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Luis Linares Zapata
11 de marzo de 2026 00:02
Para arribar al imperialismo hegemónico, fase superior del capitalismo, se requiere contar con varios requisitos. El más importante de ellos se refiere al apoyo de un ejército que sostenga esas ambiciones. Pero con sólo esto no se puede llegar tan lejos. Es preciso que se tengan, también, otras condicionantes: una economía poderosa que, con afinados mecanismos financieros globales, rellene renglones económicos ante un extenso y diversificado mercado. Éste se debe apoyar en tecnologías productivas que lo hagan eficiente.
Si se cuenta, además, con una red de medios de comunicación, que alcancen a cubrir audiencias diversas, al menos, en parte sustantiva de sus intereses de dominio, entonces se puede completar el cuadro indispensable y necesario. Las combinaciones de tales requisitos varían según sean los distintos casos de la clientela a someter.
Se pueden agregar, para completar tan serios y exigentes ribetes de poder, influjos culturales o ideológicos que faciliten el dominio buscado. El supremacismo étnico ha estado, en todos los casos del pasado y actuales, como sustrato activo.
A últimas fechas, y tratándose de una nación como Estados Unidos de América, que ha sido potencia por más de un siglo, su caso es digno de mayor análisis. Su hegemonía ya no es, hoy día, de alcance universal. Tiene amplios campos en los que encuentra oposiciones que la limitan. China, desde hace unos cuantos años alcanzó niveles de una enorme y moderna potencia global. Su ejército, mercado, nivel tecnológico y científicoeducativo, incluso han rebasado al entramado estadunidense. Un conjunto de alianzas (BRICS), por fuera de la órbita estadunidense, ha logrado aunar recursos que le permiten independencia activa y cierta.
Las mismas tensiones al interior de Estados Unidos levantan barreras que lo obligan a la moderación. Prudencia que, ahora por lo menos, no ha sido cabalmente atendida, pero marcan limitantes adicionales. El liderazgo político de este imperio ha visto disminuir, apresuradamente, los consensos externos que complementen y apoyen sus acciones. En especial ante los dictados que requieren sometimiento o voluntario seguimiento de lo ordenado. Ante tan adverso panorama actual, se han agudizado las exigencias y amenazas al uso de instrumentos extremos: aranceles y, donde éstos no alcancen, la fuerza.
El uso militar, entonces, se torna crudo instrumental para el rescate hegemónico. Esto ha sido notable en dos casos simultáneos: en Venezuela, primero, e Irán después. Pero se mencionan otros factibles sucesores, como Cuba o México y cualquiera que rellene gustos y caprichos. Para seguir rutas neutralizadoras o para minimizar los efectos de tales mandatos y órdenes, se han seguido distintas tácticas: unas para acomodarse, sin someterse o caer en oposiciones para impedir conflicto directo. Otras para optar por digna y firme postura, buscando alianzas que amplíen las propias capacidades. Experiencias que se han diseñado a últimas fechas como alternativas para el trabajo soberano.
La tensión que, en tiempos recientes, surge de este ya muy sobre expuesto liderazgo, generada por el presidente Donald Trump en su alarde de dominio, puede crecer.
Los efectos acumulados de tantos vaivenes vienen arrojando peligrosas inestabilidades, que no han encontrado antídotos indispensables.
En primerísimo lugar está la clara conciencia del rompimiento de las anteriores reglas, instituciones y rituales del multilateralismo. Es abrumadora la mermada confianza respecto a seguras rutas decisorias anteriores para concertar acciones. Se ha socializado el formato de suavizar lo inesperado para sortear la improvisación temperamental del presidente Trump. Esta prudente táctica, ante el poderoso, es recomendable, pero no evita, tampoco, la de oponerse, con decisión tajante, como lo hizo China con resultados de realidad.
Eso ha reforzado, entre las demás naciones, sin importar su calidad o fuerza, la conciencia de adoptar las medidas de activa prudencia (Europa), pues lo que ya sucede, en aras de mantener la hegemonía estadunidense, implica el empleo de fuerza extrema. En especial, ante naciones con capacidades desiguales. Esta ruta no se torna, como ahora, en obligada y efectiva ante el declive que se pretende detener.
Aunque ya no sea como antes de alcance global sí, cuando menos, con ribetes regionales. Así, el uso militar viene quedando plasmado como intransigente recurso ante el declive y el surgimiento de una dura competencia. Trump ha recurrido a fórmulas laterales para paliar sus debilidades. Una de ellas ha sido la creación de grupos de apoyo para sus aventuras. Pero la poca solvencia de los participantes, las torna reveladoras y hasta ridículas. El reciente Escudo de las Américas queda evidenciado, no por sus participantes, sino por los dignos países ausentes.
