Cierre de campaña de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México el 25 de junio de 2000.
Foto: Archivo La Jornada Foto autor
David Penchyna Grub
02 de noviembre de 2026 09:12
La coincidencia temporal entre el fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas y el debate sobre la legitimidad del órgano electoral sitúa al sistema político frente a una paradoja de orden histórico. La institución que hoy concentra los cuestionamientos públicos tuvo su origen en las presiones de apertura derivadas de la movilización cívica que él encabezó.
El sistema de partido hegemónico enfrentó en 1988 una fractura interna y una oposición electoral sin precedente. Décadas antes, el régimen había introducido reformas, como la de 1977, que posibilitaron la presencia de minorías en el Congreso mediante el principio de representación proporcional. Sin embargo, aquellas modificaciones operaban como válvulas de escape controladas desde la Secretaría de Gobernación. La competencia por el Poder Ejecutivo permanecía cerrada a la alternancia. La candidatura de Cárdenas en 1988 representó el desafío a esa estructura en un momento en que el aparato estatal operaba sin contrapesos efectivos. El episodio de la interrupción en el flujo de los resultados electorales funcionó como el detonante de una transformación que obligó al Estado a ceder el control directo sobre los comicios.
La creación del Instituto Federal Electoral en 1990 y su posterior reforma de 1996, que retiró al gobierno de su presidencia e integró un Consejo General integrado por consejeros ciudadanos, respondió a las demandas de certeza surgidas de aquella coyuntura. La premisa del modelo radicaba en una premisa técnica: la despartidización de la organización comicial garantizaría la neutralidad en el cómputo de los sufragios.
Cuatro décadas después de aquel punto de quiebre, el órgano electoral enfrenta una situación de crisis que responde a dos factores medibles: anomalías en el manejo de recursos y fallas de diseño normativo. La concentración de facultades de fiscalización, administración y arbitraje en una estructura centralizada generó incentivos para la disputa facciosa de sus posiciones de dirección. Las cuotas partidistas en la designación de los consejeros reprodujeron los intereses de las bancadas legislativas al interior del colegiado, en detrimento de la función técnica original. Al acumular funciones de fiscalización de campañas, monitoreo de medios y organización territorial bajo una misma cadena de mando, el instituto incrementó su exposición a presiones políticas y litigios constantes. La consecuencia directa de esta centralización fue el desgaste en la percepción ciudadana sobre su imparcialidad.
El momento político actual abre una ventana para la restructuración de la autoridad electoral, en concordancia con los principios de equilibrio institucional que motivaron la movilización de 1988. La coyuntura no admite desaciertos en la definición de las reglas ni en la selección de los mandos directivos. La preservación del sistema de partidos y la certidumbre en la transmisión del mandato exigen un perfil de conducción específico: un liderazgo proveniente del ámbito civil, sin antecedentes de subordinación partidista, con historial comprobado en la rendición de cuentas y con capacidad para la articulación de acuerdos entre las fuerzas políticas concurrentes.
La historia electoral de México demuestra que la legitimidad de origen no sustituye a la legitimidad de ejercicio. Cárdenas demostró en su trayectoria que las reglas del juego democrático requieren una fiscalización social permanente frente a la tendencia del poder a reproducirse sin contrapesos. El relevo en la dirección del árbitro electoral definirá si la institución preserva el principio civil que le dio origen o si queda asimilada por la lógica de captura institucional. La paradoja de la historia ha puesto al INE en la peor crisis de su historia, al tiempo en que el ingeniero Cárdenas ha muerto. Ojalá que la paradoja sirva para dimensionar el tamaño de la decisión frente a nosotros. Ojalá que, como país, como sociedad, estemos –esta vez–a la altura.
Se observa una valla de seguridad temporal en el exterior del edificio del Capitolio de los Estados Unidos, en Washington D. C., el 2 de noviembre de 2026, previo a las elecciones de mitad de mandato que se llevarán a cabo mañana. Foto Afp Foto autor
Elena Gutiérrez*
02 de noviembre de 2026 10:01
Estados Unidos llega al proceso electoral de medio término con una boleta de jóvenes candidatos, que –al menos en el discurso– proponen cambios sustanciales a lo que el sistema bipartidista ha hecho por décadas. Pero no todo está ganado con el casi inminente regreso de los demócratas, y menos aún bajo los años restantes de la administración Trump.
