lunes, 2 de marzo de 2026

Trump o la desmesura del poder.

Por donde se le mire, la agresión conjunta lanzada por los gobiernos de Donald Trump y Benjamin Netanyahu en contra de Irán coloca al mundo en una circunstancia mucho más siniestra y peligrosa de la que imperaba hasta el pasado fin de semana. Para la nación agredida, es devastadora la destrucción humana y material dejada en sólo 48 horas de guerra impuesta: cientos de civiles asesinados por las bombas lanzadas desde aviones estadunidenses e israelíes, eliminada la máxima cúpula del poder político y daños difícilmente cuantificables, con la sombría certeza de que en los días siguientes esos saldos seguirán creciendo.
Ninguno de los posibles desenlaces de esta incursión ilegal y criminal puede ser positivo, desde luego, para la nación persa, ya sea que deba rendirse tras una devastación mayúscula y aceptar un nuevo ciclo de sometimiento a Washington –como el que encabezó entre 1953 y 1979 el sha Mohammed Reza Pahlavi–, que cunda la ingobernabilidad en el territorio iraní –como ocurre en Libia y Siria tras las intervenciones occidentales en esos países– o que logre, mediante los contrataques de su arsenal de misiles, obligar a Trump a deponer la agresión y declarar una más de sus victorias ficticias.
El panorama no es más alentador para los países de la región que albergan bases militares de la superpotencia, muchas de las cuales han sufrido ataques de represalia por parte de la república islámica. Por añadidura, para Washington es casi imposible contener el número de sus bajas a las ya registradas en tales ataques, y ello aplica también para las potencias europeas que decidan hacerse cómplices de Estados Unidos en esta nueva aventura de destrucción de un país del ámbito islámico.
Los efectos de la guerra en la economía mundial se han hecho sentir desde las primeras horas: el domingo las cotizaciones del petróleo en los mercados internacionales se dispararon cerca de 10 por ciento y dependiendo de la voluntad y la capacidad de Teherán de lograr la reducción o paralización del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, ese fenómeno puede llegar a 30 por ciento o más. Es previsible también un incremento sustancial en las tarifas del transporte de mercancías, lo que sumado al impacto de la extorsión arancelaria mundial practicada por el trumpismo provocará desabasto y carestía de una multitud de productos.
Pero para la comunidad internacional la consecuencia más indeseable de la agresión contra Irán es la creciente normalización en el mundo de la ley de la jungla, es decir, de la capacidad de los países con mayor poderío militar de imponer sus designios a naciones débiles o menos poderosas, al margen de los principios básicos de la legalidad internacional. Asimismo, es de temer que el estilo de ejercicio del poder de Trump cunda en otras naciones, un estilo que obliga a recordar el despotismo, la irracionalidad, la arbitrariedad y la corrupción que caracterizaron al monarca iraní depuesto por la revolución islámica de 1979 y cuyo régimen fue retratado con maestría por el periodista Ryszard Kapuściński en su libro El Sha o la desmesura del poder.

Cuba y el imperio
El Pentágono sabe que Cuba ha preparado durante décadas a la población según la doctrina militar de “Guerra de Todo el Pueblo”, concepto disuasivo ideado hace 40 años por Fidel Castro. 
Foto Jaír Cabrera Torres   Foto autor
Carlos Fazio
02 de marzo de 2026 00:03
El magnicidio del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Jamenei, y el uso sistemático de la perfidia y la traición como estratagemas bélicas prohibidas por los Convenios de Ginebra de 1977 contra un Estado soberano miembro de la Organización de las Naciones Unidas, perpetrados este fin de semana por los genocidas criminales de guerra Donald Trump y Benjamin Netanyahu al frente del MAGA/sionismo expansionista en curso, arroja graves riesgos existenciales para Cuba, en el Gran Caribe, considerado históricamente el mare nostrum del imperialismo estadunidense. 
