Años 60, la fuerza de las masas. En casi todo el mundo se desarrollaron movimientos sociales, y en Latinoamérica incluso movimientos armados que buscaban, como fue en Centroamérica, deponer a las tiranías oligárquicas que mantenían subyugadas a las masas populares a base de fuego y cárceles.
En México, una cauda de movimientos estudiantiles, campesinos y de trabajadores cuestionaron no sólo las estructuras, sino pergeñaban una nueva organización social, sin estar exentos de grupos armados actuando en áreas rurales y urbanas. Estados Unidos no fue la excepción, estudiantes universitarios se opusieron a la guerra contra Vietnam, y chicanos y afrodescendientes lucharon por los derechos civiles principalmente en las ciudades. Igual, las comunidades mexicanas de Texas y Nuevo México tras un siglo de intentos porque les devolvieran sus tierras, organizaron protestas pacíficas, pero en 1966 y 1967 pasaron a la ocupación armada de las tierras que por derecho les pertenecían.
Siglo XlX. Al perder la guerra de intervención armada contra México, 1846-48, este país se vio obligado a ceder a Estados Unidos la mitad de su territorio, mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo, eufemísticamente denominado Tratado de Paz y Amistad, oficialmente. Así, una parte de mexicanos quedó al norte de la nueva línea internacional. Para ellos el tratado estableció la garantía de que conservarían sus propiedades y serían incorporados como ciudadanos con derechos otorgados por la Constitución estadunidense. Pero no fue así, los anglos tomaron ventaja y los propietarios fueron obligados a vender la tierra o despojados con violencia, asesinados junto con sus familias. El grupo de mexicanos que un siglo después se armó en los años 60, eran los herederos de aquellos despojados de sus ejidos de propiedad comunal. Entonces, como trabajadores agrícolas, o campesinos empobrecidos, buscaron en las cláusulas del tratado de 1848, en las antiguas leyes de la Corona Española y en la Constitución de Estados Unidos, salidas al bloqueo jurídico de las cortes de justicia estadunidenses, pero nada sería fácil.
Sin embargo, en esas comunidades la movilización de los campesinos no carecía de antecedentes: entre 1859 y 1861 el texano Juan Nepomuceno Cortina sostuvo dos guerras contra los ocupantes anglos que habían despojado a los propietarios de su tierra, y años antes organizó una guerrilla para oponerse a la anexión de la República de Texas a Estados Unidos. Poco después, 1889 y 1890, Juan José Guerra organizó una guerrilla denominada Gorras Blancas para recuperar la tierra, que tuvo bajo control temporal de autogobierno buena parte del territorio de Nuevo México.
Años 60 de Reies López Tijerina, originalmente predicador de la Iglesia pentecostal, después de rechazar todas las religiones y la educación que imponía el sistema anglosajón, acontecimientos posteriores lo convirtieron en líder de quienes reclamaban la devolución de tierras para comunidades de Texas y Nuevo México. Pero este hombre que no terminó la primaria sintió que ante los abogados oficiales y los jueces de la Suprema Corte debía documentarse no solamente en los términos en los que se firmó el acuerdo de Guadalupe Hidalgo, sino en las Leyes de Indias de la Corona Española. Para entonces había formado la Alianza Federal de las Mercedes, pero en otras partes de su libro testimonial, Mi lucha por la tierra, habla del pueblo mestizo indohispano, diferenciándose del término chicano, que cobró fuerza en los 60 del siglo XX, antes del concepto latino. La organización de su pueblo le permitió viajar a la Ciudad de México y tiempo después a España. Quería leer las Leyes de Indias y profundizar en los demás ordenamientos que rigieron durante la Colonia, la renta y el otorgamiento de mercedes. Buscó los términos del Tratado Guadalupe Hidalgo que podrían aprovecharse. Tanto en México como en España fue asesorado por prestigiados juristas, pero siempre pendiente de cómo la prensa anglosajona distorsionaba el movimiento.
Es decir, como activista de una causa, sintió la necesidad de abrevar en el derecho que rigió la condición de los ejidatarios desde la Colonia, lo cual lo convirtió en investigador por un tiempo. Apodado King Tiger por su audacia, enfrentó la persecución y la cárcel junto con los valientes de su pueblo. La hazaña que lo volvió famoso internacionalmente fue la vez que, junto con el pueblo, se presentó ante la corte de Amarillo, Texas, haciendo huir al sheriff que lo había encañonado. La noticia dio la vuelta al mundo y los jóvenes de las comunidades, de servicio militar en Vietnam o estacionados en Alemania le enviaron recortes del episodio.
