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Rosa Miriam Elizalde
27 de agosto de 2026 00:01
Hay leyes que mantienen una larga y tediosa ancianidad.
El 20 de agosto, Donald Trump volvió a echar mano de una legislación de hace más de un siglo, al prorrogar hasta el 14 de septiembre de 2027 las facultades de la Trading with the Enemy Act (TWEA, en español, Ley de Comercio con el Enemigo) aplicadas a Cuba. La firma no añadió una sanción nueva. Hizo algo peor: mantuvo en funcionamiento una excepcionalidad jurídica nacida en 1917.
Wayne S. Smith, ex jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, calificó la norma de “ley ridículamente obsoleta”. No porque toda legislación antigua sea necesariamente absurda, sino por la distancia entre este instrumento y la realidad a la que todavía se aplica.
La Ley de Comercio con el Enemigo fue promulgada por el Congreso de Estados Unidos el 6 de octubre de 1917, hace casi 109 años. Otorga al jefe de Estado la facultad de restringir al mínimo el intercambio con países denominados “hostiles” y disponer de los bienes del “enemigo” en territorio estadunidense.
La legislación era tan literalmente bélica que se ocupó de definir cuándo comenzaba y cuándo terminaba una guerra. El comienzo dependía de una declaración del Congreso; el final, de un tratado de paz.
Regulaba cablegramas y mensajes inalámbricos, exigía traducciones al inglés de ciertos artículos publicados en lenguas extranjeras y otorgaba jurisdicción a tribunales de Filipinas y de la Zona del Canal, entonces bajo jurisdicción de Washington. No son curiosidades de museo, sino las coordenadas del mundo para el cual fue concebida. Ese mundo desapareció hace mucho, pero la excepcionalidad aplicada a Cuba, no.
El abogado Samuel Anatole Lourie, en un artículo publicado en el Michigan Law Review en plena Segunda Guerra Mundial, sostuvo que la ley ya era vieja y obsoleta en 1941 y consideraba preferible aprobar una TWEA enteramente nueva en vez de seguir remendando la de 1917.
Hasta quienes defendían la ampliación de estas facultades reconocían el problema de aplicarlas en tiempos de paz. Su argumento era que una guerra moderna podía comenzar económicamente antes de que disparara el primer soldado. Era una explicación comprensible mientras Rommel combatía en África y los submarinos alemanes recorrían el Atlántico. Es decir, la legislación que Estados Unidos continúa invocando contra Cuba en 2026 ya era descrita como decadente hace 85 años, cuando Franklin Roosevelt estaba en la Casa Blanca y Hitler todavía gobernaba Alemania.
Aquella antigualla jurídica cobró segunda vida con Cuba. El bloqueo de 1962 decretado por John F. Kennedy prohibía el comercio; faltaba controlar el dinero.
Un año después, Washington recurrió a las facultades de la TWEA para congelar activos cubanos y someter operaciones financieras a autorización. La paradoja estaba servida: una legislación concebida para la guerra proporcionaba la maquinaria jurídica de una guerra económica contra un país con el que Estados Unidos no estaba formalmente en guerra.
En 1977, el propio Congreso reconoció que los poderes económicos de emergencia acumulados por la Presidencia necesitaban otro marco. Aprobó la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) –que Trump ha invocado ahora contra Irán– y restringió nuevamente la TWEA fundamentalmente al ámbito bélico. Pero dejó una puerta entreabierta: los programas existentes podían continuar mediante renovaciones anuales. Por aquella puerta pasaron Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Con el paso de los años, esas excepciones fueron desapareciendo.
Todas menos una: Cuba quedó como el único país sometido todavía a una autoridad jurídica nacida para emergencias en tiempos de guerra.
Aquí la palabra “emergencia” hay que ponerla entre significativas comillas.
Cuando un mecanismo excepcional se prolonga durante generaciones, quizá lo extraordinario ya no sea la amenaza invocada, sino la permanencia de un instrumento que no ha demostrado eficacia alguna, salvo como castigo a un pueblo.
Porque, como todo el mundo sabe, la sucesión de acosos y el atrincheramiento de los políticos estadunidenses han resultado baldíos, más allá de multiplicar las penalidades.
