Después de cinco años de trumpismo, la sustitución del imperialismo transatlántico por el unilateralismo estadunidense no toma desprevenidos a los gobernantes del viejo continente. De hecho, el jueves 22, la Unión Europea efectuó una cumbre de emergencia para replantear su relación con Estados Unidos y prepararse ante nuevas crisis desatadas por el peculiar entendimiento trumpiano de las relaciones internacionales.
En días pasados, tanto el presidente francés, Emmanuel Macron, como el canciller alemán, Friedrich Merz, habían reconocido la necesidad de articular estrategias de defensa autónomas de Washington, es decir, reconocer que han llegado a su fin casi ocho décadas de gestión conjunta de un área de influencia que se extendió a todo el globo desde la desaparición de la Unión Soviética. Sin embargo, al mismo tiempo que asumen su soledad geopolítica, los dirigentes europeos redoblan su obsesión de aniquilar a Rusia como potencia con intereses soberanos. El problema para Europa es que no puede articular una política independiente de Estados Unidos mientras se mantenga en guerra con Moscú, y no puede enfrentarse a Rusia sin el paraguas nuclear y el armamento estadunidense. Bruselas y Londres han de elegir entre dos objetivos inconciliables.
Para comprender cómo se llegó a este punto, es preciso remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial. En la posguerra, supeditar su defensa y buena parte de su política exterior a Washington permitió a la Europa capitalista construir robustos Estados de bienestar: mientras Estados Unidos quemaba recursos virtualmente ilimitados en la carrera armamentística con la Unión Soviética, las potencias europeas levantaron inéditos sistemas educativos, de salud, vivienda y seguridad social, gracias a los cuales la economía de mercado tomó un rostro humano que disipó el atractivo del socialismo y enterró, se creía que para siempre, la combinación de desigualdad y odio a la diferencia en que surgieron los fascismos.
Hoy, esa lógica no tiene sentido: los Estados de bienestar se han erosionado hasta volverse irreconocibles por el avance gradual pero constante del neoliberalismo, y la delegación de la defensa ya no representa ningún ahorro cuando Donald Trump obliga a sus socios a destinar un irracional 5 por ciento del producto interno bruto al gasto militar. En este nuevo contexto, Bruselas encara una disyuntiva: o renuncia a la política de arrinconar a Rusia o completa la destrucción en curso de los Estados sociales para alimentar la maquinaria bélica, sin ninguna certeza de triunfo en el campo de batalla al que se apresta a acudir.
El auge de los discursos y los partidos de ultraderecha en toda Europa anticipa con claridad el resultado de tomar el segundo camino: la hiperconcentración de la riqueza, la pérdida de derechos sociales básicos y la inequidad echan a las mayorías a los brazos de fascistas (eufemísticamente llamados “populistas de derechas”), cuya táctica consiste en usar a minorías como chivo expiatorio de los males generados por el capitalismo. En la primera mitad del siglo XX, las fobias occidentales se dirigieron contra los judíos, mientras ahora lo hacen contra los inmigrantes no blancos y los practicantes del islam, pero la dinámica es la misma, y la única manera de parar la marcha hacia el abismo consiste en restaurar el bienestar de las clases trabajadoras antes de que su justo malestar sea instrumentalizado por políticos y empresarios sin escrúpulos.
Los recursos para hacerlo existen y no es ningún misterio dónde encontrarlos: basta con revertir los ruinosos recortes de impuestos a los ultrarricos y gastar con sensatez las fortunas que hoy se desvían a la guerra y la preparación para la misma. Esto último exige la coexistencia pacífica con Moscú, para la cual basta con renunciar a la expansión de la OTAN hacia el Este, lo cual, además, es un compromiso suscrito por Occidente durante la desintegración de la URSS. En este sentido, es necesario recordar que la invasión a Ucrania nació de la insistencia del ex presidente estadunidense Joe Biden y sus socios europeos en atravesar una línea roja explícita al sumar a Kiev al pacto antirruso. Si desistiera de ese delirio imperial en el que ya ni siquiera puede contar con el apoyo de Washington, Europa recuperaría un importante mercado, a su proveedor más fiable y barato de energía, y liberaría el presupuesto tan necesario para blindar a las democracias liberales de la amenaza neofascista.
