sábado, 22 de octubre de 2022

Soberanía alimentaria: el camino a seguir.

Silvia Ribeiro*
El 16 de octubre, Día Mundial de la Alimentación según la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), fue marcado por más millones de gente con hambre, muchos más en pobreza, en medio de la crisis por el aumento de precios de los alimentos. Covid, guerras y cambio climático convergen de la peor manera para exacerbar la situación, que es aprovechada por las trasnacionales de los agronegocios y del comercio de alimentos para especular.
La Vía Campesina, el mayor movimiento global de organizaciones campesinas, llama al 16 de Octubre Día internacional de acción por la soberanía alimentaria de los pueblos contra las trasnacionales. Este año compartió su análisis de coyuntura y propuestas con la declaración La soberanía alimentaria es la única solución y camino a seguir (https://tinyurl.com/5x4cj327).
La crisis alimentaria en este momento es inédita, afirman, porque se desarrolla en medio de un contexto global más difícil que el de las crisis alimentaria y de combustibles de 2008. La intensidad y frecuencia de los choques climáticos se han más que duplicado en comparación con la primera década de este siglo. En los últimos 10 años, alrededor de mil 700 millones de personas se vieron afectadas por desastres relacionados con el clima, de las cuales casi 90 por ciento se convirtió en refugiados climáticos. El hambre, la desnutrición y la pobreza son más difíciles de superar debido a las guerras, los conflictos y los desastres naturales en curso. Esto obstaculiza todos los aspectos de un sistema alimentario, desde la recolección, procesamiento y transporte de alimentos hasta su venta, disponibilidad y consumo.
Sin embargo, anota la Vía Campesina, el problema no es de producción ni de abasto –se producen alimentos más que suficientes para toda la población mundial– sino de acceso a los alimentos, dificultado por una cadena alimentaria industrial controlada por trasnacionales. Las empresas controlan macrodatos, tierras agrícolas, recursos oceánicos, semillas y agroquímicos, al tiempo que se apropian de 80 por ciento de los alimentos producidos por las y los agricultores familiares.
A su vez, presionan para que haya cada vez menos controles de parte de gobiernos y de organizaciones internacionales. La Cumbre de Sistemas Alimentarios realizada en 2021, en gran parte promovida por las trasnacionales, tuvo como uno de sus objetivos debilitar los pocos mecanismos de gobernanza pública de los sistemas alimentarios (https://tinyurl.com/4jsdk288).
Denuncian también la tendencia en todo el mundo a la reducción de espacios para la acción civil y el aumento de violaciones a los derechos humanos, la opresión y criminalización de personas y organizaciones que defienden la tierra. Hay más represión desde los estados, utilizando fuerzas militares y de seguridad, al tiempo que cae la legitimidad del sector público tanto por la coptación corporativa como por una narrativa de desarrollo que asigna un papel de liderazgo a la inversión del sector privado.
No obstante, destacan que “en las últimas tres décadas ha habido un crecimiento de una red cada vez más robusta, diversificada y articulada de pequeñas y pequeños productores de alimentos, trabajadores y otros actores sociales perjudicados por el sistema alimentario globalizado liderado por corporaciones, que abogan por una transformación radical de los sistemas alimentarios y agrícolas basada en la soberanía alimentaria. Estos movimientos se han comprometido decididamente en la defensa y construcción de dispositivos de abastecimiento de alimentos ecológica y socialmente sostenibles y arraigados territorialmente, que tienden a denominarse ‘alternativos’, aunque son responsables de hasta 70 por ciento de los alimentos que se consumen en el mundo. Repensar las políticas agrícolas como una cuestión de seguridad económica y nacional debe ser una prioridad”.
Para ello proponen, entre otras medidas, el cese de la especulación alimentaria y la suspensión de la comercialización de alimentos en las bolsas de valores; la exclusión de la producción de alimentos de los acuerdos de libre comercio y de la Organización Mundial de Comercio; prohibir el uso de productos agrícolas para producir agrocombustibles o energía.
Exigen un cambio radical en las políticas alimentarias a nivel nacional e internacional, que incluya un nuevo marco global basado en la soberanía alimentaria, no en el comercio, a fin de fortalecer la agricultura campesina local y nacional, para garantizar una base estable para una producción de alimentos relocalizada, el apoyo a mercados liderados por campesinas y campesinos locales y nacionales, y proporcionar un sistema de comercio internacional justo basado en la cooperación y la solidaridad.
Abogan por un cambio radical hacia la agroecología para producir alimentos saludables para el mundo. Debemos enfrentar el desafío de producir suficientes alimentos de calidad al tiempo que reactivamos la biodiversidad y reducimos drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el cambio climático.
Efectivamente, para enfrentar el hambre, el cambio climático, la destrucción ambiental y social, las crisis de salud, la verdadera soberanía alimentaria desde y con las comunidades campesinas e indígenas es la única solución.
* Investigadora del Grupo ETC