Desde la ola que en 2016 impulsó la candidatura presidencial de Bernie Sanders, no habíamos visto juventudes de izquierdas fuertemente organizadas en torno a un periodo electoral. El retorno de diferentes grupos de izquierda que buscan acceder al poder en Estados Unidos está impulsado por jóvenes que abrazan ideales comunistas, socialistas y radicales. Esto significa mucho para la sociedad estadunidense, no solo porque de facto han logrado tomar posición, como lo hizo el famoso alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, quien llegó al poder a través de DSA, al igual que Alexandria Ocasio-Cortez, o futuras jóvenes promesas como Darializa Avila Chevalier o Angela Gonzales-Torres, ambas menores de 35 años y candidatas al congreso para estas próximas elecciones.
Significa mucho también porque abre las puertas para una discusión vieja, pero con aires nuevos: ¿es Estados Unidos capaz de permitirse una tercera fuerza, de izquierda real, para tomar las riendas del país? Desafortunadamente, hace falta aún un largo camino para que Estados Unidos salga del péndulo bipartidista en el que parece balancearse su sistema democrático.
Lo cierto es que parte de esta discusión también es si figuras como Zhoran o Darializa serán capaces de cumplir sus promesas de acabar con las guerras en Palestina, Irán y otros países, si serían capaces de finalmente levantar el bloqueo contra Cuba; de romper las relaciones económicas con Israel que han regido al país por décadas; si estos nuevos líderes jóvenes serán capaces de redirigir todo ese capital a traer vivienda asequible, un sistema de salud universal, seguridad y tranquilidad para las comunidades migrantes trabajadoras y para todo el pueblo estadunidense.
En un reciente mitin de la representante Angie Nixon con la comunidad boricua en Kissimmee, Florida, y junto a Maxwell Frost, otro joven y prometedor miembro del partido que surgió del movimiento de prevención de la violencia armada y conocido por ser el primer miembro de la Generación Z en servir en el congreso, la senadora Ocasio rechazó que las políticas sociales que impulsa el ala progresista del Partido Demócrata sean comunistas, diciendo que tener “buenas escuelas no es comunismo, dar recursos para hospitales no es comunismo y garantizar el acceso universal a la salud como un derecho para todos los estadunidenses no es comunismo, es sentido común”.
Por otro lado, figuras que han llegado al poder desde el movimiento social y los partidos locales afiliados al Partido Demócrata, pero no afiliados al DSA u otras fuerzas de izquierda nacional, como la congresista Ilhan Omar, sin duda una de las figuras más radicales dentro del congreso de Estados Unidos, y una de las pocas representantes musulmanas y naturalizadas ciudadanas, han sido el blanco de los mayores ataques de la administración Trump y sus retóricas antimigrantes.
Aunado a la ola de juventudes críticas en Estados Unidos, este periodo electoral está fuertemente marcado por un fenómeno que lleva años creciendo de manera particular en Estados Unidos. Influencers como Hassan Piker no dejan de aparecer, ni en los mítines de DSA, ni durante el mitin del Comité Nacional Republicano. Su influencia es tan grande entre los jóvenes que Trump, Netanyahu y los medios de comunicación de derecha, como Fox News, no dejan de hablar en su contra, contribuyendo así irónicamente a su fama.
Toda esta gama de actores políticos se encuentran, de alguna manera, representados dentro del ala progresista del Partido Demócrata, que no es un partido unitario. El probable regreso de los demócratas a la Cámara de Representantes y la posibilidad de recuperar algunas curules dentro del Senado, abren en el imaginario un respiro, después de un segundo año de despertar con bombardeos a otros países, asesinatos y detenciones masivas a manos de ICE, cierres de programas sociales, y una enorme restricción de las libertades del pueblo estadunidense. Pero las juventudes críticas serán las encargadas no sólo de llevar a estos candidatos al triunfo, sino de obligarlos a rendir cuentas y a cumplir sus promesas.
La lucha del pueblo estadunidense está concentrada en contra de los data centers, el precio alto de la gasolina a causa de la guerra en Irán, la inflación provocada en parte por malas negociaciones en acuerdos comerciales internacionales, la falta de servicios de salud como el Medicare, que sufrió profundos recortes y limitaciones durante esta segunda administración, el uso de los impuestos para financiar a ICE y la Guardia Nacional en las calles de sus grandes ciudades. Al mismo tiempo, estas juventudes parecen recordar que la política exterior de Estados Unidos también importa, que las guerras infinitas, no pueden ser la guía para resolver conflictos como el de Palestina, que bombardear y raptar a un presidente no puede ser la forma de acceder a recursos, o que sofocar a un pueblo entero en busca de un cambio de régimen, como lo dice Marco Rubio, es también un genocidio.
Como bien sabemos, hace falta mucho más que unas elecciones para acabar con todo esto. El movimiento social seguirá teniendo profundos retos e innumerables tareas. ¿Cómo se organizarán para quitarle el poder al fascismo?
