La primera ministra británica Liz Truss renunció, luego que sus políticas económicas causaran turbulencia en los mercados y minaran su autoridad, el 20 de octubre de 2022. Foto Ap
Londres. La primera ministra británica Liz Truss renunció el jueves, reconociendo lo inevitable luego de un turbulento mandato de seis semanas en que sus políticas trastrocaron los mercados financieros y una rebelión en su partido la despojó de su autoridad.
“No puedo cumplir con el mandato sobre el cual fui elegida”, declaró la mandataria.
Apenas el día anterior, Truss había jurado seguir en el cargo, diciendo que “soy una luchadora, no una cobarde”. Pero no pudo continuar en el puesto después que la secretaria del Interior renunció con una andanada de críticas, y una votación en la Cámara de los Comunes cayó en el caos y el rencor días después de que se vio obligada a abandonar muchas de sus medidas económicas.
Su salida deja al partido dividido y en busca de un líder que pueda unir a sus belicosas facciones.
Un número creciente de legisladores exigía su renuncia después de semanas agitadas provocadas por su plan económico. La presentación del plan el mes pasado remeció los mercados y dio lugar a una crisis política con el reemplazo del jefe de Hacienda, varios virajes de 180 grados y la ruptura de la disciplina en el Partido Conservador gobernante.
Horas antes, el legislador conservador Simon Hoare había dicho que en el gobierno reinaba el desorden.
“Nadie tiene una hoja de ruta. Todas son luchas cuerpo a cuerpo, día tras día”, dijo a la BBC el jueves. Añadió que Truss tenía “unas 12 horas” de plazo para corregir la situación.
Truss había convocado a su oficina en el 10 de Downing Street a Graham Brady, un legislador y dirigente conservador encargado de vigilar los problemas de liderazgo y al que le habían encomendado la tarea de averiguar si la primera ministra aún contaba con el apoyo de los parlamentarios conservadores. Aparentemente, la respuesta fue que no.
Un número creciente de parlamentarios conservadores había pedido su renuncia el jueves para poner fin al caos.
“Es hora de que la primera ministra se vaya”, dijo la parlamentaria Miriam Cates. Otro, Steve Doublee, dijo que Truss “lamentablemente, no está a la altura de la tarea”. Ruth Edwards sostuvo que “no es responsable que el partido le permita continuar en el poder”.
La furia estalló el miércoles en una votación sobre fracking para gas de esquisto —que Truss quiere reanudar a pesar de la oposición de muchos conservadores— que provocó caos en el recinto.
Liz Truss: fracaso neoliberal
Lo que ocurre una primera vez como tragedia suele repetirse como farsa. Entre 1979 y 1990, la primera ministra conservadora Margaret Thatcher encabezó la triunfante embestida neoliberal contra el estado de bienestar, destrozó a los sindicatos e instaló una duradera hegemonía del individualismo extremo, el culto a las corporaciones, el consumismo voraz y la ruptura de la solidaridad social más elemental. Tres décadas después, Liz Truss escaló los peldaños del poder mediante una identificación discursiva e incluso iconográfica con esa deidad del panteón de la ultraderecha, a tal punto que se hizo retratar en poses y escenarios calcados de algunas de las fotografías más famosas de Thatcher, además de imitar su estilo de vestir al presentarse a debates televisados.
Sin embargo, mientras la llamada Dama de Hierro logró imponer su agenda sin reparar en los métodos y arrollar (no pocas veces, con lujo de violencia) a la oposición, Truss se vio obligada a dimitir apenas 45 días después de que la fallecida monarca Isabel II le encargase la formación del gobierno, con lo que se convirtió en la premier más efímera de toda la historia británica. Como sucesora de un adicto al escándalo como Boris Johnson, de Truss se esperaba seriedad y estabilidad para recomponer simultáneamente la credibilidad política de su partido y una economía vapuleada por la inflación, la descontrolada alza de precios de los energéticos y los sobresaltos del Brexit. Pero a sólo 18 días de haber llegado a Downing Street (y con el luto por la muerte de la reina en medio) presentó un paquete fiscal que dinamitó la confianza de los grandes capitales, el ya precario respaldo popular a su mandato y el delicado acuerdo entre sus correligionarios que le había permitido auparse al poder.
Días antes de hacer pública su renuncia, la ex ministra de Justicia y de Exteriores ya había aniquilado su trayectoria política al despedir a su encargado de Finanzas, Kwasi Kwarteng, con quien mantenía una estrecha afinidad ideológica, y aceptar como remplazo a su rival en la carrera por el liderazgo conservador, Jeremy Hunt. A horas de asumir, éste anunció la cancelación de la práctica totalidad del programa económico de Truss en una serie de declaraciones en las que los eufemismos y el lenguaje diplomático no bastaron para disimular la humillación proferida a quien fue calificada por la prensa de primera ministra honoraria por la evidente pérdida de control sobre su propio gabinete.
El más polémico punto del malhadado plan de Truss y Kwarteng para reactivar la segunda mayor economía de Europa fue un recorte de impuestos a quienes perciben ingresos superiores a 150 mil libras anuales (alrededor de 3 millones 400 mil pesos). Esta idea enardeció simultáneamente a los mercados (preocupados porque el regalo a los más pudientes desencadenase una nueva crisis de deuda pública) y a los ciudadanos de a pie, quienes se sintieron insultados por tal estímulo en momentos en que miles de hogares deben optar entre comprar comida o pagar la factura de la electricidad.
La vertiginosa caída de la oxoniense corrobora la decadencia del Partido Conservador, pero, sobre todo, el nivel de fanatismo y dogmatismo alcanzado por los adeptos del credo neoliberal: se empeñó en aplicar las fórmulas de Von Hayek y sus herederos intelectuales con tanta insensibilidad y ceguera hacia el funcionamiento real de la economía que incluso los omnipotentes mercados (es decir, el poder fáctico conformado por los ultrarricos) le dieron la espalda. Truss constituye un ejemplo extremo y, por lo mismo, iluminador, del carácter ideológico del neoliberalismo, y su fracaso supone una llamada de atención para académicos, políticos y formadores de opinión que porfían en defender un modelo caduco, sumamente dañino y a todas luces contraproducente, tanto para las perspectivas económicas de las grandes mayorías como para la supervivencia de las democracias de inspiración occidental.
