EU reporta menos muertos que la cifra real: Post // Suman 112 mil desplazados en Yemen
▲ Autoridades iraníes calculan que un millón de reclutas serán entrenados. En la imagen, desfile de integrantes de la división Basij, en Teherán.Foto Afp
Ap, Afp, Reuters, Sputnik y Xinhua
Periódico La Jornada Sábado 19 de septiembre de 2026, p. 17
Teherán. Cientos de miles de iraníes se manifestaron ayer en esta capital en una muestra de resistencia organizada por el gobierno tras casi siete meses de conflicto y se comprometieron a tomar las armas, en la mayor demostración de este tipo desde el comienzo de la guerra por Estados Unidos e Israel, en febrero pasado.
Las autoridades iraníes calcularon que al menos 313 mil personas marcharon por el centro de Teherán en las movilizaciones denominadas Janfaday e Irán (Quiénes se sacrifican por Irán) portando uniformes de combate, banderas y armas, mientras el ejército exhibió drones, baterías antiaéreas y diverso armamento.
El jefe del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), general Hassan Hassanzadeh, declaró a la televisión estatal que más de 600 mil personas se habían inscrito para participar y que se espera que más de un millón tomen parte en el entrenamiento.
Los voluntarios formarán una capa adicional de seguridad para la poderosa fuerza militar del CGRI y la milicia Basij.
Hossein Taeb, nuevo jefe de la división Basij, un brazo paramilitar voluntario subordinado al CGRI, aseguró que sus fuerzas estarán listas para una “defensa total” y que pronto habrá actos similares en otras ciudades.
Los nuevos reclutas “harán que los enemigos de la república islámica vivan una pesadilla”, advirtió Taeb, mientras el presidente, Masoud Pezeshkian, comandantes militares y otros altos cargos observaban el desfile.
Algunos participantes pisotearon banderas estadunidenses e israelíes y otros corearon: “muerte a Estados Unidos” y “muera Israel”.
La concentración conmemoró la Semana de la Defensa Sagrada y la noche número 200 de la firmeza del pueblo iraní frente a las agresiones conjuntas de Washington y Tel Aviv.
En tanto, seis funcionarios estadunidenses familiarizados con los datos internos de bajas del Departamento de Guerra, aseguraron que han muerto más efectivos del Pentágono en su guerra contra Irán que el número revelado públicamente por las autoridades de Washington.
Las fuentes afirmaron a The Washington Post, bajo condición de anonimato, que ha habido al menos 22 bajas militares, cuatro más de las que aparecen en la base de datos pública del Pentágono. Un sexto funcionario afirmó que 23 militares han fallecido desde el inicio del conflicto bélico.
Hasta ayer, el Pentágono registró públicamente 18 bajas militares, incluidas muertes causadas por acciones hostiles y no hostiles desde el 28 de febrero.
“El orden de seguridad estadunidense en Medio Oriente está muerto. Fingir lo contrario se está convirtiendo en un peligro para la región”, sostuvo el escritor Trita Parsi, e instó a los líderes del área a “adoptar urgentemente un nuevo modelo en el que asuman la responsabilidad principal de la protección”, en un artículo publicado en Middle East Eye.
La jefa de la política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, por su parte, elevó el nivel de alerta de sus buques tras los ataques de los hutíes, mientras continúan con su labor de escolta en la región.
En el terreno, la milicia chiíta informó de nuevos bombardeos de Arabia Saudita contra el oeste de Yemen, donde continúan los enfrentamientos entre sus combatientes y las fuerzas gubernamentales respaldadas por Riad.
Al menos 112 mil personas fueron desplazadas en Yemen y cerca de 3 mil más se refugiaron en Yibuti desde el recrudecimiento de los combates a principios de septiembre, calculó la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Los hutíes controlan ahora todo el litoral yemenita en el mar Rojo y reforzaron su dominio sobre el estratégico estrecho de Bab al Mandeb, que conecta Europa con Asia a través del canal de Suez.
El Consejo de Cooperación del Golfo alertó que el estrecho de Ormuz, bajo control de Teherán, no debe convertirse en una “moneda de cambio” e instó a la comunidad internacional para que “asuma sus responsabilidades para restablecer la estabilidad y garantizar que la vía permanezca abierta a la navegación internacional”.
