David Brooks
▲ Los que se creen los “buenos” en Estados Unidos dicen que hay un peligro a la nación porque están “brotando pequeños Mamdanis por todas partes”. En la imagen, el alcalde de Nueva York durante un evento por sus primeros 100 días de gobierno.Foto Ap
Durante estos últimos 10 años –vale repetir– hemos tenido que usar dos palabras que jamás habían sido necesarias antes para reportar objetivamente sobre la coyuntura política en Estados Unidos: fascismo y socialismo.
En torno a lo del fascismo, todo observador dentro y fuera de Estados Unidos no requiere gran explicación de por qué es necesaria esa palabra para reportar sobre la llegada al poder de un pequeño núcleo político acompañado por milmillonarios encabezados por una figura autoproclamada como salvador de la patria, empleando la retórica populista ultraderechista y declarando “enemigo” a todo opositor, y buscando anular conquistas sociales de derechos y libertades civiles logradas a lo largo de un siglo.
Pero aún más sorprendente en este país, que por décadas dividió al mundo entre los comunistas (los malos) y los capitalistas (los buenos), y que pasó por el macartismo, guerras y operaciones clandestinas contra el “comunismo” en Corea y Vietnam, las Américas y África, y cuyos líderes mas recientemente continuaron definiendo el gran principio de “libertad” como “el libre mercado/comercio” como repudio a toda alternativa progresista que insistía en la palabra socialista (Cuba, Chávez, etc), es que de repente dentro de este bastión antisocialista aparezca una creciente corriente socialista. Ese “socialismo” carece de una definición y en gran medida se refiere a lo que antes se calificaba como proyectos socialdemócratas, pero durante la última década se ha expresado a tal nivel que ahora es necesario usar la palabra para caracterizar una parte de esta coyuntura política estadunidense.
Un 43 por ciento de los estadunidenses –entre ellos 65 por ciento de los demócratas y 45 por ciento de independientes– hoy día tienen una percepción favorable del “socialismo”, un nivel sin precedente, reportó Gallup en agosto. Una encuesta del New York Times en mayo registró una creciente reprobación del sistema político y económico estadunidense con dos tercios de votantes indicando que el sistema requiere de cambios mayores o hasta que era necesario desmantelarlo. El rotativo señaló que ese desencanto con “el sistema” podría explicar en parte el creciente apoyo por alguna versión de socialismo.
La ciudad más grande del país, Nueva York, ahora tiene un alcalde, Zohran Mamdani, que se define como socialista democrático y es uno de los políticos estadunidenses que goza de mayor aprobación. La ciudad de Seattle tiene una alcaldesa que se define igual y los pronósticos son que la capital del país será encabezada próximamente por otra socialista democrática. Varios diputados federales también se identifican como socialistas democráticos y todo indica que sus filas se ampliarán en esta próxima elección intermedia.
La figura socialista democrática nacional con mayor perfil y popularidad es el senador Bernie Sanders, candidato presidencial en dos ocasiones (2016 y 2020) que sacudió a la cúpula política y el liderazgo de ambos partidos nacionales con su apoyo creciendo a niveles sin precedente para un político nacional. Sus candidaturas generaron enorme entusiasmo sobre todo entre jóvenes, y abrió las puertas para otros políticos, entre ellos la diputada Alexandria Ocasio-Cortez, que ahora tiene un perfil nacional, junto con otros de sus colegas en el Congreso.
Ante todo esto, de repente se oyen los gritos de alarma resucitados de la guerra fría, con el presidente, vicepresidente, líderes del Congreso –e incluso del liderazgo demócrata, entre otros– alertando sobre la amenaza de “los socialistas”. Como eso no pareció asustar al público lo suficiente, el presidente y su gente decidieron llamarlos “comunistas”, con el mandatario repetidamente proclamando que él no permitirá que “Estados Unidos sea comunista” y el secretario de Estado culpando a Cuba por seducir a jóvenes estadunidenses con el sueño socialista. El líder de la Cámara baja ha dicho que hay un peligro a la nación porque están “brotando pequeños Mamdanis por todas partes”.
