Noviembre está echando toneladas de historia sobre la actualidad española. Ayer, el presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, visitó por primera vez Guernica, villa vasca bombardeada en 1937 por la aviación de Hitler, y pidió perdón por ello. Lo hizo al lado del rey español, Felipe de Borbón, que volvió a hacerse el loco para no asumir su parte de responsabilidad como heredero directo de la dictadura de Franco.
De hecho, con la cara que sólo puede tener un Borbón, dio las gracias a Steinmeier por el acto de desagravio. Es decir, un alemán se siente responsable de lo que sus antepasados hicieron en Guernica, pero un español no. La diferencia entre ambos es una: en el primer caso hubo una ruptura con el régimen que cometió aquellos crímenes; en el segundo, no.
Ocurre exactamente lo mismo con el pasado colonial español, ahora que el tema vuelve a estar de actualidad en México. Pedir disculpas siempre es más sencillo cuando uno no siente que esté traicionando a sus antepasados; cuando no hay línea directa, orgánica e incluso sanguínea con los responsables de crímenes pasados.
El régimen franquista y el sistema de baja intensidad democrática actual, por llamarlo de algún modo más o menos elegante, no son la misma cosa. Afirmarlo es hacer el ridículo. Pero esa línea directa entre los poderes del pasado y del presente volvió a quedar de manifiesto el pasado 20 de noviembre, otra jornada en que las cuentas pendientes volvieron a ponerse encima de la mesa. Ese día se cumplió medio siglo de la muerte del dictador Francisco Franco, y el Tribunal Supremo quiso celebrarlo a su manera.
La más alta institución del poder judicial, un estamento que pasó de la dictadura a la democracia como quien pasa de una habitación a otra sin siquiera cambiarse de ropa, decidió que el 20 de noviembre era un buen día para dar a conocer la condena –que no la sentencia– al fiscal general del Estado por un caso de revelación de secretos que no tiene ni pies ni cabeza. Un golpe de lawfare de manual con el que los jueces castigan a un Pedro Sánchez cuya mayoría de investidura –con partidos independentistas vascos y catalanes– se sitúa fuera de lo que la judicatura conservadora considera aceptable.
De paso, confirman el carácter intocable de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que aguarda el momento para merendarse al líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. Fue la pareja de Ayuso, defraudador confeso, quien denunció al ya ex fiscal general, que ha acabado condenado sin pruebas por haber filtrado, supuestamente, la propuesta del denunciante para llegar a un acuerdo con la fiscalía en el caso que se sigue contra él por fraude fiscal.
Sin salir de los tribunales españoles, esta semana ha arrancado otro juicio que rasca en el pasado. En el banquillo de los acusados se sientan Jordi Pujol, presidente de Cataluña durante una eternidad que va de 1980 a 2003, sus siete hijos y una decena de empresarios. Se les acusa de asociación ilícita y de haber acumulado un patrimonio millonario mediante el cobro de comisiones a cambio de adjudicaciones de obra pública. La familia lo atribuye a una herencia del padre del ex presidente, pero lo cierto es que los indicios de corrupción son abrumadores, lo cual no debiera impedir ver el trasfondo político del caso.
Pujol lo fue todo en la política catalana durante casi un cuarto de siglo. Fue el constructor de ese sistema por el cual Cataluña ganaba competencias a cambio de garantizar la estabilidad del Estado, garantizando que todo se desarrollaba dentro del cauce autonómico. En Madrid lo odiaban y lo necesitaban. Fue la máxima expresión, en Cataluña, del régimen que siguió a la muerte de Franco.
El caso que ahora se juzga empezó a fraguarse en 2012, año de la primera gran manifestación independentista catalana, cuando la policía al servicio directo del gobierno de Mariano Rajoy y su ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, arrancó unas investigaciones prospectivas que buscaban minar el auge soberanista. En su miope lectura de la situación, en Madrid siempre interpretaron que el deseo de los catalanes por la independencia fue resultado de años de cesiones a los gobiernos de Pujol. No en vano, eran sus herederos políticos quienes ahora trataban de pilotar la ola independentista.
