Caracas y Washington inician gestiones para la reapertura de sus sedes diplomáticas
▲ Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, y Lan Hu, embajador de China en esa nación sudamericana.Foto tomada de @delcyrodriguezv en Instagram
Ángel González Especial para La Jornada
Periódico La Jornada Sábado 10 de enero de 2026, p. 4
Caracas. Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, recibió el jueves en su despacho al embajador de la República Popular China, Lan Hu. En un mensaje publicado en redes sociales, Rodríguez indicó que agradeció al gobierno chino por su condena al secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama Cilia Flores, así como a las agresiones contra Venezuela. “Valoramos la posición firme y consecuente de China al condenar enérgicamente la grave violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana”, afirmó.
Desde el bloqueo impuesto por Washington a la empresa estatal Petróleos de Venezuela, China se convirtió en el principal comprador de crudo venezolano.
Venezuela produjo en noviembre, según fuentes secundarias que reportaron a la Organización de Países Exportadores de Petróleo, 921 mil 667 barriles diarios. De esta cantidad, según un reporte de Reuters, aproximadamente 81 por ciento (746 mil barriles) fue despachado a China y 14 por ciento (128 mil barriles) hacia Estados Unidos, por conducto de Chevron.
En tanto, ayer llegó a Caracas John McNamara, designado encargado de negocios de Estados Unidos para Venezuela, con la intención de hacer las gestiones para la reapertura de la sede diplomática en el país, a sólo seis días del ataque militar ordenado por el presidente estadunidense, Donald Trump, que dejó al menos 100 muertos entre militares y civiles. Asimismo, una delegación del gobierno bolivariano viajó a Washington para diligencias similares.
Esta información, que circuló con fuerza al mediodía del viernes, fue confirmada poco después de la una de la tarde, hora local, por el canciller venezolano, Yván Gil, quien publicó un comunicado en redes sociales.
Después de reiterar la denuncia de que Venezuela fue víctima de “una agresión criminal, ilegítima e ilegal” que condujo al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la nota de la cancillería dice: “En este contexto, arriba al país una delegación de funcionarios diplomáticos del departamento de Estado de Estados Unidos que realizará evaluaciones técnicas y logísticas inherentes a la función diplomática. De igual manera, una delegación de diplomáticos venezolanos será enviada a Estados Unidos para cumplir las labores correspondientes”.
Según fuentes familiarizadas con el proceso, McNamara y una delegación de funcionarios que lo acompañan tendrían la intención de instalarse hoy mismo en la sede de la embajada de Estados Unidos en la capital venezolana, ubicada en la urbanización Colinas de Valle Arriba, una exclusiva zona del este de la ciudad.
El texto concluye con la afirmación de que la presidenta encargada venezolana “enfrentará esta agresión por la vía diplomática”, ya que es “el camino legítimo para la defensa de la soberanía, el restablecimiento del derecho internacional y la preservación de la paz”.
Según una fuente cercana al Ejecutivo, la delegación venezolana que viaja a Washington también participaría en reuniones acerca de la reactivación de la producción y comercio de petróleo venezolano y la recuperación de la infraestructura de generación y transmisión de energía eléctrica. El objetivo sería establecer un acuerdo entre los gobiernos de Trump y Rodríguez.
La información sobre estos intercambios se da luego de que voceros de la Casa Blanca, entre ellos el propio Trump, aseguraran que Estados Unidos controlaría la venta de petróleo venezolano.
El magnate republicano aseveró este viernes muy temprano en su red social Truth Social que “Estados Unidos y Venezuela están trabajando conjuntamente, especialmente en la reconstrucción, de una forma mucho mayor, mejor y más moderna de su infraestructura de petróleo y gas”. Agregó en el mismo mensaje que se reuniría durante el día con “las grandes petroleras”, quienes “invertirán al menos 100 mil millones de dólares” en el país sudamericano.
Por su parte, la presidenta encargada venezolana declaró que los acuerdos comerciales entre ambas naciones no deben ser vistos como algo irregular, aunque, luego del ataque militar y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, existe “una mancha” en la historia de las relaciones bilaterales.
