sábado, 7 de febrero de 2026

Las víctimas de Epstein.

Fabrizio Mejía Madrid
“Las palabras con carga moral importan en política: violación es una de ellas. Sin embargo, no es tan simple como tener un nombre para un problema.
“Cuando las palabras tienen un significado moral o legal serio, esto puede convertirse en un motivo o pretexto para quienes se niegan a aplicarlas: ‘No pudo ocurrir eso. Él no es así’. Se postulan diferentes sentidos del término. Por lo tanto, es necesario afirmar nuestro derecho a usarlas para nombrar problemas moralmente serios, dado el riesgo de que este derecho potencialmente genuino se erosione”. Esto escribió Kate Manne en su ensayo sobre la misoginia en el primer periodo de Trump, Down Girl. Tan sólo siete años después, los medios hablan de los archivos de Jeffrey Epstein como “sexo con mujeres jóvenes” y no de violación de niñas. De “fiestas salvajes” y no de tráfico de seres humanos. De la lista de los clientes famosos, más que de las niñas, quienes, como se lee en un correo, “no son como las drogas, porque se pueden volver a usar”. Los medios sacan las listas de invitados, los vuelos, se pelean por demostrar si hay más republicanos que demócratas, más liberales que cristianos. Nadie habla de ellas.
Nombrar el daño que hizo este grupo de la élite financiera, política y tecnológica a miles de niñas es no dejar que lo cubra la neblina que la propia publicación de más de 3 millones de archivos tendió a fabricar. Al no separar entre testimonios jurados, investigaciones policiacas, de correos y agendas personales y, a su vez, éstos de las denuncias anónimas en el teléfono de la FBI, lo que se pretende es crear tal caos que ya no se pueda distinguir entre información y conspiraciones. Se descuidó a las víctimas que vieron aparecer sus nombres sin su consentimiento o sus imágenes, mientras se testaron los nombres de los poderosos que mandan correos confesando que disfrutaron un “video de torturas”. Es una operación de desinformación desde el Departamento de Justicia que pretende que ya no importe la verdad, que son las heridas de esas niñas.
La operación se sustenta desde la misma idea que la ultraderecha del trumpismo tiene de una víctima: alguien que quiere llamar la atención y exagera, que quiere recibir lo que no se ha ganado por vía de la conmiseración o su forma política: la acción afirmativa. Pero lo que ha sucedido es no sólo que el trumpismo denuncie a las mujeres, los gays y los afroamericanos con una supuesta “cultura del victimismo”, sino que la ha expropiado para uso exclusivo de los hombres blancos y cristianos. No hay más víctima que ellos. Todos los tratan mal. Al apropiarse del discurso de las víctimas reales, los hombres poderosos evitan hablar de su lugar de privilegio al decirse marginados y ridiculizados por lo que opinan sobre el aborto, la posesión de armas, el matrimonio gay, las razas y la bandera confederada. Para más “discriminación”, sus descendientes güeros disminuyen en proporción a los latinoamericanos, negros y asiáticos. Éstos, además de los gays, los trans y las lesbianas, utilizan su marginalidad para ganar puestos que no les corresponden y “se saltan la fila” de lo que corresponde a los blancos porque son los únicos calificados para detentar la autoridad. El cambio de peso del victimismo –de los vulnerables a los privilegiados– es profundamente racista y sexista porque parte de una idea colonialista: que los patrones merecen que sus esclavas los atiendan, respeten, obedezcan, amen y consuelen, mientras las mujeres no pueden hablar de sus violencias sin ser tachadas de buscadoras de atenciones que no merecen. Así, a dos niñas de 14 años, un juez de la causa contra Epstein en Miami las obligó a decir que eran prostitutas y adictas. Todo el sistema judicial descreyó de sus testimonios, desestimó investigaciones sobre la base de que querían sacar dinero a sus victimarios y generó un ambiente de hostilidad entre jueces, policías y representantes en el Congreso. Al final, obligado por el Congreso mediante una ley específica sobre el archivo Epstein, el Departamento de Justicia tomó los 3 millones de páginas y las aventó como pudo por una ventana. Todavía hace unos días, Trump dijo: “Ya se publicaron los 3 millones. El Departamento de Justicia tiene mejores cosas que hacer”.

No toquen a nuestros niños
El mundo está salvando a Pedro Sánchez, superviviente de mil naufragios. 