Ha pasado una década larga desde entonces, el proceso catalán acabó y Pujol es un anciano de 95 años con deterioro cognitivo, pero el ánimo vengativo de los tribunales españoles lo mantiene en la causa. No lo quieren castigar por corrupto, eso hace tiempo que lo podían haber hecho, sino porque creen que así castigan a la Cataluña que, hace una década, abandonó el consenso del 78, igual que ahora castigan a Sánchez por el mismo motivo. Pujol, sin embargo, es la quintaesencia de aquel régimen esencialmente corrupto.
La paradoja, por lo tanto, está ahí para quien quiera disfrutarla: quieren castigar a Jordi Pujol para castigar el giro independentista, pero no hay condena posible al ex presidente catalán sin condena indirecta al sistema que emergió tras la muerte de Franco.
Trump y Mamdani: ¿hacia una nueva división en la política?
Reunión entre el presidente estadunidense Donald Trump y el alcalde electo de Nueva York, Zohran Mamdani, en el Despacho Oval el pasado 21 de noviembre. Foto Ap Foto autor
Maciek Wisniewski
29 de noviembre de 2025 00:04
Después de la cordial, y en muchos aspectos sorprendente, reunión el viernes pasado entre el presidente estadunidense, el republicano-MAGA Donald Trump, y el alcalde electo de Nueva York, el demócrata socialista Zohran Mamdani −los políticos que antes se han tildado de “comunista” y de “fascista”, respectivamente, con Mamdani, curiosamente, reiterando su opinión durante y después del encuentro con Trump (t.ly/Wp7Gt)−, en la que ambos prometieron “trabajar juntos”, hubo quienes aseguraron que hemos observado, en un contexto estadunidense, la creación de una suerte de “frente populista” o, al menos, un indicio “de que este tipo de política antiélites sin importar los signos es posible”. Para ellos, el encuentro era un desarrollo “novedoso” e indicativo de la desaparición de la vieja división “derecha-izquierda” y la constitución de una nueva: “arriba-abajo”.
Si bien el afán de ver así el campo político no es nuevo −y algo, como bien sabemos, propuesto por ejemplo ya hace tiempo desde la política antisistémica en un contexto y con un tono un poco distinto−, durante la reunión en la Casa Blanca no ocurrió nada parecido. Y aunque en los últimos años en Estados Unidos han tenido lugar ciertas reconfiguraciones de la lucha política, no son las mencionadas. Trump y Mamdani, conservando más bien las viejas divisiones, son, en sí mismos, productos de estos procesos, no profetas de “algo novedoso”.
En lo más básico, la cordialidad del encuentro se entiende como el despliegue de la “política 101”: cada una de las partes cedió algo para obtener algo a cambio. A Mamdani le urgía obtener el reverso del envío de la Guardia Nacional a Nueva York y asegurarse el financiamiento federal para poder arrancar con su proyecto de “socialismo pragmático” centrado en la asequibilidad (t.ly/wCWKs); a Trump, mejorar su imagen en compañía de un “ganador”, el único tipo de gente que le gusta, sin importar los signos políticos.
Aunque ambos aprovecharon la ocasión para diferenciarse de los establishments de sus partidos −Trump, en efecto, ha sido más amable con Mamdani que la mayoría de los demócratas y los republicanos que rutinariamente, por su parte, lo pintan de “yihadista”−, el nuevo-viejo presidente de Estados Unidos, por si hace falta decirlo, no es “antiélite”, sino el mero representante de una parte de ella.
Lo único en lo que realmente coinciden es su origen neoyorquino, algo que les sirvió como plataforma para el encuentro. Ambos comprenden también que la mayoría de los estadunidenses están cansados del statu quo, pero mientras Trump explota estos sentimientos para sus fines electorales y los traslada al campo simbólico: la identidad nacional, el agravio cultural, etcétera, el programa de Mamdani está centrado en la transformación concreta de las condiciones de vida de la gente común.
Pensar que “hay coincidencias”, más allá de la cordialidad, entre un representante del “socialismo municipal” −una corriente con larga tradición en Estados Unidos (t.ly/ZdmOt)− y un vendedor estafador de bienes raíces, propietario inmobiliario multimillonario e hijo de un slumlord que hizo su fortuna exprimiendo las rentas de sus arrendatarios −otra, shall we add, “gran tradición” estadunidense− y además un político que corteja a los oligarcas y los empresarios, construye un lujoso salón de baile y se enriquece a sí mismo y a su familia es no entender nada de la política (y del capitalismo).
