viernes, 18 de septiembre de 2026

EU: provocación y deterioro.

El embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, declaró ayer que “la administración Trump está utilizando todas las herramientas disponibles para combatir a los cárteles y exigir cuentas a quienes los apoyen”. Es inevitable notar la ausencia de un formulismo obligado en las comunicaciones oficiales de este tipo: en un gobierno normal y observante de la institucionalidad, un alto funcionario habría dicho que el gobierno al cual representa está usando todas las herramientas legales contra el crimen organizado.
Dadas las palabras elegidas por Johnson y el contexto en que las emitió, sólo pueden interpretarse como un desafío y una provocación contra el Estado mexicano: unas horas antes, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo había reiterado que cualquier “pretexto para injerencia o intervención debe ser rechazado porque viola nuestra soberanía y nuestra independencia”. La mandataria recordó que la lucha contra las intervenciones extranjeras está “en el corazón del pueblo y por eso es tan importante recordar la historia y hacer memoria”, pues “la memoria es el alma de los pueblos, es el escudo contra cualquier injerencia, es la defensa de la independencia y la soberanía”.
El embajador no está solo en la confusión de la lucha contra el narcotráfico con una patente de corso que permitiría a Washington llevar a cabo ejecuciones extrajudiciales, torturas, secuestros, invasiones, operaciones encubiertas y otros crímenes dentro y fuera de su territorio. El fiscal para el Distrito Sur de Texas, Aaron Reitz, afirmó que la designación de ciertos cárteles como organizaciones terroristas por parte del gobierno de Trump da a las autoridades federales nuevas herramientas legales para desarticular sus actividades, y subrayó que su oficina prevé impulsar más casos invocando el inexistente terrorismo.
Johnson, Reitz, el propio Trump y otros integrantes de su gobierno necesitan enterarse de que la inmensa mayoría de las ganancias provenientes de las drogas ilegales se generan y permanecen en territorio estadunidense –que es, además, donde encuentran su mayor mercado–; por ejemplo, el precio de un gramo de cocaína pasa de dos o tres dólares en la selva sudamericana a 150 dólares en las calles de Estados Unidos, un incremento aproximado de entre 5 mil y 8 mil por ciento. Por ello, los ingresos de los cárteles clasificados como terroristas y supuestamente combatidos por las fuerzas armadas más poderosas del planeta son nimiedades frente a las fortunas que amasan los verdaderos capos, esos que viven y operan dentro de Estados Unidos sin que la administración que “está utilizando todas las herramientas disponibles para combatir a los cárteles” les toque un centavo o se moleste al menos en conocer sus nombres.
En suma, la superpotencia tiene una clase gobernante dispuesta e incluso ansiosa por destruir derechos humanos, soberanías, leyes internacionales y normas mínimas de convivencia entre las naciones para imponer una lucha en la que ni siquiera cree. Este sistemático desconocimiento de la legalidad por parte de Washington es una muestra del deterioro institucional que padece el vecino país, y lamentablemente no hay ningún indicio de que la descomposición pueda revertirse en el futuro próximo. La presencia del embajador Johnson en México es una señal de esta pérdida de rumbo: si la Casa Blanca quisiera mejorar la colaboración en la agenda común con su principal socio comercial y su vínculo bilateral más importante, habría enviado a un diplomático entrenado para el diálogo y no a un ex integrante de un grupo de élite usado en operaciones de intervención, homicidios, contrainsurgencia y otras acciones criminales.

México SA
Donald Trump, sin autoridad moral // EU, “descertificado” número uno // No juzguen a México desde afuera
Carlos Fernández-Vega
▲ El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emitió ayer un discurso durante una cena en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca.Foto Ap
Bocón e irresponsable, Donald Trump carece de autoridad moral para culpar a terceros países por “no combatir” al narcotráfico, pero se da el lujo de otorgar estrellitas en la frente a unos (como a Delsy Rodríguez en Venezuela) y “descertificar” a otros en esta materia. Y no la tiene, porque, sólo por ejemplo, indultó al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández (condenado a 45 años de prisión por la justicia de Estados Unidos), un narcotraficante que introdujo y comercializó nada más y nada menos que 400 toneladas de cocaína para consumir en territorio estadunidense.