Foto Europa Press / archivo   Foto autor
Beñat Zaldua
07 de febrero de 2026 00:01
El mundo está salvando a Pedro Sánchez, superviviente de mil naufragios. El momento es extraño en España. Los grandes números económicos sonríen, pero bienes de primera necesidad como un techo bajo el que vivir son cada vez más inalcanzables e infraestructuras como los ferrocarriles hacen aguas. En el Congreso de los Diputados, los delicados equilibrios derivados de la frágil mayoría que lo sostiene, fuerzan al gobierno a pactar un día con Podemos la regularización de medio millón de migrantes que ya viven sin garantías mínimas entre nosotros, mientras al siguiente acuerda con los nacionalistas conservadores vascos del PNV mayores facilidades para desahuciar a familias vulnerables. 
Así las cosas, Sánchez busca fuera el oxígeno, las alegrías y la épica que la cotidianeidad doméstica le niegan. A su favor juega un contexto global macabro que deja muy barato erigirse en un campeón de la decencia, el humanismo y el sentido común. Si la vara con la que medirse son Donald Trump y Elon Musk, aquí cualquiera es Nelson Mandela. 
Esta semana, Sánchez ha anunciado una futura prohibición del uso de redes sociales entre los menores de 16 años. Los dueños de Twitter (X) y Telegram han hecho el resto. Elon Musk, grosero y directo, llamó al inquilino de la Moncloa “sucio”, “tirano”, “fascista” y “traidor al pueblo español”. Pável Dúrov, el dueño de la red de mensajería de origen ruso, fue algo más fino y sibilino. En un largo mensaje a todos los usuarios de Telegram –que para algo es suyo–, acusó a Sánchez de “nuevas regulaciones peligrosas que amenazan vuestras libertades en internet”. También habló de “sobrecensura”, “criminalización” de las redes sociales y de ataque a la “exploración libre de ideas”. Vaya una sorpresa, ver que la gran alternativa a WhatsApp tampoco es la panacea. 
Sánchez, que no es manco en estas lides, echó mano de uno que sí lo era: “Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”, escribió. Y a lomos de rocinante, condena a la insignificancia a su principal adversario, Alberto Núñez-Feijóo, quien mide bien y trata de recordar que ellos ya propusieron la prohibición hace unos meses. La corriente es favorable a la prohibición y sólo la extrema derecha de Vox, que sin redes se queda sin chiringuito, se ha opuesto a la medida. 
La pugna entre los dos marcos posibles para discutir del tema es fabulosa. No siempre es tan clara la importancia que tiene delimitar el terreno en el que se va a producir un debate. Porque al hilo de la prohibición de las redes sociales, podemos hablar de libertad de expresión y participación, como proponen Musk y Dúrov, o de la protección de los menores, como hace el gobierno español. ¿Quién está en contra de la libertad? ¿Quién en contra de proteger a los menores de contenidos y redes sobre cuyos efectos dañinos empieza a acumularse evidencia? 
Quien se vea obligado a argumentar en contra de cualquiera de estos dos valores está condenado a la derrota. Por eso es tan importante encuadrar el debate donde a uno le interesa. Y a pesar de los intentos de Musk y Dúrov, la corriente en el Estado español corre a favor de la protección a los menores. El marco “no toquen a nuestros hijos”, con las truculencias derivadas de los papeles de Epstein en la retina, se impone a la supuesta libertad que abanderan los magnates de las redes. 
Es arriesgado decir esto en los tiempos que corren, pero diría que el grueso de la gente, al menos por estos lares, sigue arqueando una ceja al ver a multimillonarios envolviéndose en la bandera de los derechos colectivos. No sé, Rick, eso de ver llorar por nuestras libertades a un magnate con cuatro nacionalidades que puede dirigirse desde su móvil a 8 millones de usuarios sólo en España tiene algo de sospechoso. Ni que estuviésemos hablando, además, de la idealizada Ágora de Atenas, en la cual cada orador espera su turno para exponer educadamente sus argumentos mientras escucha con respeto y atención la opinión contraria. 
Existen argumentos válidos contra la prohibición. Tanto ideológicos como prácticos. Prohibir, así en general, pocas veces suele ser la mejor de las opciones, y sigue sin estar nada claro cómo se va a llevar a la práctica dicha prohibición. Y si a los jóvenes les vamos a prohibir las redes por nocivas, ¿el resto vamos a seguir usándolas como si nada? No es, probablemente, el mejor mensaje para los adultos del futuro. Y, sin embargo, algo hay que hacer. 