Al parecer, ahí vienen los rojos estadunidenses otra vez, a recuperar su larga historia de lucha por la democratización de su país.
Langston Hughes/lectura por Aldo Billingslea. Let America be America Again. https://www.youtube.com/watch?v=kU4_nS2YDLk
Elecciones legislativas en EU y agenda ambiental
Las políticas para revertir los efectos del cambio climático no han sido incluidas en las campañas de candidatos, tanto democrátas como republicanos, que contenderá en las próximas elecciones.
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Iván Restrepo
19 de octubre de 2026 00:03
A dos semanas de que en Estados Unidos se celebre la votación para elegir representantes al Senado y la Cámara, hay en los programas de los dos partidos contendientes un notable ausente: el cambio climático. No extraña que los republicanos lo tengan completamente marginado en la lista de prioridades. Su líder máximo es un negacionista convencido de que el aumento de las temperaturas en el planeta es algo natural y no se debe a las acciones humanas. Y mucho menos al consumo desmedido de los hidrocarburos y el carbón, por ejemplo. Pero sí es de criticar que los demócratas lo tengan como un asunto marginal. Apenas unos cuantos candidatos ofrecen propiciar medidas para establecer un nuevo orden climático en Estados Unidos.
Los demócratas siguen debatiendo si deberían o no hablar sobre dicho tema. En algunas encuestas se señala que los votantes en los estados claves coinciden mayoritariamente en que el cambio climático es un problema, pero no lo consideran prioritario. Están más preocupados por el aumento del precio de los combustibles y los productos que conforman la canasta de consumo familiar, los cuales este octubre siguen al alza. Además, no faltan los candidatos que eluden tratar el tema para no alejar a los posibles votantes.
Así, los demócratas pasan por alto las políticas de Trump que causan el aumento de las temperaturas, lluvias intensas, incendios, sequías en áreas agropecuarias de Estadios Unidos. No olvidar que quitó todos los apoyos a los sistemas alternos para generar energía, en especial la eólica y la solar. También, redujo notablemente el apoyo financiero a los organismos dependientes de las Naciones Unidas y que trabajan en los temas relacionados con el clima.
Los demócratas olvidan por ahora que durante el mandato de Barack Obama se aprobaron las normas más estrictas para garantizar lo que se llamó "aire limpio". Y se dieron a la Agencia de Protección Ambiental (EPA), mayores poderes para controlar las emisiones contaminantes de la industria.
Además, se prohibió explotar hidrocarburos en las áreas naturales protegidas que, además, fueron ampliadas en extensión. Y por si fuera poco, Obama se adhirió al Acuerdo de París, con lo cual Estados Unidos tomaba en serio la lucha en contra del cambio climático.
Pero una vez instalado por primera vez en la Casa Blanca, Trump retiró a su país del Acuerdo, aduciendo que le costaba demasiado a sus ciudadanos, y que el mundo se aprovechaba en todas las formas posibles de Estados Unidos. Además, echó por tierra las estrictas normas ambientales aprobadas durante la administración Obama.
De nuevo en el poder, los demócratas bajo el mandato de Joe Biden, impulsaron medidas para reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Y para alentar lo que llamaron una "economía verde", que aumentaría el empleo y el desarrollo regional. Las energías alternas, como la solar y la eólica, de nuevo tuvieron apoyo estatal. El sector automotriz tomó más en serio la producción de autos eléctricos, en buena parte para compensar la pérdida de mercados que le ocasiona China con sus diversos modelos.
Pero todo terminó cuando nuevamente Trump ocupó la Casa Blanca. Retiró a su país del Acuerdo de París, desmanteló el grupo científico que asesoraba a la EPA, nombrando a un ignorante del tema como director. Pero ya no dijo que el cambio climático era un invento de China. Mientras tanto, son evidentes en Estados Unidos los efectos de ser el generador más importante de gases de efecto invernadero, en especial los provenientes de los hidrocarburos y el carbón.
Hoy, nuestro vecino y socio comercial padece los efectos nocivos del cambio climático: calor extremo, sequía en extensas áreas, lluvias intensas, incendios forestales, ríos con menos caudal, pérdida de cosechas. En fin, lo que el resto del mundo también sufre.
