Afp
04 de enero de 2026 09:37
Ciudad del Vaticano. El papa León XIV afirmó este domingo que "el bienestar del querido pueblo venezolano" debe prevalecer y pidió garantizar "la soberanía" de Venezuela tras el secuestro del presidente, Nicolás Maduro, por fuerzas especiales estadunidenses en un ataque al país sudamericano.
"El bienestar del querido pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración y conducir a la superación de la violencia y al emprendimiento de caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país", afirmó el pontífice estadunidense y peruano tras su oración del Ángelus en la plaza de San Pedro del Vaticano.
China exige a EU liberar de inmediato a Nicolás Maduro y a su esposa
China llama a “poner fin a los intentos de derrocar al gobierno de Venezuela y resolver los problemas mediante el diálogo y la negociación”. Foto: Europa Press / Archivo Foto autor
la redacción
04 de enero de 2026 17:53
Ciudad de México. La embajada de China en México instó a Estados Unidos “a liberar de inmediato a Nicolás Maduro, y a su esposa”. Un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, citado por la propia embajada en un mensaje de redes sociales, dijo que “China expresa su grave preocupación por la captura forzosa de Maduro”.
Además, advirtió que las acciones de Estados Unidos constituyen “una clara violación del derecho internacional, de las normas básicas en las relaciones internacionales y de los propósitos y principios de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)”.
En conjunto con el exhorto a Estados Unidos a garantizar la seguridad personal de Maduro y su esposa, así como liberarlos de inmediato, dijo que China llama a “poner fin a los intentos de derrocar al gobierno de Venezuela y resolver los problemas mediante el diálogo y la negociación”.
Legalidad internacional destruida
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La Jornada
04 de enero de 2026 09:05
En las primeras horas de ayer, el mundo asistió al más reciente episodio de la destrucción sistemática de la legalidad internacional emprendida por la administración de Donald Trump desde sus inicios. Sin el menor argumento, fuerzas militares de Estados Unidos lanzaron un bombardeo sobre la capital de Venezuela y otras localidades de ese país, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, y se los llevaron con rumbo desconocido.
Al mediodía de ayer, el mismo Trump confirmó esos hechos, alardeó que gobernaría Venezuela hacia una “segura, propia y sensata transición”, mintió al afirmar que la vicepresidenta Delcy Rodríguez “hace lo que queremos” y delineó un futuro de jugosos negocios para las empresas petroleras de su país. Posteriormente, en una entrevista con Fox News, el magnate, tras amenazar al mandatario colombiano, Gustavo Petro, con hacerlo correr la misma suerte de Maduro, formuló una declaración particularmente insolente contra nuestro país y contra la presidenta Claudia Sheinbaum, de quien dijo que “está muy asustada de los cárteles” que según él “manejan” nuestra nación y lanzó una nueva amenaza: “algo tendremos que hacer con México”.
Más allá de tales declaraciones desatinadas, los pretextos para la agresión resultan deleznables, no sólo por inverosímiles –como que Maduro encabeza el supuesto cártel de Los Soles– sino porque conllevan el afán de aplicar en forma extraterritorial una legislación nacional y porque son formuladas desde una nula autoridad moral.
Y es que si alguien amerita el calificativo de delincuente no es el presidente de Venezuela sino Trump, que lo es en calidad de convicto por 34 delitos fiscales y que acumula una montaña de sospechas por asuntos que van desde la estafa que sus allegados perpetraron con criptomonedas hasta su papel como cómplice activo de genocidio en Gaza; desde su presunta participación en los crímenes sexuales del fallecido Jeffrey Epstein hasta los asesinatos de inocentes en alta mar, ordenados por él; desde las violaciones a la ley que su gobierno comete día a día en la persecución de migrantes hasta sus indultos recurrentes para narcotraficantes, lavadores de dinero y defraudadores.
A esa carrera criminal, el presidente estadunidense agregó en las horas recientes una cuarentena de asesinatos, a decir del New York Times, dos secuestros –el de Maduro y el de su cónyuge–, la destrucción material (incuantificable, hasta ahora) el allanamiento militar de un país y la tentativa de usurpar el poder político en una nación soberana.
