Mucho antes de lo vaticinado por los futurólogos más acreditados, la inteligencia artificial se constituyó en una de las mayores amenazas a la sobrevivencia humana. Hoy ya es uno de los principales jinetes del apocalipsis, compitiendo con la guerra nuclear, el cambio climático y las pandemias emergentes. No es un mensaje de mentes medievales o de reaccionarios enemigos del cambio, como lo fue el ludismo en la Revolución Industrial: son los propios expertos de la informática y la innovación robótica quienes advierten de la amenaza y llaman a medidas globales urgentes.
Es ya un escenario factible que la extinción de la vida humana puede provenir de los nuevos señores feudales de las tecnologías informáticas, los dueños de nuestros datos, los procesadores de la información derivada del conocimiento acumulado por milenios, los controladores de los sistemas que mantienen al mundo en movimiento: electricidad, ciberespacio, transporte aéreo, servicios bancarios, flujos financieros, comunicación global instantánea. Pero también algoritmos sin control con acceso eventual a los códigos de las centrales nucleares.
Concretamente es la inteligencia artificial generativa, la que no requiere autorización ni instrucciones específicas para crear contenidos nuevos, a la que seguiría la AGI, con la cual una máquina tendría la misma capacidad intelectual que un ser humano para aprender y resolver cualquier problema, montada sobre su propia capacidad de razonamiento, y finalmente la ASI, la Superinteligencia, fase en la cual las máquinas cibernéticas superarían por completo la creatividad, el razonamiento y las habilidades de los seres humanos. Pero, además, a diferencia de ahora, algunas de esas máquinas, millones de humanoides altamente capacitados como señala Elon Musk, tendrían habilidades superlativas en muchos ámbitos y desplazarían a la mano de obra humana.
Ante el acelerado avance de la inteligencia artificial, y los crecientes casos de desacato a las instrucciones de los técnicos informáticos, hoy el debate es si ha llegado la hora de hacer una pausa, o cuando menos de reducir el ritmo de los avances, para consensuar algunas medidas en la comunidad internacional para no perder el control de esa herramienta evolutiva: evitar que la creación subordine algún día al creador, o de plano lo suplante y extinga.
Entre las voces que se han alzado en contra de esta amenaza inusitada figuran los propios expertos, investigadores y directivos de los grandes corporativos que se disputan la hegemonía mundial. No son pues outsiders o neófitos, enemigos de la modernidad y el progreso, como ocurrió con el invento de la imprenta, la máquina de vapor, la producción en serie o la cibernética en su fase primaria.
Quien desencadenó el debate mundial estos días álgidos fue Jacob Coxon, investigador británico que trabajó tanto en OpenAI como en Anthropic, y quien abandonó la industria al acusar a ambas compañías de estar “jugando con nuestras vidas” al perseguir modelos capaces de automejorarse.
Bilal Chughtai, ex empleado de Google DeepMind, especializado en seguridad y alineamiento, también renunció y sostuvo que la capacidad de los modelos está avanzando mucho más rápido que el conocimiento disponible para mantenerlos alineados con objetivos humanos, por lo que la IA tiene “el potencial de matarnos a todos”.
Como reacción a estas advertencias, Dario Amodei, director de Anthropic, pidió reducir de manera coordinada la velocidad con la que mejoran los modelos. Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI, y Demis Hassabis, de Google DeepMind, respaldaron públicamente la idea de adoptar mayores precauciones.
En términos semejantes el informático canadiense Yoshua Bengio, considerado uno de los fundadores de la inteligencia artificial, declaró a la AFP que esta tecnología está saliendo de las manos de los creadores y que se necesitan adoptar medidas de seguridad similares a las tomadas con el armamento nuclear.
De manera más contundente, Bill Gates, cofundador de Microsoft, en una entrevista para el programa “Meet the Press” de la NBC, advirtió que “la inteligencia artificial es lo suficientemente poderosa como para desencadenar sucesos que provoquen mil millones de muertes”.
Pero una cosa son las declaraciones verbales y otra las acciones concretas: ninguna de las grandes compañías quiere reducir por sí sola el ritmo mientras sus competidores continúan desarrollando modelos más potentes, sobre todo en un contexto de disputa tecnológica por la hegemonía entre Estados Unidos y China.
Por lo pronto el gobierno norteamericano ha declarado que la amenaza a la vida humana por parte de la inteligencia artificial es “una patraña”, y que los grandes corporativos de su país, los líderes en la materia hasta el momento, “no deben bajar el ritmo”.