La Revolución cubana sigue ahí más de 60 años después, pero durante décadas las regulaciones derivadas de esta arquitectura han alcanzado operaciones bancarias, viajes, intercambios académicos, remesas y decisiones comerciales que rara vez aparecen en la prosa solemne de una determinación presidencial. Para una familia cubana, la geopolítica puede adoptar formas bastante menos abstractas: barcos de petróleo que no llegan, apagones de 20 horas, un proveedor de alimentos que se retira, un medicamento cuya adquisición se complica, un enfermo que necesita hemodiálisis y no sabe hasta cuándo le alcanzará la vida porque sus catéteres están dentro de un contenedor retenido en un puerto.
La discusión, por eso, rebasa a la isla.
Habla de algo antiguo y contemporáneo al mismo tiempo: la facilidad con que los poderes excepcionales sobreviven a las circunstancias que les dieron origen. Washington suele ser más eficaz para declarar emergencias que para clausurarlas.
La firma de Trump en 2026 cabe en una página, pero detrás de ella hay dos guerras mundiales, Hiroshima, la derrota del fascismo, una revolución, una guerra fría concluida hace décadas y casi medio siglo de excepción legislativa que perdió a todos sus integrantes, menos uno. Y la pregunta, tantos años después de esta ley “ridículamente obsoleta”, es elemental: ¿qué guerra libra Estados Unidos contra Cuba que requiere renovar anualmente una facultad nacida para administrar en su país los bienes del enemigo? Y subrayo: ¿qué bienes?, ¿qué enemigo?
Rosa Miriam Elizalde
27 de agosto de 2026 00:01
Hay leyes que mantienen una larga y tediosa ancianidad.
El 20 de agosto, Donald Trump volvió a echar mano de una legislación de hace más de un siglo, al prorrogar hasta el 14 de septiembre de 2027 las facultades de la Trading with the Enemy Act (TWEA, en español, Ley de Comercio con el Enemigo) aplicadas a Cuba. La firma no añadió una sanción nueva. Hizo algo peor: mantuvo en funcionamiento una excepcionalidad jurídica nacida en 1917.
Wayne S. Smith, ex jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, calificó la norma de “ley ridículamente obsoleta”. No porque toda legislación antigua sea necesariamente absurda, sino por la distancia entre este instrumento y la realidad a la que todavía se aplica.
La Ley de Comercio con el Enemigo fue promulgada por el Congreso de Estados Unidos el 6 de octubre de 1917, hace casi 109 años. Otorga al jefe de Estado la facultad de restringir al mínimo el intercambio con países denominados “hostiles” y disponer de los bienes del “enemigo” en territorio estadunidense.
La legislación era tan literalmente bélica que se ocupó de definir cuándo comenzaba y cuándo terminaba una guerra. El comienzo dependía de una declaración del Congreso; el final, de un tratado de paz.
Regulaba cablegramas y mensajes inalámbricos, exigía traducciones al inglés de ciertos artículos publicados en lenguas extranjeras y otorgaba jurisdicción a tribunales de Filipinas y de la Zona del Canal, entonces bajo jurisdicción de Washington. No son curiosidades de museo, sino las coordenadas del mundo para el cual fue concebida. Ese mundo desapareció hace mucho, pero la excepcionalidad aplicada a Cuba, no.
El abogado Samuel Anatole Lourie, en un artículo publicado en el Michigan Law Review en plena Segunda Guerra Mundial, sostuvo que la ley ya era vieja y obsoleta en 1941 y consideraba preferible aprobar una TWEA enteramente nueva en vez de seguir remendando la de 1917.
Hasta quienes defendían la ampliación de estas facultades reconocían el problema de aplicarlas en tiempos de paz. Su argumento era que una guerra moderna podía comenzar económicamente antes de que disparara el primer soldado. Era una explicación comprensible mientras Rommel combatía en África y los submarinos alemanes recorrían el Atlántico. Es decir, la legislación que Estados Unidos continúa invocando contra Cuba en 2026 ya era descrita como decadente hace 85 años, cuando Franklin Roosevelt estaba en la Casa Blanca y Hitler todavía gobernaba Alemania.
Aquella antigualla jurídica cobró segunda vida con Cuba. El bloqueo de 1962 decretado por John F. Kennedy prohibía el comercio; faltaba controlar el dinero.