Y si el punto de la supuesta “afinidad” es que “ambos usan y/o quieren usar al Estado” −la acusación que, desde otro ángulo, ha hecho The Washington Post (t.ly/wO6FJ)−, Trump lo utiliza (bueno, las partes que le sirven, mientras las demás las condena a recortes) para multiplicar su riqueza y la de la clase capitalista, no para defender a los de “abajo”. Para Mamdani, en cambio, es un medio para ampliar los derechos y la provisión pública y ya sólo esto los ubica bien en los antípodas del espectro político (t.ly/yeWSm).
De allí, lo único que confirmó dicha reunión no es “la viabilidad de una coalición populista”, sino el vacío del término mismo: una forma deliberadamente mistificadora divisada por las ideologías neoliberales para crear una amalgama entre la extrema derecha y la izquierda en general –“los extremos que se tocan”, “amenaza rojiparda”, etcétera−, ambos opuestos a las “razonables políticas del centro liberal” (Enzo Traverso). El “populismo” es así, en sí mismo, una herramienta para ir borrando las líneas “derecha-izquierda”, no algo sobre lo que se puede edificar una nueva política “más allá de las divisiones”.
Como argumentan Dylan Riley y Robert Brenner, con la vuelta del siglo −algo más visible en Estados Unidos− hemos observado el auge del “capitalismo político”, una nueva forma de acumulación caracterizada por la penetración de las esferas del poder mediante las dinámicas autoritarias por parte de los capitalistas con tal de asegurarse los beneficios en un periodo de prolongada desaceleración y falta de crecimiento económico (t.ly/DRUvM).
Dado que en ausencia del crecimiento ningún partido puede ofrecer un programa capaz de mantener mayoría electoral, el resultado es la nueva configuración de la lucha política (t.ly/aeeS2). No es que las viejas divisiones desaparecen, sino que, en este escenario, la clase trabajadora, fragmentándose así, se organiza también sobre las bases “adicionales” (nativistas, etcétera) a los intereses de clase. Trump, con su “bonapartismo regresivo” −no “fascismo”−, es un quintaesencial producto (y beneficiario) de esta mutación. Este es también el contexto del auge de Mamdani −después de que los propios demócratas destruyeran la anterior corriente socialista de Bernie Sanders−, cosa que no los hace “aliados”, sino dos partes contendientes en la actual realidad político-económica.
Agua
Fabrizio Mejía Madrid
Si no hubiéramos florecido en el suelo, sin duda,hubiéramos llamado a nuestro planeta: “Agua”. Su presencia es tan contundente que nuestros esfuerzos por entenderla son vanos. El agua no es una cosa, sino un proceso. El H2O del laboratorio de Lavoisier en el siglo XVIII es apenas una ínfima parte de lo que significa: su fluir purifica y, al disolver, transforma. No en vano decimos “solución”.
Ahora que se discuten nuevas leyes de agua en México, se ha hablado de que no es una mercancía, sino un derecho humano porque sin ella realmente no existimos. Pero también debe de verse no como un problema hidrológico, es decir, de metros cúbicos potables, tratables o contaminados, sino como un transcurso con el que tenemos una relación cultural y política. Un proceso, el de ser agua, que nos inunda como cuerpos y como sociedades.
Los tiempos en que se vio al agua como sólo su capacidad para crear electricidad nos hablan del origen de una forma de hablar de ella como cosa potencial, como generadora industrial, como un medio para un fin económico. Pero esa no es más que el agua del discurso hegemónico y quedan sin nombrar todas las demás formas donde ella ya no es un medio para otra cosa, sino una presencia que define al planeta y que no es neutral: siempre es para alguien o para algo, de ahí que sea considerada un “recurso”.
La idea de que es algo separado de las personas tiene que ver con que se ha vuelto abstracta. Sale de la llave, se toma de una botella, sin un lugar específico donde ocurra. Todos tenemos un diagrama en la cabeza, el ciclo del agua, que resulta tan intangible y teórico que al parecer sólo ocurre en el diagrama mismo. Esa circulación del agua donde se precipita, se transpira, se evapora y se condensa, parece existir independiente de la vida o, de plano, la vida lo alteraría en formas que el diagrama no considera.
