martes, 3 de febrero de 2026

Exportó Venezuela 800 mil barriles diarios de petróleo durante enero.

Se acerca al promedio del año pasado
Estados Unidos, principal destino de los cargamentos
Reuters
Periódico La Jornada   Martes 3 de febrero de 2026, p. 19
Las exportaciones petroleras de Venezuela repuntaron a unos 800 mil barriles por día (bpd) en enero bajo control estadunidense, desde los 498 mil bpd de diciembre, después del secuestro del presidente Nicolás Maduro por parte de Washington y el fin al bloqueo del crudo, según datos de transportadoras marítimas. Al menos 35.5 por ciento del crudo llegó sin escala alguna a territorio estadunidense.
El mes pasado, Estados Unidos recuperó su posición como principal destino individual del crudo venezolano, con unos 284 mil bpd exportados, de los cuales 220 mil bpd fueron enviados por la petrolera estadunidense Chevron, un aumento notable respecto a los 99 mil bpd enviados el mes anterior.
Vitol y Trafigura exportaron unos 12 millones de barriles de crudo y combustible venezolanos bajo licencias estadunidenses, o alrededor de 392 mil bpd en enero, principalmente a terminales de almacenamiento en el Caribe, desde donde comenzaron a exportar y comercializar cargamentos a clientes en Estados Unidos, Europa e India.
En diciembre pasado Washington impuso un embargo petrolero al país a fin de presionar a Maduro y confiscó siete buques tanques. El bloqueo provocó la acumulación de más de 40 millones de barriles de crudo y combustible en tanques y buques en tierra que no pudieron exportarse, lo que obligó a la estatal Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) a recortar la producción a principios de este año.
Desde enero, cuando el Departamento del Tesoro de Estados Unidos otorgó las primeras licencias a las comercializadoras Trafigura y Vitol para que comenzaran a exportar las existencias, la producción, el procesamiento y las exportaciones de petróleo de la nación integrante de la Organización de Países Exportadores de Petróleo se han acelerado.
El volumen de enero se acercó al promedio de exportaciones de 847 mil bpd del año pasado, pero los socios y comercializadores de PDVSA tendrían que seguir acelerando el ritmo de las exportaciones para agotar los millones de barriles de petróleo en inventario y así revertir por completo los recortes de producción.
La semana pasada, el Departamento del Tesoro emitió una licencia amplia que autoriza los negocios entre empresas estadunidenses y PDVSA para exportar, almacenar, transportar y refinar petróleo venezolano, otro paso para impulsar las ventas al exterior. Los socios de PDVSA, incluida Chevron, aún esperan licencias individuales para expandir sus operaciones.

Morosidad de créditos al consumo volvió a alcanzar máximos históricos en diciembre
La de tarjetas de crédito se incrementó 8% y la de préstamos personales, 11%
Julio Gutiérrez
Periódico La Jornada   Martes 3 de febrero de 2026, p. 17
El impago de los créditos al consumo acumula una racha de 10 meses consecutivos al alza y al concluir diciembre de 2025 alcanzó un monto de 58 mil 618 millones de pesos, un nuevo máximo histórico desde que hay registros oficiales del Banco de México (BdeM).
Se trata de los saldos pendientes que no han liquidado las personas durante al menos 90 días y que corresponden a financiamientos otorgados por medio de instrumentos como tarjetas de crédito, préstamos personales y los descontados por nómina a los trabajadores.
El saldo de la cartera vencida al concluir el año pasado es 24.5 por ciento superior en términos nominales si se compara con los 47 mil 74 millones de pesos reportados al concluir 2024 y 18 por ciento superior en términos reales (descontado el efecto de la inflación).
El incremento de la cartera vencida de los créditos de consumo se da en un momento de bajo dinamismo económico. En 2025, el producto interno bruto avanzó 0.7 por ciento, el menor crecimiento desde 2020.
Este menor vigor coincidió con un periodo prolongado de tasas de interés elevadas, que encarecieron el uso del crédito justo cuando el gasto en bienes y servicios básicos siguió absorbiendo una mayor proporción del ingreso familiar.
Así, el deterioro del pago de los créditos refleja un ajuste en la economía de los hogares, más que un repunte del gasto.
El crédito al consumo es uno de los principales motores del negocio bancario en México, tanto por su volumen como por su rentabilidad. Por medio de instrumentos como tarjetas de crédito, préstamos personales y créditos de nómina, los bancos no sólo financian el gasto cotidiano de los hogares, sino que también diversifican sus ingresos.
Por ello, el deterioro de la calidad de esta cartera tiene implicaciones más amplias para el sistema financiero. Un aumento sostenido de la morosidad obliga a los bancos a reforzar provisiones, ajustar criterios de otorgamiento y moderar el crecimiento del crédito, lo que puede traducirse en condiciones más restrictivas para nuevos financiamientos y, en consecuencia, en un menor impulso al consumo y a la actividad económica.
En el segmento de tarjetas de crédito, el saldo vencido en diciembre llegó a 18 mil 497 millones de pesos, una cifra 8 por ciento superior respecto a lo reportado en el mismo mes del año pasado; el de los financiamientos personales se situó en 12 mil 919 millones de pesos, un alza de 11 por ciento en el mismo lapso.
Si bien los niveles actuales no implican un riesgo sistémico, en conjunto, la evolución de la cartera vencida sugiere un punto de inflexión para el crédito al consumo, tanto desde la perspectiva de los hogares como del sistema financiero.

