Carlos Fazio
27 de abril de 2026 00:02
Entre las versiones sobre la evolución de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, la opinión dominante es que sus planificadores esperaban una victoria relámpago, con la caída y capitulación del gobierno iraní y la imposición de un régimen títere y la posterior balcanización de un país de importancia geopolítica rico en hidrocarburos. Pero por el giro que han tomado los acontecimientos, todo indica que los agresores subestimaron el poderío militar y la resistencia del nacionalismo iraní, su solidez organizativa y sus orientaciones estratégicas. Y hoy el balance parece favorecer a Irán, una nación con 3 mil años de historia y unas dinámicas internas que escapan a la comprensión de la mayoría de los occidentales.
De allí que más allá de los plazos, ultimátums y actos de aventurerismo de Donald Trump y el régimen sionista, ha quedado claro que el poder no sólo se mide en una abismal superioridad aérea, el despliegue de portaviones y la destrucción de infraestructura crítica gubernamental, civil y militar, según la doctrina militar de “conmoción y pavor” (shock and awe), dirigida a paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla y destruir su voluntad de luchar. Sino que abarca, también, la naturaleza de la guerra asimétrica y sus dimensiones económicas y políticas; un nuevo concepto bélico desarrollado por la parte iraní en la legítima defensa de su soberanía, basado en misiles balísticos de precisión y drones fabricados con recursos propios e ingeniería inversa, como sustitutos de una fuerza aérea convencional, que dotó a Irán de una estructura disuasoria y reconfiguró el equilibrio militar en la zona, vía el ataque y/o destrucción de 13 bases de Estados Unidos en los petroemiratos del golfo Pérsico (incluidos sofisticados radares en Qatar y Bahréin, claves de la infraestructura de guerra electrónica del Pentágono), y en la capacidad de utilizar el territorio como un arma de guerra; en este caso, el estrecho de Ormuz, que hizo que los precios de los hidrocarburos, los fertilizantes y el helio se dispararan, impactando la economía mundial; lo que explica en gran medida el éxito militar de Irán hasta la fecha.
El gobierno y el alto mando militar iraní llevaban 20 años preparándose para una agresión como la del 28 de febrero. Eso es lo que –a pesar del alto costo humano y material infligido inicialmente por el eje estadunidense-israelí– les ha permitido poner en práctica una estrategia de resistencia basada en una guerra prolongada de desgaste y una “defensa en mosaico” descentralizada, principios elaborados por Irán tras los fracasos de Estados Unidos en Irak y Afganistán: los 31 centros de mando (uno por provincia) cuentan con fuerzas armadas y milicias propias, dotadas de capacidad armamentística y autonomía estratégica. En caso de un primer ataque que “decapitara” el mando central (como de hecho ocurrió con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei y de los principales jefes castrenses), todos los centros de mando pasarían a modo autónomo y seguirían luchando.
Como ha explicado el ex diplomático británico y ex agente del MI6 Alastair Crooke, para resistir la supremacía de Estados Unidos en materia de satélites e inteligencia, otra de las enseñanzas recogida por Irán de las guerras en la región fue ocultar a gran profundidad toda su estructura militar misilística y de drones, para lo cual inicialmente habría recibido ayuda de la República Popular Democrática de Corea. El resultado son las “ciudades de misiles” –como la famosa Fortaleza de Yazd, enterrada en la montaña a 500 metros de profundidad fuera del alcance de las bombas–, que según Crooke (quien ha participado activamente como mediador en Medio Oriente durante muchos años) cuentan con un sistema ferroviario que lleva los misiles hasta la salida de túneles en la superficie, desde donde se lanzan directamente (y no sólo desde lanzadores móviles sobre el terreno) y luego los silos se introducen de nuevo en su lugar.
Sería el caso, también, de la infraestructura militar naval, enterrada a lo largo de toda la costa iraní (incluida la de Ormuz), plagada de cuevas y acantilados repletos de misiles antibuque, y túneles que pasan por debajo del mar y cuentan con drones sumergibles que cuentan con baterías de litio que les da una autonomía de cuatro días. Orientados a la inteligencia artificial, los drones tienen capacidad para merodear y esperar un objetivo, seleccionarlo y atacarlo de forma autónoma. Según Crooke, Irán también dispondría de unos 25 minisubmarinos y debido a que el estrecho de Ormuz no es muy profundo, pueden desplazarse sin ser detectados por los satélites y los AWACS (sistema aerotransportado de alerta y control) de Estados Unidos y disparar misiles antibuque mientras están sumergidos.
Asimismo, Irán aprendió que Estados Unidos suele tener capacidad logística sólo para una fuerza de corta duración, y su plan fue llevar al enemigo a una guerra prolongada de desgaste; por eso ha dosificado el uso de misiles. Además, Irán estaría recibiendo vía satélite apoyo en inteligencia de China a través del buque Ocean One, y dispondría de un sistema integrado de campo de batalla y sus objetivos a través de radares, similar a los IRS (estructuras de inteligencia, reconocimiento y vigilancia) que utiliza Ucrania contra Rusia.