Esta información, que circuló con fuerza al mediodía del viernes, fue confirmada poco después de la una de la tarde, hora local, por el canciller venezolano, Yván Gil, quien publicó un comunicado en redes sociales.
Después de reiterar la denuncia de que Venezuela fue víctima de “una agresión criminal, ilegítima e ilegal” que condujo al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la nota de la cancillería dice: “En este contexto, arriba al país una delegación de funcionarios diplomáticos del departamento de Estado de Estados Unidos que realizará evaluaciones técnicas y logísticas inherentes a la función diplomática. De igual manera, una delegación de diplomáticos venezolanos será enviada a Estados Unidos para cumplir las labores correspondientes”.
Según fuentes familiarizadas con el proceso, McNamara y una delegación de funcionarios que lo acompañan tendrían la intención de instalarse hoy mismo en la sede de la embajada de Estados Unidos en la capital venezolana, ubicada en la urbanización Colinas de Valle Arriba, una exclusiva zona del este de la ciudad.
El texto concluye con la afirmación de que la presidenta encargada venezolana “enfrentará esta agresión por la vía diplomática”, ya que es “el camino legítimo para la defensa de la soberanía, el restablecimiento del derecho internacional y la preservación de la paz”.
Según una fuente cercana al Ejecutivo, la delegación venezolana que viaja a Washington también participaría en reuniones acerca de la reactivación de la producción y comercio de petróleo venezolano y la recuperación de la infraestructura de generación y transmisión de energía eléctrica. El objetivo sería establecer un acuerdo entre los gobiernos de Trump y Rodríguez.
La información sobre estos intercambios se da luego de que voceros de la Casa Blanca, entre ellos el propio Trump, aseguraran que Estados Unidos controlaría la venta de petróleo venezolano.
El magnate republicano aseveró este viernes muy temprano en su red social Truth Social que “Estados Unidos y Venezuela están trabajando conjuntamente, especialmente en la reconstrucción, de una forma mucho mayor, mejor y más moderna de su infraestructura de petróleo y gas”. Agregó en el mismo mensaje que se reuniría durante el día con “las grandes petroleras”, quienes “invertirán al menos 100 mil millones de dólares” en el país sudamericano.
Por su parte, la presidenta encargada venezolana declaró que los acuerdos comerciales entre ambas naciones no deben ser vistos como algo irregular, aunque, luego del ataque militar y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, existe “una mancha” en la historia de las relaciones bilaterales.
Venezuela: final abierto
Se destruye a un país mediante un régimen inhumano e ilegal de sanciones que lleva al colapso de su economía y al debilitamiento de su capacidad de defensa. Se culpa al gobierno de ese país de todas las penurias y carencias provocadas por las sanciones a millones de ciudadanos. Se inventa que ese gobierno acorralado y en bancarrota representa un peligro para Estados Unidos o para Occidente entero. Se lleva a cabo un operativo militar ilegal para derrocar al presidente y se anuncia que las empresas estadunidenses controlarán todos los recursos petroleros del país atacado. Al poco tiempo, sale a la luz que el pretexto usado para derrocar al gobierno era una burda mentira, pero eso no cambia nada: los intereses económicos de las compañías beneficiadas son un argumento más importante que la democracia y la seguridad. En cada una de estas fases se dispone de la entusiasta complicidad de medios de comunicación, periodistas, académicos y presuntos defensores de derechos humanos
El pasado martes 6, el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminó la mención del presidente venezolano, Nicolás Maduro, como presunto líder del cártel de Los Soles en una acusación modificada presentada por la fiscalía, con lo que en los hechos admitió lo que todo mundo sabía: que el mandatario secuestrado nunca lideró esa organización y que la misma ni siquiera existe. De este modo, ya es completo el paralelismo entre la invasión de Irak de 2003 y el secuestro de Maduro perpetrado por el trumpismo en el tercer día de este 2026, y quienes insisten en presentar los acontecimientos en curso como una “liberación” o una “restauración democrática” de Venezuela, han quedado exhibidos como meros propagandistas del imperialismo estadunidense.
