León Bendesky
02 de febrero de 2026 00:04
El efecto de la introducción de la tecnología sobre el empleo ha sido una cuestión central en la economía desde que se planteó a principios del siglo XIX, de modo sobresaliente, en los Principios de economía política y tributación del célebre economista británico David Ricardo.
En la tercera edición de su libro del año 1821, Ricardo modificó su postura inicial al respecto e incluyó un capítulo titulado de modo explícito: “Sobre la maquinaria”, en el que apuntó a la probabilidad de que el cambio técnico fuera muy perjudicial para los intereses de los trabajadores. Esto en plena Revolución Industrial y los cambios profundos que acarreó en la sociedad.
El proceso de transformación productiva provocada por la innovación tecnológica de las herramientas, las máquinas y los procesos de trabajo tiende expresamente al aumento de la eficiencia y la competitividad. El cambio tecnológico se presenta no sólo en las alteraciones de los modos de trabajo, sino en las formas del desplazamiento que provoca en el empleo. Esto tiende a convertir al desempleo en un rasgo estructural, distinto de aquel derivado de las fluctuaciones cíclicas de la producción, o bien, por las crisis económicas.
Keynes advirtió en 1930 que “estamos afectados por una nueva enfermedad” llamada desempleo tecnológico. Los avances ahorradores de empleo “aventajan el ritmo al que se encuentran nuevos usos para el trabajo”. Dicho sin nostalgia, hoy la robótica y la extensión de la inteligencia artificial suplen de modo cada vez más eficaz a los trabajadores; pronto no serán necesarios ni para transportar los pedidos en línea de toda clase de mercancías, o proveer los distintos servicios que ofrece Uber. Y para muchas otras cosas.
La reducción de los puestos de trabajo que resulta de las nuevas tecnologías desplaza trabajadores y genera una incompatibilidad de las habilidades existentes con aquellas que demandan las nuevas tecnologías. La teoría económica generada en la academia se aproxima al problema considerando que la tecnología desplaza trabajo, por un lado, y por el otro, lo absorbe. En un muy citado artículo de Acemoglu y Restrepo se plantea que la innovación tecnológica modifica el contenido de las tareas asignadas al capital (tecnología) y al trabajo dentro del proceso productivo. La automatización de las tareas, señalan, desplaza al trabajo con el capital, reduciendo el contenido del trabajo en el valor agregado y elevando la productividad. El argumento se completa apuntando que esta situación se compensa con la introducción de nuevas tareas en las que el trabajo tiene una ventaja comparativa; cambia el contenido de las tareas en la producción y, con ello, se crea el efecto de reinstalación de trabajadores.
El proceso de reinstalación es, ciertamente, problemático como modo de ajuste social y en términos de la generación de ingresos derivados del trabajo. La complejidad del ajuste y sus características no pueden obviarse, sobre todo dada la naturaleza del actual impulso de la innovación tecnológica, muy distinto al ocurrido en otros periodos históricos. No es lo mismo la introducción de la máquina de vapor que la digitalización y la inteligencia artificial.
La reducción de puestos de trabajo que se anuncia constantemente como medio para reducir los costos de producción de bienes y servicios es ahora una forma muy avanzada respecto a lo que representaron en su momento el fordismo y el taylorismo a finales del siglo XIX y principios de XX y que modificaron sensiblemente los métodos de la producción industrial, los procesos de trabajo y las formas de la especialización.
Amazon anunció recientemente que eliminará 16 mil puestos de trabajo en sus oficinas corporativas, localizadas en Estados Unidos, Canadá y Costa Rica, que se suman a los 14 mil que fueron recortados en octubre pasado. La decisión se asocia con la necesidad de acrecentar la productividad, lo que ha llevado a identificar los proyectos en función de la rentabilidad con mayor inversión en inteligencia artificial, con la que se espera conformar en adelante una fuerza de trabajo más reducida. Esta reducción de 30 mil puestos equivale a 10 por ciento del empleo corporativo, así que aún queda un buen trecho para eliminar empleados.
La relación entre la mayor productividad y la eliminación de trabajadores se asocia con las brechas de capacidades que resultan de la disparidad entre las competencias que tienen los trabajadores y aquellas que requiere el trabajo con las nuevas tecnologías que exige la competencia.
