domingo, 1 de noviembre de 2020

Collins: alarde de corrupción.

La Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX) anunció ayer que ya efectuó todos los trámites conducentes para extraditar de Estados Unidos a Raymundo Collins Flores, ex director del Instituto de la Vivienda capitalino (Invi) durante el sexenio pasado. La petición a las autoridades estadunidenses se sustenta en la orden de aprehensión girada contra el ex funcionario por uso ilegal de sus atribuciones como titular del instituto –quien se encuentra prófugo de la justicia desde que en enero se le giró una orden de arresto por desvíos millonarios– posteriormente anulada por un juez de control.
La solicitud de extradición se dio a conocer un día después de que la FGJCDMX y su homóloga del estado de Morelos catearan la mansión de Collins en la localidad turística de Tequesquitengo, donde hallaron una colección de 41 automóviles clásicos –algunos con valor de millones de pesos– una cuatrimoto, una motocicleta, tres acuamotos, una lancha, varias obras de arte y otros bienes suntuarios.
La escala de la fortuna de Collins –exhibida en imágenes que circulan desde el viernes en redes sociales y medios de comunicación– resulta todavía más chocante en tanto este personaje ha sido servidor público de manera casi ininterrumpida durante dos décadas: de 2000 a 2003 fue subsecretario de la Secretaría de Seguridad Pública del entonces Distrito Federal, de 2006 a 2012 estuvo a cargo de la Central de Abasto capitalina, y desde ese año hasta julio de 2018 dirigió el Invi. Cuando Miguel Ángel Mancera dejó la jefatura de Gobierno para convertirse en senador por la vía plurinominal, José Ramón Amieva lo puso al frente de la SSP hasta el final del sexenio, en diciembre de ese año.
Se trata, pues, de la enésima exhibición de la podredumbre alcanzada durante la pasada administración capitalina, la cual se caracterizó precisamente por los constantes señalamientos de realizar grandes negocios mediante el otorgamiento discrecional de permisos de construcción, muchos de ellos irregulares, hasta el punto de que reportes periodísticos hablan de un verdadero “ cártel inmobiliario” al frente de la Ciudad de México. Tampoco puede olvidarse que Collins estuvo a cargo de la política de vivienda tras el fatídico sismo del 19 de septiembre de 2017, y en este sentido es uno de los responsables de una negligencia que no puede calificarse sino de criminal en la fallida reconstrucción de los inmuebles dañados.
Cabe esperar que se dé con el paradero del ex funcionario, que se le presente ante el tribunal que lo requiere, y que se esclarezcan sus responsabilidades en el delito que se le imputa, así como en cualquier otro que se descubra en el curso del juicio. Además de constituir un deber de las autoridades, sancionar los delitos cometidos por servidores públicos constituye la mejor medida para despejar cualquier tentación de hacer mal uso de sus atribuciones por parte quienes ocupan un cargo.