Como podemos ver, el otro México al que apenas si prestamos atención, sí existe. Por temporadas se moviliza por causas que no podemos ignorar porque son nuestras también. Quizá si hallamos la clave de cómo activar su memoria y acoplamos nuestros esfuerzos, esto podría traer una enorme fuerza para construir allá y aquí, Méxicos nuevos, justos y equitativos.
* Profesor de El Colegio de Sonora
Trump: sadismo institucionalizado
El presidente Donald Trump anunció la apertura de un centro de detención en la Bahía de Guantánamo, Cuba, para albergar hasta 30 mil migrantes que viven irregularmente en Estados Unidos y no pueden ser deportados a sus países de origen.
El uso del territorio cubano ocupado ilegalmente por Washington para encerrar, también al margen de la ley, a los migrantes indocumentados es el más reciente acto del espectáculo de violencia de Estado montado por el magnate para complacer a sus seguidores. Desde que regresó a la Casa Blanca, Trump ha deportado a centenares de personas encadenadas de modos que no casualmente recuerdan a las chain gangs (cuerdas de prisioneros), hoy universalmente condenadas como contrarias a los derechos humanos; ha empleado tácticas extremadamente inhumanas como las cacerías de personas dentro de escuelas, templos religiosos y albergues; ha enviado militares a la frontera y ha machacado con el bulo de que los migrantes son delincuentes, por lo que su expulsión sería un asunto de seguridad pública y nacional. La mendacidad de esta afirmación es exhibida por los datos: por tomar el caso de los mexicanos en Estados Unidos sin los documentos necesarios, sólo 7 por ciento han sido señalados de algún delito, y casi en todos los casos se trata de faltas de tránsito como conducir sin un faro, estacionar en un lugar prohibido u otras infracciones que no constituyen estigma para las personas blancas, pero son usadas para negar el voto a latinos o afrodescendientes, así como para alimentar el discurso de odio contra los buscadores de asilo.
Pese a la criminalización y la puesta en escena de persecuciones implacables, el número y el ritmo de las deportaciones se han mantenido similares a los que prevalecían antes de su regreso al poder. Aunado al hecho de que durante su primer periodo presidencial Trump deportó a menos personas que sus homólogos demócratas Joe Biden, Barack Obama y Bill Clinton, lo anterior indica que no tiene intenciones reales de expulsar a los 20 millones de migrantes en situación irregular que, según él, viven en el país, aunque fuentes más confiables los calculan entre 10 y 15 millones.
En cambio, sus acciones y palabras presentan toda la apariencia de un despliegue propagandístico para galvanizar a su electorado en torno al miedo frente a un peligro inexistente, al mismo tiempo que desvía la atención de los problemas reales de la sociedad estadunidense, desde el desmantelamiento de la educación hasta los tiroteos masivos, pasando por la crisis de acceso a la vivienda, la esperanza de vida más baja entre las naciones ricas o las sobredosis de drogas comercializadas de modo tan legal como inescrupuloso por su industria farmacéutica.
Sólo en el marco de este sadismo institucionalizado se entiende la decisión de enviar a 30 mil migrantes a un campo de concentración y tortura creado para recluir a personas acusadas –en su mayoría, falsamente– de involucramiento en actividades y grupos terroristas.
La reapertura de un símbolo internacional de violación de los derechos humanos es un guiño a los trumpistas que consideran a los trabajadores del Sur global merecedores del mismo castigo infligido a supuestos miembros de Al Qaeda o el Estado Islámico y la medida, además de suponer un costo astronómico para los contribuyentes estadunidenses por la logística de transportar y mantener a semejante número de personas a un enclave aislado, azuza a grupos ya radicalizados en el racismo y la xenofobia.
DeepSeek: tumultos en la web
Ilán Semo
China acaba de lanzar al mundo digital un nuevo sistema de inteligencia artificial (IA) que Lu Chan, uno de los creadores de ChatGPT, definió intempestivamente como una auténtica arma nuclear (por sus efectos en la ciberesfera): DeepSeek. No por casualidad, el lanzamiento tuvo lugar el pasado 20 de enero, el mismo día en que Donald Trump pronunció su discurso inaugural. En tan sólo una semana, el número de sus suscriptores sobrepasó de manera considerable a las plataformas existentes. Las razones son constatables: es más eficiente, cuenta con una memoria de mayor envergadura y es más rápido y preciso. Y sobre todo: se trata de una open source, es decir, es gratuito. Además, hace visible su sistema operativo, de tal manera que los usuarios pueden modificarlo según sus necesidades, o bien duplicarlo para crear un sistema similar.