Esos efectos negativos debían servir a los candidatos demócratas para buscar el respaldo ciudadano en las próximas elecciones. Algunos no lo hacen pues, al igual que muchos republicanos, reciben apoyo de las grandes empresas generadoras del cambio climático, como las petroleras y el carbón. Por eso, aún recuperando la Cámara y el Senado, el partido Demócrata no tendrá como prioridad el cambio climático, contribuyendo así a una mayor crisis ambiental en Estados Unidos.
El incendio social en Europa
Tras la jornada de protestas masivas que tuvo lugar el sábado en Francia, Italia, Albania, Bélgica y Portugal, París y Milán se vieron sacudidas de nueva cuenta ayer por nuevos disturbios y actos represivos. La situación es particularmente crítica en la República Francesa, cuyo presidente, Emmanuel Macron, se ha visto desbordado por los acontecimientos a seis meses de la elección presidencial prevista para el año próximo. Incapaz de ofrecer una respuesta de fondo al descontento social que recorre el país, y que ha tenido por epicentro las movilizaciones estudiantiles que demandan acciones concretas para restaurar un sistema educativo en ruinas, el gobierno ha reaccionado de manera doblemente equívoca: mientras que el jefe de Estado anunció la imposición de severas limitaciones a las manifestaciones, su primer ministro, Sébastien Lecornu, buscó criminalizar al candidato presidencial de izquierda Jean-Luc Mélenchon, dirigente de La Francia Insumisa (LFI), a quien atribuyó la responsabilidad de la violencia que se ha desatado.
En Bélgica la irritación por la creciente precariedad de la enseñanza pública ha sido articuladora del descontento por la crisis económica, la carestía y la falta de vivienda, mismas razones que alientan las movilizaciones en Italia. A ellas se suman, en Albania, el repudio a la corrupción y la inseguridad y los reclamos por un proyecto turístico depredador en el que está involucrado Jared Kushner, yerno de Donald Trump. En Portugal y España, el centro de gravedad de la exasperación social es la falta de viviendas dignas a precios accesibles y el desamparo de los inquilinos ante leyes y reglamentos redactados para favorecer a los arrendadores.
En todos los casos, la problemática central es la brutal reducción de las capacidades del Estado para dar servicios adecuados a la población y para garantizar los derechos fundamentales a la educación, la vivienda, la salud y la alimentación. Al margen de sus especificidades nacionales, lo que articula este otoño caliente en buena parte del continente europeo es la continuación y la profundización de las políticas neoliberales de “adelgazamiento” del sector público.
A esa necedad ideológica y pragmática –porque su aplicación beneficia, en última instancia, a entidades privadas que se ofrecen a remplazar los servicios públicos que los gobiernos ya no son capaces de ofrecer– se agrega el factor coyuntural de la guerra en Ucrania, cuyo gobierno ha sido sostenido durante cuatro años y medio por los países de la Unión Europea, los cuales han invertido cientos de miles de millones de euros con tal de evitar una victoria rusa. La masiva fuga de recursos hacia ese conflicto, definido por muchos analistas como una confrontación delegada entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Moscú, ha implicado el desvío de dinero de las políticas de bienestar hacia la insaciable necesidad de armamento por parte de Kiev. A ello debe añadirse el incremento generalizado de precios, pero especialmente agudo en el caso de los hidrocarburos, causado por esa conflagración y por la explosiva situación en el Golfo Pérsico que generó la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Para colmo, los gobiernos del viejo continente, con la excepción del español, han respondido a las expresiones de descontento con estrategias represivas brutales que no han hecho más que echar combustible al incendio social. En última instancia, la responsabilidad de la violencia que se ha apoderado de las calles en diversas ciudades europeas corresponde a autoridades insensibles e irresponsables que han dado prioridad a una guerra ajena por sobre las necesidades y derechos de sus poblaciones y que han ejercido contra ellas la violencia primigenia al negarles derechos básicos y condiciones mínimas de salud, estudio, trabajo y vivienda.