China: la construcción de otro mundo posible
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Renata Wimer*
25 de enero de 2026 00:04
Ante el paisaje de decadencia evidente de la civilización occidental, y cuando la idea de una esperanza histórica para la humanidad parecía haberse extinguido, emprendí un viaje a China. No buscaba confirmar ninguna tesis previa; el desplazamiento fue casi accidental. Sin embargo, esa experiencia alteró profundamente mi visión del mundo contemporáneo, mostrándome que otro tipo de proyecto civilizatorio ya no era una utopía lejana, sino una realidad en marcha, y que la historia puede enseñarnos a proyectar alternativas posibles, aun en medio del caos global.
La milenaria China se erige hoy como una de las fuerzas más dinámicas de nuestro tiempo. Representa el crecimiento más veloz de un país en la historia moderna y un sistema económico y político singular. Ha sabido sortear inmensas dificultades históricas para consolidar una civilización que celebra su pasado milenario y se proyecta con determinación hacia el futuro.
En el año en que nací, 1978, Deng Xiaoping inició la gran apertura económica de China sin abandonar los principios socialistas de su antecesor Hua Guofeng ni de Mao. Logró conjuntar visiones que parecían incompatibles desde la perspectiva liberal: un Estado arraigado en una visión socialista junto con la activación de un modelo económico impulsado por inversión extranjera, dando lugar a una economía mixta bajo la regulación plena del Partido Comunista.
Durante los años 90, China pasó de ser la gran maquiladora barata del mercado global para convertirse en un centro de manufactura de alto valor. Este proceso, consolidado a partir de 2010, la transformó en la potencia tecnológica e industrial que conocemos hoy. Desde 2016, es la principal economía mundial, según el Fondo Monetario Internacional.
Nada de esto sería posible sin una planificación meticulosa del desarrollo social, político y económico. Para los liberales que defienden el libre mercado sin control del Estado –y se presentan como enemigos absolutos del comunismo– conviene recordar que toda esta organización es fruto de los planes quinquenales que emanan del Partido Comunista, iniciados en 1953 con Mao en el poder. Esto también es posible gracias a la historia de un país que atravesó guerras civiles, hambrunas e intervenciones externas. China denomina al siglo XIX “el siglo de la humillación”, periodo en el que perdió territorios estratégicos y aceptó tratados desiguales impuestos por potencias occidentales y Japón. De esa experiencia surgió un profundo sentido de unidad nacional, soberanía y protección de sus fronteras.
Dos mil años de influencia del pensamiento confuciano han moldeado una perspectiva política distinta a la occidental. El tejido político chino es sólido, producto de largos procesos históricos; no puede juzgarse de manera superficial. A menudo se dice que en China no hay democracia, pero la realidad es que el pueblo participa de manera mucho más directa en el rumbo político que en Occidente, en una forma de “democracia sustantiva”, ejercida a través de consultas locales, sindicatos, asambleas populares y el Congreso Nacional del Pueblo. No es multipartidista –modelo que en su alternancia genera inestabilidad–, sino que tiene un sistema basado en la meritocracia: gobierna quien ha demostrado mérito como pensador, dirigente y servidor público.
China redefinió el socialismo: el mercado funciona como medio, no como fin, y sectores estratégicos como energía, transporte o banca dependen del Estado, que regula la economía para garantizar competencia saludable. Desde los tiempos de Mao hasta hoy, existen escuelas de marxismo en cada universidad y es obligatoria la formación en filosofía marxista, historia del Partido Comunista y pensamiento de Mao, Deng y Xi. El marxismo en China se estudia y se practica, no es propaganda.
Hace poco leí un artículo en El Economista que me maravilló: el fundador de Huawei, una de las grandes empresas tecnológicas multinacionales, es dueño sólo de un por ciento de su empresa, el resto pertenece a los trabajadores y a un comité sindical que administra el programa de propiedad accionaria. Este ejemplo concreto muestra con claridad la diferencia social entre China y Occidente: aunque hay ricos, el Estado y el Partido regulan sus acciones para impedir el enriquecimiento ilimitado. Ese principio marca una de las diferencias estructurales más profundas entre China y las democracias liberales contemporáneas.
China no sólo genera riqueza: construye equidad, estabilidad y un proyecto civilizatorio con sentido histórico. Hoy, este proceso ofrece una lección para el mundo contemporáneo: pensar lo imposible y proyectarse hacia un futuro compartido, donde la coordinación entre Estado, sociedad y cultura permita la construcción de alternativas viables y sostenibles.