La propia Casa Blanca no muestra ningún reparo en reivindicar su lógica neocolonial. Como dijo Stephen Miller, jefe adjunto de personal para políticas y asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, “puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero el mundo real se rige por la fortaleza, por la fuerza, por el poder”. En ese “mundo real” del neofascismo, el hecho es que el destino de Venezuela sigue lejos de haberse decidido. Por una parte, Trump presume de tener totalmente sometida a Caracas, de controlar sus reservas petroleras y de haber impuesto un sistema económico idéntico al que los imperios europeos establecieron en sus posesiones de ultramar entre los siglos XVI y hasta bien entrada la década de 1970: según el magnate, en lo sucesivo Estados Unidos es el único país al que la nación sudamericana puede exportar hidrocarburos, y el único del que puede obtener cualquier producto industrial o agrícola que requiera, incluidos los de primera necesidad.
Sin embargo, aunque ciertamente hay una vulneración terrible de la soberanía venezolana, la situación en el terreno no es de ningún modo tan lineal como la presenta Trump. Por ejemplo, en el exterior casi todos los observadores dan por sentada la caída del chavismo, pero en las calles de Venezuela miles de personas piden por la liberación y el regreso de su presidente.
Mientras el político republicano dice que obligó a Caracas a romper todo vínculo con Rusia, China, Cuba e Irán, el jueves la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sostuvo un “afectuoso encuentro” con el embajador de Pekín, Lan Hu, a quien agradeció su condena a las agresiones estadunidenses. Asimismo, la aseveración de que las “grandes petroleras” invertirán “al menos 100 mil millones de dólares” en Venezuela para “reconstruir, de una forma mucho más grande, mejor y más moderna, su infraestructura de petróleo y gas” choca con las reticencias de la industria a involucrarse en el país en un contexto de demanda cubierta por la producción actual. En este sentido, está por verse si la fijación de Trump por controlar Venezuela se mantiene en caso de fracasar sus delirios petroleros.
Ésas y otras contradicciones obligan a recordar que la suerte de la lucha por la libertad de Venezuela frente al imperialismo no se ha decidido y que la solidaridad internacional es más importante que nunca para auxiliar a una nación enfrenta uno de los trances más difíciles desde la gesta de Bolívar, pero no ha sido derrotada.
La nueva era imperial de EU
▲ El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J.D. Vance, durante una reunión con ejecutivos de compañías petroleras en la Casa Blanca.Foto Afp
El presidente estadunidense Donald Trump ha atraído una ola de críticas por sus acciones en Venezuela, violaciones al derecho internacional, desdén por normas establecidas y amenazas contra otros países, incluso aliados, como Dinamarca y Canadá. En todo el mundo existe una palpable sensación de incertidumbre y premonición. Pero ya debería ser obvio que las cosas no terminarán bien, ni para Estados Unidos ni para el resto del mundo.
Nada de esto constituye una sorpresa para muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia de despedida del ex presidente Dwight Einsenhower, referente al surgimiento de un complejo industrial-militar a partir de la Segunda Guerra Mundial. Era inevitable que una nación cuyo gasto militar era igual al del resto del mundo combinado llegara con el tiempo a utilizar sus armas para dominar a otros.
Sin duda, las intervenciones populares se volvieron cada vez más impopulares después de las malhadadas incursiones estadunidenses en Vietnam, Irak, Afganistán y otras partes. Sin embargo, Trump nunca ha mostrado mayor preocupación por la voluntad del pueblo estadunidense. Desde que entró en la política (y con seguridad desde antes) ha considerado estar por encima de la ley, alardeando de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un voto. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio –cuyo aniversario acabamos de “celebrar”– mostró que tenía razón. La elección de 2024 reforzó el control de Trump sobre el Partido Republicano, al asegurar que no hará nada para obligarlo a rendir cuentas.
