Acérquese a ver el teatro del fraude hemisférico: Cerimedo y Negre; Alito y Mancilla; Milei, Kast, De la Espriella; Trump, Rubio, Hegseth. Es la lumpen política: el actuar de los bribones y mañosos ahora en los límites de la falsedad disfrazada de noticias, la encuesta basada en la superchería y la aguada letanía del “comunismo”. Fraudulentos, pero eficaces: Cerimedo le presumió a sus jefes, Brad Parscale, director de estrategias digitales de Trump y Netanyahu, y al petrolero texano Tim Dunn, que habían logrado desviar tanto al peronismo en Argentina como la aprobación de una nueva Constitución en Chile. No sabemos si alcanzó a pavonearse también del intento de golpe de Estado en Brasil, vociferando un fraude contra Jair Bolsonaro, calca de la toma del Capitolio el 6 de enero por la organización más lumpen: MAGA.
La lumpenización no se refiere a la pobreza, como generalmente se cree, sino a la bribonería, como sustentó Hal Draper en los 70. Cuando Engels y luego Marx la asocian a lo proletario, esta “escoria social” –significado de lumpen en alemán– se convierte en una clasificación de los sectores de las clases bajas que se vuelven reaccionarios porque ven irse el viejo orden feudal sin atinar a adheririse a la conciencia de clase de los trabajadores. Lo mismo se puede decir ahora de los políticos y la mayoría de los intelectuales que se declaran “libertarios” en el ocaso de las promesas incumplidas de la ausencia de Estado, el libre mercado global y la libertad vista como impunidad de su política delincuencial.
Hacen uso de las tecnologías de datos, la vileza de pasar los insultos como noticias y opiniones “libres” –como fue el caso de La Derecha Diario– y valerse de la irrealidad de la IA para congregar al odio y llevarlo a las urnas. Esto ha generado una relación simbiótica entre la élite neoliberal y el parasitismo de los “estrategas digitales”, tal como se dio entre los matones lazzaroni, la Iglesia católica, y la monarquía, que lucharon contra la revolución republicana en Nápoles y en el resto de Europa a lo largo de 1848. Cabe agregar en esta fórmula a los criminales, como los dos sicarios contratados por Cerimedo para asesinar a su novia embarazada, para tener una imagen más precisa de la lumpenización política.
Piénsese en quiénes fueron reclutados por el ICE para dispararle a alguien sometido. Piénsese en De la Espriella, abogado de narcos y paramilitares, posando con lentes oscuros frente a botellas de ron Defensor. Piénsese en los apodos autoinflingidos por Milei, De la Espriella y, hasta donde pudo, Ricardo Salinas Pliego: león, tigre, lobo. Piénsese en tratar de salir impune acusando al adversario de lo que ellos mismos cometen. Negre llenándose la boca de “ narcoestado” cuando se refiere al gobierno de México mientras su socio contrataba a dos sicarios en Bolivia para ejecutar a una mujer.
Marx y Engels calificaron de “empujar la inmoralidad burguesa al límite” al libro de cómo destruirlo todo, de Nechaev, Catecismo de un revolucionario, de 1869. Sin proyecto, la idea de la destrucción de todo ha sido la pulsión mortífera de la ultraderecha: la motosierra de Milei tiene el atractivo del uso de la fuerza bruta. Es un modelo de lo que esperan los lumpen políticos de sus sujetos obedientes. Le llaman “disrupción”, pero es, en verdad, presenciar la propia catástrofe como si fuera arte. La idea de lo “trashumano” que enarbolan los magnates de las plataformas digitales y de la IA se presenta en las redes como la aspiración de unos seres que ya no quieren ser humanos, sino robots o animales depredadores. Al resto, su estética los convence de que el fin del mundo es su espectáculo personal. Como en las ferias de “fenómenos de la naturaleza”, sólo que ahora los exhibidos son el mismo público que aplaude su propia extinción. La IA es sólo un mecanismo para descargar la responsabilidad de las consecuencias de esa destrucción.
Para elevar la destrucción de todas las cosas a proyecto político, se necesita no perseguir nada, no tener convicción alguna ni moral: ser leones, ser robots. Cuando Marx habla de Bonaparte, Luis, el de la farsa y no el de la tragedia, se refiere a la lumpenización como la forma que tiene este déspota de ver reflejados sus propios intereses de riqueza, poder, y reconocimiento en los desclasados que lo apoyan con la violencia. Escribe: “Que reconozca que esta escoria, esta bazofia, que rechaza todas las clases sociales, es la única en la que puede basar su incondicionalidad, es lo distintivo de Bonaparte”. Para 1870, Engels agrega un elemento táctico: “Todo revolucionario que use a esta mafia como guardias o que confíen en ella como soporte está gestando su propia traición”. Sin convicciones, queda una destrucción sin asumir las responsabilidades políticas –es el voto o es la IA–, y lo que hoy pueden decir, mañana dirán que no lo dijeron.