Un año después, Washington recurrió a las facultades de la TWEA para congelar activos cubanos y someter operaciones financieras a autorización. La paradoja estaba servida: una legislación concebida para la guerra proporcionaba la maquinaria jurídica de una guerra económica contra un país con el que Estados Unidos no estaba formalmente en guerra.
En 1977, el propio Congreso reconoció que los poderes económicos de emergencia acumulados por la Presidencia necesitaban otro marco. Aprobó la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) –que Trump ha invocado ahora contra Irán– y restringió nuevamente la TWEA fundamentalmente al ámbito bélico. Pero dejó una puerta entreabierta: los programas existentes podían continuar mediante renovaciones anuales. Por aquella puerta pasaron Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Con el paso de los años, esas excepciones fueron desapareciendo.
Todas menos una: Cuba quedó como el único país sometido todavía a una autoridad jurídica nacida para emergencias en tiempos de guerra.
Aquí la palabra “emergencia” hay que ponerla entre significativas comillas.
Cuando un mecanismo excepcional se prolonga durante generaciones, quizá lo extraordinario ya no sea la amenaza invocada, sino la permanencia de un instrumento que no ha demostrado eficacia alguna, salvo como castigo a un pueblo.
Porque, como todo el mundo sabe, la sucesión de acosos y el atrincheramiento de los políticos estadunidenses han resultado baldíos, más allá de multiplicar las penalidades.
La Revolución cubana sigue ahí más de 60 años después, pero durante décadas las regulaciones derivadas de esta arquitectura han alcanzado operaciones bancarias, viajes, intercambios académicos, remesas y decisiones comerciales que rara vez aparecen en la prosa solemne de una determinación presidencial. Para una familia cubana, la geopolítica puede adoptar formas bastante menos abstractas: barcos de petróleo que no llegan, apagones de 20 horas, un proveedor de alimentos que se retira, un medicamento cuya adquisición se complica, un enfermo que necesita hemodiálisis y no sabe hasta cuándo le alcanzará la vida porque sus catéteres están dentro de un contenedor retenido en un puerto.
La discusión, por eso, rebasa a la isla.
Habla de algo antiguo y contemporáneo al mismo tiempo: la facilidad con que los poderes excepcionales sobreviven a las circunstancias que les dieron origen. Washington suele ser más eficaz para declarar emergencias que para clausurarlas.
La firma de Trump en 2026 cabe en una página, pero detrás de ella hay dos guerras mundiales, Hiroshima, la derrota del fascismo, una revolución, una guerra fría concluida hace décadas y casi medio siglo de excepción legislativa que perdió a todos sus integrantes, menos uno. Y la pregunta, tantos años después de esta ley “ridículamente obsoleta”, es elemental: ¿qué guerra libra Estados Unidos contra Cuba que requiere renovar anualmente una facultad nacida para administrar en su país los bienes del enemigo? Y subrayo: ¿qué bienes?, ¿qué enemigo?
Trump califica a Canadá como “uno de los peores países con los que hay que tratar”
El presidente Donald Trump, en el centro, camina desde el Marine One para abordar el Air Force One, el 21 de agosto de 2026, en la Base Conjunta Andrews, Maryland, rumbo a Carolina del Sur.
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The Independent
26 de agosto de 2026 19:03
El presidente Donald Trump arremetió de nuevo contra Canadá el miércoles, un día después que el vecino del norte de Estados Unidos anunciara aranceles de represalia para intensificar la guerra comercial que el propio Trump inició hace meses.
En una entrevista telefónica con el presentador de radio de derecha Glenn Beck, Trump se quejó de que Ottawa se había “aprovechado de Estados Unidos durante muchas décadas”.
“Son uno de los peores países del mundo con los que tratar, y esto lleva ocurriendo muchos años”, afirmó.
El presidente continuó quejándose de los aranceles “increíbles” que Canadá ha impuesto durante mucho tiempo a ciertos productos lácteos estadunidenses, en un régimen similar al que Estados Unidos aplica a la carne de res importada, y se jactó de cómo ha trastocado la relación entre Washington y Ottawa con su guerra comercial.
