José M. Murià
Debo asentar que ni el comandante Hugo Chávez ni su discípulo Nicolás Maduro han sido santos de mi mayor devoción como resultado del trato directo, aunque por fortuna muy breve, que tuve con ambos.
De hecho, la última vez que estuve en ese país, por demás entrañable, lo mismo que un par de amigos, tuve que salir casi clandestinamente y, eso sí, de manera precipitada.
Habiendo sido elegido presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (Adhilac) que había tenido en Caracas una reunión general, en virtud de que el presidente saliente era precisamente un importante funcionario cultural, al entonces jefe de estado venezolano se le ocurrió que este servidor debería residir también en Caracas y no quiso entender las razones por las cuales mi residencia en Guadalajara no ameritaba cambios.
Al fallecer el dicho “prócer”, su sucesor me mandó decir, no sé por qué, que se requería mi presencia en Caracas. Mi respuesta por escrito consistió en decirle que ya había renunciado a la dicha presidencia, pero que estaba a sus órdenes en la embajada de su país en México, aunque no podía ir hasta allá. Fue la última comunicación, además de que Adhilac en manos de un cubano fue muriendo por inanición. Ojalá que algún día resucite…
Ahora bien, tal discrepancia con el gobierno venezolano, lo mismo que la política represiva de sus opositores, no implica que apruebe la arbitraria, prepotente y fascista conducta del señor Trump:
Un verdadero “jijo de la trumpada”. De manera tal que ahora me solidarizo cabalmente con Maduro y, sobre todo, manifiesto mi repugnancia por aquellos venezolanos, mexicanos y naturales de otros muchos países, que simpatizan con la política gringa, cuya principal intención es recuperar la potestad que había ejercido antaño, gracias a venezolanos y venezolanas vendepatrias que ahora vuelven a cacarear, sobre el abundante petróleo de ese país hermano.
El hecho de que su gobierno no nos resulte satisfactorio, aunque no desagrade tanto como el argentino, el ecuatoriano y varios más, no quiere decir que sea conducente lo que pretende el neofascismo estadunidense encabezado por esta versión orate y hitleriana del siglo XXI, que puede llegar a cometer barbaridades aún peores.
Viendo algunos periódicos y demás medios de comunicación de otros países que merecen el calificativo de “reaccionarios”, me despierta la preocupación de que la historia nefasta de las relaciones con Estados Unidos no ha sido lo suficiente para repudiar un gobierno de la calaña del señor Trump.
Tal parece que los mexicanos no hemos sufrido bastantes oprobios como para no andar de nalgasprontas con la escoria fascista de los estadunidenses en vez de sumarnos a las múltiples manifestaciones que en su propio país han emergido en contra del señor Trump y rufianes que lo acompañan, entre los que se halla, para vergüenza nuestra, algún mexicano.
Éste puede que saque tajada de su abyecta conducta, pero de los mexicanos, en verdad traidores, como el que es dueño de varios medios informativos, podemos proferir con voz fuerte “que no tienen madre”.
Por suerte, nuestro gobierno, por más que lo maldigan tales mexicanos de esos que nos avergüenzan, enarboló el ideario de la Revolución Mexicana y ha establecido una postura ecuánime y de gran dignidad. Afortunadamente, hoy es hegemónico en el gobierno de nuestro país un contingente que recuerda al PRI de antaño.
No podemos manifestarnos optimistas sobre los resultados de los ires y venires que se avecinan en los próximos tres años, pero sí resulta claro que resistencia habrá gracias a mexicanos que sabrán pasar por encima de controversias y diferencias partidistas, para volver a blandir principios de la política exterior mexicana que tanto lustre le dieron antes a nuestra patria y tanto favoreció el gran desarrollo que tuvo nuestro país.
Lo cierto es que la doctora Sheinbaum recuerda a los gobiernos aquellos que, en el ámbito internacional, dejaron muy bien parado a México, a pesar de que también padecieron lastres reaccionarios como los de ahora que no impidieron el reconocimiento general.
