miércoles, 26 de octubre de 2022

Una guerra civilizada.

Vilma Fuentes
La guerra que se desarrolla hoy día en Ucrania, parte de Europa, inquieta de manera grave la mente y el ánimo de los habitantes de las naciones de este continente. Los auditores escuchan hablar día tras día de la guerra, lo cual no sería un fenómeno verdaderamente nuevo puesto que, por desgracia, la guerra es una de las más antiguas pasiones humanas. La novedad consiste en escuchar expresiones realmente novedosas surgidas de un vocabulario que sorprende a causa de las contradicciones que encierra. Así, se oye hablar de una bomba sucia en preparación y cuyo lanzamiento en un futuro próximo se yergue amenazante. Cabe, entonces, preguntarse si existen bombas limpias. Preguntarse, también, por la limpieza o suciedad de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, si es posible aceptarse, moral y mentalmente, este tipo de calificativos más próximos de la higiene que de un conflicto bélico.
La cuestión del lenguaje es, quizá, la más perturbadora de las cuestiones planteadas por la guerra. Se conoce el dicho según el cual la primera víctima asesinada por la guerra es la verdad. Cierto, pero también cierto es que la mentira forma parte del enfrentamiento y un atacante no va a anunciar a su enemigo la hora, la fecha y el lugar de su próxima agresión. Y esto es una antigua tradición que remonta a la guerra de Troya, cuando los aqueos se guardaban bien de informar a los troyanos que en el interior del caballo, ofrecido como regalo, iban los guerreros. Engaño, estrategia, astucia, el lenguaje tenía un significado claro que obedecía a una estrategia y a una lógica. Los aedas respetaban la lengua para poder hacer con ella el elogio de los héroes, así fuesen los vencidos.
Si la verdad es la primera víctima, el lenguaje ocupa ahora un lugar primordial en la comunicación y propaganda bélicas, así pueda hacer sonreír, si es posible conservar el sentido del humor aunque sea macabro.
Desde hace unos días, se oye hablar también de una guerra civilizada. Este novedoso concepto creado por la escuela de los nuevos filósofos, quienes aparecieron a la manera de la insípida nueva cocina y fueron lanzados al público por una editora y agente literaria, se permite afirmar que, de un lado, se trata de una guerra civilizada, siendo éste el del campo que se sostiene y por el cual se toma partido, mientras, del otro lado, se trata de una guerra de salvajes y bárbaros. Desde luego, este discurso ideológico partidario consciente de la propaganda de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), tal vez inconsciente partidario de la nueva lengua denunciada por Orwell en su novela de anticipación titulada 1984, novlang que deforma el lenguaje e imposibilita cualquier expresión crítica de un Estado totalitario. ¿Es necesario decir que la novela de George Orwell ha sido más que rebasada? Pero, ¿cómo habría podido imaginar, a pesar de su genio, que políticos, sociólogos, expertos y dizque filósofos, iban a utilizar la higiene para juzgar vicios y virtudes de la guerra? Orwell no podía imaginar el concepto higiénico de guerra civilizada.
Ya desde hace décadas, la higiene se había ido transformando en un ideal de vida… y de muerte.
A raíz de la pandemia, y de todas las medidas proclamadas salvadoras, desde luego obligatorias, el miedo a la enfermedad cabalga como un jinete del Apocalipsis a la puerta, o ya dentro de casa.
Lenguaje y juicios higiénicos.
Lanzar bombas limpias si se pretende llevar a cabo una guerra civilizada. Destruir instalaciones sin dejar heridos y, menos aún muertos. Evitar cualquier víctima colateral entre la población civil limitándose a matar militares sin errar el tiro, el cual debe dirigirse con tino hacia un lugar de preferencia anunciado para poder proclamar de inmediato el éxito de una puntería quirúrgica.
Muerte en salud y guerra sin muertos. Pero, si este ideal parece aún imposible, la deformación del lenguaje no lo es. La nueva guerra es civilizada o no será.
vilmafuentes22@gmail.com