Los presurosos colonizados acudieron a su postración pensando en auxilios y prestigios inexistentes. Caso similar matiza la intentona de adueñarse de la zona costera de Gaza para negocios particulares y familiares
México SA
Trumplandia a todo vapor // Dice sandez tras sandez // Fábrica de noticias falsas
Carlos Fernández-Vega
▲ Donald Trump, durante la conferencia del lunes desde uno de sus clubes de golf en Miami.Foto Ap
En Trumplandia todo es color de rosa y funciona de maravilla, aunque sea una mentira descarada, especialidad del infame magnate naranja que despacha en la Casa Blanca, cuyo único logro concreto en apenas poco más de un año ha sido, cual vil gánster, amenazar y extorsionar a todo el mundo, poner patas para arriba la de por sí frágil estabilidad internacional, bombardear aquí, allá y acullá, secuestrar dirigentes de otras naciones, hacer negocios con recursos públicos, proteger a pedófilos –con él a la cabeza– y vanagloriarse de la catarata de sandeces que vomita día tras día. Vive en una burbuja de noticias falsas y “éxitos” de ficción. Un asco, pues.
En el caso de su agresión a Irán, de la mano del genocida Benjamin Netanyahu –o al revés–, Trump aseguró que sería una “excursión que acabará pronto, y obviamente porque están recibiendo una paliza brutal”, y “llevará justicia al pueblo” iraní. Para demostrarlo, de entrada asesinó a 165 niñas en una escuela y liquidó al ayatolah Ali Jamenei, sólo para ser relevado por uno de sus hijos. En los hechos, ese “paseo” se le complicó muy pronto y 10 días después del inicio del artero ataque todo indica que el marcador no le resulta favorable, amén de que su entenado sionista ya no siente lo duro sino lo tupido, por mucho que censure a los periodistas, con amenaza de cárcel si difunden imágenes de la devastación en distintas ciudades israelíes.
Pero como todos los días escupe estupideces, ahora presume que la denominada operación Furia Épica ha sido muy resultona. Por medio de otro esperpento, su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, afirma que “esta campaña ha sido un éxito rotundo hasta el momento, y los guerreros estadunidenses están ganando esta importante batalla a un ritmo aún más rápido de lo que anticipábamos; más de 5 mil objetivos enemigos fueron bloqueados; los ataques con misiles balísticos de Irán se redujeron en más de 90 por ciento y más de 50 buques de guerra iraníes fueron destruidos. Nuestros increíbles bombarderos B-2 lanzaron docenas de bombas de penetración de 900 kilos sobre instalaciones iraníes que albergaban misiles profundamente enterrados”.
Pero en la narrativa de Trump, vía Leavitt, no hay muertos estadunidenses, ni bases militares destrozadas por los iraníes, ni destrucción de radares de costo multimillonario, ni edificios destruidos en donde despachaban militares gringos desplazados de esas bases, ni pérdidas de aviones, ni nada que afecte la imagen guerrera – made in Hollywood– de la Casa Blanca y su inquilino.
Se estima que desde el inicio de su aventura militar contra Irán, Trump gasta alrededor de mil millones de dólares por día (que no son de él, sino de los estadunidenses que mayoritariamente rechazan la guerra) , mientras deja a sus ciudadanos sin atención médica y crece el número de empleos cancelados. Todo para la guerra, el gran negocio del que muy pocos salen beneficiados.
Y por intimidaciones no para. Irán ha interrumpido el tráfico naval en el estrecho de Ormuz, acción que le ha pegado, y muy fuerte, al mercado petrolero internacional, pues por él transita 20 por ciento del crudo. Ahora, ante esa decisión, Trump amenaza: “Si por cualquier motivo se colocaran minas y no las retiraran de inmediato, las consecuencias militares para Irán serán de un nivel jamás visto; serán tratados de forma expedita y violenta. ¡Cuidado! Si, por el contrario, retiran lo que hayan podido colocar, ¡será un paso gigantesco en la dirección correcta!”. Es decir, no tiene la menor idea de cómo ha procedido Irán en dicho estrecho, pero de cualquier suerte tiene el dedo en el gatillo.
Y con la misma ligereza, el secretario estadunidense de Energía, Chris Wright, hizo público que “la Marina estadunidense escoltó con éxito a un petrolero a través del estrecho de Ormuz”, lo que causó la histeria en los mercados financieros y el desplome de los precios petroleros, sólo para ser desmentido tajantemente por la esperpéntica Leavitt, con el añadido de que ningún barco de guerra de su país “escoltó” a la inexistente embarcación citada por aquel funcionario gringo.