Las redes sociales realmente existentes no son un espacio neutral. Esta es la idea-fuerza que debe regir cualquier aproximación a la materia. Quien quiera profundizar, la Oficina de Ciencia y Tecnología del Congreso de los Diputados español publicó en octubre pasado un estupendo repaso de la evidencia disponible. Son un negocio que invierte mucho en la captación y retención de la atención de los usuarios, la materia prima con la que obtiene ingresos. Y en ese camino, los patrones de diseño persuasivo adictivos, engañosos y oscuros son la norma que guía al algoritmo. No son redes, son telarañas. 
Pero existe otro sostén para el silenciamiento/borramiento de las niñas violadas en la red de Epstein y Ghislaine Maxwell: los desechables. El sistema de ganadores/perdedores que engendró el capitalismo tecnológico, que devalúa a todos los que no tienen miles de millones de dólares, millones de seguidores o varios grados académicos. La élite es la de la lista de clientes de Epstein, lo mismo invirtiendo en criptomonedas o casas en Marruecos que en yates, redes de tráfico de niñas, que en una teoría de alguno de los científicos invitados que justifique que los genes de los poderosos son superiores a los del resto.
Pero es ese sobrante devaluado y descartado el que no aparece en los medios a pesar de estar constituido por las únicas víctimas. La lista de clientes es de quienes están en la cima de un sistema utilitario que ya ni siquiera considera a las personas por sus cuerpos, sino por la experiencia que les dan a sus usuarios. Como las drogas. Esta evaporación de los demás como sujetos materiales que se lee en los correos publicados por el Departamento de Justicia está en sintonía con el capitalismo de la nube y de la IA. No es anecdótico que los billonarios de la tecnología digital estén todos en la lista de clientes o contactos. O los gurús de moda de lo intangible. Lo inmaterial parece ser el único refugio para no encontrarse con los ojos de los otros, aunque lo que esté sucediendo sea una violación sexual a una menor de edad. Y si no existen los cuerpos de las niñas, tampoco existen los daños físicos, sicológicos y morales que se les han causado y que cargan todas estas miles de mujeres hoy. Ellas tienen derecho a que sus heridas sean tomadas en serio, que sean reconocidas como tales y que alguien pueda poner a los abusadores frente a un jurado. Pero, hasta ahora, lo que se escucha entre el griterío es un silencio vergonzoso.

Cuba, una sociedad forjada en las crisis: “las hemos pasado todas”
Pese a los augurios del fin de la revolución y la presión de Trump, la vida continúa en la isla
▲ Pese a las dificultades que representa el bloqueo de combustible por parte de Estados Unidos, la vida sigue en La Habana.Foto Jair Cabrera Torres
▲ La escasez de combustible ha hecho que la basura se acumule.Foto Jair Cabrera Torres
Luis Hernández Navarro   Enviado
Periódico La Jornada  Sábado 7 de febrero de 2026, p. 16
La Habana., Sentado en un rústico bar en el Callejón de Hammel, que anuncia como su especialidad El Negrón, un coctel elaborado a base de ron, albahaca y miel, entre pinturas, murales y esculturas, muchas dedicadas a deidades santeras, Mario sentencia: “somos especialistas en huracanes. Llegan con sus diluvios,
pero pasan y seguimos con nuestra vida. Bailamos, bebemos, comemos, disfrutamos. También somos especialistas en beisbol y en crisis. Las hemos pasado todas. Esta que está provocando Trump no es especial, por más dura que sea. Es una más. Ya pasará”.
Es la misma actitud que tiene un grupo de jóvenes estudiantes de derecho que, dirigidas por un coreógrafo, montan un bailable en los patios de la Universidad de La Habana, apenas a unos pasos de una pinta en la acera con la consigna: “Palestina vencerá!” Danzan al compás de una canción que suena en un teléfono celular. El lunes habrá un festival cultural en la Plaza de las Artes y ellas ensayan con alegría para participar. Para las futuras abogadas, la vida continúa a pesar de la incertidumbre y las dificultades de los nuevos tiempos.
Como sigue para las decenas de vendedores ambulantes que, en rudimentarios puestos desperdigados en distintas calles, despachan papas, pimientos, cebollas, jitomates, plátanos, papayas, guayabas. O para quienes hacen fila para comprar su pan en una panadería con una fachada azul que anuncia “Cuba vive y trabaja”. El pequeño comercio florece. Es evidente en la proliferación de esos negocios, pero también en diversos restaurantes privados en los que los comensales son cubanos y no sólo turistas.
Hoy hay menos tránsito en las calles. Circulan menos vehículos. La escasez de combustibles es palpable. Muchas estaciones de servicio están cerradas por falta de gasolina. Pero la ciudad fluye. Hay mucho movimiento. Los peatones van y vienen. En el malecón, cerca de la estación de ferrocarriles, la gente pesca. Cuando la noche cae, los barrios se llenan de jóvenes realizando actividades culturales, o jugando futbol o basquetbol.
