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Katrina Vaden Heuvel
16 de octubre de 2026 00:03
La campaña electoral de 2026 ha dado un nuevo lenguaje a la política estadunidense: candidatos demócratas en las contiendas más reñidas para el Senado han rechazado la precaución basada en encuestas, en favor de una franqueza que cambia por completo las narrativas de los consultores de campaña y los analistas del status quo. En Texas, el candidato James Talarico ha estado diciendo a los electores: “la única minoría que está destruyendo al país son los multimillonarios. Las personas trans son el uno por ciento de la población. Nos estamos equivocando al enfocar a ese uno por ciento”. Y, cuando el texano Elon Musk alcanzó el siguiente peldaño en el escalón de la riqueza, Talarico declaró: “la razón de que exista la pobreza en el país más rico de la Tierra no es porque no podamos alimentar a los pobres: es porque no podemos saciar a los ricos. Debemos gravar a los multimillonarios hasta el punto de que desaparezcan”.
Cuando a Angie Nixon, de Florida, se le preguntó sobre la escalada israelí que ha dado muerte a 75 mil palestinos, contestó: “basada en mi entendimiento de la definición, lo que ocurre allá, es de hecho un genocidio”. En Michigan, Abdul El-Sayed dijo a los desarrolladores de centros de datos para la inteligencia artificial: “no pueden tocar el agua de ninguna manera, modo o forma”.
Cada círculo de acción tiene su propia dinámica. La contienda de este año está influida, desde luego, por la clara necesidad de elegir un Congreso que equilibre y acote al desastroso equipo presidencial de Donald Trump. Pero la dinámica de 2026 implica más que sólo hacer campaña contra una ilegalidad de tan gran escala que haría sonrojar a Richard Nixon.
Esta temporada electoral ha visto un cambio sísmico, con el surgimiento de nuevos temas y nuevas formas de hablar de los temas viejos. Una nueva generación de candidatos progresistas (y los electores jóvenes que responden a ellos) se enfoca en acabar con las políticas del statu quo que han baldado a este país porque están diseñadas, de manera literal, para quitarles a los pobres para darles a los ricos; con un “consenso” en política exterior que financia el genocidio, y con élites bipartidistas tan endeudadas con el poder corporativo que se sorprendieron cuando los estadunidenses demandaron moratorias a los centros de datos y una estricta reglamentación de las compañías de IA que nos amenazan con enorme desempleo, vigilancia generalizada y extinción en masa.
Estamos en un momento prelectoral. Reconocemos el inmenso gasto que los multimillonarios alineados con Trump, los oligarcas de la IA y los capitalistas de las criptomonedas pueden destinar a republicanos que merecen perder, lo cual crearía una resaca roja ante la oleada azul que los demócratas anticipan. Pero 2026 ha mostrado ya algunos resultados prometedores.
Pese a las fanáticas maniobras de Trump para distraer al electorado y sus serias amenazas de levantar barreras a elecciones libres y justas –sin mencionar una campaña que supuestamente sería más fácil para los republicanos gracias a manipulaciones, supresión de votos y ventajas en el financiamiento de campañas–, todo parece ir mal para el Partido Republicano, incluso en estados alguna vez confiablemente rojos, como Iowa y Ohio. Los electores desean desesperadamente liberarse del dolor económico creado por el desdén de Trump hacia la inflación y por sus caóticas políticas arancelarias; poner fin a la desastrosa guerra con Irán, y detener los ataques mortales a comunidades que llegaron a su punto más alto con los tiroteos del ICE en Mineápolis, pero que no han cesado.
Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, y posiblemente el Senado, pueden utilizar las facultades que la Constitución estadunidense concede al Poder Legislativo –en especial en lo referente a supervisión, investigaciones y rendición de cuentas– para presionar a este gobierno a cambiar de curso.