Ocuparemos Groenlandia “por las buenas” o “por las malas”: Trump
Ataque sobre Caracas
Afp y Sputnik
Periódico La Jornada Sábado 10 de enero de 2026, p. 5
Washington. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió ayer que se encargará “por las buenas” o “por las malas” de que Groenlandia, un territorio danés, sea de Estados Unidos.
“Quiero llegar a un acuerdo, sabes, por las buenas. Pero si no logramos hacerlo de la forma fácil, lo haremos por las malas”, afirmó Trump en una reunión en la Casa Blanca con responsables de la industria petrolera. “Si no la ocupamos, Rusia o China se convertirán en vecinos de al lado; eso no va a suceder”, añadió.
El magnate asegura que el control de la isla, rica en minerales, es “crucial” para la seguridad nacional de Estados Unidos dado el aumento de la actividad militar de Rusia y China en el Ártico.
Mientras tanto, el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Mark Rutte, conversó ayer con el jefe de la diplomacia estadunidense, Marco Rubio, sobre “la importancia del Ártico para nuestra seguridad común y sobre la manera en que la OTAN trabaja para reforzar sus capacidades en el Gran Norte”, indicó una vocera de la alianza atlántica.
La OTAN ha intentado que Wa-shington pierda interés en Groenlandia, destacando las medidas que está tomando para fortalecer al seguridad en la región.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió que cualquier ataque armado de Estados Unidos para apoderarse de Groenlandia acabaría con la alianza militar occidental, fundada hace 76 años.
Alemania, Italia y España se sumaron a las voces contra el propósito anexionista de Trump y ofrecieron su respaldo total a Dinamarca para defender su soberanía sobre Groenlandia. “Rige el derecho internacional. No puede ser que prevalezca la ley del más fuerte”, declaró el vicecanciller alemán, Lars Klingbeil.
La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, advirtió que “cuando se violan las normas, todos quedamos mucho más expuestos”.
La ministra española de Defensa, Margarita Robles, advirtió ayer a Estados Unidos que “cualquier actuación” en Groenlandia sería “inaceptable” por estar contra el derecho internacional y pidió “firmeza” a la Unión Europea para proteger este territorio.
Inhumano
Fabrizio Mejía Madrid
El pueblo Kalam de Nueva Guinea considera a los casuarios como humanos. A pesar de que son parecidos a los avestruces, para los papúes esas aves son sus iguales. Matar a un casuario equivale a cometer un homicidio, y el asesino se convierte para la comunidad en impuro y peligroso. Pienso en los casuarios cada vez que algún fascista viene con su perorata de las razas, las naciones superiores e inferiores, los “migrantes subhumanos”, los “zurdos de mierda” que merecen morir a manos de la policía, y todas las formas de deshumanizar comparando a los seres humanos con animales u objetos. Existen culturas que no sólo consideran a los humanos iguales, sino que incluyen hasta algunos animales, a los bosques y las plantas que los alimentan. Esto quiere decir que nuestra actual ruta de colisión contra lo humano no es común, sino que tiene una historia. Lo humano no es un hecho factual sino una forma de legitimar la dominación y, del lado excluído del “inhumano”, es una exigencia, un reclamo por la dignidad.
Occidente es la historia de varios grupos de personas que se piensan esenciales dentro del resto que es desechable. Fundan la idea de que lo humano es un rasgo restrictivo y exclusivo de su grupo. Los griegos consideraban bárbaros a los que no hablaban su idioma y sostenían que eran pueblos balbuceantes destinados a la esclavitud. Es una idea que legitima toda forma de dominación, primero en Europa y luego en Estados Unidos. Los demás son un contagio. Puede ser de criminalidad, de culturas distintas, y hasta de lo que se considera “feo”, como dijo hace poco el presidente de los Estados Unidos a un grupo de venezolanos deportados.
Son parásitos que le chupan la sangre al hombre común, decente, trabajador y que, además, reclaman un lugar que no se han ganado, se reproducen a velocidades de terror, y su subhumanidad se va pasando de generación en generación. Como lo son “los pobres” para la ultraderecha en el México actual. Racializada la pobreza, los señalados llevan en el color de piel su desventaja natural que justifica que se les trate como cosas. Al revés de los Kalam, los soberbios “occidentales” le han dicho impuro, no al que asesina a un igual, sino al que consideran su inferior y que merece morir o ser esclavizado.