“Simplemente dije que nos enfrentaríamos a ellos, y de hecho lo hice desde el principio, pero teníamos muchas otras cosas que hacer porque el país era un desastre. Pero dije que nos enfrentaríamos a ellos”, afirmó.
Agregó que Canadá impone aranceles a los productos estadunidenses y, al mismo tiempo, “se aprovecha de nosotros como si fuera un estado”, a pesar de que la Constitución de los Estados Unidos prohíbe a los estados imponer impuestos a las importaciones procedentes de otros estados.
“Nos han arrebatado nuestra industria automovilística y nuestra industria agrícola... ya saben que los agricultores no pueden vender nada allí porque los aranceles son altísimos, y sin embargo quieren vendernos sin pagar ningún impuesto”.
Trump también dijo que Canadá, uno de los mayores socios comerciales y fuentes de energía del país, no tiene "nada que nosotros necesitemos" y sugirió que los estadunidenses “pueden arreglárselas” sin comerciar con Canadá.
“Hay un par de cosas que lo harían un poco inconveniente, pero podríamos conseguirlas en otro lugar. Y es hora de enseñarle a Canadá que esto ya no se puede hacer”.
El arrebato del presidente contra el aliado con el que Estados Unidos comparte la frontera sin vigilancia más grande del mundo se produjo menos de un día después de que el gobierno canadiense respondiera a la ronda más reciente de aranceles de Trump con una serie de medidas comerciales de represalia contra Estados Unidos.
Canadá, que importa aproximadamente 272 mil millones de dólares en productos estadunidenses cada año, duplicará sus aranceles compensatorios existentes sobre los productos estadunidenses de acero y aluminio hasta el 50 por ciento, mientras que se aplicarán nuevos aranceles de 15, 25 y 50 por ciento a más de 20 mil millones de dólares en unos 700 productos estadunidenses, entre los que se incluyen ropa, muebles, consolas de videojuegos y otros aparatos electrónicos, entre otros.
Canadá responderá a los ataques de Trump
El ministro de Finanzas canadiense, François-Philippe Champagne, declaró el martes que su país “debe responder” a los últimos ataques de Trump.
“Nosotros no elegimos este conflicto, pero cuando nuestra integración económica se utiliza como un arma en lugar de como la base de una asociación mutuamente beneficiosa, debemos alzar la voz”, afirmó.
Añadió que los nuevos impuestos, que entrarían en vigor el 8 de septiembre, son “proporcionados, específicos y estratégicos”, diseñados para “igualar dólar por dólar, tasa por tasa” la agenda arancelaria de Trump.
El gobierno federal canadiense también planea amortiguar el golpe económico de la última batalla en la guerra comercial con un paquete de 5 mil 400 millones de dólares para reforzar el apoyo a los trabajadores y las empresas afectadas.
Trump sopesa más aranceles contra Canadá
El presidente Donald Trump está considerando la posibilidad de imponer aranceles adicionales u otras medidas comerciales contra Canadá, mientras ambos países intercambian represalias por el fracaso de las negociaciones comerciales.
La escalada que desea el presidente podría abarcar desde la imposición de aranceles más altos, más allá de 50 por ciento que ya se aplica a cientos de productos canadienses, hasta otras medidas comerciales, declaró un funcionario de la Casa Blanca a Bloomberg el martes.
El funcionario de la Casa Blanca, que prefirió permanecer en el anonimato, no dio más detalles sobre las posibles nuevas medidas, pero dijo que la gente podía esperar que la administración respondiera a la imposición por parte de Canadá de impuestos sobre productos estadunidenses por un valor aproximado de 20 mil millones de dólares.
El periódico The Independent ha solicitado comentarios a la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos.
Mientras Trump dice que EU no necesita a Canadá, la economía dice lo contrario
Ap
26 de agosto de 2026 18:43
Toronto. El presidente estadunidense Donald Trump dice que su país no necesita a Canadá. Pero cada día, aproximadamente 4 millones de barriles de crudo canadiense fluyen hacia el sur, lo que ayuda a abastecer de combustible a autos, camiones y aviones, y a proveer a la industria de Estados Unidos.
Y el petróleo es apenas el comienzo.
Canadá también suministra aluminio, potasa a granjas y autopartes para una industria automotriz desarrollada a ambos lados de la frontera.
