lunes, 24 de agosto de 2026

Cómo ganar los próximos 250 años para los trabajadores

Obreros instalan un muro de contención vegetal impreso en 3D, fabricado por Kind Designs, en la iglesia Church by the Sea, el martes 4 de agosto de 2026, en Fort Lauderdale, Florida.
Foto Ap Foto autor
Sara Nelson*
23 de agosto de 2026 00:04
Ahora que Estados Unidos cumple su 250 aniversario, escucharemos muchas cosas referentes al progreso que este país ha logrado. De lo que no escucharemos es de cuánto progreso ha sido revertido por los oligarcas, quienes han tenido un éxito horrible en explotar nuestro trabajo en su provecho.
En los últimos 80 años –comenzando con la adopción de la Ley Taft-Hartley, que limitó el derecho de huelga y de participación en otras formas de acción en masa–, los intereses empresariales han luchado por restringir el poder de los sindicatos. Han sido apoyados tanto por los tribunales, que se han alineado con las corporaciones para erosionar el derecho laboral, como por una larga fila de presidentes.
Cuando Ronald Reagan despidió a los controladores aéreos, en 1981, los intereses empresariales vieron en esa acción una luz verde para atacar con furia a los trabajadores y a sus sindicatos. Los pactos comerciales injustos y la consolidación de empresas aceleraron la pérdida de empleos sindicalizados, con efectos devastadores. Al disminuir la densidad sindical, los salarios han caído también, y las empresas y los multimillonarios se han engullido los beneficios.
Esta es la historia reciente de Estados Unidos, la historia que rara vez se enseña en las escuelas o se debate en el Congreso. Para poner las cosas en perspectiva, considérese esto: luego de generaciones de ataques a los trabajadores, los ultrarricos han acumulado más riqueza que los magnates industriales de la Edad Dorada.
En aquel tiempo, cuando los barones ladrones dominaban la economía estadunidense, los trabajadores no tenían derecho a obtener una parte justa de las ganancias. Sin embargo, se organizaron. De finales del siglo XIX a la década de 1920, construyeron solidaridad, presentaron demandas y lanzaron huelgas épicas contra los barones del carbón, los magnates del acero, los productores de textiles y los dueños de los muelles, ferrocarriles e industrias del transporte.
Allí donde la verdadera solidaridad echó raíces –donde los trabajadores miraron más allá de las diferencias que los patrones usaban para dividirnos–, los trabajadores ganaron. Cuando la Gran Depresión se adueñó de la nación, los comerciantes blancos y los trabajadores negros de las líneas de ensamblaje hicieron causa común. Los inmigrantes, los nacidos en el país y los indígenas se tomaron del brazo para formar piquetes de huelga. Hombres y mujeres lucharon hombro con hombro porque sabían que se necesitaban entre sí.
La solidaridad de los trabajadores transformó la dinámica política, económica y social de Estados Unidos durante ese periodo. En 1932, Franklin Roosevelt ganó la presidencia en la cresta de una ola de rabia contra la élite acaudalada que había destrozado la economía. Bajo la presión de una clase trabajadora movilizada –que se organizaba y hacía huelga–, pronto promulgó la Ley Nacional de Relaciones Laborales, que sentó las bases para que los sindicatos cambiaran de fondo el contrato social de nuestros centros laborales y nuestra sociedad. Y, con el apoyo de un movimiento laboral fuerte, estableció la Seguridad Social y el salario mínimo, de la misma forma que, tres décadas después, esa misma solidaridad dio a Lyndon Johnson el poder para instaurar Medicare, Medicaid y la Ley de Derechos Civiles de 1964.
Durante décadas, la solidaridad impulsó nuestra economía y a nuestro país. Los trabajadores empezaron a creer que el progreso, propiciado por sindicatos fuertes y sus aliados en los movimientos de derechos civiles y derechos del consumidor, era inevitable. Pero entonces las corporaciones se propusieron destruir los sindicatos, y muchos de ellos dejaron de movilizarse y comenzaron a tratar la afiliación como una póliza de seguro, en vez de como un acto radical de solidaridad.
Olvidaron la lección que la gran organizadora sindical Mother Jones nos enseñó hace más de 120 años: “No queremos hallar culpas entre nosotros, sino solidificar nuestras fuerzas y decirnos unos a otros: ‘Debemos estar unidos; nuestros patrones están unidos y debemos hacer lo mismo’”.
Y vaya que los capitalistas se unieron. Los sindicatos ya estaban en declive cuando Reagan llegó a la presidencia y comenzó a atacarlos y a desregular Wall Street. Enfrentados a un gobierno que convirtió la avaricia corporativa en política coercitiva, muchos sindicatos se volvieron hacia su interior en vez de luchar por el futuro. Los ejecutivos de las corporaciones y los inversionistas multimillonarios usaron los fondos de cobertura de riesgo, la privatización y esquemas desregulatorios, así como retorcidas políticas fiscales, para forjar una economía que los enriqueció al quitar poder a los trabajadores.