Lo anterior, sin dejar de lado que Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas de todos tipos y colores, que es el principal centro de lavado de dinero del narcotráfico, que ocupa la posición número uno en muertes por sobredosis de enervantes, que sin más autorizó a sus empresas farmacéuticas a vender “medicamentos” con fentanilo, que sus agentes de la DEA permiten la introducción y comercialización de ese enervante en territorio gringo, que sus calles están repletas de zombis consumidores y que, en fin, es el gran proveedor de armamento a los cárteles que dice “combatir”.
Resulta demoledor el balance, pero cree tener el derecho de “certificar” a los “buenos” y exhibir a los “malos” (siempre con fines de presión política y chantaje descarado), mientras reparte culpas a contentillo. A todos, pues, menos a sí mismo, a sabiendas de que Estados Unidos saldría terminantemente reprobado dadas las cuantiosas “medallitas” obtenidas en esta materia.
Para el caso mexicano, Trump “certificó” y a la vez “descertificó” a nuestro país: “reconocemos al gobierno de la presidenta Sheinbaum por confiscar volúmenes más grandes de droga, desmantelar laboratorios de enervantes y desplegar fuerzas de seguridad a la frontera con Estados Unidos. Ha ayudado a eliminar a algunos de los capos de cártel más notorios del mundo”… pero “debe tomar acciones adicionales contra las organizaciones narcoterroristas que dominan vastas áreas de su territorio y siguen amenazando al pueblo estadunidense; tiene que desenmascarar, arrestar y enjuiciar a muchos de los funcionarios públicos corruptos que han asistido e instigado a los cárteles y traicionado la seguridad y soberanía de su propio país” ( La Jornada, David Brooks y Jim Cason). Veintitrés países fueron “descertificados” por el inquilino de la Casa Blanca, quien no dijo una sola palabra sobre el narcotráfico y el brutal consumo de drogas en su propio país, porque él decide quién sí y quién no.
Ante tal balance, resulta pertinente lo dicho por la presidenta Sheinbaum: “Me gustaría escuchar o ver un reporte de lo que hace el gobierno de Estados Unidos en Estados Unidos”. Y lo dijo no sin antes subrayar que en México “actuamos todos los días y damos resultados; no necesitamos que nos juzguen desde afuera. Históricamente ha habido una visión de ‘¿quién lleva la droga?’ Que evidentemente hay que combatirlo, nadie está de acuerdo en que se produzca droga aquí para llevarla a Estados Unidos, y hay que trabajar para que eso no ocurra, pero, ¿qué pasa con quien consume allá? ¿Qué pasa con una visión crítica de por qué se da esta crisis del consumo de opioides, que proviene principalmente de medicamentos que se autorizaron a pesar de que se sabía que iban a provocar adicción?”
Y fue más allá: “¿Qué se está haciendo con el consumo? Porque desde nuestra perspectiva, es un asunto de salud pública, de atención a los jóvenes. ¿Dónde está esa visión? ¿Dónde el trabajo que se hace para detener a todos los cárteles o distribuidores de droga en Estados Unidos? ¿Qué pasa con el lavado de dinero en Estados Unidos? Porque nosotros en México estamos actuando. ¿Qué pasa del otro lado? Y eso es algo indispensable. ¿Qué pasa con las armas que vienen de Estados Unidos a México? Que sí ha habido detenciones, sí ha habido incautaciones, pero no se podría explicar el poder de fuego que tiene la delincuencia organizada en nuestro país sin el paso de las armas de Estados Unidos a México de manera ilegal. Entonces, nosotros nos encargamos aquí en México, no necesitamos que nos juzguen desde afuera. Sabemos cuáles son los problemas de México y actuamos todos los días y lo informamos”.
Las rebanadas del pastel
Ayer, el barril mexicano de exportación se cotizó en 103.55 dólares, 1.23 billetes verdes menos que el pasado viernes… De la lectoría conmemorativa: “mañana se cumplen 500 años de la fundación de Acámbaro, Guanajuato, y los nacidos en ella orgullosamente celebramos esta fecha por ser la del nacimiento de la primera ciudad legal y formal del estado”.
X: @cafevega   cfvmexico_sa@hotmail.com

Pese a furia de Trump, defiende Carney alianza de Canadá y UE
“Son aún más fuertes juntos”, aseguró el primer ministro
Propone, entre otros, integración en comercio, defensa, IA, minerales críticos, energía e investigación
▲ Mark Carney ofreció ayer un discurso ante el Parlamento Europeo.Foto Afp
Reuters, Ap y Afp
Periódico La Jornada   Viernes 18 de septiembre de 2026, p. 17
Estrasburgo. Canadá y Europa deben aliarse para proteger sus mercados, sus democracias y el estado de derecho, en un mundo dominado por Estados Unidos y China, exhortó el primer ministro canadiense, Mark Carney, tras una propuesta de la Unión Europea (UE) para convertir a Canadá en “miembro asociado”.