Soluciones novedosas
A pesar de las dificultades, los cubanos se adaptan para seguir su día a día. Llevan más de 60 años inventando soluciones novedosas, llenas de ingenio, a los desafíos que plantea el bloqueo económico. Sólo que ahora ha crecido la indignación contra Donald Trump. Yadira lo expresa con claridad. Ella es una mujer rubia de ojos claros de 32 años. Hace dos que salió de la isla para tratar de llegar a Estados Unidos. Dejó a su hija de nueve años y a su niño de siete con sus abuelos. Pero no alcanzó la frontera y se quedó en la Ciudad de México. Trabaja en una pescadería del mercado de Nonoalco. Ahora regresó a La Habana.
“Por más que esté lejos –dice– hay un pedacito de mi corazón que está en Cuba, y no son sólo mis hijos… No quisiera que pasara nada malo en mi tierra. A mí no me gusta la política, pero lo que estamos viviendo con Trump va más allá de la política. ¿Por qué tiene que venir alguien que no es cubano a decidir cómo tenemos que vivir?”
Quienes apuestan a precipitar un “cambio de régimen” estrangulando la vida de un país, olvidan los resortes que, como en el caso de Yadira, mueven los corazones de ciudadanos de a pie. Sin embargo, lo siguen haciendo.
No es la primera ocasión en la que se anuncia el fin de la utopía antillana. En 1991, el periodista Andrés Oppenheimer publicó el libro La hora final de Fidel Castro. Diez años después fue reditado. La obra se presentó como resultado de una estancia en Cuba de seis meses y más de 500 entrevistas con integrantes de la oposición y altos funcionarios del régimen.
Oppenheimer es un periodista argentino, colaborador de The Miami Herald y de CNN que vive en Estados Unidos y tiene vínculos estrechos con el exilio cubano en Miami. Su libro describe lo que debió ser el supuesto derrumbamiento del poder de Fidel Castro, tras décadas al frente de la revolución. Anticipaba la inminente caída del comandante y el colapso del castrismo en la isla.
Pero sus sueños húmedos se evaporaron. Sus vaticinios sobre la inminente caída del régimen cubano, elaborados al calor de la desintegración del bloque soviético y la desaparición de la URSS, resultaron pólvora mojada. Profusamente difundidos como si fueran la Biblia en periódicos y televisión, no se cumplieron. Fidel Castro murió en noviembre de 2016, fue relevado por su hermano Raúl y luego por Miguel Díaz-Canel.
Contra viento y marea, con múltiples dificultades, con reformas sui generis y ahora con solidaridad internacional encogida, el modelo cubano sobrevive, a pesar de todos los augurios que anuncian su inminente desaparición.
Como sucedió en su momento con Oppenheimer, la agresión militar estadunidense en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro han provocado el renacimiento de la profecía sobre el inminente fin de la revolución cubana. La fantasía se alimenta de la importancia que el chavismo tuvo para la sobrevivencia del proyecto transformador en la isla.
En tiempos de Hugo Chávez, se llegaron a distribuir hasta 100 mil barriles diarios y, tras el cerco económico contra el madurismo, entre 2021 y 2025, la cifra disminuyó en casi tres cuartas partes, a 30 mil barriles diarios. La Habana produce sólo 40 mil de los 100 mil barriles que necesita diariamente. Y su importante plan para cambiar la matriz energética del país impulsando fuentes renovables que le permitan depender menos de combustibles fósiles avanza a un ritmo más lento que sus necesidades.
Ciertamente, la isla vive tiempos muy difíciles. El cerco energético se ha estrechado con la amenaza de Donald Trump de cobrar aranceles a los países que abastezcan de combustible a la isla. Y ese bloqueo tiene consecuencias en salud, alimentación y, por supuesto, la vida cotidiana. Los cubanos sufren apagones intermitentes y prolongados, escasez y privaciones no vistas desde el “periodo especial” de crisis económica, entre 1991 y 1995.
Pero eso no significa que esté a la vuelta de la esquina un inminente colapso ni un “cambio de régimen”.
Augurios proselitistas
A juzgar por la determinación de resistir de tantos cubanos y la cohesión social nacida del rechazo a los desplantes intervencionistas de Trump, como en tantas otras ocasiones en el pasado, este anuncio sobre la inevitabilidad del fin de la revolución cubana, más que una realidad, parece un augurio nacido de los deseos de sus malquerientes y de la necesidad del trumpismo de ganar votantes de cara a las elecciones intermedias de noviembre.
