viernes, 13 de marzo de 2026

Persiste alza en crudo por agravamiento de la guerra en Medio Oriente.

Se registra la mayor interrupción de combustible de la historia, advierten
Clara Zepeda
Periódico La Jornada   Viernes 13 de marzo de 2026, p. 23
Los ataques directos a buques petroleros en Medio Oriente, la apuesta de Irán por el bloqueo sostenido del estrecho de Ormuz y la advertencia de que el mundo se enfrenta a la mayor interrupción petrolera de la historia, detonó la volatilidad del precio del crudo, que este jueves cerró arriba del nivel de 100 dólares por barril.
El barril de Brent, de referencia en Europa, subió 10.18 por ciento respecto al miércoles, a 101.8 dólares, el máximo desde agosto de 2022; mientras West Texas Intermediate, usado en el continente americano, avanzó 10.48 por ciento, a 96.44 dólares. Este crudo acumula un avance de 43.26 por ciento desde que inició la guerra, el 28 de febrero.
El gas natural en Estados Unidos acabó la sesión cotizado en 3.24 dólares por millón de unidad térmica británica, con una ganancia de 0.97 por ciento. El costo en Estados Unidos suma un avance de 13.32 por ciento en 12 días.
El gas natural en Europa culminó la sesión en 50.87 euros por megavatio hora, con alza de 1.76 por ciento y acumula avance de 59.17 por ciento durante el conflicto.
La Agencia Internacional de Energía (AEI) reportó una afectación equivalente 7.5 por ciento del suministro global. Además sostuvo que la guerra en Medio Oriente provoca la mayor interrupción del suministro de petróleo de la historia. Ello, un día después de que la agencia acordó liberar un volumen récord de crudo de las reservas estratégicas (400 millones de barriles).
Prevén restricción monetaria
El repunte en los precios de los energéticos, junto con la expectativa de que el conflicto bélico no se resolverá en el corto plazo, ha incrementado la probabilidad de que surjan nuevas presiones al alza sobre la inflación al consumidor a escala global. Ante este escenario, los principales bancos centrales podrían verse obligados a mantener una postura monetaria más restrictiva por más tiempo.
Para Jaime Álvarez, vicepresidente de inversiones para México y Colombia de Skandia, el conflicto podría durar entre cuatro o cinco semanas más, por lo que los ajustes en la afectación de la economía mundial serán graduales.
Tan sólo hace un par de semanas, la expectativa de que Estados Unidos pueda caer en recesión era de 20 por ciento; hace unos días subió a 25, por lo que las estimaciones irán moviéndose paulatinamente conforme avance el conflicto.

Petróleo: crisis y oportunidad
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) informó que la agresión de Israel y Estados Unidos contra Irán ya provocó la mayor interrupción del suministro de petróleo de la historia, con una contracción de la oferta mundial estimada en 8 millones de barriles por día. A fin de estabilizar la disponibilidad de crudo y combatir los aumentos de precios que ya impactan a la economía mundial, el organismo acordó liberar una cantidad récord de 400 millones de barriles de petróleo de las reservas estratégicas de sus países miembros. Washington, corresponsable de la crisis, ha tomado medidas desesperadas ante las alzas del costo de los combustibles en pleno año electoral: además de abrir sus propias reservas estratégicas cuando ya se encuentran en mínimos históricos, suspendió las sanciones contra el hidrocarburo proveniente de Rusia y se ofreció a escoltar a los navíos que atraviesen el estrecho de Ormuz, la franja marítima de 34 kilómetros al sur de Irán por la que se mueve una quinta parte de las exportaciones petroleras del planeta.
La AIE da por sentado que el suministro aumentará en abril y que durante el año la producción crecerá a mayor ritmo que la demanda, tal como ocurría antes de que Benjamin Netanyahu y Donald Trump volvieran a incendiar Medio Oriente. Sin embargo, incluso de cumplirse este pronóstico, toda la situación debe tomarse como una advertencia acerca del peligro de depender de recursos naturales finitos y concentrados en un puñado de áreas geográficas. En el caso de México, los beneficios que se puedan cosechar en el muy corto plazo gracias al estatus de exportador neto de crudo se esfuman al considerar que, con el ritmo actual de producción, las reservas probadas se agotarán en menos de una década. Si en vez del petróleo se mira al gas natural, el escenario es alarmante: nuestro país importa de Estados Unidos 76 por ciento de la molécula necesaria para cubrir la demanda interna, y 99 por ciento de esas importaciones provienen de Texas.
Con tales datos, es ineludible abordar la necesidad de un avance acelerado en la transición energética, que exige, además, un cambio de paradigma desde los combustibles fósiles hacia las energías limpias, así como complementar las grandes infraestructuras levantadas por gigantescas empresas públicas o privadas con el impulso a la generación distribuida, consistente en producir y almacenar la mayor parte de la energía en el sitio en que se consume. Es decir, en vez de refinerías, centrales eléctricas y kilométricas redes de alta tensión, priorizar plantas solares, eólicas, geotérmicas y de biocombustibles a una escala municipal, comunitaria, ejidal, barrial y unifamiliar. La descentralización es, de manera inevitable, una ruralización: hay que ir al campo para aprovechar las grandes extensiones, la irradiación solar, el viento, la biomasa y el calor producido por el planeta mismo.
Tal cambio de paradigma tiene la ventaja de resolver varios desafíos simultáneamente: subsana la deuda social y la injusticia energética en las comunidades campesinas e indígenas, reduce las emisiones de gases de efecto invernadero causantes del calentamiento global, corta la dependencia de materias primas importadas y libera los recursos petroleros finitos para la fabricación de la amplísima variedad de artículos elaborados a partir de este hidrocarburo, desde prendas de vestir hasta insumos médicos vitales, pasando por automóviles, electrónicos o muebles. En conclusión, la sociedad global asiste a un momento idóneo para convertir una crisis en una oportunidad, y sería catastrófico dejarlo pasar por consideraciones cortoplacistas o intereses privados.

