Jim Cason y David Brooks Corresponsales
Periódico La Jornada
Viernes 16 de enero de 2026, p. 18
Washington y Nueva York., El gobierno de Estados Unidos dejó claro que su nueva iniciativa “humanitaria” para otorgar asistencia alimentaria al pueblo cubano mediante la Iglesia católica es parte de una estrategia para obligar al gobierno cubano a dejar el poder.
Esta semana el Departamento de Estado anunció los primeros envíos a arroz, frijoles, pasta y otros alimentos a la Iglesia católica en Cuba como asistencia humanitaria a víctimas del huracán Melissa, que devastó parte de la isla hace dos meses.
“Nuestro compromiso con Cuba es férreo. Con el pueblo, no con el gobierno”, aclaró Jeremy Lewin, un funcionario del Departamento de Estado encargado de asistencia y asuntos humanitarios, en una conferencia de prensa este jueves. Pero no dejó duda de que la meta es no sólo otorgar asistencia, sino también minar el apoyo popular del gobierno en la isla.
“El gobierno cubano tiene una opción: pueden dejar que ayudemos de manera directa al pueblo o decidir interferir con estos envíos”, resaltó Lewin. “Esto es seguramente parte de la estrategia del secretario (de Estado, Marco Rubio) y del presidente (Donald Trump). Nuestro apoyo para el pueblo cubano es absoluto. Pero el régimen es el que les niega vivir sus vidas”.
A principios de este mes, Trump declaró que el gobierno cubano estaba “listo para caer”. Hoy Lewin dejó claro que esta asistencia era parte de esa estrategia de cambio de régimen.
“El régimen cubano, tal como ha dicho el presidente, lo correcto que debería hacer, es irse y así el pueblo será libre”, aclaró.
Cuando periodistas preguntaron por qué se demoró tanto la entrega de esta ayuda que se envía más de dos meses después del impacto del huracán, y por qué se realizaba poco después de la intervención estadunidense en Venezuela, Lewin aclaró que los tiempos fueron fijados por los esfuerzos de la Iglesia católica para obtener los permisos para recibir la asistencia.
Pero otra vez indicó que esta iniciativa es parte de una estrategia más amplia. “Lo que ocurre en Venezuela debe dejar claro al régimen cubano y a todo déspota alrededor del mundo, de que no se juega con el presidente Trump. Debilidad y desorden, conflicto e interferencia extranjera en nuestro hemisferio ya se acabó”.
Al ser cuestionado si no había una contradicción entre la presión de Washington para que Venezuela suspenda toda asistencia, incluido el petróleo, a Cuba sólo para que Estados Unidos sí entregue ayuda alimentaria, Lewin insistió en que estos son asuntos diferentes.
“A pesar del fanfarroneo del Departamento de Estado y con los medios tradicionales intentando hacer que Estados Unidos parezca benévolo al ayudar a Cuba, la realidad es que los habitantes de la isla fueron intencionalmente abandonados para crear aún más sufrimiento para ese pueblo”, argumentó el columnista Arturo Dominguez. Señaló que para diciembre, Venezuela, México, Colombia y Panamá ya habían entregado petróleo y miles de toneladas de ayuda humanitaria a Cuba.
El colapso civilizatorio de Occidente
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu (izq.) y el presidente estadunidense, Donald Trum, durante su reunión en la residencia del magnate en Mar-a-Lago, Florida, en diciembre de 2025.
Foto Europa Press/Archivo Foto autor
Renata Wimer*
16 de enero de 2026 00:02
En estos días no puedo dejar de pensar que nos encontramos ante el colapso de lo que creíamos que era la “civilización occidental”. Observo, una y otra vez, cómo se desintegran los valores de ética, justicia y humanismo que pensé resistirían el paso del tiempo. Pero no: el ser humano se ha convertido en un monstruo egoísta, despiadado y cruel. Tal vez siempre lo fue, pero ahora muestra su rostro sinvergüenza y de manera cínica. La barbarie no es nueva; lo que sí resulta inédito es la desfachatez con la que hoy se despliega.
Hubo momentos en que pensábamos que se habían alcanzado acuerdos mínimos –el respeto universal, la soberanía de los pueblos, el estado de derecho–; sin embargo, esos conceptos han perdido todo peso. Asistimos al derrumbe profundo del pacto moral que creíamos haber construido. Vivimos en un simulacro, flotando sobre los restos resquebrajados de la supuesta democracia liberal. Esa puesta en escena parece burlarse de nosotros, escupiéndonos en la cara y recordándonos lo ingenuos que fuimos al pensar que un mundo pacífico entre las naciones sería posible en nuestro tiempo. El ser humano deambula ahora en un universo hostil y violento, donde la mentira se ha vuelto parte de la realidad cotidiana. Esta sensación no es una intuición aislada: basta observar el escenario internacional para comprender la magnitud del agotamiento civilizatorio.
¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI y con toda nuestra historia acumulada, no hayamos logrado un mínimo de convivencia pacífica? Más bien lo hemos destruido todo –el planeta mismo– mientras observamos, atónitos, cómo miles de niños y personas son asesinados en Palestina. Un genocidio que ocurre frente a nuestros ojos, sin que haya manera de detenerlo. Hoy, las ruinas de Gaza son el símbolo más claro del derrumbe moral de Occidente. Cuando las contemplo, siento vergüenza de ser humana; me duele el fracaso de nuestro proceso como humanidad.
Gaza no es una excepción: después vendrán una lista interminable de países destruidos y saqueados por la barbarie humana, en los que se repite el mismo patrón, de un sistema deshumanizador, cruel y cuidadosamente construido, acompañado por el resurgimiento de discursos de superioridad racial y nuevas formas de colonialismo con un apetito insaciable cuyo principal negocio es la guerra misma. La doctrina del shock, de Naomi Klein, transparenta este fenómeno de manera atroz: la guerra y la destrucción son un negocio. Vivimos un momento en el que la crueldad es un valor celebrado: se aplaude a violadores, asesinos y genocidas que cometen crímenes atroces con total impunidad.
En redes sociales y medios abundan voces que festejan la muerte de niños y la limpieza étnica de pueblos enteros. La deshumanización no es un accidente: es funcional al sistema. La banalidad del mal, en toda su expresión. Este colapso moral se expresa con especial claridad en la potencia que durante décadas fue presentada como garante del orden mundial. Nunca imaginé presenciar, en mi propia vida, el desmoronamiento del imperio estadunidense que parecía inmortal. Hoy su decadencia es evidente: basta observar la obscenidad de su dirigencia y el abandono despiadado de su población sumida en desigualdad extrema. Se trata de un gobierno violento, racista y despótico, sostenido por una sociedad en abierta descomposición. Estados Unidos se ha convertido en la expresión más descarnada del fracaso del modelo capitalista: un sistema que beneficia a una élite mínima y funciona no como un proyecto colectivo, sino como una empresa orientada a la acumulación ilimitada. Aquel territorio que en los años ochenta muchos consideraban símbolo de progreso, es hoy un país profundamente fallido. Europa tampoco se encuentra en mejor situación. Su crisis no es sólo política, sino estructural. Los países de la Unión Europea carecen de soberanía para decisiones estratégicas sin la aprobación de Washington, de la política energética a la militar. Han perdido autonomía y dirección propia. Como ha señalado Yanis Varoufakis: “Europa no existe. Se ha ido”.
En América Latina, este agotamiento se vive de forma especialmente cruda. Décadas de intervenciones estadunidenses han controlado gobiernos, economías y recursos naturales. Hoy lo que ocurre en Venezuela es otra expresión de esa lógica de asedio que impide a la región construir soberanía y proyectos propios de desarrollo, aunado a las crecientes fuerzas de ultraderecha en la región. Las ruinas de Gaza funcionan hoy como la representación más brutal del derrumbe de la civilización occidental. Son las ruinas simbólicas de un mundo que no supo detener un genocidio y que reproduce laboratorios de guerra de manera continua.
Quedan pocos consensos y valores capaces de orientar a Occidente como proyecto civilizatorio. Sin embargo, en nombre de la humanidad, quiero creer que aún es posible encontrar otro camino mediante la reflexión crítica, la resistencia y la organización de los pueblos.
*Actriz y música
Plurinominales deben ser elegidos por la población, dice Sheinbaum
▲ Directivos de Pilgrim’s México y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard (derecha), con la mandataria.Foto Presidencia
Alma E. Muñoz y Alonso Urrutia
Periódico La Jornada Viernes 16 de enero de 2026, p. 5
Con la reforma electoral se garantizará la representación de las minorías; reducción de gastos en los comicios, incluidos partidos políticos, y se mantendrá la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE), adelantó la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, al señalar que continúan trabajando la propuesta, la cual estará lista a principios de febrero.
En la mañanera de ayer, manifestó que las candidaturas plurinominales deben elegirse de manera diferente, para que no sean las cúpulas las que decidan, sino la población, así como fortalecer el régimen de democracia participativa, mientras rechazó acusaciones de autoritarismo.
Afirmó que busca una enmienda por consenso, pero que el diálogo con los coordinadores de los partidos aliados, PT y Verde, es con la Secretaría de Gobernación y con la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral.
Acotó que no tiene pensado reunirse con la oposición y descalificó las propuestas de Claudio X. González y de Lorenzo Córdova, este último ex presidente del INE. “Bastante mala” la primera y “no tan buena” la segunda, consideró.
En tanto, aunque aún continúa leyendo la del INE, “porque es larguísima”, sostuvo que “tienen algo interesante: le propusieron a Pablo (Gómez, presidente de la Comisión Presidencial) que la elección de jueces se lleve para 2028 –no 2027–; entonces, hay que considerarlo de acuerdo con los argumentos planteados”.