La cuestión abre una necesaria consideración acerca de las capacidades con que cuenta la fuerza de trabajo en un país como México, de modo que si las brechas son muy amplias, necesariamente aumentarán el desempleo y el subempleo y, finalmente, se tenderá a una mayor economía informal, en un contexto en que el empleo formal crece de modo muy insuficiente. En el entorno de una rápida expansión de los procesos asociados con la inteligencia artificial y la robótica se creará una mayor tensión en cuanto a las habilidades técnicas, de gestión y de la misma adaptación al trabajo.
La presión que hay entre la tecnología y el trabajo comprende el asunto de cómo aumentar la productividad y elevar, así, la tasa de crecimiento del producto y del ingreso. De igual manera, abarca las cuestiones del impacto del desempleo tecnológico, las formas que adopta la acumulación de capital, el patrón de la generación de la riqueza y su distribución.
El proceso de reinstalación es, ciertamente, problemático como modo de ajuste social y en términos de la generación de ingresos derivados del trabajo. La complejidad del ajuste y sus características no pueden obviarse, sobre todo dada la naturaleza del actual impulso de la innovación tecnológica, muy distinto al ocurrido en otros periodos históricos. No es lo mismo la introducción de la máquina de vapor que la digitalización y la inteligencia artificial.
La reducción de puestos de trabajo que se anuncia constantemente como medio para reducir los costos de producción de bienes y servicios es ahora una forma muy avanzada respecto a lo que representaron en su momento el fordismo y el taylorismo a finales del siglo XIX y principios de XX y que modificaron sensiblemente los métodos de la producción industrial, los procesos de trabajo y las formas de la especialización.
Amazon anunció recientemente que eliminará 16 mil puestos de trabajo en sus oficinas corporativas, localizadas en Estados Unidos, Canadá y Costa Rica, que se suman a los 14 mil que fueron recortados en octubre pasado. La decisión se asocia con la necesidad de acrecentar la productividad, lo que ha llevado a identificar los proyectos en función de la rentabilidad con mayor inversión en inteligencia artificial, con la que se espera conformar en adelante una fuerza de trabajo más reducida. Esta reducción de 30 mil puestos equivale a 10 por ciento del empleo corporativo, así que aún queda un buen trecho para eliminar empleados.
La relación entre la mayor productividad y la eliminación de trabajadores se asocia con las brechas de capacidades que resultan de la disparidad entre las competencias que tienen los trabajadores y aquellas que requiere el trabajo con las nuevas tecnologías que exige la competencia.
La cuestión abre una necesaria consideración acerca de las capacidades con que cuenta la fuerza de trabajo en un país como México, de modo que si las brechas son muy amplias, necesariamente aumentarán el desempleo y el subempleo y, finalmente, se tenderá a una mayor economía informal, en un contexto en que el empleo formal crece de modo muy insuficiente. En el entorno de una rápida expansión de los procesos asociados con la inteligencia artificial y la robótica se creará una mayor tensión en cuanto a las habilidades técnicas, de gestión y de la misma adaptación al trabajo.
La presión que hay entre la tecnología y el trabajo comprende el asunto de cómo aumentar la productividad y elevar, así, la tasa de crecimiento del producto y del ingreso. De igual manera, abarca las cuestiones del impacto del desempleo tecnológico, las formas que adopta la acumulación de capital, el patrón de la generación de la riqueza y su distribución.
Geopolítica y transición tecnológica y energética elevan precio de la plata
Se consolidará como uno de los activos más demandados: analista
Clara Zepeda
Periódico La Jornada Lunes 2 de febrero de 2026, p. 17
La plata se perfila como uno de los activos claves para 2026, no sólo por su función de refugio, sino por su creciente protagonismo en la transición energética y la revolución tecnológica.
Luego de 2025, que dejó la mejor rentabilidad desde 1979 para el oro y la plata (4 mil 362 y 72 dólares la onza, respectivamente), estos metales siguen acumulando beneficios. Detrás se encuentran las tensiones geopolíticas, la inflación, un dólar débil, las perspectivas de menores tasas de interés en Estados Unidos y la creciente demanda de los bancos centrales para diversificar sus reservas.
En el primer mes de 2026, la ganancia de la plata llegó a ser de 63 por ciento, al romper el umbral de 100 dólares y cotizar hasta en 117 dólares la onza. Sin embargo, el pasado viernes (último día de cotización del mes) su precio, junto con el de otros metales preciosos, se hundió.
En el caso de la plata, el descalabro fue de 28 por ciento –un descenso nunca antes registrado–, por lo que cerró el mes en 83.99 dólares la onza. Aun así, el metal acumuló un rendimiento de 17 por ciento sólo en enero.