Pero la advertencia de los expertos está más que patentizada, y merece ser evaluada: o regulamos la inteligencia artificial y la hacemos una herramienta fundamental para mejorar la calidad de vida, en la salud, la educación y las transacciones financieras para apoyar a los sectores más desfavorecidos de la humanidad, vía moneda digital, incorporación de las pequeñas empresas a la economía formal y un acceso ágil de los emprendedores al crédito, por ejemplo, o en menos de 10 años no descartan dos escenarios: las máquinas informáticas subordinan a los seres humanos e incluso, si sus algoritmos les indican la “racionalidad” de una medida más radical, extinguen la vida humana y se erigen en un nuevo gobierno universal. Estamos a tiempo de evitarlo.
¿Y el dólar?
¿Qué viene después el dólar? debe reformularse en términos del papel que tiene ahora en el sistema financiero global. Foto María Luisa Severiano / Archivo Foto autor
León Bendesky
28 de septiembre de 2026 00:05
Una de las funciones del dólar en el sistema financiero internacional es la que cumple como moneda de reserva, lo que se refiere a aquella que los bancos centrales guardan como parte de las reservas internacionales.
Es común que se vea esta función del dólar como protagónica, pero eso se considera cada vez menos sostenible. Este asunto se vincula con la consideración acerca del “privilegio exorbitante” que tiene el dólar en la economía global, y que se deriva de una demanda constante de esa moneda y su consiguiente favorable impacto monetario y fiscal.
Así que la pregunta que suele hacerse acerca de: ¿Qué viene después el dólar? debe reformularse en términos del papel que tiene ahora en el sistema financiero global. Adam Tooze, entre otros analistas, ha tratado este asunto y recientemente propone que dicha pregunta sobre el papel dólar es una forma de ficción financiera (en inglés la llama finfiction), pues asume que los cambios en el orden monetario y financiero global deben ser la consecuencia de un declive del poderío estadunidense.
El asunto es que el dólar no es hoy preponderantemente una moneda de reserva, en su concepción convencional; es decir, que los países no están acumulando dólares tal y como sucedía en el periodo comprendido entre los años 2000 y 2015. Entonces los bancos centrales, como fue el caso de China y otros países de Asía, acumulaban bonos del Tesoro de Estados Unidos para convertir sus superávits comerciales en activos seguros de la deuda pública.
Después de 2015, la emisión de dichos bonos siguió creciendo, aun cuando los niveles de las reservas se estabilizaron, pero fueron, entonces, los flujos privados de capitales los que se destinaron a financiar a las empresas estadunidenses, mediante la compra de acciones y la emisión de deuda. El dólar tomó una nueva función, dejó de ser una reserva monetaria para ser un medio liberado para la acumulación de capital en un entorno de gran liquidez. Y, como observa Tooze, esto ocasiona que las consecuencias de un enorme déficit fiscal, como el que se ha acumulado y que se valúa en 40 billones de dólares, no desate una crisis que cuestione a esa moneda y provoque su remplazo.
Se trata, entonces, de una nueva configuración del dólar en los flujos globales, lo que ha llevado a la noción de un “dólar de portafolio o de fondeo” en lugar de un “dólar de reserva”.
Este caudal de dólares se compone de diversas modalidades de bonos y acciones del sector privado y bonos del gobierno. Los registros indican que la compra neta de activos de Estados Unidos por extranjeros es la forma en que decisivamente se fondea al sector corporativo de Estados Unidos, más que el gobierno.
Como ha observado Brad Setser, antiguo funcionario del de la Oficina del Representante Comercial y del Departamento del Tesoro en el gobierno de Estados Unidos, lo que se aprecia en las transacciones financieras en el mundo es una correlación estrecha con la expansión de la emisión de bonos del Tesoro, siendo éste el instrumento en el que se ha concentrado la inversión de la acumulación de reservas desde la mitad de la década pasada.
La conclusión que ofrece Tooze es relevante: “La función que cumple el dólar en la economía mundial es, principalmente, la de ser un medio para una compleja ingeniería financiera a escala global y, además, una puerta de entrada hacia lo que sigue siendo el más grande y lucrativo mercado financiero en el mundo”.
Este último es el asunto sustancial en una economía mundial que gira, precisamente, sobre las instituciones, los mercados y los instrumentos financieros. La reconfiguración de ese “espacio financiero” es el asunto primordial.