* Defensora de derechos humanos
Llegó la hora
Los votantes de todo Estados Unidos acudirán a las urnas el 3 de noviembre de 2026 para las elecciones de mitad de mandato. En la imagen, se observa una valla de seguridad temporal en el exterior del edificio del Capitolio de los EU en Washington, DC, el 2 de noviembre de 2026.
Foto Afp Foto autor
Arturo Balderas Rodríguez
02 de noviembre de 2026 09:51
Mañana se definirán en Estados Unidos, dos cuestiones que en el mediano plazo determinarán la forma en que el país tratará de rencontrar el rumbo que perdió en los últimos dos años. La primera de ellas es la forma en que se conformarán las dos cámaras legislativas: la de Representantes y el Senado. La segunda depende de la forma en que los partidos contendientes hayan entendido, más allá de los resultados de la elección, el mensaje que envió una sociedad que ha dado muestras de hartazgo e impaciencia por lo sucedido en la política, la justicia social y la economía en los dos últimos años.
Por lo menos tres de la más prestigiadas organizaciones en cuestión de estadísticas y predicciones electorales: Sabato’s Crystal Ball (The Economist), Nates Silver’s y Cook Report coinciden en el triunfo de los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes y en un empate virtual en el Senado. En el caso de Cook, que a lo largo de sus 40 años de existencia ha acertado en más de 97 por ciento de los resultados en 11 mil diferentes elecciones, pronostica que la Cámara de Representantes quedará conformada por 220 demócratas y 196 republicanos. Actualmente, hay 219 representantes republicanos por 214 demócratas. Su predicción es que el Senado pudiera quedar virtualmente empatado con 49 demócratas, incluyendo a los dos independientes, por 46 republicanos. Hay cinco candidaturas que aún no están completamente definidas. Hoy, el Senado está conformado por 53 republicanos, 47 demócratas y dos independientes, que habitualmente votan con los demócratas.
Se da por hecho que en varios de los resultados habrá un sinnúmero de litigios, por parte de ambos partidos, principalmente del republicano. De hecho, en el estado de Alaska, aun antes de la elección, Trump ya ordenó que el Departamento de Justicia intervenga para desconocer los resultados, porque adivina, o piensa (¿?), que existen irregularidades en el proceso.
De confirmarse los resultados, la pregunta que flota en el ambiente es lo que harán el presidente, el partido republicano y el partido demócrata en los próximos 24 meses que restan para las siguientes elecciones, entre ellas las presidenciales. ¿Cómo actuará Trump ante una oposición de mayoría que seguramente se opondrá a sus propuestas, continuará desafiándolas e inclusive desacatando a las Cortes en el caso de que sus fallos le sean desfavorables? ¿Los demócratas procederán, como lo han insinuado, a comenzar una serie de juicios contra algunos funcionarios del gobierno de Trump, incluyéndolo a él, por las irregularidades y por la presunción de corrupción en su gestión? ¿Como responderá el partido republicano ante los errores de su presidente en la pésima selección de candidatos? ¿Continuará apoyando a Trump contra viento y marea a pesar de sus yerros? ¿Crecerá la influencia de la corriente progresista de izquierda en el partido demócrata?
Son muchas las preguntas, pero la más importante será la reacción de la sociedad estadunidense a este parteaguas que, vale repetirlo, fue consecuencia del hartazgo por la forma en que el presidente ha puesto en jaque a la democracia, la honestidad en la administración del gobierno y la convivencia civilizada entre los estadunidenses.
En los próximos días comenzarán a despejarse esas y otras preguntas.
Dos años cruciales a partir de mañana
Las elecciones de mañana martes en Estados Unidos son cruciales para el futuro del país y del mundo. Foto Afp Foto autor
Manuel Pérez Rocha L.*
02 de noviembre de 2026 00:04
Es una obviedad decir que las elecciones de mañana martes en Estados Unidos son cruciales para el futuro del país y del mundo. También son un paso hacia las elecciones presidenciales en el 2028, que serán aún más críticas.
Hay señales de que el ascenso de las fuerzas ultraderechistas comienza a desvanecerse. El triunfo de Lula en Brasil, el movimiento estudiantil en Serbia que derrotó al líder derechista Aleksandar Vucic, las protestas contra Narendra Modi y cambios en el registro de votantes en India. La lista es larga. Son signos del hartazgo creciente ante el autoritarismo a nivel global.