A medida que los petroleros son alcanzados por misiles, incendiados o hundidos, los derrames de petróleo en el golfo Pérsico provocan una crisis medioambiental en el estrecho de Ormuz, advirtieron expertos.
Greenpeace identificó a principios de esta semana cinco grandes manchas de crudo con una superficie visible de 240 kilómetros cuadrados, que se ha ido reduciendo, ya que las condiciones climáticas probablemente han provocado su dispersión.
La acumulación de petróleo en el Pérsico plantea una serie de amenazas, tanto para la biodiversidad como para los seres humanos.
Al cierre de esta edición, las autoridades sauditas emitieron alertas de emergencia en siete ciudades ante la amenaza de posibles ataques procedentes de los hutíes.
Metáforas sociales
Fabrizio Mejía Madrid
Dos de las formas en que podemos mirar la propia vida son la escalera y el camino. En una hay que subir hasta el último peldaño, y en el otro, ir eligiendo rutas. Cuando se alcanza la cima de la primera, uno acaso se pregunte para qué todo ese esfuerzo. En el segundo, el camino, la pregunta será en el cruce de rutas donde se tiene que decidir por una y dejar atrás otras posibles: ¿Qué hubiera sucedido de haber transitado por la otra vía? La pregunta de la escalera será, entonces, por el vago propósito. La pregunta del camino será, entonces, por la posibilidad perdida. ¿Para qué escalé? y ¿qué hubiera pasado? Algo de frustración y algo de remordimiento.
Subir una escalera es un acto mecánico, solitario y conciso, como lo describe Julio Cortázar en Instrucciones para subir una escalera, salvo que, como sucede en El Aleph de Borges, en el peldaño 19 te encontrarás con el universo entero. Distinto es caminar porque el errante es tanto del error como de la errancia. La incertidumbre y el azar te acompañan en el trayecto. Hay vericuetos, cruces, encuentros, peligros. Y, como dice Robert Frost en su célebre poema, cuando ya hayas llegado te dirás y contarás que elegiste viajar por el menos transitado, aunque, la verdad, a la hora de decidir, ambos te parecieron iguales. La memoria nos exculpa.
En la escalera hay que ver al peldaño siguiente mientras pisas el actual y sólo sabes que has llegado cuando pones el talón en el final. En el camino, la llegada no es necesaria y el andar se convirtió en la forma en que los hombres experimentaban la modernidad de la ciudad: mirar a los transeúntes. Las mujeres, en cambio, estaban en busca de una habitación propia. Balzac, en su pequeño tratado sobre el andar, colecciona todas las reticencias que se solidificarán, con el tiempo, en los estereotipos de la misoginia, la aporofobia y la discriminación por el aspecto, cuando instruye a las mujeres cómo comportarse en la calle y qué vestir, huye de esos pobretones que andan de prisa porque no se pueden comprar su propio ocio, y condena el caminar de los gordos como no estético. Pero nada en el texto de Balzac nos lleva a deambular. Más bien él se está refiriendo a las calles como escenarios y al andar de los burgueses como coreografías. Una vez que el flâneur llega a su fin, Walter Benjamin ve sus vestigios en el deambulador nocturno y en el convalesciente que sale de la cuarentena, y que pueden ser ese “hombre de la multitud” que tanto miedo le daba a Edgar Allan Poe. El deambular se ha detenido para siempre y jamás fue un recurso para las mujeres.
La escalera, por su parte, termina en una metáfora social: la meritocracia. La escalera se sube solo, es lineal, jerárquica y competitiva. No se puede ascender sin dejar a otros atrás. Supone que todos arrancan del mismo peldaño, aunque haya gente que parte del subsuelo y otros –los que ganarán– que salen desde escalones que están mucho más arriba: los blancos, herederos, varones y urbanos. Al decir que los ganadores lo son por su esfuerzo, trabajo o superioridad intelectual, se legitiman las desigualdades y se destruye a la comunidad porque, en la escalera, pertenecer a la clase trabajadora tiene una sola motivación: huir de ella.
