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Europa Press
23 de febrero de 2026 13:22
La Unión Europea no logró este lunes destrabar el veto de Hungría al vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, en la víspera del cuarto aniversario de la invasión a Ucrania, en un nuevo episodio de fractura interna en torno a la respuesta comunitaria frente a Moscú.
Desde Bruselas, la alta representante para la Política Exterior del bloque, Kaja Kallas, confirmó que los Veintisiete no alcanzaron la unanimidad necesaria para adoptar nuevas medidas restrictivas ni para activar el préstamo de 90 mil millones de euros a Kiev, acordado en diciembre.
“Lamentablemente, no hemos llegado a un acuerdo sobre el 20º paquete de sanciones. Es una pena y un mensaje que no queríamos transmitir hoy. Pero seguiremos trabajando en ello”, declaró tras la reunión de ministros de Exteriores.
Fuentes europeas señalaron que Hungría votó en contra tanto del nuevo paquete de sanciones como del mecanismo financiero para Ucrania, mientras que Eslovaquia se opuso a la adopción de nuevas medidas restrictivas contra Moscú.
El gobierno húngaro ya había anticipado su postura. Su canciller, Péter Szijjártó, defendió el bloqueo al argumentar que su país no respaldará iniciativas en favor de Kiev mientras no se restablezca el suministro de petróleo a Hungría y Eslovaquia a través del oleoducto Druzhba. Sostuvo además que Ucrania “no tiene derecho” a poner en riesgo la seguridad energética húngara y reivindicó la soberanía de su país para decidir sus fuentes de abastecimiento.
Kallas admitió que el escenario “no es nuevo” y recordó que en otras ocasiones se han encontrado fórmulas para sortear bloqueos similares. No obstante, lamentó que no se haya logrado un entendimiento en una fecha simbólica y subrayó la necesidad de enviar “un mensaje firme” de respaldo a Ucrania y de presión política a Rusia para que ponga fin a la guerra.
Consultada sobre las acusaciones de Budapest —en el sentido de que la Comisión Europea y Kiev estarían obstaculizando el flujo de crudo ruso hacia Hungría por razones electorales, en referencia a los comicios previstos en ese país el 12 de abril—, la jefa de la diplomacia comunitaria descartó esa versión y dijo confiar en que la ciudadanía húngara respalda la ayuda a Ucrania.
El nuevo desencuentro pone de relieve las tensiones persistentes dentro del bloque respecto a la estrategia de sanciones y al equilibrio entre el apoyo político y financiero a Kiev y las preocupaciones energéticas de algunos Estados miembros, en un conflicto que continúa reconfigurando las prioridades de seguridad en Europa.
Se cumplen 4 años de la operación especial de Rusia en Ucrania con alto costo en vidas
Juan Pablo Duch Corresponsal
Periódico La Jornada Martes 24 de febrero de 2026, p. 27
Moscú. Al cumplirse este martes el cuarto aniversario de la orden del presidente Vladimir Putin de comenzar la “operación militar especial”, Rusia sigue sin conseguir los objetivos que fijó su mandatario y Ucrania no parece dispuesta a rendirse.
Cuatro años después de la madrugada del 24 de febrero de 2022, en medio de una guerra en toda regla, Rusia busca “liberar” la totalidad de las regiones de Donietsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia; “desnazificar” Ucrania, desarmar a su ejército e impedir que ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), así como obligarla a declararse país neutral y desnuclearizado; en modificar las leyes para beneficiar a la minoría de origen ruso, entre otras exigencias.
Ucrania resiste gracias al apoyo en recursos y armamento que le proporcionan sus aliados europeos, ahora comprándolo a Estados Unidos, y es consciente de que Rusia tiene más armas y soldados; por lo tanto, no está en condiciones de expulsar a las tropas rusas de los territorios ocupados, cerca de 20 por ciento del país, incluyendo Crimea, anexionada en 2014, pero no considera posible capitular, según su presidente Volodymir Zelensky.
Entretanto, Kiev trata de frenar al ejército ruso y procura golpear infraestructuras del interior de Rusia con sus propios medios –drones y misiles fabricados en Ucrania–, confiando en que su capacidad de aguantar los ataques aéreos de Moscú sea mayor a las posibilidades del Kremlin de financiar esta guerra, que desde hace tiempo se volvió de posiciones y desgaste.
