Ap
25 de enero de 2026 11:27
Estados Unidos. Decenas de familias inmigrantes protestaron el sábado detrás de las vallas de un centro de detención en Texas, donde un niño ecuatoriano de 5 años y su padre fueron enviados esta semana tras ser detenidos en Minesota.
Fotos aéreas tomadas por The Associated Press mostraron a niños y padres en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas vestidos con chaquetas y suéteres, algunos de ellos sosteniendo carteles que decían "Libertad para los niños".
También se podía escuchar a las familias afuera coreando "¡Libertad!" o "Déjennos ir", dijo Eric Lee, un abogado de inmigración que estaba allí para visitar a un cliente en la instalación en la ciudad de Dilley.
La detención de Liam Conejo Ramos, de 5 años, y su padre, Adrián Alexander Conejo Arias, en Minesota el martes se ha convertido en otro punto de discordia en las divisiones de Estados Unidos sobre la inmigración bajo el gobierno de Trump. Las versiones ofrecidas por funcionarios del gobierno y el abogado de la familia y vecinos ofrecen versiones contradictorias sobre si se dio a los padres una oportunidad adecuada para dejar al niño con otra persona.
Más temprano el sábado en Mineápolis, un agente de inmigración federal mató a tiros a un hombre, lo que atrajo a cientos de manifestantes a las frías calles y aumentó las tensiones en una ciudad ya sacudida por otro incidente fatal registrado semanas antes.
María Alejandra Montoya Sánchez, de 31 años, dijo a la AP que vio al padre y al hijo afuera por unos minutos durante la protesta. Ella y su hija de 9 años están detenidas en Dilley desde octubre.
Marc Prokosch, un abogado de la familia Cornejo Ramos, no ha respondido a los mensajes en busca de comentarios.
Un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional no ofreció comentarios el sábado.
Montoya Sánchez dijo que la protesta fue organizada internamente por las familias agotadas por la larga detención y las condiciones que, según los defensores, han incluido comida con gusanos, enfermedades constantes y acceso médico insuficiente. Lee dijo que luego escuchó de sus clientes dentro que la protesta estaba relacionada con el caso de Liam Conejo Ramos.
Lee, un abogado de Michigan, indicó que estaba en la sala de espera para una visita programada con un cliente cuando los guardias entraron y ordenaron a todos salir.
"Que los niños y sus padres arriesguen represalias bajo estas condiciones para alzar la voz es un testimonio tanto de lo valientes que son como de lo abismales que son las condiciones de este lugar", expresó.
Cientos de niños han sido retenidos en la instalación más allá del límite impuesto por la corte, según un informe presentado en diciembre por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) en una demanda federal en curso.
Diplomacia y cautela, antídoto de Sheinbaum ante ataques de Trump
Desde hace un año, el magnate ha embestido al país con aranceles y amenazas // El primero de julio se cumple el plazo para la renegociación del T-MEC
▲ Una persona sostiene un cartel que dice: “así se ve el fascismo”, con la foto de Donald Trump con un bigote al estilo de Hitler, durante la protesta ICE fuera de Minnesota: Día de la Verdad y la Libertad, en Mineápolis.Foto Afp
Alonso Urrutia
Periódico La Jornada Lunes 26 de enero de 2026, p. 4
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca para un segundo periodo presidencial ha traído consigo una cadena de tensiones y sobresaltos en la relación con México. La agenda bilateral han sido condicionada por las amenazas del magnate de imponer aranceles a las exportaciones mexicanas; los amagos de terminar el tratado comercial; el endurecimiento de medidas en materia agropecuaria –en especial contra el jitomate, el aguacate, el ganado y, más recientemente, la fresa mexicana–, así como las presiones para el cumplimiento de las cuotas de agua establecidas en un añejo acuerdo.
Obsesionado con corregir el déficit comercial en la balanza con México, como parte de una estrategia más amplia para reconfigurar las relaciones comerciales de Estados Unidos, Trump ha utilizado, desde su retorno a la presidencia, las represalias económicas como punta de lanza de esta recomposición. Con su estridencia discursiva y su retórica intimidatoria, México no ha sido la excepción.