Como dice Tope Folarin en el boletín semanal del Institute for Policy Studies (IPS), “en todo el mundo hay indicios de que la gente está rechazando la política de la división, que sólo ha servido para enriquecer a unas élites bien conectadas que utilizan a los demás como chivos expiatorios mientras saquean sus países. Pocos países ofrecen ejemplos más claros de esto último que el nuestro (Estados Unidos), sobre todo en una campaña electoral plagada tanto de descontento por la economía, como de ataques implacables contra las personas trans, los inmigrantes, los musulmanes y otros colectivos” (traducción propia).
La jornada electoral de mañana podría resultar en una gran “ola azul”, es decir, que los demócratas tomen ambas cámaras del Congreso. De cualquier manera, los resultados de la elección tendrán implicaciones muy importantes para lo que suceda en las elecciones de 2028, sobre todo presidenciales. Serán dos años de una carrera sumamente vertiginosa y arriesgada a todo nivel.
Si toman el control de una o ambas cámaras, los demócratas deberán demostrar que están listos para dar un giro fundamental a las mismas políticas que ellos han desplegado en periodos pasados. Me parece que hay tres temas centrales, sin descartar muchos otros, para los próximos dos años.
1) Poner un alto inmediato al financiamiento y a la continuación del genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y de la guerra contra Irán. No será nada fácil detener la maquinaria de guerra y el gasto militar que hinchan los bolsillos de los accionistas de empresas de fabricación de armamento militar, en detrimento de los servicios públicos. También dependerá del resultado final de las elecciones en Israel, que están en disputa, y de si el criminal de guerra, Benjamin Netanyahu, y su coalición pueden retener el poder. No es exagerado decir que una de las causas de la derrota de Kamala Harris fue la tibieza con la que respondía a las demandas de miles y miles de estudiantes y otros en el país para poner fin al apoyo de Estados Unidos a Israel, siendo ella vicepresidenta del gobierno de Joe Biden.
2) Enfrentar la incalificable acaparación de riqueza de los “billionaires” en Estados Unidos, y en particular, de Elon Musk, que ha llegado a ser “trillionaire”; o sea, un billonario en la escala numérica que utilizamos en México. Como escribe Chuck Collins, director del programa de inequidad de IPS, “los estadunidenses apoyan de forma abrumadora que se grave más a los multimillonarios (…) los votantes de California, por ejemplo, están considerando una iniciativa denominada Propuesta 40, un impuesto sobre el patrimonio del 5 por ciento de carácter excepcional que gravaría exclusivamente a los más de 200 multimillonarios del estado. Sin embargo, unas cuantas docenas de multimillonarios están desembolsando decenas de millones de dólares para luchar contra este impuesto y amenazan con marcharse de California si pierden”. En efecto, en un análisis realizado por el IPS para Tax the Ultra Rich Now (TURN), se identifican 22 multimillonarios de California que han visto su riqueza crecer en un 64 por ciento en sólo 20 meses y que han aportado fondos sustanciales para combatir la Propuesta 40. Sin duda, no es fácil imponer a nivel estatal este tipo de impuestos, y se deberán visualizar formas de avanzar en la justicia fiscal a nivel nacional en los próximos dos años (https:// tinyurl.com/2emac3m6).
3) Frenar las crueles políticas de control migratorio del gobierno de Trump. La inmigración es un tema principal en las elecciones, con una caída significativa en la aprobación de los votantes, incluyendo el voto latino, sobre cómo el gobierno actual ha implementado su política de “deportaciones masivas”. Si los demócratas logran tener el control de una o ambas cámaras del Congreso, podemos esperar más acciones de vigilancia por medio de audiencias, propuestas de legislación y cambios en el presupuesto, entre otras iniciativas enfocadas en las acciones del Departamento de Seguridad Interna (DHS). Esto debido a cómo se han llevado a cabo los operativos de control migratorio, incluyendo la no identificación de los agentes y el uso excesivo de la fuerza, que ha resultado en la muerte de por lo menos nueve personas sin ninguna rendición de cuentas, así como por las malas condiciones en los centros de detención –unas 60 personas han fallecido en detención durante este gobierno, un número récord–, aparte de preocupaciones sobre corrupción y cómo están gastando los 170 mil millones de dólares que se han destinado a la agencia para el control migratorio bajo la absurdamente llamada Big Beautiful Bill, entre otros temas.
Revertir la injerencia de la llamada Doctrina Donroe en América Latina, frenar el poder corporativo, ser más inteligente en el apoyo a Ucrania, terminar la guerra con Irán y, por supuesto, devolver a la gente la esperanza de poder alcanzar empleos y salarios de vida son muchos de los temas más que pesarán estos dos años que siguen, que pueden ser esenciales para frenar el ascenso neofascista en Estados Unidos y empezar a reconstruir la visión del país y sus relaciones globales, sin regresar a políticas fallidas del pasado.
*www.ips.dc.org