Compraron políticos y rehicieron tribunales. Sus lacayos judiciales declararon que las corporaciones eran personas y que el dinero era expresión. Corrompieron nuestra economía y nuestra democracia al privar a los trabajadores de sus empleos y su voz. Hoy, los ultramillonarios y sus aliados creen que han triunfado. Se aferran a la corrupción con la bravuconería de los que piensan que nunca nadie los va a llamar a cuentas.
Pero el pueblo estadunidense no está de acuerdo. Los sindicatos son más populares ahora de lo que han sido por generaciones. Las encuestas Gallup muestran que la aprobación del trabajo organizado ha alcanzado niveles que no se veían desde finales de la década de 1950 y principios de la de 1960. Los estadunidenses quieren sindicatos fuertes y quieren unirse a las luchas que esos sindicatos emprendan.
Cuando 19 baristas en Búfalo votaron en 2021 por formar un sindicato, desencadenaron una ola de organización en cafeterías de todo el país. Después de que los trabajadores de la industria automotriz ganaron su famosa “huelga de pie” en 2023 y pusieron de rodillas a las Tres Grandes, más de 10 mil trabajadores no sindicalizados de esa industria solicitaron afiliarse a alguna organización gremial.
Por desgracia, si bien el apoyo al poder sindical crece, la balanza aún se inclina en contra de los trabajadores organizados. Apenas uno de cada 10 trabajadores cuenta con un sindicato en su empleo, y en el sector privado la cifra es de uno de cada 17. Pero también sabemos que, así como se necesitó una solidaridad radical para arrancar nuestra economía y nuestra democracia de las manos de los barones ladrones, se necesitará solidaridad radical otra vez. Por eso, en este año 250 del experimento estadunidense, las personas que reconocemos la necesidad de los sindicatos nos hemos propuesto hacer historia por cuenta propia.
En abril se fundó Union Now con apoyo del senador por Vermont, Bernie Sanders, y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, así como de líderes establecidos de sindicatos y de una nueva generación de activistas. El propósito de este grupo es expandir la densidad sindical al aumentar el conjunto de recursos que puedan apoyar a los trabajadores que se organizan o hacen movimientos de huelga para lograr reconocimiento o contratos colectivos.
Es hora de que el 70 por ciento de estadunidenses que aprueban los sindicatos puedan tener uno, y de escribir una nueva historia para la democracia tanto en el lugar de trabajo como en la plaza pública. Los patrones han controlado demasiado de los primeros 250 años del país. Necesitamos luchar para ganar los siguientes 250 para la clase trabajadora, para devolver la nación a su dueño legítimo: el pueblo.
*Presidenta de la Asociación Nacional de Asistentes de Vuelo en Estados Unidos
Se reproduce con permiso. Publicado originalmente en inglés en The Nation: https:// www.thenation.com/article/activism/250- anniversary-working-class-future/
Traducción: Jorge Anaya

Los demonios de Verónica Volkow
La escritora Verónica Volkow en imagen de archivo.
Foto Jazmín Aguilar, vía La Jornada Morelos Foto autor
Claudio Albertani
23 de agosto de 2026 00:01
En la tumba del abuelo, mamá colocaba los gladiolos, los más rojos, siempre, que encontraba, como si fueran sangre, otorgada y expuesta en hexágonos suaves de pétalos de alcázares.
Verónica Volkow es una destacada poeta, ensayista y académica. Autora de más de una docena de libros, publica ahora, bajo el sello de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, La casa amarilla, poemario que, según creo, marca un hito en su prolífica carrera. Verónica es bisnieta de León Trotsky y creció en la casona de Coyoacán, conocida con ese nombre por el color de sus muros y tal vez para distinguirla de la Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera, donde el matrimonio Trotsky se hospedó inicialmente.
Es en la Casa Amarilla donde Ramón Mercader –el estalinista español que “bajo el sol llevaba gabardina”– mató al revolucionario ruso el 20 de agosto de 1940, hace exactamente 86 años. En ese espacio tan cargado de historia y dolor, Verónica vivió su infancia junto a su madre, Palmira Fernández, que venía de otra tragedia, “la cruel guerra de España”; su padre, Esteban Volkow, nieto de Trotsky y guardián de la memoria familiar –“aquel que nos dio la audacia y la confianza al navegar; yo no sé cómo”, revela la poeta–; tres hermanas, Nora, Patricia y Natalia, “niñas desheredadas y fuertes”.
