sábado, 11 de julio de 2026

Washington, generador de violencia.

En su conferencia matutina de ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo señaló que, “por las evidencias que hay”, la participación injerencista de dependencias estadunidenses en el secuestro y traslado a Estados Unidos de Ismael El Mayo Zambada, uno de los máximos cabecillas del cártel de Sinaloa, provocó una división en esa organización delictiva y “generó mucha violencia en Sinaloa y en otras partes del país”.
El protagonismo de la Oficina Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en inglés) del país vecino en ese episodio delictivo del 25 de julio de 2024 fue puesto en evidencia cuando hace unos días esa misma dependencia colocó en exhibición en el Museo War Eagles de Santa Teresa, Nuevo México, el avión en el que el capo fue trasladado a territorio estadunidense, por medio de un engaño de Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo Guzmán y ahijado del propio Zambada. De manera colateral, la exposición de la aeronave mostró que el entonces embajador de Washington en México, Ken Salazar, mintió cuando aseguró que su gobierno no había tenido intervención alguna en el secuestro; “no fue nuestro avión, ni nuestro piloto, ni nuestros agentes”.
El punto sustancial es que, como se señaló en este espacio el miércoles pasado, “esa injerencia abusiva, ilegal e imprudente, ahora documentada por la propia FBI, fue la que desató la oleada de violencia, destrucción y muerte que se abatió en los meses siguientes sobre Sinaloa, y que el gobierno estadunidense carga, por ello, con una gravísima responsabilidad”.
En efecto, el secuestro de El Mayo y la consiguiente fractura de la organización delictiva en dos facciones enemigas derivaron en una ola de violencia que sólo el año pasado dejó más de mil 650 muertes violentas e innumerables heridos, además de personas desplazadas y una enorme destrucción material. La irrupción estadunidense fue una intervención ilegal, delictiva e irresponsable en la jurisdicción de las instancias mexicanas de seguridad, procuración e impartición de justicia, puso un factor disruptivo en la relación bilateral, traicionó el espíritu de cooperación entre los dos países en materia de seguridad y contravino la lógica de construcción de paz con la que las administraciones anterior y actual habían venido reduciendo la violencia y estrechando el margen de acción para los ilícitos, particularmente el narcotráfico.
En esta medida, resulta inevitable concluir que esa clase de injerencias colocan a Washington como un generador de violencia e inestabilidad, un papel paradójico si se le confronta con los alegatos estadunidenses sobre una supuesta ingobernabilidad en el territorio mexicano y con las amenazas veladas o descaradas procedentes del vecino del norte de emprender incursiones armadas contra organizaciones delictivas que operan en el territorio nacional.
Peor aún, el episodio confirma que el gobierno del país vecino ha mantenido tratos inconfesables para dar protección e incluso impunidad a líderes de estamentos delictivos, así sea para conseguir la captura de cabecillas rivales. Ha quedado meridianamente claro, en suma, que la pretendida “guerra contra las drogas” que proclaman los gobernantes estadunidenses de ambos partidos es una mera coartada para intervenir en México y en otros países del subcontinente, y la opinión pública nacional debe ser consciente de ello. Por último, una vez que han surgido pruebas difícilmente refutables de la rúbrica estadunidense en los hechos del 25 de julio de 2024 en Sinaloa, resulta grotesco que algunas figuras políticas y mediáticas de la escena nacional sigan empecinadas en defender y promover la operación de agentes de Estados Unidos en nuestro país.