“¡No necesitamos a Canadá; ellos nos necesitan a nosotros!”, publicó Trump esta semana, repitiendo su añeja afirmación.
Trump ha impuesto un arancel de 50 por ciento al aluminio canadiense, a la vez que reconoció que Estados Unidos necesita desesperadamente ese metal.
“Este país necesita aluminio desesperadamente”, manifestó Trump. “No lo tenemos. Lo obtenemos casi todo de Canadá, en su mayor parte, y lo necesitamos muchísimo”.
La contradicción subraya cuán entrelazadas están las dos economías, y cuánto se podría perder si la guerra comercial de Trump alcanza a más de la energía, los materiales y las cadenas de suministro de los que Estados Unidos todavía depende de Canadá para abastecerse.
Energía canadiense
Canadá es el segundo mayor socio comercial de Estados Unidos después de México, y la energía está en el corazón de esa relación.
Ambos países intercambiaron aproximadamente 872 mil millones de dólares en bienes y servicios el año pasado. Las importaciones de crudo canadiense equivalen a casi el 20 por ciento del consumo total de petróleo en Estados Unidos, de acuerdo con datos de la Administración de Información Energética de ese país, que forma parte del Departamento de Energía.
Daniel Béland, profesor de ciencias políticas en la Universidad McGill, señaló que el alegato de Trump de que Estados Unidos no necesita a Canadá es “absolutamente falso”, y citó la dependencia estadunidense del petróleo y el gas natural canadienses, y de industrias profundamente integradas como la automotriz.
Gran parte del crudo canadiense fluye hacia refinerías de la región centro-norte, construidas para procesar su petróleo pesado y convertirlo en gasolina, diésel y combustible para aviones.
La energía también explica gran parte del déficit comercial con Ottawa, que Trump cita con frecuencia como prueba de que la relación bilateral es injusta.
La Casa Blanca describió esta semana la relación en términos marcadamente negativos, al afirmar que Canadá había obtenido aproximadamente 50 mil millones de dólares al año de Estados Unidos durante la última década.
Gran parte de esa diferencia refleja compras estadunidenses de energía canadiense, que ayudan a impulsar la economía de Estados Unidos. Y el crudo pesado canadiense suele cotizarse con descuento frente al petróleo de referencia estadounidense, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos.
El sector energético fue el principal responsable del déficit comercial de bienes de 48 mil 300 millones de dólares del año pasado. Si no se toma en cuenta al sector energético, Estados Unidos habría registrado un superávit comercial.
Después de que las conversaciones comerciales se vinieran abajo el viernes pasado, Washington impuso aranceles de 50 por ciento a unos 20 mil millones de dólares en bienes canadienses. Las medidas sólo cubren aproximadamente 5 por ciento de las exportaciones canadienses a Estados Unidos, y excluyen la energía.
Por ahora, usar el petróleo en las negociaciones comerciales sigue siendo una posibilidad remota. La primera ministra de Alberta, Danielle Smith, se opone a restringir las exportaciones de energía, alegando que hacerlo perjudicaría a su provincia.
Pero Jason Kenney, ex primer ministro de Alberta, sostuvo que Canadá no debería descartar impuestos a la exportación sobre el petróleo, los combustibles o la potasa si Trump agudiza la presión aún más.
Esa represalia “afectaría a los republicanos que conducen (camionetas) F-150 y esparcen fertilizante en los campos de sus granjas”, comentó Kenney.
“Deberían tener presente que, si de verdad quieren incrementar la presión, ello no terminará bien para la economía estadounidense, en un momento en que faltan dos meses para las elecciones de mitad de mandato”, agregó.
Materias primas
El primer ministro de Ontario, Doug Ford, mencionó la posibilidad de usar las materias primas canadienses para ejercer presión en las negociaciones, y acusó a Trump de “difundir noticias falsas” acerca de que su país no necesita a Canadá.
Calificó la potasa que usan los agricultores estadunidenses como “una de las herramientas más poderosas que tenemos”, y dijo que Washington tendría que recurrir a otros proveedores —Rusia es uno de ellos— si Ottawa redirigiera los envíos.