Pero permítame abundar en torno a la estetización del apocalipsis. Los tecnólogos que creen que todos nuestros problemas se resuelven no con política, sino con más tecnología, miran el final del planeta como una limpia de todo aquello que no tiene ninguna utilidad. Lo repitieron en la pandemia de covid: quienes no resistan, desaparecerán de manera natural. La metáfora de esta élite es el algoritmo: ensimismado y aislacionista. En esta idea no hay entendimiento del acto de gobernar como conducir, sino que dominar es destruir por la fuerza. Zuckerberg, cuyo peinado está inspirado en César Augusto, el del Imperio romano, acuñó su modelo de vida con el célebre “Muévanse rápido y rompan cosas”. Para él, la megadata era sólo otra forma del dinero y el modelo era escalar, es decir, cambiar de magnitud a gran velocidad, engullendo todo en un mismo corporativo.
Me pregunto qué pasa por los que votan por eso: acelerar la extinción del planeta, de los demás, de los que odias, de ti mismo, para que, así, de la nada surja un nuevo paisaje después de la batalla. Cuando hablan de “libertad”, los libertarios están hablando de destruir como forma de dominación. Si en la estetización de la guerra, los fascistas europeos buscaban que los demás se convirtieran en soldados que celebraran su propia muerte, ahora esta ultraderecha continental busca que el resto se muera brindando por el alegre apocalipsis. El “ya qué más da” es por supuesto el lema de ese estilo de la nueva nada.
El discurso crítico de Marx cuatro décadas después
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Jaime Ortega*
22 de agosto de 2026 00:03
Este año se cumplen 40 años de que el libro de Bolívar Echeverría irrumpiera en el debate marxista, que en la década de 1980 se encontraba aún animado. La compilación de textos contenido en el volumen titulado El discurso crítico de Marx, daba cuenta de una perspectivas novedosa y potente para actualizar lo que el filósofo de origen ecuatoriano, pero avecindado en México desde 1968, entendía como el núcleo del marxismo: la crítica de la economía política.
La perspectiva de Echeverría se distanciaba de otras, que también se encontraban vigentes en aquellos momentos de tránsito al modelo neoliberal, que no había dejado totalmente atrás el modelo autoritario, pero con una cierta excepcionalidad política frente a las continuas interrupciones institucionales que solían ocurrir en una buena porción del continente. En la academia nacional se había logrado desarrollar la conceptualización de la filosofía de la praxis, encabezada por Adolfo Sánchez Vázquez y que tenía en la revista Dialéctica un punto de resonancia significativo. También estaba la mirada “levinasiana” de Enrique Dussel que de manera coetánea a Echeverría publicaba sus volúmenes de lectura de los Grundrisse y manuscritos posteriores. La perspectiva althusseriana de Carlos Pereyra centraba su objetivo en la crítica de la política y en la concepción específica de la temporalidad a partir de la noción de coyuntura.
Fue Pereyra quien asumió una mirada abiertamente crítica de la de Echeverría, cuando en una elegante y portentosa reseña publicada en La Jornada, realizó un recuento de lo que consideró una perspectiva unilateral en El discurso crítico de Marx. Pereyra señaló que la vida social no podía ser reducida a la dinámica mercantil-capitalista y que, coetánea a ella, existían otras formas de socialización, como lo era la que se aglutinaban en torno a la acción política y el Estado, que no podían ser comprendidas bajo las categorías de El Capital.
El revuelo de aquella crítica se extendió hasta el IV Congreso que reunía a los practicantes de la disciplina filosófica, celebrado en Toluca. En aquella reunión académica, Pereyra siguió la ruta crítica iniciada en su juicio al texto de Echeverría, señalando que el marxismo era algo más que la palabra sagrada de Marx y definió a este como un “espacio teórico” a partir del cual pensar la realidad, alejándose de cualquier lectura religiosa (palabra por palabra, párrafo por párrafo); además, señaló que el marxismo era una de las corrientes críticas del capitalismo, pero que de ninguna manera era monopólica. También aducía que el marxismo dominante no configuraba una interpretación correcta de las clases sociales, pues las pensaba aún como portadoras de un proyecto histórico asignado, algo que no se verificaba en la realidad. En resumidas cuentas, Pereyra asumió las consecuencias de la “crisis del marxismo” y las colocó en diálogo con el caso mexicano.
Echeverría respondió aquella crítica en un texto paradójico titulado Todos somos marxistas, pues aunque tensionaba con su propuesta la obra de Marx, afirmaba la noción sartreana de que el marxismo “era el horizonte insuperable de la época”. Lo que quería decir que todas las corrientes del pensamiento social, independientemente de su objetivo o método, tenían que vérselas con la obra del alemán, si algo querían decir sobre la realidad. Paradójico resultaba, pues en el prólogo a su libro, presentado bajo el título En la hora de la barbie, asumió elementos de la “crisis del marxismo” como algo a partir de lo cual se debía pensar el desarrollo teórico.