Josep Borrell, el último de una estirpe
Beñat Zaldua
Josep Borrell es un hombre pegado a la impertinencia. Como la nariz al protagonista del poema de Quevedo, hay exabruptos que preceden y anuncian a la persona, le dan carácter e idiosincrasia propia. El jefe de la diplomacia europea volvió a dar muestras de su incompetencia la semana pasada, al declarar nada más y nada menos que: Europa es un jardín, el resto del mundo es una jungla y que, para proteger el jardín, los jardineros tienen que ir a la jungla.
Uno quisiera dominar el arte del insulto cual argentino, para volcarlo entero sobre este ser que no perdió la ocasión de meter la otra pata en el charco que ya chapoteaba. Negó haber dado un discurso racista, colonialista o etnicista y prefirió hacerse el ofendido: faltaría más que a mi avanzada edad me convirtiera en el defensor de las tesis de los neoconservadores. Hasta ahí podemos llegar. Hasta ahí y mucho más, de hecho.
La frase del jardín bien podría emplearse para ilustrar de qué se habla cuando se habla de mentalidad colonial e intervencionista. También para mostrar la soberbia y la excesiva autoestima de un continente que, pese a mantener niveles de bienestar envidiables, camina hacia el caos interno y la irrelevancia geopolítica. Pero es que llueve sobre mojado. Estamos hablando del mismo personaje que, como ministro español de Exteriores, opinó que Estados Unidos tiene muy poca historia detrás: lo único que habían hecho era matar a cuatro indios.
La lista de agraviados por Borrell es interminable. Durante el proceso soberanista catalán de los últimos años, cuando el PSOE lo desempolvó para confrontar con el independentismo, habló de la necesidad de desinfectar Cataluña, en referencia a los secesionistas. La escenificación llegó al punto de que, transmutado en Neymar, Borrell llegó a fingir en el Congreso español haber recibido un escupitajo por parte de un diputado catalán de Esquerra Republicana de Cataluña. Para un buen patriota, servir a España no entiende de vergüenzas.
Eso sí, las gruesas palabras que sin filtro alguno emanan de la boca del locuaz personaje se tornan en finísima piel cuando de recibir se trata. Ni siquiera hace falta criticarle para despertar su ira. Se lo pueden preguntar al atónito periodista de la televisión alemana que Borrell, también como ministro de Exteriores, dejó plantado a mitad de una entrevista porque osó preguntar lo que ningún medio español le había preguntado hasta entonces: ¿Por qué carajo no dejan decidir democráticamente a los catalanes? Sus asesores le recomendaron regresar y acabar el programa. Lo hizo para terminar diciéndole al periodista que debía mejorar sus preguntas en la próxima ocasión.
Presentado el personaje, quizá no esté de más hacer un breve recorrido por la biografía político-económica de un señor que ilustra muy bien el devenir de la élite política surgida al calor de la Transición española. De hecho, a sus 75 años, Borrell es, probablemente, el último de su estirpe. Para empezar, se afilió al PSOE a los 28 años, en el mismo año, 1975, en el que falleció el dictador Franco, algo que ya invita a comenzar a arquear una ceja. Borrell no corrió delante de los grises.
De la política municipal pasó a los altos cargos cuando Felipe González llegó al gobierno en 1982. De puestos secundarios a encabezar ministerios, tan leal a sus superiores como implacable con adversarios y enemigos. Siempre fue un hombre de partido y de Estado, y allí estuvo, arropando al ex ministro José Barrionuevo y su segundo, Rafael Vera, cuando entraron en la cárcel, condenados por el terrorismo de Estado del GAL contra el independentismo vasco.
Pudo tomar las riendas del PSOE en algún momento, pero las corruptelas de un colaborador lo descabalgaron. La lealtad, en cualquier caso, siempre tiene su premio en estas esferas, y como en España saber inglés y francés es equivalente a tener un doctorado en relaciones internacionales, el servicio a Felipe González fue recompensado con la presidencia del Parlamento Europeo en 2004. Le siguió un retiro dorado, gracias a las bien engrasadas puertas giratorias entre las instituciones públicas y las grandes corporaciones. Fue miembro del consejo de administración de la multinacional Abengoa, de la cual llegó a vender acciones poco antes de que perdieran su valor, utilizando información privilegiada, motivo por el cual acabó siendo sancionado. No les importó ni al PSOE ni a Bruselas, y como no se le habían olvidado ni el inglés ni el francés, su papel en el proceso soberanista fue nuevamente premiado con el puesto de alto representante de la Unión Europea, desde donde continúa derrochando diplomacia.
Josep Borrell también es, advertidos quedan, el principal responsable de la contraofensiva que, de forma confesa, prepara la Unión Europea para tratar de contrarrestar el peso creciente de China y Rusia en Latinoamérica a lo largo de 2023, coincidiendo con la presidencia española del Consejo de la UE. Un empeño en el que forma pareja de baile con el actual ministro de Exteriores, José Manuel Albares, integrante de otra estirpe, pero fruto de la misma savia.