La captura del dictador venezolano Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Como intervención militar, requería el conocimiento previo del Congreso, si no su aprobación. E incluso si se estipulara que se trataba de un asunto de “aplicación de la ley”, el derecho internacional requiere que tales acciones se lleven a cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de otro ni capturar ciudadanos extranjeros –ya no digamos jefes de Estado– dentro de otro país. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el presidente ruso Vladimir Putin y otros han sido acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto enviar soldados para capturarlos dondequiera que estén.
Aún más descaradas han sido las subsecuentes afirmaciones de Trump. Sostiene que su gobierno “manejará” Venezuela y tomará su petróleo, dando a entender que no se le permitirá vender al mejor postor. Dados estos designios, parecería que una nueva era de imperialismo se cierne sobre nosotros. El poder hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones morales –como matar docenas de presuntos narcotraficantes sin ninguna pretensión de proceso debido– y el imperio de la ley han sido hechos a un lado, con apenas algún gemido de los republicanos que alguna vez proclamaron con orgullo los “valores” estaunidenses.
Muchos comentaristas se han referido ya a las implicaciones para la paz y estabilidad globales. Si Estados Unidos reclama al hemisferio occidental como su esfera de influencia (la “doctrina Donroe”) e impide a China el acceso al petróleo venezolano, ¿por qué China no debería reclamar el este de Asia e impedir a Estados Unidos el acceso a los chips de Taiwán? Para hacerlo no necesitaría “manejar” a Taiwán, sino sólo controlar sus políticas, en particular las que le permiten exportar a Estados Unidos.
Vale la pena recordar que a Gran Bretaña, la gran potencia imperial del siglo XIX, no le fue bien en el siglo XX. Si la mayoría de las otras naciones cooperan frente a este nuevo imperialismo estadunidense –como deberían–, las perspectivas a largo plazo para Estados Unidos serían aún peores. Después de todo, Gran Bretaña al menos intentó exportar principios saludables de gobierno a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de derecho y otras instituciones “buenas”.
En contraste, el imperialismo trumpista, ausente de cualquier ideología coherente y por completo carente de principios, es tan sólo una expresión de codicia y voluntad de poder. Atraerá a los más avaros y mendaces réprobos que la sociedad estadunidense puede producir. Tales ejemplares no producen riqueza: dirigen su energía a la búsqueda de ganancias, saqueando a otros mediante el ejercicio del poder del mercado, el engaño o la abierta explotación. Los países dominados por los buscadores de ganancias producen algunos individuos acaudalados, pero no llegan a ser prósperos.
La prosperidad requiere del estado de derecho. Sin él, existe una perpetua incertidumbre. ¿Se quedará el gobierno con mis bienes? ¿Exigirán los funcionarios un soborno para pasar por alto algún pecadillo insignificante? ¿La economía será un campo de juego parejo, o los poderosos siempre darán la ventaja a sus amigotes?
Es famosa la observación de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha mostrado que no se requiere poder absoluto para sumirse en una corrupción sin precedente. Una vez que el sistema de pesos y contrapesos comienza a venirse abajo –como de hecho ocurre en Estados Unidos–, los poderosos pueden operar con impunidad. Los costos serán pagados por el resto de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.
Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.
¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que el mundo no pueda privarse? Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes. También es posible imaginar un mundo sin las universidades y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado estadunidense. El comercio trae beneficios, pero no tantos si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender el lado de la oferta.
Una potencia hegemónica que abusa de su poder y amedrenta a otros debe ser acorralada en su esquina. Resistir a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, necesita planear para lo peor y, al planear para lo peor, puede que no haya alternativa al ostracismo económico y social: ningún otro recurso más que una política de contención.
*Premio Nobel de economía, ex economista en jefe del Banco Mundial, ex presidente del Consejo de Asesores Económico del Presidente de Estados Unidos, profesor de la Universidad Columbia, y autor, como su obra más reciente, de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).
Copyright: Project Syndicate, 2026.www.project-syndicate.org Traducción: Jorge Anaya

