jueves, 5 de noviembre de 2020

¿Adiós Trump?

Ángel Guerra Cabrera
Todo indicaría que Joseph Biden tiene asegurada la victoria en las elecciones de Estados Unidos, aunque todavía no haya resultados oficiales cuando escribo. El aluvión de boletas electorales a favor del demócrata es tal que el presidente Trump se ha quedado sin recursos tramposos para impedir la victoria de su rival. Biden, al igual que Hillary Clinton en la elección de 2016, consigue superar ampliamente a Trump en el voto popular, en el que obtiene la cifra más alta de un candidato en la historia: 67.9 millones de sufragios. Se trata también de las elecciones más concurridas desde 1908 con más de 65 por ciento, muy alto para la tradicional apatía estadunidense y que habla de un proceso electoral completamente singular en ese país, probablemente impulsado por la polarización generada por Trump con su racismo vulgar y su talante autoritario.
Para más singularidad, Biden no es un candidato con carisma, que despierte la pasión de Trump en sus seguidores, ni que atraiga especialmente por sus propuestas en política económica y social, demasiado moderadas. Ha sido el voto anti-Trump lo que le ha proporcionado un aluvión de votos y posiblemente lo siente en la Casa Blanca, procedente de un amplio sector de población harto del manejo criminal del tema del coronavirus, de la crisis económica agravada por éste, por la política pro millonarios del magnate y el abuso y la grosería con que se ha desempeñado.
Aunque al cierre de esta nota se siguen contando los votos, ya es altamente probable que el ex vicepresidente tenga en la bolsa estados claves como Arizona, Michigan, Winsconsin y Nevada. No dudo que al final pueda añadir Pensilvania, donde faltaban por contar unos 2 millones de votos. Pero sólo con los sufragios de Michigan, Winsconsin, Nevada y Arizona, además de haber conservado todos los estados que ganó Hillary Clinton en 2016, alcanzaría el número mágico de 270 votos necesario para ganar el colegio electoral. Esto, según el arcaico sistema de voto indirecto estadunidense, que data del siglo XIX.
Al ver venir la derrota, desde hace semanas Trump arreció sus ataques al supuesto fraude electoral misteriosamente oculto en el voto por correo y apresuró que fuera aprobada en el Senado la juez conservadora Amy Coney Barret para integrar la Corte Suprema, según explicó él mismo, para tener más refuerzos en esa instancia si la elección se decidía en ella.
El desenlace a favor del demócrata, desde luego, no significaría que el nuevo presidente de Estados Unidos sea menos imperialista que su antecesor. De hecho, la académica estadunidense Adrienne Pine me hacía antier la observación de que en un estudio de la revista Forbes, la mayor parte de los multimillonarios prefiere a Biden. Y me comentaba, en alusión al clima de rechazo internacional que ha conseguido Trump, ellos no quieren que Estados Unidos continúe siendo un Estado paria. No es bueno para los negocios. Sin embargo, quedaría un mayor espacio político para el nuevo y pujante movimiento progresista dentro y fuera del Partido Demócrata, del que la estrella ascendente es Alexandria Ocassio Cortez y seguramente disminuirían las tensiones raciales alimentadas por el magnate inmobiliario. Tampoco Biden, si llega a la Casa Blanca, puede hacer mucho para atenuar la crisis de hegemonía de Washington, que Trump ha acelerado, y menos la profunda crisis multifacética, asociada a la anterior, que hace crujir los cimientos mismos del sistema estadunidense. Lejos de agotar el tema de cómo podría ser una política exterior de Biden, puede adelantarse que continuaría el enfrentamiento a China y Rusia, seguramente con menos estridencia, y buscaría restaurar las relaciones con los aliados europeos para tratar de embarcarlos en la aventura antichina. Restablecería el tratado nuclear con Irán, aunque manteniendo las sanciones, y ha dicho que pondrá en vigor de nuevo las medidas de relajamiento del bloqueo a Cuba al nivel que las puso Obama. América Latina y el Caribe podrían beneficiarse de una actitud más dialogante, que no es poco, sin que el imperio, claro, abandone las pretensiones, que lleva en su ADN, de tratarla como patio trasero. Pero también porque se ve venir la segunda ola progresista que proporcionaría a nuestra América mucha más capacidad de negociación y unidad en el norte revuelto y brutal ante quien sea.
Twitter: @aguerraguerra