Ruptura de dos pueblos hermanos
Detrás de la guerra, se libra otra batalla, la de narrativas y cada cual intenta imponer no sólo su versión de los hechos que ocurren todos los días, sino también de las causas que derivaron en la ruptura de estos dos pueblos otrora hermanos.
Rusia argumenta que Occidente –Estados Unidos y sus aliados de la OTAN– no le dejaron otra opción al incumplir su promesa de que no habría ampliación de la alianza noratlántica hacia el este e instalar en Kiev “un régimen nazi” después del “golpe de Estado” que depuso en 2014 al entonces presidente Viktor Yanukovich.
Moscú señala que debía detener el “genocidio” de la población de origen ruso, defender su idioma, cultura y religión, así como evitar que se instalaran en territorio ucranio bases de la OTAN, lo cual representaría una amenaza para su seguridad nacional.
Las autoridades ucranias sostienen que, destituido el impopular mandatario por el Parlamento, incluso con los votos de su propio Partido de las Regiones, tras abandonar el cargo durante una semana sin saber dónde se escondía, Ucrania celebró dos elecciones presidenciales (la primera la ganó Petro Poroshenko y la segunda, Volodymir Zelensky). Afirman que los 14 mil muertos que menciona Moscú como “genocidio” son las víctimas, de ambos lados, que hubo en la guerra civil de 2014-2015.
Los efectos negativos de la contienda se dejan sentir en ambos países. Desde luego, no de la misma manera, ya que la devastación de Ucrania, producto de bombardeos cotidianos, no es comparable con los daños causados en Rusia con armamento occidental escaso y que tiene prohibido usar en el territorio ruso a más de 300 kilómetros de la frontera.
Ambos, Rusia y Ucrania, han pagado ya un altísimo precio en vidas desperdiciadas, que se calculan, según diversas fuentes, en cientos de miles por ambos lados, aparte de al menos medio millón de bajas por heridas graves y diferentes formas de invalidez (amputación de piernas y brazos, en primer término).
Ahora, tanto Moscú como Kiev en realidad querrían poner fin a la guerra, pero ninguno quiere ser visto como perdedor.
El primero empieza a sufrir los efectos de las sanciones extranjeras, se están acabando el oro y los recursos ahorrados en tiempos de bonanza petrolera, hay dinero todavía para reclutar soldados, pero ya no alcanza para pagar los entierros, por mencionar sólo algunas de las preocupaciones del Kremlin.
El segundo, mientras la población civil tiene que pasar uno de los inviernos más duros sin calefacción, agua y electricidad, afronta serios problemas para reclutar soldados y necesita más armamento, aunque se mantiene firme en la línea del frente.
Presionados por Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, necesita colgarse medallas como “pacificador”, Rusia y Ucrania aceptan negociar en Estambul, Abu Dabi, Ginebra o donde sea, pero sin hacer la mínima concesión en asuntos de fondo para facilitar un arreglo político.
Las perspectivas, opinan analistas, son sombrías: en lugar de un pronto tratado de paz, habrá más devastación y más muertes.
Ucrania: cuatro años de insensatez
Al cumplirse cuatro años de la invasión rusa a Ucrania, no hay ninguna señal de que el conflicto se acerque al final, ni por la victoria de uno de los bandos, ni por la vía de las negociaciones. En el terreno, las líneas de frente permanecen prácticamente congeladas desde que Kiev recuperó la mayor parte de los terrenos perdidos gracias a su contraofensiva del otoño de 2022. Los escasos avances rusos se han obtenido con un altísimo costo material y humano, mientras las dos grandes iniciativas ucranias (la fallida contraofensiva de 2023 y la invasión del óblast ruso de Kursk) terminaron en nada.
El empantanamiento se replica en las mesas de diálogo por el empecinamiento de Vladimir Putin y Volodymir Zelensky en obtener con saliva lo que no pueden lograr con las armas. El Kremlin exige hacerse con la totalidad de las regiones de Donietsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia; “desnazificar” Ucrania; desarmar a su ejército; impedir que ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y obligarla a declararse país neutral y desnuclearizado. El régimen de Kiev pretende un regreso a las fronteras de 2014, la integración a la OTAN y a la Unión Europea, así como “garantías de seguridad” de sus aliados occidentales como la presencia de soldados de la alianza atlántica.