* Creadora escénica, compositora y actriz
Política migratoria de Trump cambió el perfil de paisanos repatriados
Antes eran los detenidos en la frontera, ahora son aquellos que arresta el ICE durante las redadas
▲ Ayer continuaron los arrestos en Mineápolis. En lo que va del gobierno republicano, Estados Unidos ha expulsado a 129 mil 742 connacionales, la mayoría por tierra.Foto Ap
Néstor Jiménez
Periódico La Jornada Domingo 25 de enero de 2026, p. 4
El recrudecimiento de las políticas migratorias en el gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aún no ha llevado a que las deportaciones de mexicanos alcancen los niveles de su antecesor, Joe Biden, pero sí modificaron el perfil de los repatriados. Hoy, éstos ya no son mayoritariamente los detenidos en su intento por cruzar la frontera, se trata ahora, sobre todo, de quienes son víctimas de las redadas de la Agencia de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).
De acuerdo con las estadísticas oficiales del gobierno mexicano, hay una reducción de 26.6 por ciento de las repatriaciones de “paisanos” en el arranque de la administración de Trump en comparación con 2024.
Especialistas han documentado una clara reducción en los intentos de cruces indocumentados en la frontera con el país vecino, lo cual podría explicar también la disminución de las deportaciones, pero consideran que persiste un alto número de repatriaciones debido a las detenciones por parte del ICE.
Las cifras del gobierno de Estados Unidos apuntan a que más de un tercio de los arrestados por elementos del ICE en los últimos meses fueron mexicanos, y 90 por ciento fueron varones. La tendencia en ese perfil coincide con las repatriaciones reportadas por el Instituto Nacional de Migración (INM).
En 2024, todavía durante el gobierno de Biden, 18.15 por ciento del total de las expulsiones fueron mujeres adultas y 14.7 por ciento fueron niñas, niños y adolescentes; pero con el republicano bajaron a 8.6 por ciento las deportaciones de mujeres adultas y a 4.7 por ciento las de menores de edad, mientras el porcentaje de hombres retornados se elevó.
Luego del arranque de la administración de Trump el 20 de enero de 2025, y tomando como base los datos del periodo febrero-noviembre, fueron repatriados desde el país vecino 129 mil 742 connacionales.
Representan 47 mil 50 menos que los 176 mil 792 que fueron deportados en el mismo periodo de 2024, es decir, una disminución de 26.6 por ciento.
No obstante, en las estadísticas de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación (cuyas cifras más recientes corresponden a noviembre pasado), no se aclara si los “paisanos” retornados fueron detenidos al momento de cruzar la frontera sin documentación, o si fue consecuencia de aprehensiones durante las redadas de agentes del ICE.
Durante el año pasado, 80.01 por ciento de los retornos de connacionales han sido por tierra a los estados fronterizos: Tamaulipas, en primer término, seguido de Sonora, Chihuahua, Baja California y Coahuila.
Para ello, el gobierno federal definió 12 puntos de repatriación, localizados en Tijuana, El Chaparral, Mexicali, Ciudad Juárez, Libertad, Ojinaga, Ciudad Acuña, Piedras Negras, Nogales, San Luis Río Colorado, Nuevo Laredo, Matamoros y Reynosa.
En tanto, 20 por ciento restante fueron enviados por vía aérea a Tabasco, Chiapas o al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, como parte del procedimiento de repatriación al interior de México, acordado en diciembre de 2019 con la finalidad de que el traslado de los mexicanos repatriados a sus comunidades de origen sea más corto.
Los estados desde los que han sido detenidos y deportados la mayor cantidad de connacionales son California y Texas, mientras los paisanos repatriados son originarios principalmente de Chiapas, Guanajuato, Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Michoacán y Puebla.
Resistencia y solidaridad
Manifestantes corean consignas y golpean botes de basura tras una barricada improvisada durante una protesta en respuesta a la muerte de Alex Pretti, de 37 años, asesinado a tiros por un agente del ICE en Mineápolis. Foto Ap Foto autor
Jorge Durand
25 de enero de 2026 00:03
La promesa de Donald Trump de deportar a todos los migrantes indocumentados –ahora calificados como criminales para facilitar su captura– cada vez se complica más. Ya no es sólo un asunto de financiamiento: existe una resistencia generalizada de la población frente a la manera en que se realizan los operativos, a las detenciones arbitrarias de vehículos y a la invasión de la propiedad privada para llevarlos a cabo.