Para justificar la idea de que “el cambio de régimen” camina, diversas plataformas informativas en la órbita de Washington difundieron ayer y hoy la versión de que el mensaje del presidente Miguel Díaz-Canel de este 5 de febrero, llamando a Estados Unidos a sostener un diálogo serio, era un cambio de postura del gobierno cubano hacia ese país, provocado por el decreto de Trump del pasado 29 de enero contra la mayor de las Antillas.
Arleen Rodríguez, guantanamera y gran cronista, ganadora del Premio Nacional de Periodismo José Martí por la Obra de la Vida y amiga de juventud del mandatario cubano, sostiene que no es así. No hay –asegura– ningún cambio de postura de su país, y sí coherencia con su histórica disposición al diálogo y entendimiento con Estados Unidos, sobre la base de la igualdad y el respeto mutuos.
Desde su punto de vista, la nueva fase de la ofensiva contra Cuba arranca con el genocidio en la franja de Gaza y la parálisis mundial para frenarlo. Es, dice, recordando la carta que desde Nueva York, en diciembre de 1891, José Martí escribió a José Dolores Poyo, “la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que luz”.

Saxe-Fernández, pensador clave sobre el imperialismo
Alejandro Alegría 
Periódico La Jornada   Sábado 7 de febrero de 2026, p. 15
John Saxe-Fernández, académico crítico del capitalismo, quien falleció el jueves pasado, deja un legado importante en su obra, la cual aborda temas como los problemas de América Latina y el Caribe, el imperialismo, la globalización neoliberal, la materia prima estratégica y el colapso climático, consideraron académicos y familiares.
“La indignación es un acto de amor”, recordó Teresa Castro, esposa del investigador, como una de las frases que utilizó con frecuencia el también articulista de La Jornada.
En palabras de Castro, el académico nacido en Cartago, Costa Rica en 1940, pero nacionalizado mexicano en 1984, fue un mentor dedicado a sus alumnos, pues se preocupaba por su formación.
“John Saxe-Fernández nos hace abrir los ojos, tener una cantidad de información muy puntual, actualizada, datos contrastantes entre el capitalismo estadunidense, el europeo y desde luego con América Latina y en particular nuestro país. Esa mirada crítica se va a echar de menos, pero deja un testimonio escrito”, señaló Mauricio Sánchez Menchero, director del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, donde el investigador laboró desde la década de los 90 por invitación de Pablo González Casanova.
Sánchez Menchero destacó que Saxe-Fernández tuvo la oportunidad de formarse en la Universidad Brandeis, donde tomó clases con Herbert Marcuse, uno de los padres del pensamiento crítico.
Sánchez Menchero subrayó que la obra de Saxe-Fernández es vasta, pero consideró que entre sus textos más destacados está Sociología política del colapso climático antropogénico: capitalismo fósil, explotación de combustibles no convencionales y geopolítica de la energía; La compraventa de México, y Las amenazas del capitalismo, por mencionar algunas.
Resaltó que la obra de Saxe-Fernández, quien iba a cumplir 55 años como académico en la UNAM, al igual que la de González Casanova, es vigente. Abundó que si bien parecen textos coyunturales, sus últimas obras son más abiertas, pues el planteamiento teórico, metodológico y conceptual les garantiza vigencia futura.
Ernesto Cano, profesor en la UNAM, expresó que fue un intelectual a quien siempre le preocuparon los problemas de la región de América Latina y el Caribe.
Recordó que uno de los últimos proyectos de Saxe-Fernández era presentar Fidel: 17 aproximaciones, obra que vio la luz durante la pandemia, pero que ante la intensificación de los ataques contra Venezuela y el bloqueo a Cuba, es necesario retomarlo para mostrar que el pensamiento latinoamericano y latinoamericanista siempre tuvo un eje moral en la Revolución Cubana.
Destaca la UNAM su compromiso con el pensamiento crítico
La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lamentó ayer el fallecimiento de John Saxe-Fernández, miembro del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, a quien reconoció como uno de sus expertos más destacados.
En un mensaje difundido en redes sociales, la UNAM recordó que Saxe-Fernández fue integrante emérito del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores, además de haber recibido diversos reconocimientos a lo largo de su trayectoria académica, entre ellos el Premio Universidad Nacional y el Premio Nacional de Periodismo.
La comunidad universitaria expresó su pesar por la pérdida del académico y destacó su legado intelectual y compromiso con el pensamiento crítico.