Trump miente cuando dice que su secretario de Estado, Marco Rubio, lleva a cabo “negociaciones secretas” con actores dentro de la isla (los native assets en la jerga de los servicios de inteligencia) tendentes a un “cambio de régimen” y una “transición” coaccionada. El 29 de enero firmó una orden ejecutiva que considera que “las políticas, prácticas y acciones del gobierno de Cuba amenazan directamente la seguridad nacional y la política exterior den Estados Unidos”. En medio de la descomunal asimetría entre Estados Unidos, una superpotencia militar nuclear que actúa sin contrapesos al margen del derecho internacional y con total impunidad, y una isla de apenas 10 millones de personas sometidas a medidas coercitivas unilaterales ilegales y un castigo colectivo de más de 60 años, la orden ejecutiva, junto con el recrudecimiento de la guerra económica y el actual cerco militar naval petrolero −que representa una escalada sin precedentes− fue seguida de distintos ultimátums dirigidos a la capitulación o rendición perentoria de las autoridades cubanas, signados por campañas de intoxicación desinformativa propias de las guerras híbrida y cognitiva, y eventuales operaciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono. 
Envalentonado por las decapitaciones de Jamenei y varios mandos militares, precedidas por la del icónico general persa Qasem Soleimani; el liderazgo de Hezbollah en Líbano y de científicos nucleares iraníes, sumado a la agresión militar y el secuestro del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero, Trump podría verse tentado a consumar por la fuerza militar lo que no han podido 12 sucesivas administraciones demócratas y republicanas (Eisenhower, Kennedy, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush Jr, Obama, Trump y Biden): terminar con una “amenaza” a 90 millas del imperio a la que no se le perdona el delito de la insumisión. 
Entre los escenarios posibles, si bien Estados Unidos ha demostrado tener la capacidad logística y la voluntad política para ejecutar diversos tipos de intervenciones en el orbe, es poco probable una invasión a gran escala con tropas sobre el terreno debido a los costos políticos y humanos. Pero sí podría realizar una operación militar limitada, de tipo comando o un golpe quirúrgico. Según el analista cubano Raúl A. Capote, las variables más probables podrían ser intentar un golpe aéreo sorpresivo masivo con el fin de destruir infraestructura crítica, centros de mando y comunicaciones, centros urbanos densamente poblados para causar “conmoción y pavor” en la isla o un ataque limitado (quirúrgico) con el objetivo de asesinar (decapitar) a la máxima dirección del gobierno cubano y de sus fuerzas armadas. 
Sin embargo, cualquiera de esas variables podrían terminar en un desastre para la Casa Blanca. El gobierno y pueblo cubano han demostrado histórica resiliencia ante sanciones y agresiones. Entre los factores que diferencian radicalmente a Cuba de otros países se encuentra la estructura del Estado con base en una dirección colectiva, con alta participación popular, lo que dificultaría a Washington imponer un “gobierno paralelo” cipayo. Además, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) tienen una integración económica, política y popular muy profunda, y cuentan con una gran tradición de lucha, experiencia de combate en varias regiones del mundo y alta calificación. Un quiebre interno o situaciones de deserción masiva es muy poco probable. 
El Pentágono sabe que Cuba ha preparado durante décadas a la población según la doctrina militar de “Guerra de Todo el Pueblo”, concepto disuasivo ideado hace 40 años por Fidel Castro ante un potencial enfrentamiento asimétrico con Estados Unidos. Dicha doctrina concibe el despliegue de “focos de resistencia” basados en milicias populares en cada municipio y en la implicación de “mujeres, mayores, niños y adolescentes” en tareas de apoyo y logística desde la retaguardia, en las llamadas “unidades de producción y defensa”; no busca tanto repeler una invasión estadunidense como hacer terriblemente onerosa la factura militar, económica y humana de una ocupación. 
Por lo que en lugar de marines desembarcando en la isla, el escenario apunta a una intensificación de la guerra multiforme de carácter no convencional, con eje en la asfixia financiera total, profundizando el bloqueo para forzar un colapso del sistema de servicios básicos (electricidad y agua), donde la agresión militar podría disfrazarse. Si ocurre una crisis sanitaria o alimentaria extrema, Estados Unidos podría intentar establecer un “corredor humanitario” o una “zona de exclusión”, lo cual sería una entrada militar técnica sin ser una invasión total declarada. En otra variable, Estados Unidos podría intentar usar canales traseros (backchannels) −posiblemente mediante intermediarios como Noruega, México o el Vaticano− para ofrecer una salida negociada si Cuba facilita una transición o una reforma profunda. 
De consumarse una agresión a la isla, seguirían después otros países del área. Defender hoy a Cuba es defender a la humanidad; la solidaridad con la resistencia cubana, su pueblo revolucionario y sus instituciones no es sólo un imperativo moral, sino esencialmente vital.