Desde su primer día de gobierno, el 20 de enero de 2025 –fecha que inauguró una nueva era caracterizada por una mayor vehemencia en las amenazas–, los aranceles se convirtieron en el principal instrumento de negociación de la Casa Blanca, cargado de un alto componente intimidatorio hacia sus interlocutores.
En América del Norte, el rejuego discursivo de Trump ha convertido al tratado comercial en una suerte de rehén, con el objetivo de someter a sus socios bajo el argumento de que dicho acuerdo ha avalado abusos contra la economía estadunidense.
Como principal socio comercial de Estados Unidos, México ha resentido de manera particular esta nueva etapa en la relación bilateral, que ha motivado intensas negociaciones al más alto nivel. A un año de esta nueva era, Trump y Claudia Sheinbaum han sostenido ya 15 conversaciones telefónicas y un encuentro de carácter trilateral en Washington –que incluyó al primer ministro de Canadá–, mediante los cuales México ha logrado matizar en gran medida el impacto de los aranceles.
El 20 de enero de 2025, marcado en el calendario de la política estadunidense como el retorno de Trump a la Casa Blanca, significó un regreso vertiginoso al poder. Proclamado por el magnate como el inicio de una nueva “era dorada”, estuvo acompañado de una cascada de órdenes ejecutivas y anuncios que, para México y Canadá, representaron la primera advertencia: la imposición de aranceles de 25 por ciento a partir del primero de febrero.
En el caso de México, la amenaza se acompañó del anuncio de la militarización de la frontera e implicaba condicionantes tanto para nuestro país como para Canadá: pese al tratado comercial vigente, se aplicarían aranceles si ambos países no realizaban mayores esfuerzos para contener el tráfico de fentanilo y los flujos migratorios hacia Estados Unidos.
Era el amanecer de la nueva era Trump, cargada de turbulencias. A partir de entonces, sin abrir espacio a la confrontación y optando por un diálogo sin estridencias, la presidenta Claudia Sheinbaum desplegó una estrategia que privilegió la diplomacia y la cautela. Esta postura le ha valido reconocimiento internacional y le ha permitido negociar en buenos términos los plazos, los porcentajes e incluso los productos que serían impactados por los aranceles.
Frenar el flujo del fentanilo
Howard Lutnick, entonces en proceso de ratificación como secretario de Comercio de Estados Unidos, confirmó las pretensiones de Trump, más allá de la relación comercial: se trataba de una medida destinada a presionar a ambos países para frenar el flujo de fentanilo. Cumplido el primer plazo, Trump prorrogó por primera vez la entrada en vigor de los aranceles y los redujo a 10 por ciento, con aplicación prevista para el 4 de febrero.
“Ya no hay espacio para México o Canadá. Los aranceles entrarán en vigor a la medianoche”, advirtió la víspera.
A cambio de reforzar la frontera con 10 mil efectivos de la Guardia Nacional para frenar el flujo migratorio, entre otros acuerdos, México obtuvo una nueva prórroga de un mes en la aplicación de los aranceles.
El 4 de marzo, a unas horas de un nuevo vencimiento del plazo y con una convocatoria de Sheinbaum a una concentración masiva en defensa de la soberanía, las gestiones diplomáticas volvieron a postergar la entrada en vigor de los aranceles, aunque se fijó un gravamen de 10 por ciento para México. No obstante, se mantuvo la imposición de aranceles a las exportaciones de automóviles –el sector más dinámico de la economía mexicana–, así como al acero y al aluminio.
Desde entonces, la dinámica de la relación bilateral ha estado marcada por ultimátums, negociaciones diplomáticas y prórrogas. Las secretarías de Economía y de Relaciones Exteriores han sido los principales instrumentos utilizados por Sheinbaum para desactivar, una y otra vez, la imposición de aranceles, mediante continuas mesas de negociación destinadas a atenuar las inconformidades estadunidenses. Al punto que, en julio, el secretario Marcelo Ebrard proclamó como un “triunfo estratégico” una nueva prórroga de 90 días.