Irán ha puesto a prueba la hegemonía del dólar. Si es atacada, responde y al mismo tiempo intensifica la represalia, en una escalada de violencia sin fin que está marcando una tendencia desfavorable a Estados Unidos. Todo indica que el contrataque estratégico iraní no se concibió para conducir a ningún compromiso negociado (saben que Estados Unidos e Israel siempre engañan y traicionan), sino más bien para crear las circunstancias mediante las cuales el país persa pueda escapar de la “jaula” impuesta por Trump y sus aliados, de aislamiento, sanciones, bloqueos y asedio permanentes.
Kiev acusa a Moscú de “terrorismo atómico” a 40 años de Chernobil
▲ En la ciudad ucrania de Slavutych, con flores y velas rindieron homenaje a las personas que perdieron la vida en el peor accidente nuclear de la historia de la humanidad.Foto Afp
Juan Pablo Duch Corresponsal
Periódico La Jornada Lunes 27 de abril de 2026, p. 29
Moscú. Al recordar la tragedia de Chernobil, cuyo 40 aniversario se cumplió este domingo, el presidente de Ucrania, Volodymir Zelensky, aprovechó la ocasión para arremeter contra Rusia por lo que denominó “terrorismo nuclear”, que practica al ordenar que sus drones sobrevuelen constantemente esa planta, lo cual, a su parecer, pone al mundo al borde de una nueva catástrofe atómica.
“Hace 40 años el mundo se enfrentó a uno de los peores desastres nucleares de su historia: la explosión del cuarto reactor de la planta atómica de Chernobil. Una cantidad significativa de material radiactivo se liberó al medio ambiente. Cientos de miles de personas se han dedicado durante años a mitigar las consecuencias de esta tragedia”, escribió Zelensky en su cuenta de Facebook.
El mandatario ucranio destacó la contribución de los más de 40 países que colaboraron para construir un sarcófago que cubre el reactor destruido por la explosión y que impide que la radiación se extienda.
“Esas estructuras son las que protegen contra las fugas de la radiación y la contaminación. Su mantenimiento y protección redundan en beneficio de todos, pero con su guerra Rusia pone el mundo al borde de un nuevo desastre provocado por el ser humano”, subrayó.
Después de reprochar al Kremlin que el año pasado un aparato aéreo no tripulado ruso se estrelló contra el sarcófago de Chernobil, Zelensky afirmó que “el mundo no debe permitir que este terrorismo nuclear continúe y la mejor manera de lograrlo es obligar a Rusia a detener sus ataques insensatos”.
Rusia, que desde las primeras semanas de su “operación militar especial” se hizo con el control de la planta atómica de Zaporiyia, acusa a Ucrania en los mismos términos: sostiene que con frecuencia hace impactar drones en las cercanías de la central para provocar una nueva catástrofe radiactiva.
La cancillería de Ucrania, por su parte, al honrar en un comunicado la memoria de las víctimas de la tragedia del 26 de abril de 1986 y “el heroísmo de quienes se impusieron en el camino de la muerte invisible” (al menos 600 mil soviéticos que acudieron a la zona del desastre para ayudar a superar los devastadores efectos de la explosión), sostuvo que Chernobil se debió no sólo a un fallo técnico.
La tragedia “es el veredicto que condena al sistema soviético construido sobre crímenes y mentiras deliberadas, un régimen que la Rusia actual intenta revivir”, indica.
“El régimen soviético no sólo fue responsable de las violaciones de seguridad que causaron el accidente. Su verdadero crimen fue el encubrimiento deliberado: el mundo permaneció ajeno a la catástrofe durante al menos dos días, mientras las autoridades la ocultaron a sus ciudadanos durante semanas y, el primero de mayo de 1986, cuando la radiación ya se había extendido ampliamente, obligaron a decenas de miles de personas en Kiev a participar en una manifestación” para celebrar el Día Internacional de los Trabajadores, como si nada hubiera sucedido.
“Hoy Moscú –concluye la cancillería ucrania– continúa con esta tradición de engaño y utiliza las instalaciones nucleares como herramienta de chantaje. Nuestro llamado este día a todos los estados que valoran la estabilidad global es sencillo: es hora de poner fin al chantaje nuclear.”
En estos 40 años mucho se ha escrito, dicho y filmado sobre la tragedia de Chernobil, que el líder soviético de entonces, Mijail Gorbachov, reconoció hasta el 14 de mayo de 1986.
De todo ese acervo, vale la pena destacar una sola frase que explica lo que significó Chernobil como punto de inflexión que marcó una era anterior y una posterior al desastre: “fue tal vez –incluso más que la perestroika iniciada por mi gobierno– la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética” cinco años más tarde, admitió Gorbachov, ya desde la reflexión del retiro al cumplirse el 20 aniversario de la catástrofe, en un artículo de opinión distribuido por Project Syndicate en abril de 2006.