Pero los mismos demócratas necesitan cambiar. La temporada electoral ha dado un llamado de alerta al partido. Los electores en las primarias echaron de sus cargos a políticos que no escuchaban los llamados a poner fin a la ayuda estadunidense a Israel en el extranjero y a instaurar Medicare para Todos en el país. Durante la campaña de otoño, candidatos insurgentes al Senado, como El-Sayed, Nixon y Peggy Flanagan en Minesota, junto con contendientes para la Cámara de Representantes como Will Lawrence, de Michigan, y candidatos en los estados como la aspirante a comisionada de aseguramiento de California Jane Kim, han atraído a nuevos votantes –jóvenes, independientes, incluso algunos decepcionados partidarios de Trump–, al derribar las fronteras de la política estadunidense.
Los líderes y estrategas del Partido Demócrata deben hacer lo mismo. Deben aprender la lección de 2026: reconocer que lo que alguna vez se descartó por radical –reglamentar el poder de la IA y las corporaciones, abolir el ICE, establecer Medicare para Todos, poner fin a la ayuda militar a Israel y detener las guerras eternas, así como gravar sin excusas a los multimillonarios– está surgiendo con rapidez como la política sensata de nuestro tiempo.
*Katrina vanden Heuvel es redactora y editora en The Nation, la principal fuente de política y cultura progresista en Estados Unidos. Experta en asuntos internacionales y política estadunidense, es una columnista galardonada y contribuyente frecuente en The Guardian. Es autora de varios libros, entre ellos The change I believe in: fighting for progress in the age of Obama, y coautora (con Stephen F. Cohen) de Voices of glasnost: interviews with Gorbachev’s feformers.
Publicado originalmente en The Nation: https://www.thenation.com/article/ politics/2026-election-talarico-el-sayed-nixon/
Traducción: Jorge Anaya
Katrina Vaden Heuvel
16 de octubre de 2026 00:03
La campaña electoral de 2026 ha dado un nuevo lenguaje a la política estadunidense: candidatos demócratas en las contiendas más reñidas para el Senado han rechazado la precaución basada en encuestas, en favor de una franqueza que cambia por completo las narrativas de los consultores de campaña y los analistas del status quo. En Texas, el candidato James Talarico ha estado diciendo a los electores: “la única minoría que está destruyendo al país son los multimillonarios. Las personas trans son el uno por ciento de la población. Nos estamos equivocando al enfocar a ese uno por ciento”. Y, cuando el texano Elon Musk alcanzó el siguiente peldaño en el escalón de la riqueza, Talarico declaró: “la razón de que exista la pobreza en el país más rico de la Tierra no es porque no podamos alimentar a los pobres: es porque no podemos saciar a los ricos. Debemos gravar a los multimillonarios hasta el punto de que desaparezcan”.
Cuando a Angie Nixon, de Florida, se le preguntó sobre la escalada israelí que ha dado muerte a 75 mil palestinos, contestó: “basada en mi entendimiento de la definición, lo que ocurre allá, es de hecho un genocidio”. En Michigan, Abdul El-Sayed dijo a los desarrolladores de centros de datos para la inteligencia artificial: “no pueden tocar el agua de ninguna manera, modo o forma”.
Cada círculo de acción tiene su propia dinámica. La contienda de este año está influida, desde luego, por la clara necesidad de elegir un Congreso que equilibre y acote al desastroso equipo presidencial de Donald Trump. Pero la dinámica de 2026 implica más que sólo hacer campaña contra una ilegalidad de tan gran escala que haría sonrojar a Richard Nixon.
Esta temporada electoral ha visto un cambio sísmico, con el surgimiento de nuevos temas y nuevas formas de hablar de los temas viejos. Una nueva generación de candidatos progresistas (y los electores jóvenes que responden a ellos) se enfoca en acabar con las políticas del statu quo que han baldado a este país porque están diseñadas, de manera literal, para quitarles a los pobres para darles a los ricos; con un “consenso” en política exterior que financia el genocidio, y con élites bipartidistas tan endeudadas con el poder corporativo que se sorprendieron cuando los estadunidenses demandaron moratorias a los centros de datos y una estricta reglamentación de las compañías de IA que nos amenazan con enorme desempleo, vigilancia generalizada y extinción en masa.
Estamos en un momento prelectoral. Reconocemos el inmenso gasto que los multimillonarios alineados con Trump, los oligarcas de la IA y los capitalistas de las criptomonedas pueden destinar a republicanos que merecen perder, lo cual crearía una resaca roja ante la oleada azul que los demócratas anticipan. Pero 2026 ha mostrado ya algunos resultados prometedores.
Pese a las fanáticas maniobras de Trump para distraer al electorado y sus serias amenazas de levantar barreras a elecciones libres y justas –sin mencionar una campaña que supuestamente sería más fácil para los republicanos gracias a manipulaciones, supresión de votos y ventajas en el financiamiento de campañas–, todo parece ir mal para el Partido Republicano, incluso en estados alguna vez confiablemente rojos, como Iowa y Ohio. Los electores desean desesperadamente liberarse del dolor económico creado por el desdén de Trump hacia la inflación y por sus caóticas políticas arancelarias; poner fin a la desastrosa guerra con Irán, y detener los ataques mortales a comunidades que llegaron a su punto más alto con los tiroteos del ICE en Mineápolis, pero que no han cesado.
Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, y posiblemente el Senado, pueden utilizar las facultades que la Constitución estadunidense concede al Poder Legislativo –en especial en lo referente a supervisión, investigaciones y rendición de cuentas– para presionar a este gobierno a cambiar de curso.
Pero los mismos demócratas necesitan cambiar. La temporada electoral ha dado un llamado de alerta al partido. Los electores en las primarias echaron de sus cargos a políticos que no escuchaban los llamados a poner fin a la ayuda estadunidense a Israel en el extranjero y a instaurar Medicare para Todos en el país. Durante la campaña de otoño, candidatos insurgentes al Senado, como El-Sayed, Nixon y Peggy Flanagan en Minesota, junto con contendientes para la Cámara de Representantes como Will Lawrence, de Michigan, y candidatos en los estados como la aspirante a comisionada de aseguramiento de California Jane Kim, han atraído a nuevos votantes –jóvenes, independientes, incluso algunos decepcionados partidarios de Trump–, al derribar las fronteras de la política estadunidense.
Los líderes y estrategas del Partido Demócrata deben hacer lo mismo. Deben aprender la lección de 2026: reconocer que lo que alguna vez se descartó por radical –reglamentar el poder de la IA y las corporaciones, abolir el ICE, establecer Medicare para Todos, poner fin a la ayuda militar a Israel y detener las guerras eternas, así como gravar sin excusas a los multimillonarios– está surgiendo con rapidez como la política sensata de nuestro tiempo.
*Katrina vanden Heuvel es redactora y editora en The Nation, la principal fuente de política y cultura progresista en Estados Unidos. Experta en asuntos internacionales y política estadunidense, es una columnista galardonada y contribuyente frecuente en The Guardian. Es autora de varios libros, entre ellos The change I believe in: fighting for progress in the age of Obama, y coautora (con Stephen F. Cohen) de Voices of glasnost: interviews with Gorbachev’s feformers.
Publicado originalmente en The Nation: https://www.thenation.com/article/ politics/2026-election-talarico-el-sayed-nixon/
Traducción: Jorge Anaya
Capitalismo antidrogas: una guerra contra el pueblo
Extraordinario libro de Dawn Marie Paley. Capitalismo antidrogas: una guerra contra el pueblo, que con toda pertinencia su traductor, Jorge Comensal, logró que se publicara en nuestro país para ayudar a comprender “la violencia que estaba (y sigue) devastando México y Centroamérica.
Foto cortesía Foto autor
Gilberto López y Rivas
16 de octubre de 2026 00:04
Extraordinario libro de Dawn Marie Paley. Capitalismo antidrogas: una guerra contra el pueblo (Libertad Bajo Palabra, México 2020), que con toda pertinencia su traductor, Jorge Comensal, logró que se publicara en nuestro país para ayudar a comprender “la violencia que estaba (y sigue) devastando México y Centroamérica (…), y para desmentir la idea de que la guerra contra el narco es un esfuerzo legitimo por controlar el tráfico de drogas y el crimen organizado, cuando en realidad se trata de una campaña bélica que sólo sirve para incrementar el control socioeconómico de las élites (narcos, políticos y capitalistas) sobre la población”. Con toda razón sustenta que “los acontecimientos de los últimos años confirman la tesis de “que el Plan Colombia, la Iniciativa Mérida y otros programas trasnacionales, lejos de disminuir la producción y exportación de drogas hacia Estados Unidos, multiplican la violencia contra la sociedad civil, contribuyen al despojo territorial de los pueblos originarios y modifican las leyes y dinámicas económicas en favor de los grandes capitales, mineras y agroindustrias que expolian los territorios desocupados, y maquiladoras que explotan a los trabajadores reprimidos por el clima de violencia”.
En la obra, nuestra colega Dawn Marie Paley da cuenta en ocho esplendidos capítulos de lo que significa el capitalismo antidrogas, su expansión hacia territorios y espacios sociales nuevos o previamente inaccesibles, que además de enriquecer a los bancos estadunidenses, financiar campañas políticas y alimentar un redituable comercio de armas, beneficia a empresas petroleras, gaseras y mineras trasnacionales, así como a otras grandes corporaciones, industrias maquiladoras, redes de trasporte, y un segmento del sector comercial y de venta al menudeo representado por empresas como Walmart, e intereses en bienes y raíces en México y Estados Unidos.
La autora plantea su posición sin equívocos. Para ella, la guerra antidrogas es un remedio a largo plazo para los achaques del capitalismo, que combina legislación y terror en una experimentada mezcla neoliberal para infiltrarse en sociedades y territorios antes no disponibles para el capitalismo globalizado. Su propuesta es repensar la llamada guerra antidrogas no como prohibición ni política de narcóticos; sino, en cambio, como imposición del terrorismo contra la población de la ciudad y el campo y, al lado de esta política, facilitar la inversión extranjera directa y el crecimiento económico. Esto es el capitalismo antidrogas: pillaje, ganancia y saqueo.
El objetivo de la autora, logrado con creces, es crear un marco teórico más útil para entender la guerra antidrogas al sur de la frontera México-Estados Unidos, donde la violencia se deriva de la militarización estatal y de los cárteles del narcotráfico, a los que también se refiere como grupos paramilitares. Tal como lo documenta en su libro: “existen factores estructurales que permiten que ciertos grupos armados clandestinos extorsionen e infundan terror con total impunidad cuando esos actos benefician al capitalismo trasnacional o a la política exterior de Estados Unidos.” En su recorrido por Colombia, Honduras, Guatemala y la frontera México Estados Unidos, recopilando historias, la autora identifica tres características de la llamada guerra contra el narco:
1. El dolor, miedo y sufrimiento, producidos por la militarización y paramilitarización afectan en mayor medida a los pobres, la población trabajadora y los migrantes.
2. Uno de los más tempranos, duraderos y tangibles impactos de la violencia es la restricción de la movilidad, ya sea el movimiento por el propio barrio, viajar de una ciudad a otra, cruzar la frontera estadunidense (en ambas direcciones) o migrar.
3. La libertad de expresión –individual y colectiva, a través de actos públicos, medios de comunicación comunitaria o masiva, entre otros–ha sido atacada.
“Mientras que estos tres factores en conjunto constituyen las más accesibles y consistentes narrativas de la guerra en contra el narco, para cualquier reportero familiarizado personalmente con la situación, estas narrativas no son las que dominan los reportes del narcotráfico y la guerra auspiciada por Estados Unidos. En lugar de contar las experiencias de los afectados por la narcoguerra, los periódicos, grupos de reflexión y gobiernos suelen producir reportes dominados por historias de los cártles (criminales o grupos criminales) en guerra unos contra otros por el control de las rutas del trasiego y territorios. (…) Las victimas generalmente son retratadas como parte de alguna actividad criminal, o al menos relacionadas con alguien relacionado con una actividad criminal, una formulación que prácticamente criminaliza comunidades enteras. (…) Contar historias que difieren del guion oficial puede ser mortal”. Es necesario que esta obra sea leída y analizada con el sustento, la profundidad y el profesionalismo con el que se escribió.
Déficit: Trump en su laberinto
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) informó que en el primer semestre de 2026 Estados Unidos redujo en 24.5 por ciento anual las importaciones de China y en 21.8 por ciento las de la Unión Europea, pero aumentaron en 32.1 por ciento las provenientes de los países que integran la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y 11.1 por ciento las de América Latina y el Caribe. Asimismo, destaca que México logró un crecimiento de 26 en sus exportaciones, del que 21 por ciento se explica por un mayor volumen y cinco por ciento por el ajuste de precios. Si bien el organismo no especifica qué proporción de ese crecimiento se ha enviado a Estados Unidos, el hecho de que ese país sea destino de alrededor de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas implica que nuestro vecino del norte compra cada vez más bienes producidos aquí.
La conclusión de la Cepal es clara: pese a la política arancelaria y a otras medidas como la revisión del T-MEC, hasta ahora el presidente Donald Trump no ha logrado reducir la dependencia estadunidense de las importaciones, sino que ha provocado una reconfiguración geográfica del comercio. Es decir, la superpotencia se encuentra casi en el mismo punto en el que estaba hace dos años, pero ahora paga más por mercancías sujetas a aranceles inútiles.
La reducción del déficit comercial (la diferencia entre exportaciones e importaciones) y la reindustrialización han sido obsesiones centrales del republicano en su segundo periodo. Desde su punto de vista, el déficit de su país en el último medio siglo es una señal de que el resto del mundo se aprovecha de Estados Unidos al venderle más de lo que le compra, y que dicha “injusticia” está detrás de muchos de los problemas de su economía. La realidad es mucho más compleja. Por principio de cuentas, un factor estructural estimula el flujo de productos hacia su mercado: dado que el dólar es la moneda global de reserva y que la gran mayoría de transacciones internacionales se realiza en dólares, Estados Unidos dispone de una facilidad única para “salir de compras”. Mientras que el resto de los países necesita adquirir dólares antes de usarlos, Washington puede imprimirlos.
A este dominio del sistema monetario y financiero, a partir de la década de 1970 se sumó la llamada deslocalización. Con el propósito de destruir el poder de negociación de los sindicatos, abaratar los costos laborales, pagar menos impuestos y aumentar sus ganancias, las empresas de las grandes economías trasladaron sus procesos productivos a China, el sudeste asiático, América Latina y, posteriormente, a los países del extinto bloque soviético. Los gobiernos occidentales, casi siempre más favorables a los dueños de capitales que a los trabajadores, fueron cómplices de ese éxodo, sin darse cuenta de que junto con las plantas se iban conocimientos y capacidades cuya construcción toma décadas.
De acuerdo con el Centro para la Seguridad y las Tecnologías Emergentes (Center for Security and Emerging Technology, CSET), en 2020 China graduaba a 3.57 millones de estudiantes de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas al año, mientras en Estados Unidos apenas había 820 mil titulaciones en esos campos. La brecha se ha ampliado. Se estima que en la actualidad un millón 300 mil ingenieros se gradúan cada año en China frente a sólo 130 mil en Estados Unidos; una diferencia del mil por ciento. La escasez crónica de profesionistas se traduce en ciclos de desarrollo más largos, innovación estancada y una falta de personas con las habilidades para diseñar, construir y dar mantenimiento a la infraestructura física de la que dependen las capacidades industriales.
Trump no ha hecho nada para solucionar estas causas estructurales de la desindustrialización. Por el contrario, persigue de manera bestial a los migrantes que desean tomar trabajos manuales, cierra las puertas a los estudiantes extranjeros que podrían aliviar su urgencia de profesionistas, retira el presupuesto a programas de capacitación laboral, es adicto a usar el dólar como arma de guerra financiera y ha emprendido un ataque frontal contra las universidades para obligarlas a adoptar su ideología cavernaria. En tanto no afronte estos problemas, ni el magnate ni ningún presidente estadunidense podrá reducir el déficit comercial por más que se empeñe en imponer aranceles contraproducentes y posar como víctima de sus socios.
Penultimátum
Una cruda radiografía de Elon Musk
Durante las cuatro horas que dura el documental, su director Alex Gibney ofrece una descarnada visión de un empresario con gran influencia política y tecnológica en Estados Unidos: Elon Musk. La utiliza también por doquier. Es igualmente un retrato demoledor del hombre más rico del mundo. Y de la distancia entre el personaje público que ha construido y las consecuencias políticas, empresariales y sociales que el documental atribuye a ese poder.
Estrenado en Venecia con gran aceptación, se exhibe desde hoy en los cines del vecino país con un intermedio de 20 minutos. Después llegará a HBO, pero el poder de la piratería hizo que se conociera en Europa gracias a los sistemas internacionales que brindan el más diverso material fílmico. Al verlo, los críticos cinematográficos señalan que en él se muestra al magnate como lo que es: “mezquino, narcisista, megalómano y cruel”.
Gibney recorre la carrera y la vida de Musk desde su nacimiento en Sudáfrica, sus años como empresario de la era punto-com en Silicon Valley, a principios de la década actual, hasta convertirse en el primer billonario del mundo. También profundiza en su vida personal, incluido su difícil infancia y los 14 hijos que ha tenido con varias mujeres.
Gibney intentó entrevistar a Musk, pero el magnate rechazó participar.
Entonces resolvió esa ausencia con un avatar generado por ordenador que habla a cámara con palabras pronunciadas por el propio Musk. Las extrajo el documentalista de una base de datos con sus declaraciones e intervenciones públicas.
Gibney afirmó que el avatar servía para mostrar “la realidad de lo que ha hecho y la irrealidad de su narrativa”. Y que la acumulación de poder de Musk se ha traducido en efectos concretos sobre la política, la administración y el debate público.
Hace un mes, los abogados de Musk notificaron a los productores del documental que serán demandados. Igualmente, todos los involucrados en su exhibición, incluidos HBO y Universal. El motivo: en él se “difama” al multimillonario.
Jigsaw Productions respondió en un comunicado que el escrutinio de figuras públicas poderosas está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución, y que en el documental todo es verdad.
Documentos secretos revelan que Apple y Nvidia donaron 25 mdd para el salón de baile de la Casa Blanca
Donald Trump, presidente de Estados Unidos sobrevuela en helicóptero la construcción del salón de baile en la Casa Blanca, el 12 de octubre de 2026. Foto Ap Foto autor
la redacción
15 de octubre de 2026 13:12
Ciudad de México. Documentos secretos revelaron a los principales donantes del proyecto del salón de baile de la Casa Blanca del presidente Donald Trump, incluidos contribuyentes no revelados anteriormente que se han beneficiado de decisiones regulatorias, contratos gubernamentales y, en un caso, un indulto para un miembro de la familia, reportó The Washington Post.
De acuerdo con el documento, los gigantes tecnológicos Nvidia y Apple donaron 25 millones de dólares cada uno, la mayor contribución. La familia Adelson, una de las dinastías donantes más importantes del Partido Republicano, también donó esa cantidad, al igual que el multimillonario Charles Ergen, cofundador y presidente de la empresa de telecomunicaciones Dish Network.
En la lista no figura el propio Trump, quien ha declarado que está ayudando a financiar el proyecto. “Lo estoy pagando al cien por cien entre yo y algunos amigos”, aseveró el año pasado, días después de que comenzara la demolición del antiguo Ala Este.
La Casa Blanca identificó públicamente a 37 personas, empresas y fundaciones como donantes el pasado mes de octubre, sin revelar la cantidad de sus donaciones individuales.
Una hoja de cálculo interna utilizada para registrar las contribuciones a la campaña de recaudación de fondos, contiene la fuente, la fecha y el monto de las 67 donaciones superiores a 10 mil registradas hasta finales del mes pasado.
Muestra un total de 333 millones provenientes de donantes privados, lo que coincide con las declaraciones públicas de la administración. Otros registros, también internos a la campaña, brindan más detalles sobre las donaciones e indican que al menos 77 millones provinieron de donantes que solicitaron el anonimato.