A lo largo de su carrera, Fisk cubrió episo-dios cruciales de la historia reciente: la Revolución de los Claveles en Portugal, la Revolución Islámica en Irán, la guerra civil libanesa –incluso estableció su lugar de residencia en medio de la Beirut asolada por los bombardeos– informó al mundo de la matanza de palestinos perpetrada por los aliados locales de Israel, reporteó la invasión soviética de Afganistán, el conflicto entre Irak e Irán, las dos guerras emprendidas por Occidente contra el país mesopotámico, los conflictos en la antigua Yugoslavia y en Argelia.
Fue enviado de nuevo a Afganistán en 2001, cuando Estados Unidos invadió ese país en represalia por los ataques del 11 de septiembre de 2001; cubrió el rompecabezas de la guerra en Siria; fue el único informador que entrevistó en tres ocasiones a Osama Bin Laden; en Irak sufrió lesiones permanentes en un oído por situarse demasiado cerca de una pieza de artillería pesada, y en Pakistán fue víctima de una bárbara agresión por parte de refugiados afganos. Adicionalmente, Fisk escribió abundantes y profundas reflexiones sobre el genocidio de armenios cometido por el Imperio Otomano a principios del siglo pasado y sobre la incapacidad de Occidente para entender a los pueblos de Levante y, en consecuencia, lo fallido de sus políticas en la región.
El reportero tenía como principio escribir con base en su testimonio personal y criticó siempre el llamado periodismo de hotel que suelen practicar los enviados de medios occidentales a Medio Oriente y desemboca de manera inevitable en la distorsión y la imprecisión. El periodista fue un militante inflexible de sus propios principios, el más importan-te de los cuales era la denuncia y la abominación de la guerra. El analista denunció en forma invariable la estupidez, la inmoralidad y la incongruencia de las maquinaciones geopolíticas de las potencias, incluido su propio país.
El ser humano recibió numerosas distinciones por su trabajo, pero se mantuvo siempre ajeno a las tentaciones protagónicas que suelen afectar a sus colegas de oficio y se guio en toda circunstancia por el precepto de que un periodista no debe ser la noticia. Esa postura no lo condujo, sin embargo, a las pretensiones de supuesta objetividad, tan en boga en los medios occidentales, y que no son sino el disfraz de un afán de distorsionar los hechos y de desinformar sobre ellos. Por el contrario, el reportero fallecido procuraba aportar a sus lectores elementos de contexto, claves para el entendimiento de los hechos y relacionarlos con su vasto conocimiento de la región.
La visión siempre crítica y siempre fundamentada de Fisk fue imprescindible para comprender los complicados panoramas de Medio Oriente, el Golfo Pérsico y Asia central, y la criminal torpeza de Occidente en esas regiones. Era una de las poquísimas voces con audiencia, credibilidad y autoridad mundial para cuestionar la verdad única de los medios objetivos y al discurso oficial de Washington, la OTAN y los gobiernos de la Unión Europea. Y cumplía con la máxima de su colega Ryszard Kapuściński, fallecido en 2007, de que para ser buen periodista hay que ser buena persona.
Los despachos y las reflexiones de Fisk encontraron cabida en estas páginas en forma regular desde aquel terrible 2001 y aportaron al diario y a sus lectores una información veraz, contrastante, comprometida y profundamente humana. Con su desaparición se abre un gran hueco de silencio y La Jornada lamenta profundamente este adiós a Robert Fisk.
La democracia del Tío Sam
John M. Ackerman
Independientemente de quien gane o pierda la elección presidencial en Estados Unidos (EU) el martes 3 de noviembre, la lección histórica más importante será el colapso de cualquier fantasía con respecto al supuesto ejemplo del sistema democrático del país vecino.
Donald Trump no es un accidente histórico, sino una expresión de las profundas debilidades y contradicciones estructurales que aquejan a EU desde hace siglos. Aquella nación se construyó con base en la aniquilación casi total de sus pueblos indígenas y la esclavitud de más de 4 millones de africanos y sus descendientes. Y su sistema legal e institucional está diseñado para favorecer siempre al interés privado por encima del público.