Carolane de Palmas, analista de ActivTrades, describió que el actual mercado alcista se fundamenta en un desequilibrio estructural profundo y persistente entre oferta y demanda.
La producción de plata ha registrado cinco años consecutivos de déficit. Entre 2021 y 2025 la brecha acumulada es cercana a 800 millones de onzas (aproximadamente 25 mil toneladas). Aunque el déficit se redujo ligeramente en 2024, siguió siendo significativo: cerca de 15 por ciento de la oferta global.
El problema radica en la naturaleza de la producción de plata, pues sólo alrededor de 30 por ciento del total mundial proviene de minas primarias, mientras la mayoría se extrae como subproducto de otros metales como zinc, cobre y oro. Esto limita la capacidad de aumentar rápidamente la oferta para satisfacer la creciente demanda.
Las aplicaciones industriales de la plata nunca han sido tan relevantes. Su conductividad y reflectividad únicas la hacen esencial en tecnologías clave para la transición global hacia energías limpias. Por ejemplo, la industria solar fotovoltaica se ha convertido en un consumidor dominante que concentra hasta 19 por ciento de la demanda total, frente a menos de 6 por ciento hace una década.
Insumo industrial y medio de cobertura
Con instalaciones solares que podrían superar 500 gigavatios en 2026, la demanda de plata de este sector podría alcanzar 230 millones de onzas, cifra que se espera aumente a medida que se acelere la transición energética. La plata es insustituible en este campo, ya que ningún otro metal ofrece la misma eficiencia para la conversión de luz solar en electricidad.
De Palmas sostuvo que, más allá de las energías renovables, la revolución tecnológica también ha impulsado los precios de la plata. La rápida expansión de la infraestructura de inteligencia artificial (IA) genera alta demanda de la industria electrónica, centros de datos, vehículos eléctricos y computación avanzada.
Se espera que el sector de la IA pase de 279 mil millones de dólares en 2024 a más de 3.5 billones de dólares en 2033, generando un consumo sostenido de plata para elaborar componentes eléctricos y semiconductores.
La demanda de inversión también ha sido crucial en el resurgimiento de la plata. Ante la persistente incertidumbre geopolítica y de política económica durante 2025, los inversionistas recurrieron a los metales preciosos como refugio y diversificación.
La plata se benefició tanto de este atractivo como refugio seguro, como de ser una alternativa más asequible al oro. Su menor capitalización de mercado implica que entradas relativamente modestas pueden generar movimientos de precio desproporcionados, lo que ha amplificado su potencial alcista en periodos de alta volatilidad.
“Aunque la volatilidad probablemente siga siendo una característica en 2026, la tendencia de fondo apunta a una fortaleza sostenida, ya que la doble identidad de la plata –como necesidad industrial y cobertura monetaria– parece consolidar su lugar como uno de los activos más dinámicos del mercado de materias primas”, prevé De Palmas.
Se disparó el valor de mineras mexicanas 433 mil mdp en enero
Las favorece incertidumbre internacional y auge de la IA
▲ La mina Los Filos, en el municipio de Eduardo Neri, Guerrero, una de las principales productoras de oro en América Latina.Foto Sergio Ocampo
Braulio Carbajal
Periódico La Jornada Lunes 2 de febrero de 2026, p. 17
El arranque del año para las principales mineras mexicanas, controladas por algunas de las familias más poderosas del país, ha sido brillante. De acuerdo con datos de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), en un mes el valor de las cuatro compañías nacionales que cotizan en el mercado se disparó 25 por ciento, equivalente a 433 mil 508 millones de pesos.
Se trata de Grupo México, conglomerado controlado por Germán Larrea –la segunda persona más acaudalada de México, sólo detrás del magnate Carlos Slim–, quien ha ganado 305 mil 405 millones de pesos para ubicarse en un billón 629 mil millones de pesos, lo que significa un aumento de 23 por ciento en sólo un mes.
Detrás se encuentra Peñoles, de la familia Baillères, una de las más ricas e influyentes de México, con un valor de mercado de 465 mil 47 millones de pesos, luego de un alza de 88 mil 737 millones de pesos, equivalente a 24 por ciento.
En tercer sitio se encuentra Frisco, de Carlos Slim, dueño de grandes conglomerados como Grupo Carso y América Móvil, con un aumento de 73 por ciento en un mes, al pasar de un valor de mercado de 53 mil 691 millones de pesos a 92 mil 899 millones; es decir, una diferencia de 39 mil 208 millones de pesos.
