestra inferioridad, y otros elementos, y proporcionará los requisitos previos para superar todas las dificultades en la guerra”.
En todos los casos el pueblo es el centro, no mero instrumento ni medio para conseguir fines. Una centralidad que fue luego opacada por las izquierdas, tanto las electorales como las revolucionarias, en una deriva ética que convierte a los pueblos en espectadores o ejecutores de decisiones que toman otros. Una vez afirmado este principio, podemos considerar otros aspectos de la guerra. Los grandes estrategas militares coinciden en que la defensiva es superior a la ofensiva, cuestión de actualidad ante las guerras de arriba.
Sin embargo, la defensiva no puede ser pasiva sino “resistencia y rebeldía” como enseñan los zapatistas, ya que son las condiciones para cambiar el mundo cuando los vientos soplan en contra de los pueblos.
Washington acuerda con la OTAN acceso total y por siempre a Groenlandia
La alianza debería cuidar la frontera con México, sugiere presidente de EU
Reuters, Europa Press y Sputnik
Periódico La Jornada Viernes 23 de enero de 2026, p. 17
Washington. El presidente Donald Trump afirmó ayer que Estados Unidos tendrá “acceso total a Groenlandia. Ingreso pleno militar… Podremos instalar allí lo que necesitemos porque así lo queremos. Hablamos de seguridad nacional e internacional”.
Horas después, en el Air Force One, Trump se jactó que tras alcanzar dicho acuerdo “podemos hacer todo lo que queramos”.
Posteriormente afirmó que “es para siempre, eso ya se discutió... Todos vamos a trabajar juntos y de hecho la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) va a estar involucrada con nosotros (...) No tendremos ningún gasto aparte de la construcción de la Cúpula Dorada”.
El mandatario recalcó que, desde su punto de vista, existe la voluntad de lograr el acuerdo sobre Groenlandia y que tal vez algo se concrete en las próximas dos semanas.
Antier, el mandatario indicó que Estados Unidos negociaba tener acceso ilimitado y por tiempo indefinido en la isla.
La Casa Blanca afirmó que el acuerdo marco alcanzado entre Trump y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre Groenlandia permitirá lograr “todos los objetivos estratégicos” de Wa-shington “para siempre”, tras las tensiones diplomáticas de las últimas semanas, incluidas amenazas por parte del mandatario estadunidense sobre una intervención militar.
“Si este acuerdo sale adelante, y el presidente Trump así lo espera, Estados Unidos lograría todos sus objetivos estratégicos respecto a Groenlandia, a muy poco costo y para siempre”, aseguró a Europa Press, la portavoz adjunta de la Casa Blanca, Anna Kelly.
Soberanía, “innegociable”
El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, señaló que sólo Groenlandia y Dinamarca pueden cerrar acuerdos sobre esta isla y aseveró que desconoce el contenido del acuerdo entre Trump y Rutte.
Dinamarca defendió que su soberanía no es negociable y avisó al magnate republicano que tiene “líneas rojas” para discutir sobre la soberanía o la integridad territorial.
El primer ministro de Groenlandia, Jens Friedrik Nielsen, recalcó que “nuestra integridad, nuestras fronteras y el derecho internacional son definitivamente una línea roja que no queremos que nadie cruce”.
En Nuuk, los groenlandeses lamentaron no ser tomados en cuenta para las negociaciones.
La OTAN se mostró preocupada por la supuesta colaboración militar entre Rusia y China que, asegura, sigue en aumento en el Ártico, sin embargo Pekín negó una “amenaza china” en la región.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, celebró la “vuelta a la calma” de Trump y defendió que ante las amenazas estadunidenses de imponer más aranceles, el bloque europeo “se hace respetar”.
Por otra parte, Trump confirmó un aumento del presupuesto militar de Washington a 1.5 billones de dólares para 2027 y explicó que tendrá que hablar con España para lograr un gasto de 5 por ciento del producto interno bruto en defensa.
Fuerza masiva a Irán
En otro tema, el jefe de la Casa Blanca busca opciones “decisivas” para Irán a medida que sus activos se trasladan a Medio Oriente. Aviones de combate estadunidenses llegaron a la región y un portaviones está en camino, informó ayer The Wall Street Journal.
“Tenemos una gran fuerza masiva que se dirige hacia Irán… tenemos una flota que va en esa dirección”, expresó Trump en un audio en X desde el Air Force One.
Al cierre de edición, Trump señaló en sus redes sociales: “Tal vez deberíamos haber puesto a prueba a la OTAN: invocar el artículo 5 y obligar a la alianza a venir aquí y proteger nuestra frontera sur de más invasiones de inmigrantes ilegales, liberando así un gran número de agentes de la patrulla fronteriza para otras tareas”.