Pero veamos qué ha sido “Occidente” con el que se llenan la boca lo mismo los trumpistas, que los de Vox en España, la OTAN, y hasta una ralea latinoamericana que espera que el “primer mundo” le llegue, aunque sea a bombazos. Un reciente libro de Georgios Varouxakis, llamado simplemente West, hace la historia del concepto racista desde su inicio griego. Primero, incluyó todo lo que estaba al norte de Europa, con todo y la Rusia de Pedro El Grande. Pero, tras la victoria de los rusos sobre Napoleón, Occidente, aterrorizado, se convirtió en algo que excluyó para siempre a Rusia.
Lo que pasaba del oeste de Alemania y del sur de Italia era “oriental”, “musulmán”, “cosaco”. “otomano”, “turco” o “bárbaro”. Pero he ahí que el racismo se fue haciendo exclusivista: los del sur de Europa, España e Italia incluidas, no eran ya realmente Occidente, por ser católicos. Luego, en la propia Gran Bretaña, los irlandeses no eran tampoco “occidentales”. No era la Europa cristiana, porque estaban fuera los ortodoxos del “Oriente”, incluyendo a los mismísimos griegos. No eran tampoco franceses y alemanes porque, entre ellos, se disputaron ser el centro de la humanidad. Pero fueron los positivistas de Francia, Augusto Comte en específico, que colocó a su patria en el centro desde donde emergía la universalidad, con un guiño al imperio de Carlomagno, sucesor supuesto de la Roma de los césares. Alemania se quedó con su profunda “kultur”, resistiendo ese universalismo que despreció por ser tan sólo “una civilización”, es decir, superficial. Los Estados Unidos entran ahí, no sólo porque se digan herederos de los migrantes europeos, sino porque son muy cristianos, blancos, y “superiores”, es decir, porque llevan consigo el racismo al que le suman su supuesta supremacía tecnológica. Desprecian a los europeos católicos, y se ponen al frente de ese imaginario del racismo fluctuante y voluble que se llama “Occidente”.
Así, los esclavistas del sur de Estados Unidos están convencidos de que fueron puestos por Dios en esta tierra para explotar a los inferiores y apropiarse de sus recursos. Al “negro” flojo e ignorante, lo sustituyen con el afroamericano criminal, drogadicto, y naturalmente violento después de la emancipación. A los latinoamericanos nos consideran subhumanos con poderes sobrehumanos para “minar su modo de vida”, engendrar el caos, y las sobredosis. No merecemos los recursos naturales porque hacemos mal uso de ellos. Somos, a la vez, autoritarios e indolentes. Contagiosos y desechables.
Lo humano que surgió después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki habló de nuestra vulnerabilidad ante nuestra propia tecnología. Ahora los mega millonarios hablan de prescindir de lo humano con la inteligencia artificial. Después de Hiroshima y Nagasaki, se expandió el imaginario de que todos teníamos un irreductible: nuestra propia dignidad. Vivíamos en naciones que, al menos en el papel, tenían todas por igual derecho a la autodeterminación. Todo eso se está rompiendo en estos días. El presidente de Estados Unidos dice que el límite de su poder global es “su propia moralidad”. Como un esclavista lleva a cabo linchamientos para regocijo de sus seguidores digitales. Esos rituales de degradación, como exhibir a un presidente constitucional con esposas y vendado de los ojos, son los viejos espectáculos callejeros de llevar a la horca a un afroamericano, no por haber violado a una mujer, sino por tener una “naturaleza violadora”. Lo mismo puede decirse del lenguaje de la ultraderecha, sus insultos, apodos, amenazas diarias. Son linchadores confederados. En estos días parece que hemos llegado a la hora de la crueldad. Y, para no pensar más, imagino a un magnífico casuario azul, con su cresta, agazapado.