La cuarta y última en la lista es Autlán, de la familia Rivero González, con 2 mil 422 millones de pesos gracias a un alza de 157 millones de pesos o 7 por ciento.
El repunte de estas cuatro mineras coincide con un contexto global positivo para metales como el oro, la plata y el cobre.
De acuerdo con analistas, el oro y la plata han ganado terreno gracias a las expectativas de que la Reserva Federal recorte las tasas de interés, lo que aunado a los riesgos geopolíticos actuales refuerza su valor como activos de refugio seguros.
Banamex señala que varios factores han apoyado el alza del oro, entre ellos: refugio ante la incertidumbre geopolítica y comercial, incremento de la diversificación de reservas de los bancos centrales, alta demanda de instrumentos indexados y la expectativa de que la Reserva Federal recorte tasas.
Resalta que el oro está en un ciclo alcista que se inició en 2023, ya que la onza avanzó 12.6 por ciento en dólares, luego de 23.4 por ciento en 2024 y 64 por ciento el año pasado.
Por su parte, el cobre se ha beneficiado de las proyecciones de una demanda creciente ligada a la transición energética y a estímulos económicos en varios países, lo que favorece especialmente a las empresas productoras con fuerte exposición a este metal.
De acuerdo con un reporte de Bloomberg, en el último año la riqueza de los grandes multimillonarios del cobre de América Latina, uno de ellos Germán Larrea (la otra es la chilena Iris Fontbona), se duplicó por los precios récord que ha alcanzado este metal, niveles que siguieron al alza durante enero.
Según analistas, los precios del cobre están en aumento porque los envíos se están acumulando rápidamente en Estados Unidos ante el temor a nuevos aranceles. Esto ha disminuido los inventarios en Asia y Europa de manera notable. Al mismo tiempo, los inversionistas anticipan una demanda mucho mayor por la necesidad de cables y conductores para centros de datos que alimentan la inteligencia artificial, vehículos eléctricos y una amplia gama de dispositivos electrónicos.
Autoempleo, dos de cada tres trabajos generados en 2025
▲ El comercio, sobre todo en el sector informal, es una de las principales fuentes de empleo para millones de personas. La imagen, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.Foto María Luisa Severiano
Clara Zepeda
Periódico La Jornada Lunes 2 de febrero de 2026, p. 18
En 2025, dos de cada tres mexicanos que se incorporaron al mercado laboral lo hicieron por cuenta propia (emprendimiento y autoempleo), señalan datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
La población ocupada aumentó en 1.1 millones de personas en 2025 y 65.8 por ciento de ellas se emplearon por cuenta propia, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE).
Los trabajadores por cuenta propia sumaban 12.89 millones de personas al cierre de 2025 (cerca del 21.5 por ciento de la población ocupada). Esta es la segunda cifra más alta desde que se tiene registro, sólo superada por la de 2022, cuando se contabilizaron 13.25 millones de personas.
Por su parte, los empleadores sumaban 3.62 millones, un número sin precedente para un cierre de año desde 2005, año en que el Inegi comenzó a registrarlos. No obstante, el máximo histórico se reportó en julio de 2025, con 3.93 millones de personas.
A diferencia de otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, México no cuenta con un sistema nacional de seguro de desempleo, lo que incentiva a las personas a aceptar cualquier actividad que genere ingresos, aunque sea precaria, explicó Guillermina Rodríguez, subdirectora de estudios económicos de Banamex. Esto reduce la probabilidad de que alguien se declare desempleado, ya que muchos optan por el autoempleo o trabajos informales, añadió.
En el estudio “Los efectos escondidos de los programas sociales en el mercado laboral”, Rodríguez planteó que los programas sociales de transferencias son uno de los múltiples factores que podrían influir en las decisiones de los individuos para incorporarse al mercado laboral, además de las bajas perspectivas de crecimiento económico o factores de índole personal.
En el primer trimestre de 2019, 13.7 por ciento de la población mayor de 15 años recibía algún tipo de apoyo gubernamental; la proporción aumentó hasta 22.1 por ciento en el primer trimestre de 2025. En cifras absolutas, en este último periodo se contabilizaron 22.6 millones de personas mayores de 15 años que recibieron subsidios, mientras en el primer trimestre de 2019 eran 12.9 millones.
La ENOE muestra que en el grupo de más de 65 años se ha observado una mayor tendencia a no ser parte de la población económicamente activa, sino de la no activa, lo que podría estar muy relacionado con el ingreso básico universal para esta población.