Cálculos peligrosos
El hundimiento del régimen iraní es menos probable que el colapso de la presidencia trumpiana. 
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Pedro Miguel
13 de marzo de 2026 00:02
De acuerdo con la información disponible y verificable, en el escenario bélico del golfo Pérsico las cosas le están saliendo muy mal al presidente estadunidense Donald Trump. Si imaginó que con asesinar a la cúpula del régimen iraní lograría el desmoronamiento de la república islámica, se equivocó garrafalmente y a estas alturas ya habría debido cesar a quien le metió semejante plan en la cabeza. 
Trump no sólo subestimó la fortaleza política interior del gobierno de los ayatollahs, sino también la capacidad de respuesta misilística de Irán. A estas alturas, los proyectiles de Teherán han causado estragos en Israel, pero, sobre todo, han neutralizado cuatro de los ocho grandes radares estadunidenses en la región y han provocado una importante devastación en las bases militares que Washington mantiene en diversos países de la región. 
Y si creía que con meras amenazas podría mantener abierto el estrecho de Ormuz, unos buques petroleros en llamas le demostraron lo contrario en menos de 24 horas. Eso no quiere decir que la circunstancia sea favorable para Irán. Dejando de lado las tinieblas de la desinformación y la propaganda, 12 días de ataques aéreos conjuntos entre Estados Unidos e Israel deben haber causado una grave destrucción en la infraestructura civil y militar de ese país y un elevado número de muertes. 
Hasta ahora, la victoria iraní consiste en sobrevivir a la magna y perversa agresión bélica en su contra, degradar las defensas bélicas del enemigo –tanto por la eliminación directa de sistemas como por el agotamiento de sus municiones– y conservar al menos una parte del arsenal balístico propio para emplearlo cuando tales defensas hayan perdido un nivel significativo de eficacia. 
Todo esto configura panoramas inciertos, por cuanto resulta imposible tener balances mínimamente precisos de los logros y pérdidas de cada parte en el terreno estrictamente bélico. En el ámbito político, el hundimiento del régimen iraní parece menos probable que el colapso de la presidencia trumpiana, por cuanto la guerra ha actuado como elemento de unificación en el país asiático y como un factor de polarización en Estados Unidos. 
En el país vecino del norte, el rechazo a la confrontación crecerá cada semana que ésta se prolongue y conforme sigan aumentando –así sea a cuentagotas– las inevitables bajas estadunidenses. El grupo en el poder en Washington se enredará cada vez más en su contradictoria e incoherente exposición de motivos: que si los bombardeos sobre Irán fueron un “ataque preventivo”, que si fueron para liberar a los iraníes de la maldad satánica de los ayatollahs, que si se trataba de defender la civilización, que si se buscaba eliminar el riesgo –inexistente, según todas las fuentes confiables– de que Irán desarrollara armas nucleares. Incluso si Trump llegara a admitir, como lo hizo con todo cinismo en la agresión a Venezuela, que lo que quería era apoderarse de recursos petroleros ajenos, la afirmación sonaría hueca. 
Hace dos décadas, en vísperas de la invasión de Irak, George W. Bush al menos se preocupó por engatusar a buena parte de la opinión pública con la coartada de que era necesario suprimir las armas de destrucción masiva que supuestamente poseía el gobierno de Bagdad. En esta ocasión, en cambio, su sucesor en el cargo pateó intempestivamente el tablero de unas negociaciones que iban viento en popa y ninguno de los integrantes de su equipo ha sido capaz de explicar por qué se han gastado el dinero de los contribuyentes a un ritmo de mil 500 millones de dólares diarios en una aventura bélica sin propósito explícito (https://is.gd/RgBRVb). Pero el elemento más peligroso de esta complicada ecuación es el régimen israelí. 
Si se tiene en mente la actuación de Benjamin Netanyahu y su grupo de sionistas sociópatas ante las incursiones del 7 de octubre de 2023, resulta obligado concluir que para ellos, cada ataque a Israel representa un pretexto inmejorable para aplicar el poderío bélico de Tel Aviv en la comisión de crímenes de lesa humanidad. El genocidio perpetrado en Gaza se ha extendido a Cisjordania y a Líbano sin solución de continuidad y la fase actual del robo israelí de territorios abarca además a Siria. 
Y si las tendencias de la guerra –que obliga a sus adversarios a invertir millones de dólares para interceptar proyectiles que cuestan una vigésima parte que los interceptores, o menos– empiezan a favorecer a Irán, el régimen genocida bien podría esgrimir el pretexto de una “amenaza a la existencia” de Israel para acabar de un bombazo con la vida de cientos de miles de iraníes. A fin de cuentas, Netanyahu tiene el instinto criminal para hacerlo y cuenta con la presencia en la Casa Blanca de un delincuente tan peligroso como él, dispuesto a garantizarle impunidad y cobertura. Ojalá (inshallah) que los gobernantes de Teherán hayan comprendido que tal desenlace no es imposible, que Trump se invente alguna de sus salidas fársicas al laberinto en el que se metió y que el mundo consiga parar a tiempo una espiral que puede conducirnos a todos al infierno. 
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