Arriba, el plutócrata se presenta como alguien igual a los demás que trabajan y se esfuerzan, se autopropone como salvador y benefactor de una sociedad víctima del Estado, y exhibe sus riquezas como comprobantes de su astucia y para servir de ejemplo a los que todavía no se esfuerzan. Abajo, el resto es conducido al aislamiento, el quiebre de las redes de apoyo, al “síndrome del impostor” y a una utopía de holgura material que jamás está al alcance. Pero la escalera como metáfora social llevó, sobre todo, a la humillación, el desprecio, y la vergüenza de miles de millones por no ser aptos ni suficientes. Su forma de difusión más acabada fue el reality show en la televisión que mutó en la historia de Instagram. Acumular mercancías fue, a un mismo tiempo, señal de mérito y recompensa por subir la escalera. Las mujeres a las que no se les ofreció ni siquiera una habitación propia fueron convencidas de que el feminismo habría logrado sus metas, y que ya era hora de “empoderarse”. Eso quiso decir hacer las mismas dobles jornadas y, además, vender mercancías en la informalidad llamada “emprendimientos”. Hoy las mercancías son ellas mismas en las redes tipo Only Fans. El trabajo se conectó no a la necesidad, sino a la aspiración de ser como el plutócrata. Si no tienes esa aspiración, también tienes una falla moral. La escalera invirtió los papeles en que nos veníamos leyendo desde el siglo XIX: la clase ociosa ahora ya no son los herederos plutócratas, sino los propios trabajadores y los potentados son los que trabajaban más duro que nadie y, para muestra, nos exhiben sus yates.
El caminar termina en otros dos mapas mentales: el nomadismo de los milmillonarios en sus aviones, yates y helicópteros conectado a sus mercados financieros, y la migración de los que dejan todo para seguir existiendo, desconectados de sus muertos. “Los hombres no tenemos raíces, tenemos pies”, decía la consigna que los globalistas le extrajeron al etnólogo André Leroi-Gourhan. El detalle es que él se refería a que acabaríamos desdentados y sólo con la fuerza suficiente para apretar botones si la tecnología seguía por la ruta que nosotros ya vivimos. El etnólogo murió en 1986, antes de echarle un vistazo a nuestra cultura del teléfono inteligente. Pero los globalistas que necesitaron, en un inicio, que la fuerza de trabajo se desplazara por su propios medios –los pies–, lo sacaron de contexto para alentar una metáfora que hizo de la supervivencia una aventura del espíritu emprendedor. Hasta que las fronteras se volvieron a cerrar y ya los caminantes no pudieron pasar, y fueron perseguidos y encarcelados como delincuentes.
Junto con el globalismo y la pluralidad sin derechas ni izquierdas, Deleuze y Guattari criticaron al árbol como símbolo de jerarquía, autoritarismo y centralización. Como alternativa propusieron la metáfora del “rizoma”, que era muy parecida a las redes digitales donde todo tiene el mismo peso relativo y cuyas conexiones funcionan como intercambios tipo oferta y demanda o izquierda derecha o, incluso, “me gusta/no me gusta”. Pero todavía no recibían noticias de que los árboles se comunican y avisan de peligros de plagas por medio de sus raíces, usando a los hongos como mensajeros. Tampoco se enteraron de que los árboles-madre, los más viejos, socorren a los más jóvenes por medio de esta red subterránea dándoles nutrientes que, por su corta estatura, no alcanzan a sintetizar. Los árboles que ellos veían tan “estatales” son parte de una comunidad llamada bosque o selva o desierto. Están de pie sobre unas raíces que los intersectan. Llevan en sus troncos y ramas no una jerarquía autoritaria, sino todas sus derrotas, fracasos, accidentes, huellas del paso de vientos, inundaciones, sequías e incendios. Son la metáfora social para tiempos venideros: ayudar a crecer a los demás.