El primer ministro de Saskatchewan, Scott Moe, rechazó ese enfoque, diciendo que su provincia “no puede y no apoyará” aranceles a la exportación sobre los recursos. Dijo que Saskatchewan se encamina a suministrar aproximadamente la mitad de la potasa del mundo, y advirtió que gravar las exportaciones podría costar empleos canadienses, elevar los precios de los fertilizantes y empujar a compradores estadounidenses hacia otros proveedores, incluido Bielorrusia.
“Esta sería una política tremendamente defectuosa por parte de los canadienses”, advirtió Moe.
Moe ha respaldado una represalia más específica, señalando que Saskatchewan impondrá un cargo recíproco de 50 por ciento al alcohol estadunidense a partir del 8 de septiembre, después de haber sido inicialmente una de sólo dos provincias que mantuvieron las bebidas alcohólicas estadounidenses en los estantes de las tiendas.
Kenney no llegó a proponer un impuesto a la exportación sobre el petróleo, y Béland declaró que una medida así probablemente sería “un tema políticamente muy divisivo en provincias como Alberta y Saskatchewan”.
Eso pone de relieve los límites de la influencia de Canadá: medidas destinadas a perjudicar a industrias de Estados Unidos también podrían dañar a productores canadienses y tensar la unidad política nacional.
Principal proveedor de aluminio
Desde hace tiempo, Canadá ha sido la principal fuente extranjera de aluminio para Estados Unidos. Fundir el metal requiere cantidades enormes de electricidad, lo que le da a Canadá —rico en energía hidroeléctrica— una gran ventaja.
El primer ministro Mark Carney dijo a un público empresarial en Nueva York en mayo que las exportaciones canadienses de aluminio a Estados Unidos son “el equivalente energético de 10 presas Hoover”.
Los agricultores estadunidenses dependen aún más de Canadá para la potasa, un fertilizante esencial para cultivos como el maíz y la soya. Más de 80 por ciento de las importaciones de potasa del país provienen de Canadá.
Incluso el embajador de Trump ha cuestionado la idea de que Estados Unidos no necesita nada de su vecino. “Estados Unidos tiene una enorme cantidad de necesidades”, manifestó el embajador Pete Hoekstra en junio. Al referirse a los suministros canadienses de fertilizantes, añadió: “Necesitamos potasa”.
Autos
Canadá y Estados Unidos han desarrollado una industria automotriz integrada en la que las piezas pueden cruzar la frontera hasta seis veces antes del ensamblaje final, según el gobierno canadiense.
Trump declaró el lunes que su gobierno impondría aranceles de 50 por ciento a los autos, camiones y autopartes canadienses a partir del 1 de enero de 2027, después de las elecciones de mitad de mandato de noviembre.
Eso significa que un arancel dirigido a Canadá puede terminar generando un impacto en Michigan u Ohio. Si se grava el aluminio canadiense, un fabricante de autos estadounidense puede pagar más por el metal. Si se gravan las autopartes canadienses, puede incrementarse el costo de ensamblar un vehículo estadounidense.
Requerimientos de la IA
La inteligencia artificial está impulsando un aumento de la demanda de electricidad. Canadá suministró 85 por ciento de las importaciones de electricidad de Estados Unidos en 2023, según el Regulador de Energía de Canadá, y Carney dice que el país necesita duplicar la capacidad de su red eléctrica para 2050 mediante grandes proyectos hidroeléctricos y nucleares.
Carney dijo que Canadá podría ayudar a Estados Unidos a “satisfacer la demanda explosiva para alimentar la IA”.
México SA
Cerimedo-Negre: algo más que bots // Investigan al argentino por narco // “Gobiernos” ultraderechistas = saqueo
Carlos Fernández-Vega
▲ Javier Negre (en primer plano), en una reunión con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca.Foto tomada de las redes sociales de Negre
Prolífico resultó el hampón Fernando Cerimedo (hoy preso en Bolivia, creador del pasquín La Derecha Diario, al que más adelante se sumó otro indecente, Javier Negre, sólo para quedarse íntegramente con ese negocio tras que su socio cayó en desgracia), porque a las granjas de bots, las noticias falsas, las campañas sucias, el fraude digital, el lavado de dinero, el enriquecimiento ilícito, su pertenencia a la CIA y el intento de feminicidio de su pareja embarazada, entre tantas otras gracias, ahora se suman multimillonarias cuentas en criptomonedas y la investigación por narcotráfico. Una joya, de la que el citado gachupín (compinche del fascista Santiago Abascal, cara visible de Vox, más los “presidentes” que lo contrataron y, sobre todo, la Casa Blanca que los dirige) ni de lejos se puede deslindar por más intentos que haga y lágrimas de cocodrilo que derrame.