Pero más allá de consideraciones jurídicas, del debate sobre las características del régimen venezolano y de las diferencias ideológicas y políticas entre Washington y Caracas, y al margen de la bandera del país agredido, la incursión bélica del trumpismo es un ataque devastador en contra de la legalidad internacional construida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; en lo sucesivo, ningún país, independientemente de sus coincidencias o de sus discrepancias con Estados Unidos, puede sentirse amparado por el conjunto de preceptos que han regulado las relaciones entre Estados.
Y ello vale lo mismo para México o Colombia que para Canadá o Dinamarca, naciones estas últimas que han sido por décadas aliados militares confiables de la Casa Blanca en el marco de la OTAN y que, sin embargo, se han visto sometidas a la amenaza del despojo territorial y hasta a la pérdida de la independencia. Ello explica la multiplicidad de condenas a la incursión, tanto por parte de mandatarios, legisladores y funcionarios internacionales de todo el mundo, como por personajes de la clase política estadunidense y también, desde luego, por las sociedades. El agravio es tan escandaloso que hasta voces de la extrema derecha, como la de Marine Le Pen, en Francia, lo han repudiado.
Por lo que respecta a la situación en Venezuela, aunque los acontecimientos son sumamente fluidos, todo parece indicar que el trumpismo –y el secretario de Estado Marco Rubio, principal instigador de la agresión– no va a conseguir fácilmente su propósito de forzar un cambio de régimen. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, a contrapelo de los dichos del gobernante estadunidense, manifestó su lealtad a Maduro, exigió su devolución y expresó su disposición a cumplir con las directivas del presidente secuestrado. Y aunque es por demás probable que la captura del mandatario haya sido posible mediante una traición de su círculo de seguridad, no hay señales de fractura en la cúpula del chavismo.
Lo cierto es que el bombardeo de Venezuela, la incursión armada en su territorio y el secuestro de Maduro y de su esposa han cambiado drásticamente el escenario internacional y regional de preocupante a alarmante y que, sea cual sea la capacidad de resistencia del chavismo y las ulteriores agresiones que decidan la Casa Blanca y el Departamento de Estado, el continente americano vive desde ayer en un entorno más incierto y amenazante que el del viernes pasado, y que esta circunstancia sombría y ominosa en la que ningún escenario puede descartarse y que apenas ha comenzado. En ella, son más que nunca urgente la solidaridad entre los pueblos y la congruencia de los gobiernos.
Dinamarca pide "respeto" a Groenlandia tras mensaje de esposa de asesor de Trump
Afp
04 de enero de 2026 09:26
Copenhague. El embajador de Dinamarca en Estados Unidos pidió este domingo "respeto total" a la integridad territorial de Groenlandia, después de que la esposa de un asesor del presidente Donald Trump compartió una imagen de esa isla ártica danesa con los colores de la bandera estadunidense.
Katie Miller, esposa del subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, publicó la fotografía el sábado en su cuenta de X, acompañada de una breve leyenda en mayúsculas: "Soon" (pronto).
Desde su regreso a la Casa Blanca en enero, Trump ha afirmado en repetidas ocasiones que Estados Unidos "necesita" este territorio autónomo de Dinamarca, rico en recursos, por razones de seguridad, y se ha negado a descartar el uso de la fuerza para controlarlo.
Expertos consideran que la operación militar ordenada por Trump en Venezuela, en la que fue secuestrado su presidente, Nicolás Maduro, es una advertencia a los aliados de Estados Unidos preocupados por las amenazas del magnate de apoderarse de recursos estratégicos, empezando por su voluntad declarada de anexionar Groenlandia.
"Un pequeño recordatorio amistoso sobre Estados Unidos y el Reino de Dinamarca: somos aliados cercanos y debemos seguir trabajando juntos como tales", zanjó Jesper Møller Sørensen, embajador de Dinamarca en Estados Unidos, en respuesta al mensaje de Katie Miller.
"Y sí, esperamos el respeto total de la integridad territorial del Reino de Dinamarca", escribió.
Katie Miller fue durante un tiempo asesora y portavoz de la comisión para la eficacia gubernamental Doge, entonces dirigida por Elon Musk, antes de ser contratada por el multimillonario en el sector privado.