Con el mundo en vilo ante el cambio en la política arancelaria estadunidense, la estrategia diplomática de México le ha permitido sortearla de mejor manera y mantener vigente la negociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Más allá de las descalificaciones de Trump hacia este acuerdo, se mantienen los plazos de renegociación previstos para 2026.
A partir de entonces, los aranceles se han convertido en la principal herramienta de negociación con México en ámbitos como la seguridad, la migración, el agua y el campo. En septiembre, una nueva embestida estadunidense fue detonada por el secretario de Estado, Marco Rubio, quien advirtió sobre la necesidad de eliminar 57 barreras que, según los departamentos de Estado y de Comercio, afectaban la relación comercial entre ambos países.
Prácticas “desleales”
En materia agropecuaria, Trump volvió a la ofensiva desde enero de 2025 al amenazar con aranceles a los aguacates en vísperas del Supertazón. En julio, Estados Unidos informó que aplicaría un arancel de 17.09 por ciento a los jitomates importados desde México, al retirarse del acuerdo de suspensión de la investigación antidumping sobre tomates frescos de 2019, tras no alcanzar un acuerdo con el gobierno mexicano.
“México sigue siendo uno de nuestros mayores aliados, pero durante demasiado tiempo nuestros agricultores se han visto oprimidos por prácticas comerciales desleales que reducen los precios de productos como el tomate”, fue el argumento esgrimido. Asociado a la plaga del gusano barrenador, la administración Trump también cerró la frontera al ganado mexicano y, más recientemente, ha amagado con medidas contra la fresa mexicana por presuntas prácticas de dumping.
La imposición de aranceles no ha sido el único flanco de presión hacia México. Más allá de los elogios públicos de Trump hacia Sheinbaum –“es una mujer elegante y fantástica”–, se ha registrado un endurecimiento en otros ámbitos, particularmente en seguridad y migración.
El 8 de diciembre, Trump lanzó una nueva advertencia: la imposición de un arancel de 5 por ciento a México si no cumplía con la cuota de 200 mil metros cúbicos de agua adeudada a Texas durante el último quinquenio, derivada de una inusual sequía en la región. Nuevas rondas de negociación disuadieron a Estados Unidos de aplicar la medida, y México se comprometió a liquidar el adeudo de manera gradual.
El primero de julio se cumple el plazo para la renegociación del tratado. A unos meses de las elecciones intermedias en Estados Unidos y en medio de una ruptura pública entre Trump y el primer ministro de Canadá, Mark Carney, el contexto para las negociaciones se perfila especialmente complejo.
Proteger al planeta azul
El pasado 17 de enero Greenpeace develó el mural itinerante Revolución Azul, en el Huerto Roma Verde, en la CDMX. Foto Greenpeace México Foto autor
Iván Restrepo
26 de enero de 2026 00:01
El pasado 17 de enero la organización Greenpeace develó el mural itinerante Revolución Azul, en el Huerto Roma Verde, ubicado en la alcaldía Cuauhtémoc. Su objetivo primordial: celebrar la entrada en vigor del Tratado Global de los Océanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que permitirá proteger 30 por ciento del también llamado planeta azul. En otras partes del mundo, Greenpeace, en colaboración con artistas y comunidades locales, diseñó y pintó otros murales para destacar la belleza de nuestros mares y la entrada en vigor de dicho tratado.
Se trata de un mecanismo jurídicamente vinculante que cubre las zonas oceánicas ubicadas fuera de las aguas nacionales (alta mar) y el área internacional de los fondos marinos. Estas regiones conforman más de dos tercios de la superficie del océano. En volumen representan más del 90 por ciento del hábitat de la tierra. Y ello se debe a que el océano es profundo y la mayor parte del espacio habitable del planeta se encuentra bajo el agua. Esos santuarios serían una manera de reducir los efectos negativos del cambio climático y proteger la rica biodiversidad marina.
Además, según la información más reciente, suman 210 millones las personas que tienen en el océano su fuente de vida al laborar en industrias vinculadas con él, la pesca y el turismo. Y no sólo eso: casi la mitad de la población del mundo obtiene de allí su fuente principal de alimentos. Y 3 mil millones de personas consumen como proteína animal la riqueza marina y los productos obtenidos en la acuacultura. No sólo lo anterior: también cuenta la agenda política de las potencias que ahora buscan el predominio económico y militar, pues los países trasladan por los mares alrededor de 90 por ciento de las mercancías.
El tratado ya fue ratificado por 81 países. Entre ellos México, China, Alemania, Japón, Francia y Brasil. Pese a su gran importancia al ser el primer andamiaje legal para establecer en alta mar zonas protegidas, no lo ratifican aún India, el Reino Unido, Rusia y Estados Unidos. En el caso de este último, que presume ser la mayor economía del mundo, figura entre los cinco principales exportadores de bienes vinculados con el océano. Y si bien adoptó el tratado en 2023, no lo ratifica todavía. Se duda que lo haga mientras ocupe la Casa Blanca el magnate Donald Trump. Él ha retirado a su país de la inmensa mayoría de los organismos internacionales relacionados con el cambio climático, la salud y el medio ambiente.
Es importante recordar que hace cinco años comenzó el Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible, con un objetivo muy claro: promover una gestión de los océanos y costas basada en el conocimiento científico. De tal forma que un planeta azul saludable sea uno de los pilares para el progreso de toda la humanidad y una manera muy efectiva de impulsar la Agenda 2030 del Desarrollo Sostenible.
Se trata de algo de suma importancia porque en los océanos se concentra 97 por ciento del agua que existe en la superficie de nuestro planeta. Son los que regulan la vida de todas las especies que existen, incluida la humana. Producen casi la mitad del oxígeno que respiramos; influyen en el clima y el tiempo. Además, la evaporación que surge de los océanos aporta 34 por ciento del agua que luego en forma de lluvia o humedad cae sobre la parte terrestre del mundo, garantizando así la vida de sus ecosistemas. Y a todo lo anterior se agrega que 90 por ciento de las especies marinas dependen de los arrecifes de coral, formaciones que son vitales para la vida en la tierra y que lamentablemente no están suficientemente protegidos en muchos países.
Es muy importante que México haya firmado el Tratado Global de los Océanos. También una oportunidad para realizar tareas pendientes. Por ejemplo, ordenar ambiental y económicamente los 11 mil kilómetros de litoral que tenemos en el Atlántico y el Pacífico. Hasta hoy en los 17 estados beneficiados impera la ocupación anárquica por polos de desarrollo turístico, centros urbanos, complejos industriales de hidrocarburos y petroquímicos, obras públicas y destrucción de los ecosistemas costeros: manglares, tulares y áreas de anidación de tortugas marinas.
Garantizar la salud ambiental y social de la franja litoral del país es promesa gubernamental desde hace medio siglo. Y sigue sin cumplirse. ¿También en la actual administración?
La nostalgia no es estrategia
David Penchyna Grub
La edición 2026 del Foro Económico Mundial no será recordada por las promesas de un futuro interconectado, sino por ser el escenario donde se firmó el acta de defunción de la globalización tal como la conocimos durante las últimas cuatro décadas. No es “el nuevo fin de la historia”, pero sí el fin de un acuerdo tácito de integración multilateral, y de un entendimiento básico sobre los valores comunes a defender bajo la bandera de “Occidente”.
Si bien el fenómeno político de Donald Trump y su retorno al centro del tablero mundial dominan los titulares todos los días, atribuir la erosión del orden liberal exclusivamente a él sería un error de diagnóstico. Lo que Davos 2026 ha dejado al desnudo son las fracturas estructurales, especialmente en una Europa profundamente dividida. Mientras algunos bloques intentan desesperadamente sostener las banderas del liberalismo clásico, otros han sucumbido a nacionalismos que, bajo una retórica de protección soberana, dificultan hablar de una sola Europa. Ecos del Brexit y cierta dosis de pasmo e incredulidad ante la nueva realidad.
Esta fragmentación evidencia que el Consenso de Washington y la integración total ya no son el eje gravitacional del mundo. Estamos ante el surgimiento de una arquitectura global donde la eficiencia económica ha sido desplazada por la seguridad nacional y la autonomía estratégica. La ONU, la OTAN, la COP, las instituciones de la posguerra, están quedándole cortas al mundo.
En este contexto, el discurso más resonante no provino de las potencias tradicionales del G-7 europeo, sino del primer ministro Mark Carney, de Canadá. Su intervención fue una pieza de realismo político descarnado. Al sentenciar que “si no estamos en la mesa, estamos en el menú” y advertir que “la nostalgia no es estrategia”, Carney puso en blanco y negro la nueva realidad: el orden de la posguerra ha expirado.
La propuesta de Carney es el nuevo manual para el siglo XXI: el abandono de la integración regional ciega para favorecer la industria nacional, buscando afinidades selectivas en valores y mercados. Este giro hacia el friend-shoring y los acuerdos bilaterales estratégicos marcan el fin de la era de la globalización universal para dar paso a una era de bloques de interés. Tendremos un mundial juntos, pero la idea de Norteamérica unida contra China está más desdibujada que hace uno, cinco o 10 años.
La variable disruptiva fundamental ha sido la determinación de Estados Unidos de recuperar una hegemonía que, bajo la óptica de la actual administración en Washington, fue diluida por el multilateralismo. La lógica es pragmática y contundente: ¿por qué someter las decisiones de seguridad y economía a la burocracia de organismos internacionales o al consenso europeo cuando se puede ejercer influencia directa?, ¿por qué negociar lo que puedo tomar por la fuerza, literal o comercial?
Estamos transitando hacia un mundo dividido, de facto, en tercios: Estados Unidos, China y Rusia. Para la potencia norteamericana, la fragmentación de la gobernanza global no es un riesgo, sino una oportunidad para ejercer un control más nítido sobre sus áreas de influencia, negociando desde la fuerza y no desde la cooperación colectiva.
Resulta una paradoja observar la posición de México. Durante décadas, la resistencia a la globalización fue una bandera ideológica de la izquierda. Hoy, el pragmatismo ha barrido esa narrativa. México no sólo está integrado a la economía estadunidense; está indisolublemente ligado a ella en un momento en que esa misma integración se utiliza como moneda de cambio en la mesa de negociaciones. Esa integración que, junto con las remesas, sustituyó al petróleo como fuente de ingresos, hoy es el arma con el cual nos apuntan para ceder y conceder. La situación para el Estado mexicano es de una complejidad técnica y política sin precedentes. La economía nacional enfrenta una "tormenta perfecta”: Dependencia crítica del T-MEC en un entorno de proteccionismo creciente; una tendencia a la baja en el flujo de remesas; una pirámide poblacional que comienza a invertirse, presionando el sistema de pensiones, y un gasto social irreductible por ley, que limita el margen de maniobra fiscal. Todo ello, con el doble desafío de preservar la soberanía en todas sus acepciones –de seguridad, territorial, energética, alimentaria y política– mientras se navega en un mar de dependencia económica con un vecino que ha decidido cambiar las reglas del juego a la mitad del partido.
No es tiempo de “enredarse en la bandera” con retórica vacía, ni de añorar los años dorados de la globalidad compartida que Davos solía celebrar. El mundo de 2026 exige una diplomacia de precisión y una gestión económica que entienda que el nuevo orden no se basa en la apertura, sino en la resiliencia y la negociación bilateral estratégica. La globalización como bandera política ha muerto; lo que sigue es quedar en la mejor posición posible en el mundo dividido en tercios. La nostalgia, lo dijo bien Carney, no es estrategia.