Arturo Lona, mucho más que el obispo de los pobres
Luis Hernández Navarro
Envalentonado, Arturo Lona tocó la puerta de la casa del cacique de Huejutla. Él era por aquellos años adjunto de don Bartolomé Carrasco, obispo de esa diócesis desde 1963. La campaña en su contra crecía día a día auspiciada por el señor de horca y cuchillo de esa región de la Huasteca hidalguense. Su vida corría peligro. Pero él, en lugar de arredrarse, entró a la casa de su enemigo, se sentó y de su sotana sacó una pistola calibre .45, que puso sobre la mesa.
–Vengo en son de paz, ¡cabrón! –le dijo al jefe político militar. Sorprendido, el cacique decidió llevarla suave. Terminaron brindando con aguardiente de caña. Años después, en otras regiones del país, sufriría 11 atentados contra su vida.
Oriundo de Aguascalientes, niño en la guerra cristera, joven espectador que se confunde con la violencia de la segunda guerra, el obispo Lona fue hijo de un trabajador ferrocarrilero, Fructuoso Lona y de Dolores Reyes. Su padre decía que él tenía cuatro hijos: dos varones, la mujer y el cura. De él heredó el uso de las malas palabras.
Se ordenó de sacerdote en 1952, con casi 27 años de edad. La convivencia con los indígenas de la Huasteca hidalguense lo marcó para el resto de su vida. Aprendió a hablar náhuatl, donó a comuneros un rancho de cítricos e impulsó una pastoral indigenista.
Cercano a don Samuel Ruiz, fue pastor generoso que buscó hacer compatible la cultura de las comunidades indígenas con la evangelización, abrazó la teología liberadora en la opción preferencial por los pobres, y criticó por igual al sistema político y a los príncipes eclesiales.
Siempre atento con los pobres dentro de los más humildes, pionero en la lucha por la defensa de los derechos humanos en América Latina –cuando la legitimidad de esta causa era incipiente–, protector incansable de los migrantes, fue fundador del Centro de Derechos Humanos Tepeyac de Tehuantepec. Desde su vocación mariana, defendió a las mujeres víctimas de violencia.
Impulsor de la comunalidad como forma de organización productiva, promovió en 1981, junto al sacerdote holandés Francisco Van der Hoff, la formación la Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo (Uciri), primera organización de productores de café orgánico del país, artífice del movimiento por un comercio justo. Con las esposas de productores de ajonjolí, fomentó Comunidades en el Camino, asociación que elabora aceite orgánico de esta oleaginosa que se exporta exitosamente a Corea del Sur.
En agosto de 1971 fue consagrado obispo de Tehuantepec, diócesis fundada en 1891, que abarca 25 mil kilómetros cuadrados de costa, selva y montaña. Territorio de pueblos indígenas como zapotecos de la costa y de la sierra, ikoots, mixes, chontales, zoques, huaves, mazatecos, chinantecos y mixtecos, a ella pertenecen las ciudades de Tehuantepec, Juchitán, Ixtepec, Salina Cruz y Matías Romero.
El Istmo de Tehuantepec era, a la llegada del obispo Lona, una región afectada por grandes proyectos de inversión –como la presa Benito Juárez– que alteraron profundamente las estructuras sociales, en la que el catolicismo institucional estaba debilitado, la práctica de un sincretismo religioso sin mediadores institucionales se encontraba extendida, había fuertes tendencias hacia la autonomía regional, el uso de la lengua zapoteca era frecuente y había una creciente y poderosa movilización popular, de la que la lucha de la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (Cocei) era parte.
El obispo recorrió el Istmo de un lado a otro, pueblo por pueblo. Se acercó a la gente, conoció sus culturas y su geografía. Lejos de oponerse a las protestas sociales, acompañó a muchas de ellas. Formó catequistas, promotores laicos y Organizaciones Eclesiales de Base (CEB). Incubó organizaciones autónomas de campesinos que atendían simultáneamente sus necesidades religiosas y su problemática socioeconómica. Convocó a faenas comunitarias, estableció cajas de ahorros, cooperativas y clínicas rurales.
Su sencillez y buen humor eran proverbiales. Cuenta el profesor Rogelio Vargas Garfias que, un día, su coche Datsun 1980 quedó atascado en un lodazal. El obispo Lona pasó por allí en una destartalada camioneta Ford. Al ver los esfuerzos que Rogelio y su familia hacían para salir de allí se dispuso a ayudarles. En ese momento el auto, empujado como por una fuerza milagrosa, venció la resistencia del lodo y las aguas estancadas. El padre sonrió, se acomodó su cruz de madera en el pecho, y dijo: ¿Fue Dios o están grabando un comercial para la Datsun?
La labor emancipadora de don Arturo le valió que sus superiores religiosos lo hostigaran y persiguieran. Tuvo que soportar todo tipo de humillaciones de estas gentes. En 1986 acudió a Roma para aclarar una acusación del entonces nuncio apostólico Jerónimo Prigione. Años más tarde, Justo Mullor le pidió la renuncia.
El antropólogo Gerardo Garfias, su monaguillo cuando tenía siete años, recuerda cómo, en San Francisco la Paz, Chimalapas, Arturo Lona construyó una iglesia en medio de la nada, y cómo, cuando iba al seminario, servía la mesa. Era muy pueblo, asegura.
Arturo Lona caminó siempre al lado de su gente. Para él, la pobreza no era una fatalidad, o un destino o una condición. Tampoco una desgracia. Era, lisa y llanamente, una injusticia. El sistema económico, aseguraba, no tiene la última palabra. Por eso se dedicó a combatirlo. Su vida da fe de su empeño en ello. No en balde fue mucho más que el obispo de los pobres.
Twitter: @lhan55