Tiempos oscuros
"Esta cruenta historia no es única, se repite día a día a lo largo y ancho de la Unión Americana; donde se puede ver a niñas, como Lupita de tan sólo seis años, respondiendo solas a las preguntas que les hace el juez de migración". Foto Afp / archivo Foto autor
Fabiola Mancilla Castillo*
19 de septiembre de 2026 00:03
Recorriendo los pasillos de la County Courthouse en El Paso, Texas se encontraba el pasado viernes 11 de septiembre la pequeña Lupita del pueblo ñuu savi. Ella con tan sólo seis años tuvo que enfrentar “la justicia” de Estados Unidos. Es originaria de la comunidad de Xalpatláhuac de La Montaña de Guerrero. Su historia comenzó después de una persecución donde fue detenida por la patrulla fronteriza. Su madre María, –con engaños–, confió a su hija al pollero que las llevaba bajo el argumento de que así “era más fácil para el cruce”. Nunca pensó que esa decisión la marcaría de por vida, pues al ir Lupita sin sus padres, fue considerada como menor no acompañada; condenándola sin saberlo a lidiar con el sistema legal estadunidense. En el país de las barras y las estrellas, el debido proceso se ha vuelto discrecional, pues después de la reducción presupuestal hacía varios programas, entre ellos la defensa de los menores migrantes, obligando a las y los niños a defenderse ellos mismos.
Esta cruenta historia no es única, se repite día a día a lo largo y ancho de la Unión Americana; donde se puede ver a niñas, como Lupita de tan sólo seis años, respondiendo solas a las preguntas que les hace el juez de migración. Parece inverosímil, que en una sociedad donde hasta el más sanguinario criminal cuenta con representación legal gratuita, una niña o niño tiene que defenderse por sí solo. A pesar de esta dura prueba, Lupita ha mostrado la casta del pueblo de la lluvia, que en lugar de intimidarse, le da fortaleza a sus compañeros en la Corte y les sostiene la mano.
Este duro relato sólo nos muestra los momentos tan oscuros que se encuentran enfrentando Estados Unidos; aquella nación que se levantó por migrantes, ahora les da la espalda. La sensación de miedo e incertidumbre nos contagia a todas las personas con o sin documentos. Las familias toman decisiones y muchas de ellas han empezado el retorno a sus países de origen, ejemplo de esto, es lo que se encuentran viviendo las comunidades de Honduras, Haití, Venezuela o Nicaragua con el retiro del Estatus de Protección Temporal (TPS por sus siglas en inglés), que los están dejando como indocumentados. Mientras tanto, grupos radicales y el mismo gobierno siguen perpetuando el discurso de xenofobia donde responsabiliza a la comunidad migrante de todos los males de su nación.
El futuro político de aquel país está en juego, pues con las elecciones intermedias de la vuelta de la esquina, en medio de una frágil economía, la popularidad de Trump en declive y la guerra en Medio Oriente dividendo opiniones, pareciera que lo único que pueden usar para obtener más votos es el “éxito” de las deportaciones – su administración recopila la cifra de más de 570 mil –. Sumado a esto, el temor que existe por parte de los integrantes del Partido Republicano de perder la mayoría en ambas cámaras, hace que la narrativa antinmigrante sea el mejor de sus recursos.
No sabemos lo que le espera a la comunidad migrante que vive en EU, lo que sí sabemos es que continuarán resistiendo y luchando para sobrevivir. Tal como lo hace la pequeña Lupita que a pesar de todo se mantiene firme, mirando al frente y repitiendo a los demás niños “qué todo estará bien”. Ese valor se observa en los más de 11 millones de mexicanos y mexicanas que viven de aquel lado de la frontera, que a pesar del miedo día a día salen a trabajar para mantener a sus familias. Su lucha ha sacado a flote a regiones como La Montaña de Guerrero donde las remesas sostienen a la economía.
Lo irónico de esto es que el gobierno de México, en lugar de solidarizarse, ha comenzado con la retórica de que tener dobles nacionalidades es un riesgo para gobernar. Más allá del argot legal y constitucional, la narrativa es lo que duele a la comunidad mexicana en el exterior. El discurso que se repite una y otra vez es lo que ha calado en lo más profundo de su corazón; pues a pesar de la distancia siguen siendo fieles a la patria que los vio nacer. Todos ellos, viven con orgullo su identidad a pesar de la adversidad. Esa misma identidad les ha costado hasta la vida. Es por eso que se vuelve muy doloroso escuchar los discursos de los políticos en sus debates, donde cuestionan su lealtad a la patria. Hablando de todos ellos y ellas como extraños, en lugar de que sus palabras den un poco de luz en medio de tanta oscuridad. Confiamos en que la empatía les haga corregir sus discursos, que nos sientan como hermanas y hermanos más que enemigos.
*Integrante del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan
