Jorge Durand
04 de octubre de 2026 00:03
La Encuesta Intercensal 2025 pone en evidencia cambios muy relevantes en la dinámica poblacional de México. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reporta una población de 130 millones en octubre de ese año. El incremento, respecto al censo de 2020, fue de tan sólo 4 millones en el quinquenio. El crecimiento poblacional se ha ralentizado y dos factores explican esta situación.
En primer lugar, el país ha entrado de lleno en un proceso de transición demográfica, con una tasa global de fecundidad de 1.2 hijos por mujer muy por debajo de la tasa de remplazo de 2.1 hijos, y por debajo de 1.9 hijos que se registró en 2020.
Los extremos se dan en el caso de Chiapas, que presentó una mediana de 26 años de edad, en contraste con la de la Ciudad de México, de 37 años. La diferencia se explica por la fecundidad de Chiapas, con 1.8 hijos por mujer; en la capital es de .8. Mientras más urbano el asentamiento, menor número de hijos, y mientras más rural e indígena, como el caso de Chiapas y Guerrero (1.6), mayor número de hijos. Esta dinámica también se corresponde con la educación, Las mujeres sin escolaridad registraron un promedio de 4.9 hijos, mientras que las que tienen educación media superior o superior promedian 1.2.
Otro factor que puede aportar una explicación a la disminución de la tasa de crecimiento poblacional es la emigración. Según el demógrafo Juan Diego Terán, al analizar los datos de la encuesta, señala que en el quinquenio 2020-2025 emigraron 920 mil mexicanos, 90 por ciento en dirección a Estados Unidos. La cifra contrasta notablemente con el periodo 2015-2020, donde se registraron sólo 480 mil emigrantes.
La emigración fue menor en el periodo 2015-2020 por la pandemia y el efecto de Donald Trump y su política antinmigrante. Por el contrario, durante la administración de Joe Biden, se incrementó tanto la emigración irregular de corte laboral, como la legal, con 170 mil visas anuales de residencia (green card), más otros tipos de visa que aplican para los mexicanos.
Por otra parte, Terán afirma que la inmensa mayoría de estos emigrantes del quinquenio 2020-2025 no regresó a México. Llama la atención que pasan décadas y la inmensa mayoría de los emigrantes (90 por ciento) sólo mira hacia Estados Unidos. Se confirma, nuevamente, que la emigración mexicana es extremadamente unidireccional. Si bien se pierde población –por la salida de mexicanos a Estados Unidos–, hipotéticamente se podría incrementar con la llegada de extranjeros, pero no es el caso. La inmigración sigue siendo muy baja: en números absolutos se registraron un millón 170 mil 038 personas nacidas en otro país (.89 por ciento de la población total), con un componente fuerte de estadunidenses (57 por ciento), de los cuales habría que descontar a los hijos de mexicanos nacidos allá, aproximadamente la mitad, según la metodología aplicada por Terán.
Otro dato nuevo es la relevancia –relativa– de la inmigración venezolana (6.48 por ciento), cubana (5.27 por ciento), colombiana (4.54 por ciento) y haitiana (3.3). Las dos primeras superan a la guatemalteca (4.67 por ciento), y todas las otras a la hondureña (2.36 por ciento), que tradicionalmente estaban en los primeros lugares.
Realmente es un misterio por qué México atrae a tan poca población extranjera, teniendo todo un continente con el que comparte cultura, lengua, religión, mestizaje y orígenes ancestrales. Hace unos años, la explicación más socorrida era la de un salario mínimo miserable, pero eso ha cambiado; ahora son, en promedio, unos 550 dólares mensuales, semejante a Chile y Colombia.
Otro factor importante podría ser la tasa de crecimiento del PIB, que en los últimos 30 años ha sido de 2.1 a 2.2 en promedio, semejante a la de Brasil (de 2.1 a 2.4) y mayor a la de Argentina (1.5 a 2). Pero no es el caso de los países del Pacífico; Perú creció a un promedio de 3.8, Chile a 3.78 y Colombia a 3.5. Y el tema es relevante, porque si no hay crecimiento natural de la población, sólo se puede optar por el migratorio para compensar la pérdida de población. Más aún cuando México pierde población joven por la emigración y envía a cerca de medio millón de trabajadores temporales a Estados Unidos.
Más temprano que tarde se verá el impacto del envejecimiento de la población dada la mayor esperanza de vida (78 años para las mujeres y 72 para los hombres) y la carga económica que supone para el país y las familias mantener una población envejecida, además del impacto fiscal que tendrá y la carencia de mano de obra que empezará sentirse en renglones fundamentales como la agricultura.
Las controvertidas renovables: la tercera
José Antonio Rojas Nieto
Insistamos –en esta mi tercera nota que por error no había entregado– en que solar y eólica son indispensables para disminuir emisiones y reducir nuestra preocupante dependencia del gas natural vecino. Pero es preciso incorporarlas correctamente. Ello exige responder muy bien cuál es el costo real de su incorporación. Antes comparábamos tecnologías por su costo nivelado de electricidad (LCOE, por su siglas en inglés), inversión, financiamiento, operación y mantenimiento, evaluados por unidad producida. Incuestionable indicador. Pero hoy insuficiente. Y es que un megavatio-hora no vale siempre lo mismo. Importa cuándo y dónde se produzca y con qué servicios se acompaña. Y añade mi amigo Perogrullo: un megavatio-hora producido al mediodía en una zona con abundante generación, transmisión congestionada y demanda reducida no tiene el mismo “valor” que uno disponible a las ocho de la noche, cuando ya cayó el sol y la demanda sigue elevada. Tampoco producirlo junto al centro de consumo que a cientos de kilómetros. Es urgente repensar todo. Sí, todo en términos del costo global e integral al sistema. La evaluación de un parque solar, por ejemplo, no debería considerar solamente inversión, operación y mantenimiento. Debiera incorporar, cuando efectivamente lo requiera, interconexión, refuerzos de transmisión y distribución, reservas, regulación de frecuencia, control de voltaje, respaldo, almacenamiento, rampeo, congestión y eventuales vertimientos, tremendos por lo demás. Pero, ¡atención!, también deben reconocerse sus beneficios. Todos. Combustibles y emisiones evitados. Menor exposición a precios internacionales del gas natural. Posible capacidad en horas críticas. Servicios conexos mediante inversores avanzados y baterías. Disminución de pérdidas e incluso inversiones de red evitadas. Y esto, por cierto, también debe reconocerse a la generación distribuida. Evaluar costos adicionales con beneficios adicionales. ¿Y contra qué compararlos? No contra una central imaginaria. Contra la “alternativa real” que tendría que construirse u operarse si ese proyecto no existiera: ciclo combinado, almacenamiento, hidroeléctrica modernizada, gestión de demanda, transmisión o combinación de opciones. Costo monómico sistémico, especialistas dixit. Trasciende el indicador unitario de generación por planta. Se acerca al costo de electricidad confiablemente entregada al sistema, incorporando energía, potencia, servicios conexos, almacenamiento necesario, interconexión y refuerzos atribuibles de red. Con el descuento obligado de servicios y costos evitados. Parques solares con idéntico costo de generación en planta pueden tener valores sistémicos muy distintos, en virtud de la transmisión y la diferente demanda. Parques con los mismos paneles, detrás de una red congestionada y produciendo durante horas de excedentes, pueden valer muy distinto. Lo mismo se aplica en eólicas, ciclos combinados, hidroeléctricas, baterías, rebombeos y generación distribuida. La regla es pareja. Además, el costo de integración cambia conforme aumenta la penetración renovable. Poco a poco se va perdiendo la flexibilidad inicial. Y también poco a poco pueden requerirse más redes, almacenamiento, respuesta de demanda y recursos de estabilidad. Por eso no preguntamos simplemente cuántos megavatios renovables instalar, sino cuáles, dónde, cuándo y acompañados de qué infraestructura. Y surge el problema distributivo. ¿Quién paga los costos adicionales? ¿El proyecto que los provoca? ¿Los consumidores? ¿El Estado? ¿Y quién recibe los beneficios sistémicos? La regulación debe evitar dos errores: socializar costos atribuibles a un proyecto o cargarle costos de infraestructura y confiabilidad que benefician al sistema completo. México necesita muchísima generación renovable. Pero necesita renovables bien localizadas, bien interconectadas y acompañadas de la flexibilidad necesaria. No se trata de enfrentar renovables contra gas, hidroeléctricas o almacenamiento, sino de encontrar la combinación que entregue electricidad suficiente, confiable y limpia al menor costo sistémico posible durante las 8 mil 760 horas del año. Y 24 horas más en bisiesto. Esta es nuestra verdadera métrica de transición energética. Y también de justicia energética. De veras.
NB: Con admiración a la extraordinaria editora y divulgadora de ciencia de nuestra UNAM Rosanela Álvarez Ruiz. Se nos ha ido esta semana. Abrazo enorme a sus hijas y a toda su familia. Abrazo especial a mi compañero Pablo Alvarez. Amén.
antoniorn@economia.unam.mx
“La irrupción zapatista en 1994 abrió la discusión pública sobre el racismo”
Mónica Moreno Figueroa, Socióloga
Su propuesta “fue muy radical; cuestiona la idea de la nación y quién pertenece a ésta”, explica la investigadora a La Jornada
La académica mexicana, radicada en Inglaterra desde hace más de dos décadas, ha enfocado su análisis más reciente en la opresión internalizada, que desarticula, inmoviliza y distrae, y se pregunta: “¿cómo vas a valorar a un indígena si en tu sociedad lo indígena no se valora?”
Elena Poniatowska
Periódico La Jornada Domingo 4 de octubre de 2026, p. 2
Mónica Moreno Figueroa es profesora de sociología en la Universidad de Cambridge, su segunda casa desde hace más de dos décadas. Recibió una beca de la Academia Británica para investigadores de media carrera (2022-2023) por el proyecto La estructura interna: Opresión internalizada, actitud defensiva y resentimiento. También es integrante del Departamento de Ciencias Sociales del Colegio Downing de Cambridge. También fue profesora en los colegios Goldsmiths y Birkbeck, así como en las universidades de Nottingham y Newcastle, Inglaterra. Trabajó en el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer en El Colegio de México (2008-2015) y coordinó la sección de Etnicidad, Raza y Pueblos Indígenas de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (2014-2016).
–Tengo 27 años viviendo en Inglaterra, y hace 14 empecé a trabajar en la Universidad de Cambridge; soy profesora de sociología. Me especializo en racismo y estudios feministas en México y América Latina. Soy mexicana, nací en Guadalajara, en 1971. Me fui a hacer una maestría de un año y me quedé porque allá descubrí el mundo de los estudios sobre el racismo, ya que en México no prevalecían.
–Pero aquí siempre se conoció al francés Franz Fanon. Recuerdo que mucha gente joven lo leyó. Vinieron antropólogos como C. Wright Menz y Oscar Lewis. Aguirre Beltrán hizo un trabajo notable.
–Sí, los estudios sobre racismo empiezan a crecer un poco con Martínez Montiel en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y también con Alicia Castellanos en la Universidad Autónoma de México, pero realmente desde hace más o menos 20 años más gente empezó a estudiar la cuestión racial más contemporánea. Yo formo parte de ese grupo.
“Estudié el doctorado en la Universidad de Londres. La maestría, en el Colegio Goldsmiths. Me concentré en el mestizaje. Mi tesis versó sobre la experiencia de las mujeres y el racismo en México, tratando de comprender cómo se viven en la cotidianidad las lógicas del mestizaje, así le llamamos. Hice el trabajo en tres ciudades del país, realicé entrevistas a grupos de mujeres en León, Guanajuato, que es muy católico; en Huajuapan de León, Oaxaca, y aquí en la Ciudad de México.
“Entrevisté aproximadamente a unas 40 mujeres de diversas clases sociales e identidades: maestras rurales, mujeres que trabajaban en oficinas de gobierno; también hablé con curadoras y artistas. Busqué una variedad de experiencias y de ahí armé la propuesta de mi tesis de doctorado. El argumento central es que el racismo, en el año 2000, no era público en México, se pensaba como un problema individual y como una cuestión de actitudes. En ese momento era muy difícil ver la relevancia estructural del problema; o sea, considerarlo un asunto público social que se vive a nivel individual. Lo que ha cambiado en estos 20 años es que hay mucha más conversación pública. Podemos decir que el zapatismo abrió el camino en 1994 y propició la discusión sobre la pertenencia a la nación, el mestizaje, la dificultad que el capitalismo ha traído a los pueblos y a la población en general. La propuesta zapatista fue muy radical, muy anticapitalista; también tiene un cuestionamiento profundo sobre la idea de la nación y quién pertenece a ésta. Desde ahí ya vemos más apertura para hablar del racismo. También se presenta una disyuntiva: ¿se llama discriminación o discriminación racial? Hemos visto la necesidad de diferenciar racismo de discriminación, porque “discriminación” se volvió una forma mucho más políticamente correcta. En términos legales es más fácil hablar de discriminación. Mi argumento es que hay que hablar de racismo, porque ‘discriminación’ suaviza y minimiza la relevancia que tiene el racismo en la vida cotidiana y en la construcción de la sociedad.”
–Es un problema histórico.
–Una de las consecuencias del racismo ha sido que los pueblos indígenas han tenido roles, trabajos, espacios que han sido estigmatizados, así que el trabajo del hogar, por ejemplo, y la mujer indígena, se vuelven casi como una unidad, un estereotipo difícil de eliminar. Cuando Marichuy estuvo en el proceso de campaña política para la Presidencia de México, el racismo en su contra tenía mucho que ver con cómo es posible que una mujer rural, médica, pero sobre todo indígena, quisiera ser Presidenta de este país.
–Aunque Marichuy tuvo grandes defensores y apoyo enorme, como el de Juan Villoro.
–Pero no fue suficiente para que ganara. Hubo toda una campaña que evidenció la respuesta pública a una mujer indígena queriendo hacer ese trabajo. Claro que ha habido un gran grupo de personas que ha apoyado la causa indígena, a los zapatistas. La organización de los pueblos indígenas ha crecido más en términos de participación política, de querer combatir esos estereotipos y, por supuesto, que no desaparezcan sus pueblos ni sus lenguas.
–Pero México sí se ha distinguido muchísimo mediante gente como Gonzalo Aguirre Beltrán, Ricardo Pozas, Rosario Castellanos y muchos más. El zapatismo fue ante todo un movimiento político y social.
–Querían otra revolución, buscaban otra respuesta. Es visible la profunda indignación y la deshumanización que los pueblos indígenas han sufrido. Lo relevante es que en estos 20 años la propia gente indígena cuenta sus historias, porque antes era la población mestiza, intelectuales de las élites, quienes hacían la investigación para luego publicarla. Ahora, la gente indígena y también la gente negra tiene cada vez más espacio en el debate público. El reconocimiento constitucional de 2021 a la población afromexicana ha sido crucial porque, de 1810 hasta 2015, no teníamos en el censo una pregunta que visibilizara a la población negra. Aunque Aguirre Beltrán hubiera hecho ese trabajo, fue hasta que se organizaron los movimientos negros que pidieron que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía hiciera ese trabajo. La posibilidad de que la gente negra diga: “queremos representarnos, queremos que se nos reconozca como parte del país”. Tenemos ya más intelectuales negros e indígenas, por ejemplo, Mito Reyes, Yásnaya Aguilar Gil, quien habla del racismo lingüístico y de la justicia lingüística, tomando de base su lengua ayöök, que está resistiendo para no desaparecer. Hace poco, en el Congreso dijo que las lenguas no mueren, las matan. Habla de todos los procesos institucionales que hacen que se abandonen las lenguas, desde los trámites, la falta de intérpretes, que las escuelas obligan al alumnado a hablar español. Tengo una colega indígena zapoteca, Judith Bautista, quien escribe sobre las estrategias de resistencia ante el racismo contra la población indígena, cómo lo viven en su día; habla de la negación, la asimilación, la confrontación, todo lo que tienen que hacer para sobrevivir las personas indígenas en espacios mestizos, porque todo el tiempo los ningunean, atacan, minimizan y les niegan oportunidades.
Downing de la Universidad de Cambridge
–También influye el dinero.
–Sí, la situación económica es muy importante. No podemos hablar de racismo sin hablar de clase, de las diferencias económicas, de las posibilidades reales. Al final, hablar de racismo es hablar de la distribución de oportunidades. ¿Quién tiene acceso, quién no? ¿Qué costo tiene el acceso a recursos como escuela, salud, buenas calles, vacunas?
–Entonces, el racismo va más allá de ser grosero con otra persona.
–Exacto, pero ese es el menor de los problemas. Realmente estamos hablando de recursos, de dinero, de oportunidades, de territorio, de justicia. Tenemos que hablar de la idea de superioridad y de inferioridad, y de cómo podemos combatirla.
–¿Cómo?
–Uno de los argumentos que he trabajado recientemente es el de la opresión internalizada, cómo unas personas se creen mejores que otras y cómo se aprende el mestizaje, cómo se aprende la blanquedad (sic). Por ejemplo, aprender español en la escuela y valorar además una cierta forma de hablarlo, un cierto acento muy del centro, muy de la Ciudad de México, se vuelve también un parámetro para distinguir quién es mejor. Entonces, la gente cómo va a querer hablar su lengua indígena o con su acento norteño o con su acento de Yucatán, si hay desprecio. Escribí un artículo que se llama A lo mejor yo soy auto racista, donde discuto las experiencias de hombres y mujeres afros e indígenas de Guerrero. Abordo un análisis de tres lógicas principales: cómo se muestra la internalización de la opresión, qué es la desarticulación, la inmovilización y la distracción.
–¿A qué se refiere con opresión internalizada?
–Te distrae de lo que hay que hacer porque te la pasas probando si eres humano, si eres capaz; como nos pasó a muchas mujeres con la cuestión del sexismo; es similar. La desarticulación te separa de los otros, gente indígena que tiene resentimientos o dificultades con otros pueblos indígenas es parte de la lógica de la opresión. ¿Cómo vas a valorar a otra persona indígena si en tu sociedad lo indígena no se valora? Es la desarticulación, la distracción y la inmovilización. Te sientes tan mal por todo lo negativo que hay alrededor de tu vida, de tu cultura, de tus relaciones, de quién eres, entonces te inmovilizas, dejas de hacer cosas. Sientes que tú no tienes derecho a lo que tienen otros. Es lo que llamo “la cereza en el pastel de la circulación de la opresión”. Es decir, cuando te crees eso, ya el sistema ideológico, que es el racismo o las otras opresiones, funciona muy fácil, porque la gente pierde su poder crítico ante tanta presión y tanto maltrato. Tanto el racismo como el sexismo y el clasismo son formas de opresión que aíslan al individuo, lo hacen sentir que no vale o que no es tan importante que no tiene porqué convivir con otros.
“Todas estas opresiones funcionan dentro de la organización o el colectivo, el racismo, el clasismo, el sexismo, quién puede hablar más, quién se siente parte, cómo se manejan las jerarquías de poder. Pensamos que la gente puede ser muy racional, muy clara y objetiva; al final muchas decisiones se toman a partir de egos, berrinches o enojos; es la dimensión emocional de la opresión que tiene relevancia cuando queremos establecer un acuerdo.”
–¿Cómo se manifiesta “la dimensión emocional de la opresión”? ¿A través del maltrato o de qué?
–Sí, a través del maltrato, del ninguneo. A las mujeres cuántas veces nos han dicho que no podemos trabajar juntas.
–“Mujeres juntas, sólo difuntas.”
–Es una falacia. Te doy un mejor ejemplo de cómo se manifiesta la dimensión emocional de las opresiones: yo doy una clase sobre racismo y enseño una imagen de un linchamiento; eso va a hacer que los alumnos tengan una reacción frente a esa imagen. En una clase normal, uno se sigue hablando y dejas que esa emoción se quede ahí, pero puede hacer que la gente no quiera seguir estudiando, aprendiendo.
“En México, cuando hablamos de racismo, nos hemos dado cuenta de que a la gente le cuesta mucho escuchar porque se vuelve muy incómodo, porque empiezas a hablar de tus relaciones de familia, de a quién dejaste de querer, con quién te forzaron a casarte, cuántas amistades no continuaste porque eran prietos o no eran de la misma clase social. Se vuelve incómodo, porque las historias personales están ahí todo el tiempo. Cuando hablamos de la dimensión emocional, reconocemos que hay un impacto en ti como persona y en nosotros como colectivo cuando hay ese maltrato y esa violencia.