Destapada la cloaca de Cerimedo-Negre y confirmados los sucios cuan ilegales “métodos” por ellos utilizados para “posicionar”, primero, y “hacer ganar”, después, a quienes hoy despachan –de forma por demás fraudulenta– en sus respectivos palacios de gobierno, la secuencia lógica de este muladar es que el aparato de justicia de cada uno de los países involucrados (siempre que no esté comprada por esas lacras ultraderechistas, beneficiarias del fraude digital) proceda a cancelar, por ilegítimas, las elecciones que los llevaron a ocupar el poder Ejecutivo.
En el inventario (de forma enunciativa, no limitativa) aparecen Javier Milei (Argentina), Rodrigo Paz (Bolivia), José Antonio Kast (Chile), Daniel Noboa (Ecuador) Nasry Asfura (Honduras), Abelardo de la Espriella (Colombia) –sin olvidar a Jair Bolsonaro y su intentona de golpe de Estado en Brasil, y mucho menos al director de la orquesta, Donald Trump, junto con sus halcones– y los que se acumulen tras las investigaciones. Ellos han ocupado el poder Ejecutivo de sus respectivos países –obviamente de forma ilegal– entre casi tres años (como el argentino y el ecuatoriano) y tres semanas (el colombiano), tiempo para ellos suficiente como para hundir y reprimir a sus pueblos, saquear el erario, fortalecer, aún más, a la oligarquía y solícitamente bajarse los pantalones ante el magnate naranja. Eso sí, todos los involucrados se han apresurado a fingir demencia y “desconocer” al par de lacras que contrataron, y no por un peso.
Y ese par de hampones –títeres de la Casa Blanca y la ultraderecha– intentó replicar su pútrido “método” en México (con el financiamiento de Ricardo Salinas Pliego y otros carcas de la misma ralea, ahora damnificados con la aparatosa caída de Cerimedo, la exhibida de La Derecha Diario, la cloaca abierta y las investigaciones en curso, sin olvidar el constante ridículo de Javier Negre, que ahora pretende lavarse la cara sin resultado alguno), pero se topó con pared y una realidad política y social que ni lejanamente registraron sus redes sociales, dadas siempre a las noticias falsas y las campañas sucias: un gobierno sólido con enorme apoyo popular que ganó las elecciones amplia y democráticamente, aunque intentos hubo, y muchos, para impedirlo.
Lo denunció la ex pareja de Cerimedo, Nadie Beller (en declaraciones al programa de Maca Carriedo), quien salvó su vida sólo por la ineficacia de los sicarios por él contratados: “planeaba ‘meterse’ en las próximas elecciones en México; me dijo que iba a reventar las elección, sí, porque detesta a la Presidenta’ (Claudia Sheinbaum); alguna vez me comentó que ella se había referido a él; me dijo que se iba a meter en las próximas elecciones porque la detesta”.
En el balance, todos los “promocionados” que llegaron al poder Ejecutivo de sus respectivas naciones (“promocionados” por Cerimedo y Negre) han saqueado el erario, masacrado socialmente a sus pueblos (salarios de hambre con precios permanentemente al alza, empleo escaso y precarizado y jubilaciones en el suelo) y entregado todo al gran capital nacional y foráneo a precio de regalo (si es que lo pagaron; no hay que olvidar que en México a lo largo de 36 años eso es lo que hizo el régimen neoliberal, de tal suerte que argentinos, colombianos, ecuatorianos y demás debieron revisar la historia de nuestro país antes de “votar” por la ultraderecha en sus respectivas naciones).
Las rebanadas del pastel
Como siempre, el cretino Marco Rubio solito se delata: “No habrá refugio para los extremistas violentos que planean socavar el orden público, destruir infraestructuras críticas, agredir a opositores políticos o conspirar para ocultar sus crímenes a las autoridades”. Y entonces, ¿por qué trabaja con Trump?
X: @cafevega cfvmexico_sa@hotmail.com