Potencia cultural
Fabrizio Mejía Madrid
Curiosamente, una frase que se ha dicho muchas veces durante los últimos ocho años –que México es una potencia cultural en el mundo– despertó a varios que decidieron responder. El problema vino cuando confundieron cultura con bellas artes, aprovecharon para dar sus opiniones sobre los “inditos y sus artesanías de 10 pesos” –así lo escribieron– o mezclaron las mercancías con los valores que sustentan. Las respuestas señalan a unos que se lamentan de pertenecer al país en el que nacieron y, sin importar el revoltijo mental, decidieron reaccionar. ¿Por qué? Porque la Presidenta también dijo: “Hay países que, como Estados Unidos, por ejemplo, que es una potencia económica, pero no es una potencia cultural. Allá lo más importante es siempre el dinero, la acumulación, el tener más”.
Por supuesto los que reaccionaron con el viejo antimexicanismo lo hicieron para defender la “cultura” de Estados Unidos y ahí vino la hoguera de las pretensiones: que si Hollywood, que si “ellos inventaron la libertad” –cito– o que si nos gusta mucho el rock y el jazz. Nunca pusieron en contexto que la Presidenta estaba hablando de turismo comunitario, distinto del turismo de grandes hoteles y playas. Pero estaba hablando de algo más: de la cultura como la memoria de nuestra sociedad, que no es geográfica ni inmóvil, sino política y moral.
Empecemos por el principio. Los que reaccionaron lo hacen desde el discurso que la derecha usó para implantar el neoliberalismo: con Salinas de Gortari, México “iba al primer mundo”. Dividir a las naciones entre los lugares primero y segundo por su régimen político, y tercero por su pobreza, fue la idea de la guerra fría para diferenciar a Europa occidental y Estados Unidos de los países socialistas, y de los que libramos la parte caliente de esa misma guerra en Asia, África y América Latina. El proyecto ideológico era presentar la blanquitud occidental como el destino de toda historia humana y, por eso, pueblos como el mexicano –como dijo Monsiváis– “siempre están en vías de dejar de estar en vías de”. En ese “primer mundo” ensoñado por la élite mexicana, no existían la pobreza ni el desorden racial y, además, era más bello, dinámico, y moderno. Lo mexicano era premoderno, atávico, sumido en baches que no le permitían circular hacia la blanquitud capitalista: el ejido, las comunidades indígenas, lo popular, además de los servicios del Estado. Fue así que el neocolonialismo del “primero” al “tercero” ya no era intervención sino “ayuda para el desarrollo”. Al desaparecer el “segundo” en 1989, se desenmascaró el carácter racista disfrazado de categoría económica que tenía el “tercer mundo”. Todo lo que le estorbaba a Occidente para ocupar, saquear y remover, era “subdesarrollo” y habitaba en nuestras tierras. No era economía, sino vil geopolítica. En los noventa del salinismo y el zedillismo, los países plenamente “desarrollados” ya habían llegado a esa envidiable cumbre de la evolución histórica y, sin desigualdades, ni contaminación ambiental, ni corrupción, ni racismo, sólo les restaba ayudarle al tercer mundo a ser más como ellos. Unas naciones blancas –porque ahí no existen afrodescendientes, asiáticos, ni de religión islámica, ni latinoamericanos– habían llegado al final de la Historia cuyo único modelo de sociedad deseable era consumista, industrial y liberal. El destino de México era ser Estados Unidos. Y si preguntabas por el acceso a la salud, alimentación sana o comprensión de lectura en los Apalaches o el delta del Mississippi, al ensueño neoliberal no le importaba. Si preguntabas por el consumo desbocado de drogas en Miami o Los Ángeles, era culpa de los “tercermundistas”. Ya no digamos la expectativa de vida o los tiroteos masivos.
Pero el debate no es, por supuesto, esa reliquia de la posguerra. Es si países como México cuentan con una forma de estar y ramificarse distinta del único modelo, el del PIB y el desperdicio consumista, el narcisismo y la angustia de fracasar, el uso de los demás y del planeta como instrumentos desechables de la acumulación y la concentración sin freno. De lo que se habla cuando se habla de “potencia cultural” no es ni del desarrollo de películas o música, mucho menos de industrias culturales de distribución de mercancías simbólicas o materiales, sino de lo que es desde hace milenios: hábito, morada, refugio y crianza. No es lo inamovible frente a lo creativo de Occidente, sino otra forma de estar y ramificarse. Es esa fuerza creativa, adaptativa, y que luce sus propias cicatrices la que hace de México un referente hacia otras formas de vivir. Esta potencia tiene varios rasgos que se definen desde este presente hacia atrás porque conforman una resistencia posible frente al neoliberalismo y su cultura del abandono y la avaricia: vivir con lo suficiente sin necesidad de acaparar más; la ayuda mutua y el trabajo cooperativo; la autonomía frente a la servidumbre; la honestidad y su contraparte: el descrédito; la idea de que nuestra posición social no es puro mérito personal sino que demanda ser retribuida a quien no la tiene; el carácter sagrado de la naturaleza, entre otros. A eso se refiere la frase de la potencia cultural. No a Hollywood. No a las artesanías. No a los “apapachos” con los que se le dispensó durante décadas a una rancia élite académica.
El arraigo politizado es el nacionalismo de la 4T. No es geográfico, sino que abarca a los migrantes en Estados Unidos, varios millones que son ya la cuarta generación ahí. No es tampoco autogenerado o prexistente porque responde a cómo vemos y nos adaptamos a una historia de enfrentamiento con los otros, en especial, con las potencias coloniales. La cultura es una conciencia del otro, una forma de leerlo e interpretarlo y anuda, ramifica y desecha símbolos y prácticas conforme lo otro se agudiza o atempera. No es ingenuo porque utiliza su potencial para cambiar el modelo de estar y ramificarse que hemos elegido entre todos. Y, sobre todo, no es, desde luego, la única identidad posible. No es una jaula o un laberinto. Es un mazo de cartas, como escribió Marco Aime. Usted toma las que quiera o la que puede.

Revista italiana retoma reportaje sobre Sheinbaum
De La Redacción
Periódico La Jornada   Sábado 11 de julio de 2026, p. 5
La revista italiana Internazionale reprodujo, en su edición de esta semana, un reportaje del medio británico The Guardian sobre la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en el cual destaca que es “la líder de izquierda más popular del mundo”. “México contracorriente. Mientras América Latina va hacia la derecha, la mandataria Claudia Sheinbaum es un freno a las políticas (del presidente estadunidense, Donald) Trump en la región”, destaca el medio italiano. “Sheinbaum se centra en la política social y es la líder de izquierda más popular del mundo. Pero todavía no ha resuelto el problema de la violencia” en el país, añade.
El texto que reprodujo Internazionale inicia con una entrevista a la costurera de Sheinbaum, Olivia Trujillo, quien detalla cómo diseña y confecciona los vestidos y trajes sastre de la Presidenta “con telas sencillas producidas en México y adornada con motivos indígenas que reflejan el lema de su gobierno: ‘por el bien de todos, primero los pobres’”.
Luego, hace un recorrido por la trayectoria política de la Presidenta, su relación con su antecesor Andrés Manuel López Obrador, y los actuales desafíos que enfrenta: la violencia, el narcotráfico y la relación con Estados Unidos.
La pieza periodística remarca que la mandataria “tiene un índice de aprobación superior a 70 por ciento, destaca entre los presidentes conservadores y de extrema derecha elegidos en los últimos años en el continente americano y es una mujer en el poder en un país marcado por el machismo”.
Subraya que Sheinbaum es “fuente de inspiración para muchos representantes de la izquierda internacional”, y cita al alcalde de Nueva York, el socialista democrático Zohran Mamdani, quien “ha expresado en varias ocasiones su admiración”, señalando que “ha demostrado lo que puede lograrse cuando se está dispuesto a luchar”.