Un día después de que le entregaron las conclusiones de los foros, la mandataria dijo que la reforma no desaparecerá “cosas que han funcionado en México, pero sí se busca que fortalezca la democracia y la fiscalización de los recursos”.
Que haya “una reducción de los gastos en general: a los partidos, al INE, a los Oples (Organismos Públicos Locales Electorales”, subrayó en Palacio Nacional.
“Las elecciones en México son de las más caras del mundo, y todos debemos estar de acuerdo en que no debe ser”, para el bien del país y del pueblo. “Que esos recursos se utilicen en otras cosas, sin afectar la operación de las instituciones autónomas”.
Son muchísimos recursos, insistió. “Todavía no sé si ganan menos que la Presidenta o más”, añadió en cuanto a consejeros electorales.
Sostuvo que fortalecerán las consultas públicas, incluso realizarlas cada año, además de que los mexicanos en el exterior elijan a sus representantes, no los partidos.
Afirmó que también regularán el número de regidores, pero no quiso adelantar nada en cuanto a desafuero. “Es una propuesta que va a gustar a todos…y no habrá argumentos para decir que es autoritaria, porque no estamos de acuerdo con ello”, apuntó.
Rechazó que la oposición, incluso “la derecha internacional”, afirme que en México no hay democracia y que va a un régimen autoritario. “Falso, hay democracia electoral y participativa, libertades absolutas, respeto a derechos humanos. Es un país democrático”.
Comentó que siguen “contestando algunas preguntas que permitan hacer una enmienda aceptable, que resuelva todos estos problemas que a la gente no le parecen”.
Aguacate: costos y beneficios
Al menos 2 mil huertas de aguacate del estado de Michoacán no pueden exportar el producto a Estados Unidos debido a que sus cultivos fueron levantados mediante la deforestación de áreas boscosas, algunas de las cuales tienen un valor ecológico incalculable en tanto sirven como santuario durante la migración de la mariposa monarca. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) exige que 100 por ciento del fruto exportado a nuestro país vecino del norte esté certificado en el cumplimiento de requisitos ambientales, en particular, que no provenga de predios deforestados de manera ilegal. En este sentido, cabe destacar que las huertas sancionadas representan apenas el 3.45 por ciento de las existentes en la entidad, y que en la actualidad se dispone de una tecnología para monitorear en tiempo real la tala irregular en las zonas aguacateras de Michoacán.
La severidad con que Washington vigila y restringe la cuarta mayor agroexportación mexicana contrasta con el desmantelamiento de todas las protecciones al medio ambiente, que es uno de los principales ejes del gobierno de Donald Trump. Desde que volvió a la Casa Blanca hace un año, el magnate ha retirado a Estados Unidos del Acuerdo de París (el más importante instrumento multilateral para luchar contra el cambio climático), así como de todas las agencias de la ONU relacionadas con temas ambientales; ha eliminado la protección de áreas naturales a fin de permitir la extracción de hidrocarburos; ordenado el cierre de plantas de generación de energías renovables (con una guerra personal contra la eólica, a la que considera “antiestética”) y hasta llamado a talar árboles dentro de su país para evitar las importaciones de madera.
Sin embargo, la hipocresía estadunidense y su uso de la agenda ambiental como un mero pretexto para ejercer presiones y chantajes sobre la economía mexicana no borran el hecho de que el cultivo descontrolado de aguacate para exportación es un problema de primer orden tanto para el campo nacional como de cara a la crisis hídrica que padece nuestro país. Cada año, hasta 20 mil hectáreas de bosques son sustituidas por plantaciones de aguacate sólo en el estado de Michoacán, lo cual supone casi la mitad de toda la deforestación causada por la agricultura a nivel nacional. Crecer un solo aguacate hasta sus dimensiones comerciales requiere alrededor de 220 litros de agua; un kilogramo del fruto absorbe casi mil 200 litros del líquido y los 1.8 millones de toneladas de aguacate que se producen cada año en Michoacán consumen tanta agua como la ciudad de Morelia en 15 años. Más allá de las dificultades de acceso al agua que se presentan cada temporada de sequía en decenas de ciudades del país –y que en algunas regiones son permanentes–, el acaparamiento del líquido para la producción de aguacate ya da pie a conflictos directos entre comunidades, como ocurre en la zona limítrofe entre Morelos y Puebla desde que comenzó a cultivarse el fruto.
En suma, el cultivo del denominado “oro verde” genera problemas ambientales y sociales que no se cuantifican al calcular los ingresos de su venta en los mercados nacional y global. Asimismo, consume recursos que podrían utilizarse en la producción de alimentos básicos que apuntalen la soberanía alimentaria y contribuyan a la nutrición de los mexicanos en lugar de generar ganancias para unos pocos dueños de la agroindustria. Por ello, es indispensable equilibrar los beneficios económicos derivados del sector aguacatero con sus impactos sobre la naturaleza, las comunidades y las ciudades, pues la actividad económica no puede desligarse de sus consecuencias deseadas e indeseadas.