En fin, entre la locura de Trump, las noticias falsas y la incompetencia de su gabinete se desarrollan las hostilidades en Medio Oriente en una guerra provocada por Estados Unidos e Israel que, al parecer, no tiene para cuándo, en una “excursión” (Trump dixit) que tiende convertirse en un abismo para la Casa Blanca e Israel.
Las rebanadas del pastel
Las “dudas” sobre lo que acontece en el estrecho de Ormuz provocaron la caída de los precios petroleros: 11 por ciento. Ayer, el barril mexicano de exportación se cotizó a 77.54 dólares.
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La guerra escatológica de Donald Trump
Donald Trump se ha embarcado en un peligroso lance. Más allá de las consecuencias militares, económicas y políticas, la guerra que Trump y Benjamin Netanyahu han desatado tiene también connotaciones civilizatorias y religiosas. Foto Afp / archivo Foto autor
Bernardo Barranco V.
11 de marzo de 2026 00:01
Medio Oriente es un polvorín. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, se ha embarcado en un peligroso lance. Más allá de las consecuencias militares, económicas y políticas, la guerra que Trump y Benjamin Netanyahu han desatado tiene también connotaciones civilizatorias y religiosas. La mezcla es explosiva: Trump es respaldado por evangélicos radicales supremacistas.
La guerra a Irán incorpora la lucha de tres grandes tradiciones culturales y religiosas del mundo: el islam chiíta, el judaísmo y el cristianismo conservador estadunidense. Pareciera que estoy releyendo el libro Choque de civilizaciones, de 1996, del académico estadunidense Samuel Huntington.
Irán es una república islámica. Es un régimen teocrático chiíta establecido en 1979. La máxima autoridad es el ayatollah, líder supremo, quien supervisa todos los poderes: el Ejecutivo, Legislativo, Judicial, mediático y militar. Es un sistema político religioso autoritario con arremedos democráticos. En el nombre de Dios se flagelan derechos y reclamos de una sociedad que aspira a mayor libertad. Este sistema comandado por los ayatollahs garantiza que las leyes iraníes se ajusten a la interpretación del islam, consumando la imbricación entre religión y política desde la revolución islámica.
El ayatollah Jomeni se impuso a partir de 1979; así, el poder político se abocó a construir un Estado islámico teocrático. Un régimen altamente represivo e intolerante frente a los derechos humanos. No está de más recordar que la religión de la antigua persa fue el zoroastrismo, con nociones del bien y el mal, la verdad y la mentira. Fundado por el profeta Zoroastro (Zarathustra) hace unos 4 mil años. Se basa en la adoración a Mazda, un dios supremo creador, y se centra en una lucha ética contra el poder del mal.
Acentuando el libre albedrío humano para elegir el camino correcto. Por su parte, técnicamente, Israel no es un Estado teocrático; sin embargo, en la práctica opera con componentes de un Estado confesional. El judaísmo, en los hechos, es la religión del Estado y ocupa un lugar central en la legislación. Gran parte de la política israelí está influenciada por el sionismo religioso que aboga por alinear las leyes del Estado con los principios de la Torá.
El sistema parlamentario israelí requiere coaliciones, lo que a menudo otorga un poder desmedido a pequeños partidos religiosos y de extrema derecha que influyen en la política exterior y de seguridad. La geopolítica de Israel, desde 1948, se caracteriza por encontrar constantemente seguridad en un entorno regional frecuentemente hostil. Por su pequeño territorio, ha desarrollado alta tecnología militar que le ha permitido disuadir a sus vecinos de lanzar amenazas. Los genocidios en Gaza han tenido un alto costo en la imagen y las relaciones internacionales de Israel no sólo con países, sino con organismos globales.
En Estados Unidos, los cristianos evangélicos son mayoría en el país, seguidos por los católicos como segunda fuerza en el amplio abanico de creencias en el territorio estadunidense. Trump, bautizado y criado en la fe presbiteriana, se presenta ahora como un cristiano estrechamente vinculado con la derecha evangélica, su principal base electoral. Aunque su práctica personal es poco visible y contradictoria, sus mentores evangélicos le perdonan todo con tal de difundir sus valores contra el aborto, divorcio y parejas igualitarias. Ha nombrado asesores espirituales ultraconservadores y los convierte en funcionarios de la fe.
Pretende que lo religioso se involucre en tareas de gobierno, gestione la sociedad, que gravite en la política y en la cultura. Trump ha erosionado la separación Iglesia-Estado. Para su base dura, fomenta la narrativa del pueblo elegido por Dios, como una “nación de creyentes” destinada a salvar al mundo. Ha impulsado políticas para debilitar la relación histórica entre el gobierno y la religión. Ha fomentado la creación de comisiones religiosas y la promoción de oraciones en escuelas, oficinas de gobierno y en los espacios laborales.