Cuando México dejó de ser excepción
En el largo plazo, lo que quedará no será la explicación técnica ni la coyuntura específica, sino el momento en que México dejó de ser excepción y aceptó, sin demasiada resistencia, el papel que otros le asignaron. Foto Luis Castillo y Ap   Foto autor
José Romero
03 de febrero de 2026 00:02
Durante décadas, México sostuvo una política exterior que, con todos sus matices y contradicciones, conservó un rasgo singular: la defensa de la soberanía como principio operativo, no como consigna retórica. Esa tradición sobrevivió a cambios de régimen, a giros ideológicos y a presiones externas de todo tipo. Incluso en los momentos de mayor cercanía con Estados Unidos, México mantuvo una línea clara: no participar en el cerco político y económico contra Cuba. 
Esa continuidad histórica se ha roto. El contexto inmediato del giro es conocido. Washington ha dejado claro que impondrá aranceles y sanciones indirectas a los países que continúen exportando petróleo a la isla. Frente a ese escenario, México opta por retirarse del suministro energético y presentar la decisión como una reconfiguración de su apoyo: menos petróleo, más “otro tipo de ayuda”. La lógica es transparente. Se busca evitar el castigo comercial trasladando la solidaridad a un terreno menos conflictivo desde el punto de vista de la relación bilateral. 
Sin embargo, ese desplazamiento no es neutro. Cambiar petróleo por ayuda humanitaria no equivale a sostener una política de autonomía, sino a adaptarse a los márgenes definidos desde fuera. La asistencia puede aliviar carencias puntuales y atender urgencias inmediatas, pero no sustituye el significado político de mantener una relación energética en un contexto de cerco explícito. El mensaje implícito es claro: México acepta los límites impuestos y reorganiza su política exterior dentro de ellos. 
La decisión no puede leerse como un ajuste técnico ni como una medida administrativa aislada. Es, en los hechos, un giro de política exterior. No porque México tenga la capacidad material de determinar el destino de la isla –no la tiene–, sino porque abandona una posición histórica que le otorgaba un lugar propio, reconocible y respetado en el mapa diplomático latinoamericano. 
Conviene ser precisos. Cuba no enfrenta hoy una crisis por la conducta de México. Las causas de su fragilidad son estructurales, acumuladas y profundas: décadas de bloqueo, agotamiento del modelo productivo, tensiones internas no resueltas y una coyuntura internacional crecientemente adversa. Pensar que la caída o transformación de un régimen puede explicarse por una sola decisión externa sería un error analítico grave y una simplificación histórica. 
Pero en política internacional, los símbolos importan tanto como los flujos materiales. México no era un proveedor decisivo de energía para Cuba. Su peso no residía en los volúmenes ni en los contratos. Era algo distinto: un anclaje político, un recordatorio persistente de que no toda América Latina aceptaba sin más la lógica del aislamiento y el castigo. Al retirarse de ese lugar, México no “derriba” a Cuba, pero legitima el cerco y contribuye a normalizar una política que históricamente cuestionó desde el principio de no intervención. 
El costo principal de esta decisión, sin embargo, no está en La Habana, sino en la Ciudad de México. Al ceder bajo presión, el Estado mexicano envía un mensaje inquietante: la soberanía deja de ser un principio rector para convertirse en una variable negociable. Se instala la idea de que, ante determinadas condiciones externas, la autonomía puede suspenderse de manera pragmática, sin mayor deliberación pública. Ese precedente es más grave que cualquier cálculo coyuntural sobre relaciones bilaterales o equilibrios momentáneos. 
Para la izquierda latinoamericana –incluso para aquella que ha sido crítica del régimen cubano–, el significado es claro. No se leerá como realismo ni como prudencia estratégica, sino como abandono de una tradición que distinguía a México incluso frente a gobiernos abiertamente conservadores del pasado. La pérdida es simbólica, pero las pérdidas simbólicas suelen tener efectos duraderos y difíciles de revertir. 
Este giro no ocurre en el vacío. Forma parte de un contexto más amplio en el que la política exterior se redefine crecientemente desde el miedo: miedo a las sanciones, miedo a la inestabilidad financiera, miedo a la incomodidad diplomática. El problema no es reconocer las asimetrías de poder –siempre han existido–, sino convertirlas en el criterio rector de la acción estatal. 
Cuando eso sucede, la política exterior deja de ser estrategia y se transforma en mera administración de riesgos. Se privilegia la contención inmediata sobre la proyección de largo plazo. Se evita el conflicto, pero al costo de renunciar a una voz propia. 
La historia no suele juzgar con severidad los errores tácticos ni las decisiones adoptadas bajo presión. Pero sí registra con claridad los quiebres de principio. En el largo plazo, lo que quedará no será la explicación técnica ni la coyuntura específica, sino el momento en que México dejó de ser excepción y aceptó, sin demasiada resistencia, el papel que otros le asignaron. 
No es una cuestión de nostalgia ni de romanticismo ideológico. Es una advertencia histórica. Los países que renuncian a sus tradiciones de autonomía rara vez recuperan fácilmente el lugar que abandonan. Y cuando intentan hacerlo, suelen descubrir que el costo fue mayor de lo que en su momento parecían dispuestos a reconocer.