Una escalera al gabacho
Estefanía Ciro*
La tragedia de migrar, siendo un jodido latinoamericano, muta de nacionalidades y caminos, según coyunturas y políticas migratorias, como si fuera agua maldita repartida en algún bautizo: ayer le tocaba a los mexicanos, después a los centroamericanos, antier a los haitianos y hoy a los venezolanos. El punto es que nos acostumbramos –o nos convencieron– a que para los empobrecidos migrar es transitar entre círculos del infierno.
La Cepal calculó que durante 2020 en América el número de personas que vivían en un país que no era suyo estuvo cerca de 43 millones, principalmente en Estados Unidos y Canadá (59.5 por ciento). La migración ha crecido radicalmente en los últimos 10 años, principalmente hacia Norteamérica pero con más intensidad el último quinquenio. No obstante, la población emigrada en nuestro continente es sólo 6.6 por ciento del total de la población, y su tránsito lo convertimos en un calvario.
Lo cierto es que migrar no debería ser un rosario de violaciones, ultrajes y robos por estados y particulares sobre las familias; lo que dibuja el andar de los migrantes latinoamericanos es un continente convertido en una escalera que termina en Norteamérica. Antes, el primer escalón se asentaba en El Salvador, Guatemala y Honduras, en el último año, está mucho más al sur, en las trochas de los límites entre Colombia y Venezuela o en Ecuador, se adentran al Tapón del Darién entre Panamá y Colombia, y andan todo un continente hasta llegar al muro entre México y Estados Unidos.
En sólo septiembre pasado, 48 mil caminantes recorrieron 100 kilómetros del cruce del Darién, la profunda selva entre Colombia y Panamá, de los cuales 80 por ciento fueron venezolanos; 187 mil venezolanos llegaron a la frontera México-Estados Unidos entre octubre de 2021 y septiembre de 2022. La oficina migratoria en Panamá calculó 15 venezolanos en los primeros cuatro meses de 2021; este mismo cálculo un año después fue de mil 100. La migración de cubanos, nicaragüenses y venezolanos se cuadruplicó entre 2021 y 2022, pasando de 94 mil a 438 mil en un año. Los colombianos son los siguientes en la lista, en una corriente silenciosa que está desocupando los barrios del país.
El escalón panameño está monitoreado. Esta semana estuvo la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, visitando la frontera colombo-panameña para revisar los protocolos de seguimiento de estos migrantes, a quienes se les hace captura biométrica por el gobierno de Panamá. El escalón mexicano hace lo suyo, el fiscal propuso dejar a la recién inaugurada Guardia Nacional la captura de migrantes y registrar de cerca a defensores de derechos humanos que los apoyan en el camino. En enero de 2022, este país impuso visa a los venezolanos por lo que disminuyó el flujo por aire y detonó a niveles sin precedentes el paso por el Darién colombo-panameño que ha resultado en la denunciada calamidad humanitaria. Adicionalmente le está exigiendo a los colombianos que entran a México rellenar previamente un formato con su información personal, que no se sabe adónde va a parar.
A mediados de este año un periodista colombiano fue detenido y deportado. Denunció que en el interrogatorio participó un funcionario del gobierno de Estados Unidos, quien le revisó los celulares y sus documentos. No sobra seguir advirtiendo que la vulneración de derechos en los cuartos de las oficinas migratorias de los aeropuertos hacia colombianos y sus deportaciones han sido una queja cada vez más crítica, lo que contrasta con que aún no se define quién es el embajador de Colombia en México.
Como en los mejores tiempos en Colombia, cuando el gobierno estadunidense asperjaba con glifosato extensas regiones y en sus presupuestos Usaid ya incluía el pago de daños por aspersión, con la injerencia en Venezuela ocurre igual. El Departamento de Estado de Estados Unidos declaró un apoyo reciente de 817 millones de dólares para la asistencia a migrantes, y Usaid en Colombia tiene como su principal rubro la atención humanitaria tras la crisis de migración venezolana. Pero las deportaciones arrecian. Ahora, el gobierno estadunidense anunció 24 mil visas –con restricciones– para venezolanos, cifra nimia frente a la magnitud del flujo de personas. La crisis no es la migración, la crisis está en el poder.
El 25 de noviembre se realizará en Oaxaca la cumbre de la Alianza del Pacífico, donde participarán los gobiernos de Perú, Chile, Ecuador, México y Colombia. Ojalá una migración digna esté en la agenda y logremos que la escalera en la que nos convertimos como continente pueda subirse y bajarse como un juego de Rayuela pero al revés, donde el cielo esté en nuestras montañas, selvas y ríos, y una que otra piedrita nos lleve –cuando nos venga en gana– a las tierras gabachas.
*Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento desde la Amazonia colombiana A la Orilla del Río. Su último libro es Levantados de la selva.