Este debate resulta muy importante cuatro décadas después en medio de la gran crisis del neoliberalismo y del ejercicio del poder imperial por parte de algunos estados. Pues, aunque la perspectiva de Echeverría era muy original y venía bien en tiempos de predominio de lo mercantil como era la coyuntura neoliberal, hoy parece que deberíamos también atender los llamados críticos de Pereyra. Y es que, no hay horizonte de futuro para las izquierdas, sin una adecuada configuración del Estado, la política y los sujetos del cambio. Frente a la noción de Echeverría de que la nación era “nación del capital”, adecuada para los tiempos neoliberales, hoy podríamos mirar a la nación desde el eje sugerido en la obra de Pereyra, quien la problematizó como una construcción posible de ser configurada desde la lucha política. Abandonando toda teleología, para Pereyra el Estado y la nación eran el resultado de contradicciones y conflictos y no entes cargados de un proyecto histórico asignado exteriormente.
Ello no significa que El discurso crítico de Marx no guarde algún tipo de vitalidad o sus tesis sean prescindibles. Pese a la crisis neoliberal, el eje que constituye el paso de lo mercantil a lo capitalista no sólo no ha disminuido como mecanismos de socialización, sino que se encuentra más presente en la vida de todas y todos los seres humanos. La diferencia, quizá, es que el tiempo actual con su despotismo imperial desenfrenado y salvaje, nos recuerda que para las clases populares la política es la única acción común posible y vigente y que ésta, tarde o temprano, debe osificar en figuras institucionales, estatales y nacionales.
*Investigador UAM, autor de Ternura y tempestad. El centenario del Fidel y el horizonte de la liberación nacional (FRSL, 2026)
El centenario de Fidel
José M. Murià
Hace poco que se cumplió el primer centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz, en la pequeña población de Birán, de la provincia de Holguín. Aunque su formación, a partir de la edad de seis años, fue en la brillante y pujante ciudad de Santiago, en el oriente isleño, cuyos naturales tienden desde siempre a llevar la delantera ideológica de la isla.
El joven Fidel terminó su formación académica en la Universidad de La Habana. Pronto volvió a la región santiaguera y participó en el sonado asalto al cuartel Moncada, que lo hizo caer prisionero en 1953 durante dos años. Su condena era mucho más larga y fueron muchos los detenidos, cosa que dio lugar a que la presión internacional consiguiera una amnistía general que a Fidel, por ejemplo, le redujo la pena de 15 años a 22 meses.
Fue el caso de que tanto Fidel Castro como la mayoría de los ex convictos volvieron a las andadas pero fuera del alcance de la dictadura, primero en México y después en Sierra Maestra.
Finalmente, en las últimas horas de 1958, el dictador Fulgencio Batista abandonó la isla lo más discretamente que pudo y al comenzar el año siguiente, el ejército rebelde que encabezaba el propio Castro, ingresó a La Habana donde no tardó en consolidar el gobierno revolucionario que aún existe.
El gobierno sobrevive aunque, no podía ser de otro modo, los cambios que se han ido produciendo en atención a las transformaciones internacionales y nacionales. Sin embargo, la esencia inicial se ha mantenido incólume y, a pesar de un entorno en general hostil de pequeños países manipulados por Estados Unidos, y del mismo gigante sajón, la situación de la isla bien encaminada por los “revolucionarios” resulta mucho más digna que la de todos los vecinos.
Han contado, es cierto, con el respaldo firme y oportuno de potencias como lo que fue la Unión Soviética, y un país hermano como los Estados Unidos Mexicanos, además de la ayuda ocasional de otros, pero lo más importante ha sido su eficiente organización social y su equilibrio político.
Hasta la fecha no es aparatoso el resultado de la revolución en Cuba, pero no cabe duda de que el balance social mantenido y haber alcanzado mínimos decorosos en la vida de toda la ciudadanía, además de éxitos en verdad notables en cuestiones importantes como la educación, la salud pública y el deporte, dan lugar a que el nivel de vida de los cubanos esté muy por encima de la mayor parte de las naciones cercanas.
Pero, además, hay actividades en las que Cuba ha logrado categorías muy notables. Se apuntó ya la medicina pública, algunos aspectos del deporte y no se diga la educación básica, la media y muchas cosas más.
Fidel Castro Ruz falleció en La Habana el 25 de noviembre de 2016, pronto hará 10 años, pero sus cenizas quedaron en el oriente cubano. Entre tanto podemos decir que Cuba sigue una marcha razonablemente buena, no sin tropiezos y amenazas de gringos y lambiscones adláteres. Como sea, podemos ilusionar que los “revolucionarios” cubanos saldrán adelante. Otras peores han padecido y superado.