Sus críticos señalan que utiliza la religión como herramienta de manipulación, cuestionando la coherencia entre su comportamiento personal y los valores religiosos que pregona. Utiliza la retórica de guerra santa, la incorporó recién; su retórica se torna apocalíptica, ha descrito una guerra santa para “salvar” a Estados Unidos, presentándose como un defensor de los valores cristianos frente a amenazas culturales. Trump no acepta que la dinastía de los ayatollahs sigan gobernando Irán. Quiere dislocar la teocracia de la república islámica. No reconoce a Mojtaba Jamenei, hijo del asesinado ayatollah Ali Jamenei por ser la continuidad de sello duro de la política clerical de los líderes iraníes. Pero entra en una enorme contradicción, pues aspira imponer en su país los valores del cristianismo supremacista.
Quiere fracturar la supremacía religiosa de su enemigo cuando su aliado, Israel, sigue el sionismo y su lectura política del Rollo Torá La escatología es la ramificación de la teología y filosofía que estudia las “cosas últimas” o el destino final del ser humano y del universo. Abarca creencias sobre la muerte, el juicio, el cielo, el infierno, el fin de los tiempos y la restauración.
La cruzada de Trump y Netanyahu es el Armagedón; es decir, el escenario simbólico bíblico mencionado en Apocalipsis 16:16 para la batalla final entre Dios y las fuerzas del mal. Representa el enfrentamiento decisivo al final de los tiempos, donde las fuerzas divinas triunfarán sobre los gobiernos humanos rebeldes. Trump, como en otras oportunidades, es un manojo de contradicciones.
Las sanciones de EU a países, causa de 38 millones de muertes en 50 años
Utiliza su poderío económico para hacer pasar hambre y sufrimiento a pueblos: experto internacionalista
Jim Cason y David Brooks Corresponsales
Periódico La Jornada Miércoles 11 de marzo de 2026, p. 23
Washington y Nueva York. La mayoría de los habitantes de Estados Unidos percibe a su país como una nación excepcional y generosa, explica el famoso experto en relaciones internacionales John Mearsheimer, pero la realidad es que esta potencia ha ejercido su enorme poderío económico mediante sanciones sobre Medio Oriente, en particular contra Irán, Venezuela y ahora Cuba, entre otros estados, las cuales han matado a millones de personas alrededor del mundo.
“El grado de asesinato y violencia que hemos creado alrededor del mundo es sencillamente increíble”, comentó Mearsheimer en un foro en la Universidad de Chicago, donde se desempeña como profesor. “Si piensas en las consecuencias de la guerra contra Irak, lo que hacemos en lugares como Venezuela, Cuba, Irán, entiendes que usamos ese tremendo peso económico que tenemos básicamente para hacer pasar hambre a los pueblos, hacerles sufrir, infligir enorme castigo sobre ellos para que se levanten contra sus gobiernos”.
Indicó que una investigación reciente calculó casi 40 millones de muertes causadas por esta estrategia estadunidense durante el pasado medio siglo.
La reconocida publicación científica The Lancet publicó a finales del año pasado los resultados de una investigación para evaluar las consecuencias de las sanciones económicas que Estados Unidos ha aplicado en diferentes momentos sobre 152 países entre 1971 y 2021.
“Nuestros resultados demuestran una asociación de causa significativa entre sanciones y mayor mortalidad. Encontramos los efectos más fuertes para las medidas económicas unilaterales estadunidenses”, escribieron los autores Francisco Rodríguez, Silvio Rendón y Mark Weisbrot.
“Calculamos que las sanciones unilaterales estaban asociadas con una tasa de muertes anual de 564 mil 258 personas”.
“Homicidio masivo”
Para Mearsheimer, esta investigación es la evidencia para acusar de homicidio masivo a Estados Unidos. “Asesinamos a 38 millones de personas, 38 millones”, declaró al resumir el impacto total de las sanciones de los gobiernos de Washington documentadas en la investigación.
“Esto es lo que estamos haciendo en Venezuela, en Irán. Estamos infligiendo castigo masivo sobre esos pueblos. Por ello, es muy difícil para mí poder hablar de Estados Unidos como un país noble. No pienso que seamos excepcionalmente virtuosos cuando se trata de política exterior”, aseveró.
El destacado experto académico en asuntos internacionales está particularmente preocupado de que el presidente Donald Trump está introduciendo de nuevo “un colonialismo del viejo tipo, o un imperialismo a la antigua” en el hemisferio occidental.
“Va a gobernar Venezuela. ¿Pueden creer eso? Piensa que el petróleo de ellos es nuestro. Va a gobernar a Cuba, Nicaragua. Está jugando con Groenlandia y Canadá”, advirtió Mearsheimer en el foro.
“¿Quieren saber cuándo nos saldremos de Irán o cómo va a terminar eso?”