EU fue uno de los primeros países del mundo en liberarse del yugo imperial de Europa e independizarse del rey de Inglaterra, entre 1775 y 1883. Sin embargo, a la república que se estableció con la Constitución de 1787 faltaba mucho para ser plenamente democrática. Los indígenas, los esclavos, las mujeres y los pobres fueron sistemáticamente excluidos de la política desde el inicio de la república.
La Constitución ha sido reformada en varias ocasiones, pero hoy es un documento terriblemente desfasado. Se ha mantenido incólume su carácter elitista, con una defensa a ultranza de la propiedad privada y el privilegio, ya que EU no experimentó revolución alguna durante los siglos XIX, XX o XXI, un largo periodo histórico caracterizado por profundos procesos revolucionarios en la mayoría de las naciones del mundo.
A pesar de esta situación, la historia oficial y la cultura política dominantes en EU niegan rotundamente tanto su sangriento legado histórico como la evidente desactualización de su Carta Magna. Ni Biden ni Trump han propuesto un cambio de régimen y mucho menos una transformación histórica, sino solamente discuten sobre cómo mejor administrar el sistema de injusticia imperante.
Ahora bien, es importante recordar que la votación popular nacional no decide quién llegará a la Casa Blanca. Todo se encuentra en manos de pequeñas comunidades de votantes indecisos que habitan en la media docena de estados bisagra ( swing states) como Florida, Pensilvania, Ohio y Michigan. Hace cuatro años, Hillary Clinton recibió 3 millones de votos más que Trump, pero perdió la elección por la manera tan anticuada de sumar votos de acuerdo con el sistema del colegio electoral estadunidense.
Asimismo, desde la resolución de la Suprema Corte en el caso Citizens United en 2010 son casi inexistentes los controles sobre el gasto privado en las campañas electorales. Biden ya ha gastado más que cualquier otro candidato presidencial en la historia, no solamente de EU, sino de toda la humanidad. De acuerdo con el sitio web Open Secrets (https://bit.ly/3oUopIb), Biden ha recibido casi 1.5 mil millones de dólares en donativos, equivalente a 30 mil millones de pesos. Trump no se ha quedado muy atrás, con un monto que suma casi mil millones de dólares.
Adicionalmente, 5.2 millones de ciudadanos estadunidenses simplemente no podrán votar por haber sido condenados por algún delito en el pasado (https://bit.ly/3kOqQJL). Un gran porcentaje de estos ciudadanos privados de sus derechos son de comunidades raciales minoritarias que suelen apoyar al Partido Demócrata. Hay también millones de mexicanos y latinoamericanos que viven y trabajan en EU que no podrán votar porque jamás se registraron o porque no cuentan con la documentación requerida.
El contexto de la pandemia de Covid-19 complica más el escenario. Los medios reportan que unos 80 millones de votos ya se han enviado vía correo postal, lo cual probablemente llegue a ser más de la mitad de la votación total. El problema es que hay importantes atrasos en el proceso de entrega de los votos postales a los consejos electorales. Ello podría generar tanto una invalidación masiva de votos, en los estados que solamente reciben las boletas hasta el día de la elección, como un atraso significativo en el conteo oficial de los votos, en los estados cuya legislación permite la recepción de los votos hasta después del 3 de noviembre.
Es probable que sepamos los resultados electorales hasta después del 3 de noviembre. También es muy posible que Trump continúe con su denuncia de un supuesto fraude electoral en su contra. Pero será importante recordar que la inestabilidad y el conflicto social que ello podría generar no será en realidad la culpa de un solo individuo irresponsable, sino el reflejo de problemas estructurales mucho más profundas que se deben resolver de fondo.
En este contexto, la esperanza no es Biden y mucho menos Trump, sino el avance de la vasta movilización social que se ha articulado alrededor de la causa de Black Lives Matter y pretende transformar de raíz al sistema político estadunidense en un sentido profundamente humanista y solidario.
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