Trump deja entrever que podría ordenar un ataque militar contra Colombia
“Cuba parece que está lista para caer” al no recibir petróleo venezolano, añadió el mandatario
▲ Donald Trump, mandatario de Estados Unidos, se refirió a dos naciones de América Latina y el Caribe, en el contexto de la crisis que ocasionó en Venezuela.Foto Ap
Jim Cason y David Brooks Corresponsales
Periódico La Jornada Lunes 5 de enero de 2026, p. 5
Washington y Nueva York., El presidente Donald Trump advirtió anoche que Estados Unidos podría lanzar operaciones militares contra Colombia y especuló que el gobierno cubano caería si Venezuela deja de enviar petróleo a la isla.
En comentarios realizados en el avión presidencial en su usual estilo informal y a veces incoherente pero en constante contacto con los medios, el mandatario giró de su crítica del gobierno de Nicolás Maduro para comentar sobre el presidente Gustavo Petro, de Colombia. “Colombia está muy enferma también. Dirigida por un hombre muy enfermo a quien le gusta fabricar cocaína y venderla a Estados Unidos, y no lo estará haciendo por mucho más tiempo”, declaró Trump.
Un reportero le preguntó: “¿entonces habrá un operativo de Estados Unidos?”, y Trump respondió: “me suena bien a mí”. El mandatario estadunidense suele hacer comentarios suficientemente ambiguos para que después sean fácilmente modificados por su oficina de prensa. Pero en este caso, esas declaraciones son notablemente parecidas a los que usó sobre Maduro poco antes de su secuestro. A la vez, en unas horas podría decir algo muy diferente como lo ha hecho en otras ocasiones. Parte de lo que parece ser la estrategia es sobre todo captar la atención de todos.
La presión estadunidense sobre Venezuela, indicó en otro momento Trump, también tendrá consecuencias para Cuba. “La Habana ahora no tiene ingresos. Obtenían todas sus recaudaciones del petróleo venezolano, y no recibirán nada de eso”, declaró, al parecer en referencia a entregas de petróleo. “Cuba parece que está lista para caer. No sé si podrán aguantar y uno tiene a muchos grandes cubanoestadunidenses que estarán muy contentos por ello”.
Trump, a quien le gusta el boxeo, empleó una analogía de ese deporte, afirmando que “está por tumbarse, está sobre la lona. ¿Han visto el boxeo? Se caen sobre la lona por el conteo. Y Cuba parece que está por caerse”.
EU: nadie está a salvo
Después de bombardear Venezuela y secuestrar al presidente Nicolás Maduro, el trumpismo prosigue sus amenazas de conseguir por la fuerza todos sus objetivos de política exterior y deshacerse de quien desafíe su voluntad, sea enemigo, rival, socio o aliado. El propio Trump amenazó a Delcy Rodríguez, la anterior vicepresidenta venezolana que asumió la titularidad del Ejecutivo, con “hacerla pagar un precio muy alto, tal vez mayor al de Maduro”, si no se somete a sus órdenes; mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que Washington juzgará todo lo que haga Caracas y sólo trabajará con sus dirigentes “si hacen lo correcto”. Ambos reiteraron el propósito de destruir a la Revolución cubana, y el mandatario, sin que viniera a cuento, volvió a amenazar con la anexión de Groenlandia, ex colonia de Dinamarca que esta monarquía administra bajo la figura de “territorio autónomo”.
El elemento más llamativo de las declaraciones realizadas por Trump, Rubio y otros halcones republicanos en entrevistas y conferencias de prensa reside en su ninguneo a la ultraderecha venezolana nucleada en torno a la ex diputada María Corina Machado. Es notorio el desconcierto prevalente entre los sectores políticos y mediáticos afines al imperialismo estadunidense, quienes daban por sentado que el secuestro del líder chavista sería seguido por la inmediata imposición de un gobierno títere presidido por Machado (de manera directa o a través de su hombre de paja, el desdibujado Edmundo González Urrutia). Cuando celebraban la agresión imperial como una “restauración de la democracia”, dichos grupos recibieron baldazos de agua fría desde la Oficina Oval, donde la golpista es descalificada y, hasta ahora, parece privilegiarse un entendimiento con las autoridades legítimas antes que una nueva aventura de “transición” inducida.