“Europa y Canadá son fuertes por separado. Europa y Canadá son aún más fuertes juntos”, afirmó ante el Parlamento Europeo, donde recibió una efusiva bienvenida y una ovación de pie tras su discurso.
Expuso con claridad su propuesta: una integración más profunda entre Canadá y Europa en comercio, defensa, minerales críticos, inteligencia artificial, energía, espacio, investigación y servicios financieros para que ambas partes sean menos vulnerables a la presión económica y geopolítica.
Carney hizo el planteamiento horas después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, arremetió contra la iniciativa de la Comisión Europea anunciada la víspera y amenazó incluso con cortar las relaciones comerciales.
“Nadie va a decirnos qué idioma debemos hablar, nadie va a dictarnos nuestra cultura ni con quién podemos alcanzar acuerdos internacionales”, declaró Carney ante periodistas en el Parlamento Europeo.
Aclaró que no pretende formar un “tercer bloque” que actúe como “una gran potencia rival” de Wa-shington y Pekín. “No buscamos el poder para dominar a otros. Al contrario, buscamos la resiliencia, para que nadie pueda controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía, amenazar nuestra integridad territorial o socavar nuestras libertades, nuestras democracias y nuestro estado de derecho”, indicó, y descartó que Ottawa aspire a convertirse en miembro de pleno derecho del bloque.
En un contexto de distanciamiento con Washington, aliado tradicional de Bruselas y Ottawa, la jefa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso el miércoles a Canadá convertirse en el primer “miembro asociado”, un estatus que actualmente no existe en los tratados del bloque.
Carney, sentado en la primera fila del hemiciclo del Parlamento Europeo, asintió y se levantó para abrazar a Von der Leyen cuando los eurodiputados ovacionaban la propuesta de pie.
Von der Leyen aseveró que Canadá y la UE deberían ir más allá de su actual acuerdo de libre comercio y crear una “Alianza para el Futuro”, que abarque un “espacio común de prosperidad y seguridad económica”.
El gesto molestó al presidente estadunidense, quien la noche del miércoles lo consideró “un acto hostil” y amenazó con imponer “aranceles muy serios” o con dejar de “comerciar con Europa”.
La Comisión Europea afirmó que la propuesta de Von der Leyen, que aún no se ha concretado y necesita la aprobación de los estados miembros de la UE para seguir adelante, no constituye un acto hostil.
El gobierno canadiense busca diversificar sus asociaciones comerciales internacionales en medio de la actual disputa comercial con Estados Unidos. Canadá despacha alrededor de 70 por ciento de sus exportaciones a ese país, lo que lo hace vulnerable a los aranceles de Trump.
Carney recibirá a los líderes del bloque para una cumbre bilateral en Montreal el 29 y 30 de octubre, donde se espera que discutan con más detalle la nueva relación propuesta.

El declive del Águila
Desde los primeros años 80 del siglo pasado hasta 2026, el avión de combate F-15 Eagle (Águila) ha sido el mayor símbolo de poderío aéreo y tecnológico de Estados Unidos. 
Foto US Air Force   Foto autor
Pedro Miguel
18 de septiembre de 2026 00:02
Desde los primeros años 80 del siglo pasado hasta 2026, el avión de combate F-15 Eagle (Águila) ha sido el mayor símbolo de poderío aéreo y tecnológico de Estados Unidos. En 1970, la aparición del interceptor soviético MiG-25, capaz de alcanzar el triple de la velocidad del sonido y dotado de un enorme radar, conmocionó al Pentágono y a la OTAN, por lo que los mandos militares estadunidenses pidieron a la industria que desarrollara un avión de superioridad aérea capaz de enfrentarlo. 
De ese pedido surgió el Eagle, un gran bimotor ligeramente más lento, aunque mucho más ágil y avanzado, fabricado por la extinta McDonnell Douglas, que entró en servicio en 1976 y que desde entonces empezó a sustituir a los F-4 Phantom empleados en la Guerra de Vietnam. Originalmente, el Eagle (F-15A) era un caza monoplaza puro, con una baja carga alar y una elevada relación empuje-peso que le permitía hacer giros sin perder velocidad y ascender a 10 mil metros en sólo 60 segundos. Podía llevar cuatro misiles infrarrojos de corto alcance y otros cuatro de mediano alcance guiados por radar. 