Separado del esquema viene la lluvia que inunda o la sequía y los recortes de agua. Pero la hemos separado tanto de las personas que parece todo el tiempo como algo enfrentado a nuestra existencia. Quizás se debe a que el ciclo del agua fue diseñado como una forma de demostrar la armonía de la creación divina, al mismo tiempo que fue usado para racionalizarla.
Después de siglos en los que se creyó que el agua provenía de un depósito subterráneo inmenso, en 1674 Pierre Perrault se puso a contar metros cúbicos del Sena y la lluvia que caía. Ya en el siguiente siglo, se empezaron a medir el vapor y hacer la correlación. Fue John Dalton, a quien debemos el término “daltónico” el que, en un arrebato de físico-teología, es decir, cuando la ciencia cree que demuestra la existencia de Dios, pudo pensar al vapor como agua.
En 1931 Robert Horton, un estadunidense, registró el diagrama y hasta ahí llegó la divinidad. En el transcurso del siglo XVII al XX, nosotros también nos habíamos transformado en “población”.
“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”, dice el androide Roy Batty a punto de morir en Blade Runner. Lo que nos hace humanos –la emoción de la que surgen las lágrimas– se reintegrarán al fluir del planeta que se presenta como una desmemoria que sigue su propia circulación, como en el diagrama que estudiamos en la primaria.
Hace muchos años, se presentó en el Centro Cultural Universitario (CUC), que fundó Fray Julián Pablo Fernández, el amigo cura de Luis Buñuel, un japonés que se negó a aceptar el pesimismo del androide. Se llamó Masaru Emoto que decía haber descubierto que el agua congelada tenía una memoria para guardar las “lágrimas en la lluvia”, es decir, las emociones con las que había sido cristalizada. Las vibras de palabras, sonidos, y emociones quedaban de alguna manera registradas en la estructura molecular que tomaban el agua sólida. Si había buena vibra, el agua adquiría una forma hexagonal, de copo de nieve. Si no, era una maraña deforme. Pero Emoto se dejó llevar por su anhelo de que las lágrimas no estuvieran condenadas al olvido y acabó haciendo trampa en sus experimentos, descartando los cristales que no correspondían a lo que quería demostrar.
En realidad, lo que hizo Emoto no era ciencia, sino una difusión espiritual en torno a la idea planetaria del agua. Así, convocó a la buena vibra en todo el mundo para ver si se afectaba con paz al agua del planeta. Por supuesto, fracasó. La idea de que el agua también nos transmite como recuerdo tiene un mérito más estético que científico, pero quizás todo haya servido para revisar cómo podemos volver al agua.
Uno de los temas que trae consigo la crisis del agua es que debemos volver a asociarnos con ella, no como abstracción, sino en sus componentes culturales y políticos. Es la sed, pero también el bautizo, es riego y disolvente, es frontera y puente. Ha sido acaparada, se han perforado pozos ilegales, se acaba y, al mismo tiempo, se desperdicia.
Para los que nacimos en una ciudad que se fundó sobre un lago, la historia de cómo lo rechazamos es una de derrotas históricas. Pero la visión global le añadió la idea de la escasez medida en agua potable contra población. En los años 90 del siglo XX la ecuación iba así: “97 por ciento del agua está en los océanos, 2 por ciento en los polos, y una gran parte del 1 por ciento está demasiado profunda”. La sed era inevitable y sólo nuestra propia impotencia nos demostraría el castigo divino de la procreación de muchos “hombres de Malthus”. Pero no sucedió así y los que habían hecho el cálculo han reconocido su error. Uno de ellos, Peter Gleick, como Emoto, no consideró al agua como un proceso que transita a través de nuestra política, cultura y de una tecnología que ha avanzado en hacer su uso más eficiente. Escribe el experto canadiense Jamie Linton: “El agua no es sólo agua, es política”.
Piénselo, cada vez que tiene sed, en vez de abrir la llave en un lavabo o en un bebedero, le da vuelta a la rosca de una botella de plástico.