Al otro lado del Atlántico, el amago contra la integridad territorial de Dinamarca devolvió rápidamente a la realidad de lo que significa el trumpismo a las capitales que horas antes saludaron o condenaron con tibieza la intervención en el Caribe. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, enfatizó que “Estados Unidos no tiene derecho a anexionarse ninguno de los tres países del reino de Dinamarca” y lo “instó encarecidamente” a que cese las amenazas de anexionarse Groenlandia, un posicionamiento alineado con el que su cancillería mantiene acerca de la intervención estadunidense en Venezuela: el ministro de Relaciones Exteriores, Lars Lokke Rasmussen, la consideró una grave escalada y llamó a “mantener el respeto por las reglas internacionales del juego”. La postura danesa se ve debilitada por la insistencia de la Unión Europea en arrogarse la facultad de decidir quién es el presidente legítimo de la nación caribeña y decir a los venezolanos cómo llevar sus asuntos internos. Con su doble rasero, los líderes del Viejo Continente facilitan a Trump acrecentar su poder e influencia, una actitud suicida frente a un individuo que ya plasmó en su Estrategia de Seguridad Nacional la intención de remplazar a los gobernantes liberales de Europa con neofascistas a su imagen y semejanza.
Desde México, cabe recordar que durante el primer periodo presidencial de Donald Trump (2017-2021) el gobierno basó la relación con el magnate en la premisa, entonces casi siempre acertada, de que sus bravuconadas y groserías eran erupciones de su personalidad narcisista o guiños retóricos a su electorado más retrógrado, y que sus palabras –por ofensivas que fueran– rara vez se traducían en hechos lesivos para los intereses nacionales. En tal escenario, era sabio soportar las salidas de tono en aras de mantener el vínculo bilateral más importante de México, en el cual pesan la irreversible dependencia económica, la protección de los derechos de millones de mexicanos que residen en Estados Unidos y multitud de asuntos que sólo pueden gestionarse de manera coordinada, desde el manejo de los cursos de agua que atraviesan la frontera hasta el trasiego de armas y estupefacientes.
Sin embargo, en su regreso a la Casa Blanca Trump ha acompañado sus agresiones verbales con actos de violencia muy tangibles en todos los ámbitos: aranceles arbitrarios y desproporcionados, secuestros rutinarios de ciudadanos mexicanos (o de estadunidenses que se “ven” mexicanos bajo los criterios racistas con que opera la cacería de personas), operaciones encubiertas que transgreden la soberanía nacional y amagos cada vez más concretos de una intervención armada, con o contra la voluntad de las autoridades mexicanas. En este nuevo contexto, resulta ineludible preguntarse si es prudente seguir contemporizando con el trumpismo, o si ha llegado el momento de buscar horizontes distintos y aceptar que Washington ya no sólo es el vecino entrometido que siempre ha sido, sino una amenaza inmediata a la supervivencia del país.
Lo que está claro es que ningún gobierno, ni siquiera aquellos que se identifican de manera más estrecha con la agenda trumpista, puede considerar garantizada su sobrevivencia ni el respeto a la soberanía de su país en un mundo en el que Estados Unidos proclama sin cortapisas la determinación de usar su poderío militar para imponer sus intereses, máxime cuando éstos ya no se definen a partir de políticas de Estado –ilegales y abusivas, pero establecidas y predecibles–, sino en función de los apetitos y caprichos de una persona tan volátil como Donald Trump. Sin distingo de signos políticos, todos los dirigentes deben tomar nota de la demolición de la legalidad internacional y prepararse para navegar aguas cada día más turbulentas.
Tiempo de ladrones
Hermann Bellinghausen
Hemos llegado al tiempo de la gran mentira. Una que abarca todas, incluso las que nunca creímos llegar a conocer. ¿Qué permanece sólido? La intervención yanqui en Venezuela confirma, como advirtió su dudoso secretario de Guerra, que Estados Unidos puede hacer lo que le dé la gana en cualquier parte del mundo (o casi). Hasta el momento nada lo desmiente. El nuevamente ilimitado colonialismo occidental tiene dos paladines: Estados Unidos e Israel, que sin eufemismos se han pasado la legalidad internacional por el arco de sus desos. Machos Alfa de la política global, los señores Netanyahu (N) y Trump (T) atropellan poblaciones civiles de países que no son el suyo, van tras ciudadanos de allí, los secuestran o asesinan sin disimulo. ¿Quién reclamará? ¿El Papa, la señora premio Nobel de la Paz? ¿Quién los va a sancionar? ¿La Organización de Naciones Unidas, los tribunales internacionales, la Organización de Estados Americanos? Europa no ejerce contrapeso; al contrario, los gobiernos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte son cómplices, y en algunos casos participan en las felonías orquestadas desde Washington (o Mar-a-Lago) y Tel Aviv; o en las suyas propias, como Francia y Gran Bretaña en África.
Cuando T y su gente se quejan de lo que les han “robado” Venezuela y México, ya no sabemos si reír o llorar. La señora Laura Richardson, titular de Comando Sur hasta 2024, admitía sin tapujos que el litio y el petróleo de Sudamérica y el Caribe son “interés de seguridad nacional” para Estados Unidos. El mundo está en manos de ladrones, ellos ponen las reglas (si acaso hay). Las triangulaciones del oro extraído de África central a costa de esclavitud, despojo y muerte de cientos de miles de personas por parte de paramilitares y bandas criminales funcionales y rentables para Occidente, con frecuencia manipulados por Mossad, la CIA o el MI6, llegan a las arcas de esa pequeña gran potencia nada inocente, Emiratos Árabes Unidos (EAU). De allí se reparte el oro lavado de sangre. Igual los diamantes del Congo, a través suyo o de Israel.
Los nuevos barones del capitalismo onda Musk se benefician hasta cuando pierden. El mercado de armas y los desarrollos tecnológicos que éste genera van al alza en escala histórica. Todo el sistema está interconectado: bancos, empresas, congresos y ejércitos nacionales, supervisados por Estados Unidos y al servicio del sionismo.
El mundo está minado. Las milicias yihadistas en Mali, Nigeria, Chad y demás hacen el favor a las potencias desgarrando países. Se suman los “nacionalistas” o “separatistas”, como vemos en la nueva provocación de N al validar como país a los secesionistas de Somalilandia, que nadie más en el mundo ha reconocido desde 1991. Abre así una cabeza de playa africana para su guerra en expansión, con epicentro en Gaza y ondas expansivas de Cisjordania, Siria y Yemen hasta Irán, mientras Líbano, Irak y Jordania reciben de Israel un trato similar al que da T a nuestros países.
Los poderes aplauden cada país nuevo que disminuye al anterior a costa de gran violencia (Sudán, Somalia, Yemen) y guerras civiles interminables. Son mercado bélico, jauja para los reconstructores y agentes inmobiliarios, territorios vaciados para la explotación extractivista (hidrocarburos, minerales raros, o bien comunes, recursos bióticos).
Esta vasta operación de latrocinio plantea problemas de legitimidad a los gobiernos de T y N. Al de Washington (o Mar-a-Lago) lo llevan a nivel personal con la trama Epstein, pero también por el estilo personal de T: pocas veces vimos a un jefe de Estado enriquecerse inmensamente en las narices de sus ciudadanos y el mundo entero. Es un Narciso vulgar con pésima reputación, sí, pero nadie lo frena, pues lo que hace conviene a todos los capitalistas.
Los robos de Israel son una exageración. Además del gran atraco y genocidio en Gaza, y sus incursiones bélicas hacia el Oriente para regocijo de Occidente, enfrenta un peculiar conflicto de identidad. Su teocracia militar no consigue demostrar con evidencias arqueológicas, históricas, genéticas, ni siquiera culturales, el cuento bíblico en el que Israel basa su excepcionalismo y justifica sus crímenes victimizándose de manera grotesca. Los bonos del Holocausto ya expiraron. Los israelíes necesitan vender al mundo ideas positivas, lavarse de sangre la cara y las manos, hacerse los buenos. Y apropiarse de lo que su cultura no da, como el falafel y otras creaciones árabes y palestinas, o la destrucción deliberada de vestigios palestinos (aunque conserven los romanos) y de los olivares aún de pie en Gaza y Cisjordania. Nada de ello abona la hipótesis de que es su tierra originaria.
Bots, espacios pagados y fake news producidos por los centros de propaganda sionista en Israel y Occidente (de Alemania e Inglaterra a Estados Unidos, Argentina y Australia), así como videos, películas, series, medios digitales y masivos trivializan o niegan el genocidio. Con ello inundan las redes sociales y los contenidos de inteligencia artificial. Sin pudor, Israel irrumpe en festivales de música, torneos deportivos y encuentros culturales. Salvo evidencia de lo contrario, se saldrá con la suya.