Verónica no quiere ser “la Ifigenia en el Aulis, arrojada al abismo para que avance el mástil de la historia”. Ha forcejeado toda la vida con los fantasmas de ese pasado abrumador. Crecer junto a los objetos, los libros y los periódicos intactos, como en una instantánea del momento fatal, sería una experiencia traumática para cualquier persona. Pero Verónica no es una testigo pasiva: es una creadora que transforma la zozobra en materia poética.
La obra consta de 36 cantos articulados en tres movimientos: I. Abuelo, II. Abuela, III. La casa. Casi todos abren con un verso en latín extraído del Libro VI de la Eneida, que narra el viaje del protagonista al inframundo, guiado por la Sibila de Cumas. La epopeya virgiliana no es simplemente una referencia erudita: es una suerte de narración paralela en la que los epígrafes funcionan como umbrales para introducir el tema de cada fragmento poético.
Las peripecias de Eneas se vuelven el modelo simbólico y literario que sirve a Verónica para reconciliarse con el pasado. Pero no es cosa sencilla. El verso “Facilis descensus Averno” –El descenso al Averno es fácil–, que abre el Canto 3 de La casa amarilla, sugiere que el viaje al pasado es posible, pero –como en Virgilio– el regreso es arduo.
En la Eneida, el momento central del Libro VI es el encuentro de Eneas con su padre Anquises, quien le muestra el desfile de las almas que serán los grandes romanos del futuro. Verónica desplaza el encuentro hacia la figura de León Trotsky, pero, a diferencia de Virgilio, ella no busca legitimar un linaje ni profetizar un destino imperial, sino interrogar la presencia ausente de un bisabuelo que nunca conoció, pero cuya sombra ocupó todos los rincones de su casa. Y no escribe sobre Trotsky desde la memoria histórica, sino desde la experiencia personal del espacio donde él vivió y murió.
El poema, hay que aclararlo, no es hagiográfico ni militante. Es, ante todo, lírico. Trotsky es una presencia casi asfixiante, pero Verónica conecta con él en las letras. Trotsky fue, entre otras cosas, un gran escritor: “los caminos de la tinta me gustan porque allí te escucho, abuelo”, “las letras me heredaste, que siempre no son las cosas, son el ser por dentro que sostiene cualquier mundo y rehace y predice el avance, también la madrugada”.
El segundo canto, “Abuela”, es un homenaje a Natalia Sedova (1882-1962), a quien Verónica sí conoció y amó: “tu sangre fue de anhelo, abuela, tus ojos horizontes, tu amor una respuesta de entusiasmo y certeza, un vuelo inagotable de suelta libertad. Maternidad me diste de infinitos, de fuego llevo tu ala inmarcesible que aún tanto me renueva”. Hermosas palabras que hacen justicia a una mujer cuya grandeza humana y revolucionaria es el contrapunto de la figura de Trotsky.
En el tercer canto, “las cuatro niñas crecen y juegan a inventarse el origen de cada una de las cosas”. Aquí la Casa Amarilla cumple una función equivalente a la rama dorada que necesita Eneas para ingresar y regresar del inframundo. La casa es el objeto físico que consiente el viaje al pasado; no es un escenario neutro, sino un dispositivo narrativo que activa el recuerdo y lo organiza. La escritura va y viene entre épocas, siempre privilegiando el recuerdo personal sobre la historia política. Esa suspensión temporal es, quizás, la principal herencia de Virgilio en el libro: no tanto la leyenda de Eneas, sino la estructura de un tiempo detenido, donde los vivos y los muertos pueden encontrarse.
En los cantos 12 y 13, Verónica menciona un cuadro de Vlady, Justos y herejes, que Natalia atesoraba en su habitación. Representa una escena nocturna en un bosque de abedules donde un grupo de revolucionarios se reúne en torno a una hoguera. La obra, escribe Verónica, “salta desde el muro con su fogata expresionista rozando, al relumbrar, un bosque y de tiniebla fiera.
Con poderosa danza el fuego guiaba los fuertes hombres de la estepa, allí encendiendo lo reseco y viejo y en alta llama al corazón armando de luz en el invierno. Ondea el bosque, ondea el fuego, vive ese viento en tu habitación que no está hecho de viento, sino de entusiasmo y certeza, de historia, impulso y gran pasión”.
Vlady y Verónica. Un pintor y una poeta que convierten sus demonios interiores en creación épica y meditación lírica. Me imagino a Vlady, en el inframundo, pintando la revolución por la eternidad. A la manera de Tiziano y como hereje, claro. Verónica, por fortuna, ha regresado de sus peripecias en el Averno con este libro maravilloso bajo el brazo. Y nosotros, sus lectores, lo celebramos.