Unos y otros parten de pretensiones no sólo inaceptables para su contraparte, sino francamente fantasiosas. Así, la petición rusa de quedarse con las cuatro regiones del este y el sur de Ucrania choca con la legalidad internacional, que establece la inviolabilidad de la integridad territorial de los estados, y resulta quimérica en tanto busca que se le cedan territorios que no ha logrado conquistar. Igualmente inviables son los requisitos de desarmar al ejército ucranio y de imponer a su vecino la forma de gobernarse. Del otro lado, Zelensky sabe, o debería saber, que no existe ninguna perspectiva de poner a discusión el tema de Crimea, y que sumar a su país a la OTAN o la UE es una amenaza existencial para Rusia, como él mismo se ha encargado de demostrar con los constantes ataques contra instalaciones estratégicas rusas, los asesinatos de altos mandos de ese país y la facilidad con que sus drones y agentes golpean la capital.
La necedad de los dirigentes conduce a una gravísima penuria a sus sociedades. Se estima que en estos cuatro años Rusia ha sufrido un millón 200 mil bajas, incluidas hasta 325 mil muertes; y Ucrania alrededor de 600 mil bajas, de las que 140 mil fueron fallecimientos. Las cifras ucranias podrían estar severamente subestimadas por la propaganda occidental. Más allá del campo de batalla, Ucrania ha perdido 10 millones de habitantes desde 2014; en su mayoría, mujeres. Sólo en el primer año de guerra, 900 mil personas salieron de Rusia, ya fuera por temor al reclutamiento, por rechazo al gobierno de Putin u otros motivos. Para la nación invadida, la mayor tragedia es la sangría de población femenina y la caída drástica de la natalidad (apenas 0.9 hijos por mujer, menos de la mitad de la tasa de remplazo), mientras la invasora padece la fuga de jóvenes y de los sectores más instruidos. Junto con la debacle demográfica se presenta la económica: Kiev no podría sostener un solo día el esfuerzo de guerra sin la asistencia de sus aliados, y ya ha entregado tierras, negocios y soberanía a sus patrocinadores. Moscú se encuentra al límite de sus recursos, con grandes sacrificios en todos los ámbitos para mantener a sus tropas.
Ante este panorama, queda claro que continuar las hostilidades significa condenarse mutuamente a la desaparición o, cuando menos, a una catástrofe compartida de la que tardarán décadas en salir. Para evitarlo, el único camino es la sensatez de reconocer que ninguno puede conseguir sus objetivos con las armas y que una salida negociada exige grandes dosis de realismo. Para Moscú, ello implica renunciar a cualquier intento de dictar el régimen de gobierno de Kiev. Para ésta, admitir que la membresía en la OTAN, la UE o la presencia de tropas hostiles a Rusia son líneas rojas intraspasables. Para ambos, respetar el derecho de los habitantes de los territorios en disputa a decidir a qué país desean pertenecer mediante un referéndum democrático organizado y calificado bajo mandato de Naciones Unidas. Finalmente, resulta imperativo que Europa abandone de una vez por todas el discurso rusófobo y paranoico con el que ha atizado el conflicto entre las dos naciones eslavas desde mucho antes de que estallara la guerra formal, y que el presidente estadunidense, Donald Trump, deponga su afán ególatra de colgarse una medalla de bisutería mediante la imposición de una paz que sólo exista en el papel, como lo ha hecho ya en varias ocasiones.
Atacante suicida detona explosivo en Moscú; hay un policía muerto y dos heridos
La policía y los servicios de emergencia se ven en el lugar de un ataque a una patrulla policial cerca de la estación de tren Savyolovsky, en Moscú, el martes 24 de febrero de 2026.
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Ap
23 de febrero de 2026 19:01
Moscú. Un policía murió y otros dos resultaron heridos después de que una persona no identificada detonó un dispositivo explosivo junto a un vehículo policial a primera hora del martes en Moscú, informaron las autoridades.
El agresor también perdió la vida. El ataque ocurrió minutos después de la medianoche cerca de la estación de tren Savyolovsky, en el centro de la capital rusa, según la oficina del Ministerio del Interior en Moscú.
El agresor se acercó a un vehículo de la policía de tránsito y detonó un artefacto explosivo, matando inmediatamente a un policía y causando heridas a otros dos, quienes fueron hospitalizados, señaló la dependencia.
La Comisión de Investigación de Rusia informó que abrió una pesquisa sobre el incidente. No identificó al agresor ni ofreció información sobre sus posibles motivos u otros detalles.
El ataque se produjo el día del cuarto aniversario de la invasión rusa a Ucrania.