La primera reacción de la prensa estadunidense (favorable al invento chino, por cierto) fue ponderar a DeepSeek como un dispositivo que democratiza los usos de la red. La verdad es que la palabra democracia dice poco –o prácticamente nada– sobre la profundidad de este fenómeno, que ancla en el carácter radicalmente disruptivo del metabolismo que caracteriza a las tecnologías ciber: al ser gratuito, el sistema chino abatió una parte sustancial del valor de las compañías estadunidenses que ofrecían el servicio de manera privada, es decir, no como un bien público, sino como una mercancía. Si se le observa con detalle, no existe ninguna forma de propiedad privada digital que llegue a preservarse con el tiempo. ¿No será, como sostenía Marx, que la expansión de ciertas fuerzas productivas acaba por inhabilitar –o poner en entredicho– relaciones de producción existentes?
El fenómeno pudo observarse en el breve lapso de una semana. En tan sólo un par de días, las acciones de Nvidia, la mayor proveedora de chips de IA y la compañía número uno entre las 100 empresas más poderosas del mundo en la lista de Forbes, perdieron 17 por ciento de su precio. En un abrir y cerrar de ojos, 600 mil millones de dólares –la tercera parte del PIB de México– se esfumaron de los bolsillos de esperanzados inversionistas. Lo mismo sucedió con las acciones de las otras compañías que integran el big data. Las empresas estadunidenses, que se sentían las dueñas de la web, se revelaron súbitamente como una de las entidades más lábiles en la historia de la tecnología moderna. Agréguese que el desarrollo de DeepSeek costó tan sólo 6 millones de dólares (una bicoca en ese mundo) y que fue elaborada por un minúsculo grupo de 200 tecnólogos en tan sólo año y medio, y la inquietud en Silicon Valey es más que comprensible.
Durante años, el sistema de seguridad industrial de Estados Unidos, encabezado por el Pentágono y la CIA, trató de impedir que las empresas chinas se hicieran de los chips y el know how de la tecnología de la IA. Los ingenieros de DeepSeek recurrieron antonces a chips anticuados y modalidades inéditas de programación. Además el sistema sólo emplea la tercera parte de los chips que se utilizan en ChatGPT, y gasta apenas 10 por ciento de la energía que demanda éste último. Como decía Darwin: La necesidad hace al órgano. Nadie hubiera esperado un golpe tan certero desde una posición tan desventajosa.
La historia de la tecnología esconde el misterio de que cambios apenas perceptibles pueden propiciar las circunstancias para la emergencia de imperios enteros. Así sucedió con la adecuación española de la pólvora china –la pólvora amartillada– que hacía posible el funcionamiento del arcabuz, el arma con que los Tercios conquistaron una parte del mundo. A fines del siglo XVI, la marina militar inglesa colocó en sus buques un cañon más ligero sobre rieles para acelerar el tiempo de la retrocarga. Los cañonetes ingleses disparaban cuatro veces antes que la artillería española de La Armada pudiera volver a cargar. Si Benz y Daimler en Alemania inventaron el motor de combustion interna, fue la cadena de suministro creada por Ford la que dio a Estados Unidos la hegemonía sobre la industria automotriz.
¿Sucederá lo mismo con DeepSeek? Probablemente no. Pero es un severo aviso de las capacidades tecnológicas de China. Y representa sin duda una advertencia sobre los límites que impone el proteccionismo a una sociedad como la estadunidense. Donald Trump se rodeó de un grupo de billonarios, entre los cuales sin duda se encuentran quienes encabezaron la revolución tecnológica de la última década.
Todos tienen en común lo que los hizo tan poderosos –y ahora ya ineficaces–: la desregulación completa de la vida económica. Ésta ha llegado a su límite: propiciar gigantescos monopolios cuya lógica es su autorreproducción y no la elevación de la calidad de vida de la población. El fordismo (léase: empresarios preocupados por el salario de los trabajadores) quedó muy atrás. El dilema es que la conjunción entre el nacionalismo, el sentimiento de supremacía y las burbujas financieras (como las que indujo artificialmente el big data) puede propiciar un coctel altamente ineficiente. ¿Será que MAGA no hará más que pronunciar la parte más ineficaz del sistema estadunidense?