Grave derrape de la IA
El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman. Foto Afp   Foto autor
León Bendesky
02 de marzo de 2026 00:06
Sam Altman es un hombre de 40 años. Subido a la cima de la industria de la inteligencia artificial. Su empresa, OpenAI, está en la vanguardia del desarrollo de esta tecnología, en el segmento de la implementación y gestión de soluciones técnicas. 
La descripción de la empresa asienta que su misión es “asegurar que la inteligencia artificial general –sistemas de inteligencia que en general son más inteligentes que los humanos– beneficie a la humanidad”. Ciertamente, una afirmación enrevesada. 
Vaya propósito. Una elaboración, la de Altman, digna de un estudio multidisciplinario –con énfasis sicológico– para considerar y analizar los objetivos que declara y, también, al personaje mismo que lo expone. 
Como propuesta tiene un rasgo de descaro. Como objetivo no es poco lo que se propone Altman y es, además, indicativo del ambiente extrovertido al extremo y hasta desbocado que prevalece hoy en esa industria. La inteligencia humana subordinada abiertamente a la inteligencia artificial, ésa es la oferta que nos propone Altman junto con sus colegas del sector. Y a pavonearse de la misión salvadora que se ha propuesto. 
Un modelo de IA, según lo define la empresa IBM, es un programa que ha sido entrenado con un conjunto de datos para reconocer ciertos patrones o tomar ciertas decisiones sin más intervención humana. Los modelos de IA aplican diferentes algoritmos a un conjunto de datos relevantes para realizar tareas o crear productos para los que han sido programados. 
Las concepciones de Altman se asemejan a algo así como un moderno gólem, siendo ambos una representación de herramientas creadas por humanos y que pueden volverse incontrolables. Detrás de su propuesta se asoma la tecnología desbordada que supera la inteligencia humana; ésa es la oferta expuesta de modo explícito y asumida por el resto de los jefes de esa industria. 
Según describe la trama del libro El gólem, de Gustav Meyrink (publicado en 1915), “la impresión que se desprende es la de una maquinación oscura, la de estar siendo observados por personas desconocidas y por razones inescrutables; una serie de situaciones dirigidas y creadas por un poder más allá de nuestras percepciones”. 
Recientemente, Altman fue motivo de una fuerte controversia cuando, en India, un reportero cuestionó el alto consumo de agua y de energía de la IA, un asunto que ha sido motivo de creciente escrutinio. Según el Instituto de Estudios Ambientales y Energía del Congreso de Estados Unidos, los grandes centros de datos pueden consumir hasta 5 millones de galones de agua por día, lo que equivale a lo que usa una ciudad con población de entre 10 mil y 50 mil habitantes. La expansión de los centros de datos en ese país también ha incrementado sensiblemente la demanda de electricidad, presionando la red de distribución para los consumidores. Las cifras de 2025 indican una demanda adicional que rebasa la electricidad total consumida en 2023. 
Altman respondió que plantear esta cuestión es injusto. Y señaló que es difícil comparar el consumo de energía de la IA con la que usan los humanos, ya que éstos gastan mucho tiempo haciendo cosas como comer, beber y consumir electricidad antes de ser “productivos en los lugares de trabajo”. Y siguió: “Una de las cosas que siempre son injustas en esta comparación es que la gente habla mucho sobre la cantidad de energía necesaria para entrenar un modelo de IA en relación con cuánto cuesta a un humano hacer una inferencia. Se necesitan 20 años de vida y toda la comida usada en ese tiempo antes de que alguien se vuelva inteligente”. 
Altman debe de creer lo que estaba diciendo; lo hace como si fuera un iluminado. Y añadió como remate: “Un cálculo justo debería incluir el transcurso de la evolución humana”. Insistió en que “los humanos debían aceptar la tecnología de su empresa como una ruta inevitable hacia adelante”. 
Así están las cosas, y no es un asunto menor, sobre todo siendo esa la pauta que prevalece en el conjunto de la industria. Como ocurre en el campo de las finanzas, hay periodos de euforia que suelen acabar mal. El asunto es, sin duda, más complejo, sobre todo con la abundancia de dinero, la influencia, el poder y la soberbia que envuelven a la inteligencia artificial. 
En la revista The Atlantic, Matteo Wong concluye de modo claro: “Equiparar la crianza de un niño, o para el caso, la evolución del Homo sapiens, con el desarrollo de productos basados en algoritmos, exhibe de manera clara que la industria ha perdido el contacto, si es que alguna vez lo tuvo, con el significado de ser humanos”