Posteriormente se desarrolló una variante biplaza (F-15B) destinada al entrenamiento de pilotos. Durante la presidencia de Ronald Reagan se empezó a fabricar el F-15C, con radar y aviónica mejorados, y el F-15E Strike Eagle, un cazabombardero biplaza de altas prestaciones que tuvo su bautizo de fuego en la primera guerra contra Irak (1991). 
Aunque ampliamente utilizado en esa incursión y en guerras posteriores, ningún Eagle ha sido derribado nunca por un avión adversario, pero en sus distintas versiones ha destruido en el aire a más de 100 aeronaves enemigas en distintos conflictos. El armamento antiaéreo de Bagdad derribó a un par de F-15 en enero de 1991 y uno más se estrelló cerca de Tikrit en la incursión gringa de 2003, aunque no está claro si se trató de una falla del avión, de un error de los pilotos o de fuego iraquí. En los siguientes 23 años, el Águila llevó destrucción y muerte a varios países de manera totalmente impune. 
Su capacidad de supervivencia es tan elevada que en 1983 un F-15D de la Fuerza Aérea Israelí colisionó en vuelo con un A-4 del mismo país y perdió un ala completa; sin embargo, el piloto fue capaz de aterrizarlo sin más daños, no sólo gracias a su habilidad, sino también a la potencia de los motores y a la fuerza de sustentación generada por el fuselaje y las tomas de aire del aparato. De los cerca de mil 200 ejemplares construidos (en todas sus versiones), hasta abril de este año se habían perdido 147, pero, salvo en los dos o tres casos mencionados, se trató de accidentes causados por problemas mecánicos, errores de la tripulación o fuego amigo. 
Se daba por hecho que, sin ser un avión furtivo –es decir, de baja visibilidad para los radares, como los más modernos F-22 Raptor y F-35 Lightning II–, el Águila era una aeronave muy difícil de derribar, no sólo por su agilidad para esquivar misiles, sino por sus avanzados sistemas electrónicos y pirotécnicos de protección. Esa imagen de campeón absoluto del aire se vino abajo de golpe con la agresión estadunidense contra Irán ordenada por Donald Trump. 
El 1 de marzo, un mucho menos poderoso F/A 18 de Kuwait disparó por error tres de sus misiles a una formación de aviones estadunidenses y acabó con otros tantos Águila. Poco después, el 3 de abril, otro F-15E fue abatido por las defensas aéreas iraníes y, aunque los pilotos lograron eyectarse, el recuperarlos implicó una multimillonaria operación de rescate en la que se destruyeron al menos otras cuatro aeronaves gringas.
Ocho más quedaron fuera de combate en un ataque con misiles balísticos iraníes a la base aérea Muwaffaq Salti (Azraq, Jordania), y el 16 de septiembre las fuerzas militares de Ansar Alá (hutíes) derribaron un F-15 saudita que incursionaba en Yemen. Total, que entre las 86 aeronaves (aviones, helicópteros y drones) que el Pentágono ha perdido en esa guerra y sus extensiones, se cuentan 12 F-15E de la US Air Force y uno más de Arabia Saudita. 
De seguro esos números están siendo analizados con preocupación en Japón, Corea del Sur, Israel, Singapur y la propia Arabia Saudita, cuyas fuerzas aéreas los tienen en inventario, y por países que estaban pensando en adquirirlos. Junto con los grandes portaviones nucleares gringos, desvencijados, oxidados y habitados por tripulaciones famélicas y desesperadas por las larguísimas misiones en las inmediaciones del golfo Pérsico, el Águila ha dejado de ser emblema de poderío y se ha vuelto símbolo de decadencia. 
Paradójicamente, la US Air Force es renuente a recurrir a sus aviones más avanzados de quinta generación, el F-22 y el F-35, no sólo porque cada hora de vuelo de esos pájaros furtivos cuesta entre 33 mil y 85 mil dólares, sino también porque teme que uno de ellos sea derribado y que sus secretos tecnológicos acaben en manos del enemigo. El heroísmo de los pueblos agredidos cuenta, y mucho, pero el aparato bélico de Washington es como un elefante que se derrumba por su propio peso. 
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