Reclamos gringos
John Saxe-Fernández
Lo esencial del debate energético que se suscitó ante la queja de un grupo bipartidista de congresistas de Estados Unidos de que el gobierno de México viola el espíritu del T-MEC en materia de energía, quedó aclarado por Andrés Manuel López Obrador en la letra de la versión revisada del tratado. En el rubro de energía se consigna que sólo quedó establecido en dos párrafos el derecho absoluto, soberano, de México para decidir en materia energética. Explicó que cuando se presentó el proyecto original en el anterior gobierno, había capítulos que comprometían, que dañaban nuestra soberanía y no los aceptamos.
Desde los 1980 la presidencia del Banco Mundial (BM) sugirió llevar Pemex a un punto de venta. De ese mandato viene la reforma energética de 2013 de Peña et al. Un atraco con aplauso de la codicia oligárquico-imperial a sabiendas de que el negocio petrolero se magnifica con el de la electricidad. No les importó violar la Constitución ni el rechazo de la ciudadanía que votó por Morena, alertada del desate corrupto de contratos leoninos y elaborados diseños de saqueo con niveles de criminalidad de cuello blanco contra la integridad financiera de Pemex y la Comisión Federal de Electricidad (CFE), una ofensiva captada con excelencia documental en sus detalles en Pemex RIP, de Ana Lilia Pérez (Penguin, México, 2017).
En el revelador reportaje La CFE es el activo más importante del país, de Israel Rodríguez ( La Jornada, 27/10/20), se informa que esa observación del ex senador Manuel Bartlett Díaz, actual director general de la CFE, fue sustentada durante su participación de siete horas en el análisis del segundo informe de Gobierno ante la Cámara de Diputados. En esa ocasión se refirió a la campaña de desprestigio a la que es sometida la CFE desde hace décadas. Tal parece que en el poco tiempo que lleva el nuevo gobierno, los logros y mejoras en CFE son sustanciales. Dato en mano, Bartlett mostró que la CFE es, en efecto, la empresa con los mejores resultados comparados con las que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores. Es el activo más importante del país. Para Bartlett, las quejas de los congresistas de Estados Unidos tienen un olor vinculado a intereses. Agregó que “lo que les interesa a las empresas nacionales y extranjeras es apoderarse del mercado mexicano, que vale 4 billones ( trillions en Estados Unidos) de dólares.
Es claro que los congresistas de Estados Unidos, republicanos y demócratas, se quejan ante el histórico rescate de Pemex y la CFE, estratégicos entes públicos por décadas sometidos, luego del estallido de la crisis deudora de 1982, a un régimen acreedor a ultranza sobre virtualmente toda la economía de México, con especial atención e interés, más que codicioso, compulsivo, en el sector energético nacional. Algo similar se observó en otras naciones latinoamericanas también sometidas a esa condicionalidad fondomonetarista de sistemático saqueo. Recuérdese con Éric Toussaint que la de 1982 fue la cuarta de las crisis de la deuda externa de América Latina del siglo XIX al siglo XXI. La primera, de diciembre de 1825 a los años 1850; la segunda, de 1876 a los primeros años del siglo XX; la tercera comenzó en 1931, como prolongación de la crisis de 1929 hasta finales de los años 1940, y sobre la cuarta, dice Toussaint textual: Estalló en 1982 ligada al giro tomado por la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) en materia de tipos de interés, junto a la caída de los precios de las materias primas... Terminó en 2003-2004, cuando la subida de los precios de las materias primas aumentó enormemente las rentas en divisas. Los países de América Latina se aprovecharon también de tipos de interés internacionales que habían bajado enormemente como consecuencia de las decisiones de la Fed, seguida por el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, a partir de la crisis bancaria en el norte iniciada en 2008-2009 (p. 15) (Éric Toussaint, Sistema deuda: historia de las deudas soberanas y de su repudio, Icaria & Antrazyt Barcelona, 2018, pp 15-16).
El programa privatizador de ajuste estructural fondomonetarista (PAE) fue dictado, impuesto desde la condicionalidad acreedora privatizadora y desnacionalizante atada a todas las líneas de crédito del BM y Banco Interamericano de Desarrollo, siempre bajo la línea macroeconómica del Fondo Monetario Internacional (FMI), liberalización comercial y a la inversión extranjera directa, desregulación del sector privado, reforma, abatimiento de impuestos al alto capital. Se sabe que la tasa de ganancia de la actividad petrolera junto a la electricidad es más alta que como empresas separadas. Es ese negocio lo que reclaman diputados y senadores, molestos además por el rechazo mexicano al endeudamiento alentado por los fondomonetaristas. Ya lo hicieron antes de la debacle de 1982, gestada por el inusitado aumento en las tasas de interés de la Fed, de 6 por ciento a 17 por ciento, por lo que la deuda fue impagable, pero se la hizo cobrable con la mira en Pemex-CFE, principales ejes de acumulación.
www.jsaxef.blogspot.com
Facebook: JohnSaxeF