Los ejemplos aislados de solidaridad con los migrantes se han convertido, en muchos casos, en una respuesta masiva de la población, que se opone a las redadas y al accionar de la migra (ICE). La suma de muchos episodios, que podemos ver todos los días en las redes sociales, llegó a un punto de inflexión con el asesinato de Renee Good, a quien podríamos calificar como solidaria, amiga de la causa migrante y madre de familia. Pero lo que ha causado mayor impacto es el asesinato a sangre fría de una ciudadana y, para ponerlo en el contexto racial que se vive y se practica del otro lado, una mujer blanca.
Los múltiples videos de la escena muestran a Renee hablando con los oficiales, con la ventana abierta, mientras maniobra su coche para salir de una calle bloqueada por el operativo. Su pareja filma la escena; luego sube al vehículo y, poco después, se escucha un insulto por parte del agente y tres disparos, a quemarropa, en la cabeza. No hay ningún video que indique peligro alguno para el oficial del ICE por un posible atropello ni intención de la conductora de hacerlo.
No obstante, la versión federal, presentada por la secretaria de Seguridad Nacional , Kristi Noem –responsable del accionar del ICE–, afirma que se trató de “terrorismo doméstico” y de un intento de atropellar al oficial. Una versión similar, y aún más aderezada, fue la del vicepresidente J. D. Vance y la del propio Trump. Por su parte, tanto el alcalde de Mineápolis como el gobernador de Minesota ofrecieron una versión totalmente distinta.
Éste es, quizá, el ejemplo más claro de la polarización que existe en Estados Unidos, tanto en la opinión pública como entre demócratas y republicanos. Justificar un asesinato a sangre fría, a la vista de todo el mundo, se ajusta de manera clara y precisa a la creciente inmunidad de la que gozan los agentes del ICE: tienen carta blanca para hacer lo que quieran.
Al mismo tiempo, afloran con cada vez mayor frecuencia las pulsiones profundas de una verdadera simpatía, respeto y cariño hacia la comunidad migrante. Hace ya un tiempo quedé muy impresionado por el testimonio de una mujer blanca y estadunidense que narraba en TikTok su apuro por ir a participar en una manifestación contra la migra en la ciudad de Los Ángeles.
Cuenta que de joven era bastante acelerada y que se relacionó con un grupo de jóvenes de origen mexicano. Con uno de ellos tuvo un hijo y su madre la expulsó de la casa. Como no tenía dónde ir, se fue a vivir con su suegra. Allí permaneció algunos años y relataba que, para su suegra, ella era su hija y su nieto lo más preciado; vivió feliz durante ese tiempo. Luego se separó y tuvo otro hijo con una persona distinta. Aun así, podía volver a esa casa y siempre era recibida con el mismo cariño.
El día de la manifestación no tenía con quién dejar a sus hijos y los llevó a casa de su ex suegra para que los cuidara. No podía faltar a esa cita: su madre biológica la había despedido y abandonado, mientras una madre mexicana la había acogido. Ya no había relación con su ex novio, pero persistía, de manera muy profunda, un vínculo afectivo con esa familia y con esa comunidad que estaba siendo acosada y perseguida.
Vivir dentro de otra cultura, en el seno de una verdadera familia, la transformó para siempre, y esa experiencia se convirtió en solidaridad y posicionamiento político, en un momento en que toda la comunidad migrante y latina es acosada y perseguida.
No todo es color de rosa. Muchos de los miembros del ICE son de origen latino o mexicano; son especialmente valorados por ser bilingües. Los vemos hablar en español y pedir papeles. Muchos de ellos son incluso más rigurosos que los propios gabachos, como si tuvieran que demostrar públicamente su fidelidad y compromiso.
La solidaridad y la resistencia se enfrentan a otra actitud muy estadunidense: la de ser vigilantes, la de sentirse con la obligación de denunciar al vecino que hace ruido, al compañero de trabajo que llega tarde, o a cualquier persona que pasea o se estaciona en el barrio y es considerada sospechosa.
La política antinmigrante de Trump activa estos mecanismos de respuesta en la sociedad estadunidense, que se siente amenazada por los migrantes, al considerarlos criminales. De este modo se ha generado una dinámica del miedo en ambos lados de la ecuación. Es racismo puro y duro: si los negros, por el solo hecho de serlo, generan miedo y rechazo, ahora los migrantes – equiparados a criminales– también.