Trump es lo de menos
Ya sea que esté perdiendo facultades cognitivas, que se trate de un sociópata o que sea un simple narcista carente de empatía, para Trump debe resultar muy gratificante el que su persona se encuentre en el centro del debate público. Foto Afp / archivo Foto autor
Pedro Miguel
23 de enero de 2026 00:01
Conforme se acumulan sus disparates, sus canalladas y sus patanerías, la figura del presidente de Estados Unidos centraliza el debate en el ámbito de lo personal. Se han gastado ríos de tinta, miles de horas aire en televisión y radio y muchos terabytes de publicaciones en redes para tratar de escudriñar su ideología, su percepción del mundo y sus verdaderos propósitos. No hay acuerdo sobre el asunto de si Trump se ciñe por norma a un método regular, si alterna con la improvisación o si gobierna a punta de ocurrencias malsanas. Son tan tan transgresoras sus órdenes criminales y tan espectaculares sus insolencias que no parece estar claro si es plenamente consciente de lo que está haciendo, y a últimas fechas la opinión pública ha empezado a fascinarse con el tema de los desarreglos que podrían estar teniendo lugar en el lóbulo frontal de su cerebro.
Por otra parte, se discute el calado y la durabilidad que tendrán las acciones del trumpismo, tanto dentro de Estados Unidos como en el mundo y región por región. Hay ya elaboraciones teóricas sobre la esencia y la significación de una nueva fase del capitalismo, de un reordenamiento planetario y de la proyección del poder imperial estadunidense en el planeta, basadas en los obscenos manifiestos de la Casa Blanca sobre su capacidad –que no su derecho– de apoderarse de recursos naturales y territorios ajenos y el uso descarado de las relaciones económicas para conseguir claudicaciones políticas, no necesariamente de los gobiernos a los que considera rivales sino, sobre todo, de aquellos a los que cataloga como aliados.
Se elaboran teorías acerca de un nuevo reparto tripartito del mundo en áreas de influencia y se especula en torno a supuestos acuerdos secretos o tácitos entre Washington, Moscú y Pekín para distribuirse tierras de conquista y anexión: Venezuela y/o Groenlandia, Ucrania y Taiwán, respectivamente. Ya sea que esté perdiendo facultades cognitivas, que se trate de un sociópata o que sea un simple narcista carente de empatía, para Trump debe resultar muy gratificante el que su persona se encuentre en el centro del debate público mundial y que su capacidad de causar sorpresa, horror y repulsión haya logrado atraer hasta tal punto la atención planetaria.
Al menos en este ámbito es indudable que ha ganado la partida: pasará a la historia, sin duda, y tal vez para él sea lo de menos que el mundo lo recuerde como una mezcla entre una versión obesa del Capitán América, Mussolini (una figura que le es más semejante que Hitler) y Calígula. En el otro sentido, el de los impactos locales e internacionales de la actual administración estadunidense, está por verse si están fabricando un nuevo orden mundial o si, representan más bien el inicio de un desorden monumental, tanto en lo político como en lo económico.
Me inclino por lo segundo y tiendo a pensar que los disparates del trumpismo gobernante resultan económica, política y socialmente contraproducentes para Estados Unidos y hasta para la élite empresarial que acompaña al magnate en sus aventuras. Por ejemplo, el empecinamiento de Trump en abandonar el Acuerdo de París, su negación terraplanista del cambio climático y su afán por reinstaurar los combustibles fósiles como la fuente principal de energía no sólo destruyen las perspectivas de rentabilidad de las cuantiosas inversiones realizadas en fuentes alternativas realizadas en las últimas dos décadas por las transnacionales energéticas, sino que dan un puntapié al negocio primigenio de uno de sus más importantes aliados de inicio, Elon Musk, así sea que compense el perjuicio con multimillonarios contratos de la NASA para SpaceX, otro de los grandes negocios del sudafricano.
En ese mismo sentido, cabe preguntarse si no resulta decepcionante para la industria armamentista estadunidense que Trump parezca empeñado en romper la alianza estratégica con Europa, que es el principal mercado de dicha industria. Y si se amplía la mirada sobre el conjunto, no puede ser saludable para la economía de la superpotencia el atentar contra un volumen de intercambios que ronda el billón de dólares, como lo es el que Estados Unidos mantiene con el Viejo Continente, o el que buena parte de su industria corra el riesgo de ver descuartizadas sus líneas de producción y suspendido su abasto de insumos por la hostilidad contra los socios estadunidenses en el TMEC.
Por lo pronto, Canadá ya se fue a firmar un acuerdo de asociación estratégica con China, una jugada que constituye, se mire como se mire, un efecto contraproducente para la permanente campaña sinofóbica de Trump. Y así, muchos otros ejemplos. Desde esas perspectivas, acaso la mejor manera de definir a Trump no pase por escudriñar su ideología, sus “verdaderos propósitos” o sus posibles quebrantos mentales, sino verlo como síntoma de la decadencia –tal vez terminal– del pacto social, las instituciones y el poderío mundial de Estados Unidos. En ese sentido, el millonario patán y berrinchudo es lo de menos.
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