martes, 21 de abril de 2020

Saña y estupidez.

José Blanco
Un bicho microscópico que se destruye fácilmente en unos segundos con jabón, tiene paralizada a la mayor parte de la humanidad. Esta tragedia inacabable no es producto de una condena de la naturaleza, sino de la estupidez intrínseca de las relaciones capitalistas que rigen la existencia. Por su mandato, los humanos no pueden simplemente producir los bienes que resuelvan sus necesidades: la prevención frente a la enfermedad, o los instrumentos y medicamentos para atender a todos, por ejemplo. No, prevención, instrumentos y medicamentos son producidos si, y sólo si, permiten a unos pocos individuos acaparar ganancias dinerarias sin solución de continuidad, en este caso a costa de la salud de todos, y al precio de la muerte para cientos de miles.
Cuando hay una alteración aguda de la existencia como la vivida hoy por todo mundo, la idiotez de esas relaciones queda al desnudo en su brutal limitación para organizar la vida humana; y el Estado –desde donde es posible poner atención a problemas colectivos de alta complejidad–, antes radicalmente despreciado, es llamado a resolver lo que las relaciones capitalistas y el mercado no pueden resolver. El Estado puede unir la necesidad y el problema de todos y cada uno, con alguna solución. Aunque aún en este caso, los bienes necesarios también deben obsequiar ganancias dinerarias a capitalistas privados. Los humanos del futuro verán con ojos desorbitados tanta demencia, tanto disparate.
No hay en ello sólo estulticia, también hay saña descarnada vuelta parte central de lo normal. Por ejemplo, Standard and Poor’s, Moody’s y Fitch, calificadoras financieras, han decidido degradar la deuda emitida por México, un país con un Estado jibarizado, y más de 60 millones de pobres, y ahora debe pagar intereses más altos, porque ha afectado ¡el clima de negocios! y probablemente las decisiones del gobierno, en el marco de la pandemia, continuarán impactando la inversión privada en los años próximos. Las relaciones capitalistas, impotentes frente al virus, empujan al capital financiero internacional a castigar al gobierno, arrancando más ganancias a sus recursos limitados.
Unos jóvenes, como los del Circuito de Plata de la Liga Mx, no pueden sencillamente desear jugar futbol y organizar sus competencias. No, esos jóvenes aspiran a ganar altos ingresos como atletas de alto rendimiento y volverse consumistas de alto nivel. Pero han sido frustrados por la decisión de Enrique Bonilla, titular de la liga, de cancelar durante cinco años ascensos y descensos entre divisiones, con la finalidad de consolidar proyectos estables que den ¡certidumbre a los inversionistas!. Las relaciones capitalistas hunden lo que sea –la vida misma– para obtener ganancias: la ley de la selva mercantil.
La tragedia capitalista llamada pandemia resulta de la degradación atroz de la vida de los humanos a partir de la institucionalización de la globalización neoliberal en los años 70 del pasado siglo. Ganó, como expresión que resumía las bases de la nueva normalidad, la sigla thatcheriana TINA (there is no alternative): no hay alternativa al capitalismo, al mercado, a la privatización de instituciones públicas, a la desregulación de las operaciones financieras, a la globalización financierizada, al aplastamiento de los salarios, a la supresión de derechos sociales, a la eliminación del Estado de bienestar, al encogimiento extremo de las instituciones públicas. Es hora de sacudirnos esta ideología de saqueo que infestó al mundo en beneficio desorbitado del 1%.
Las manifestaciones de protesta por la situación vivida en todas partes habían comenzado a crecer por el orbe, aunque mayormente identificadas como problemas locales. No obstante, también se inició una globalización de los motivos de la ira social. Ha sido el caso de la gigantesca cri­sis ecológica capitalista; es el caso de las mareas feministas, del desprestigio de la política liberal, del descrédito del autoritarismo, del repudio a la corrupción, de la desigualdad imparable.
En México, la exigua calidad humana de los beneficiarios del neoliberalismo, se expresa hoy en el uso criminal de la pandemia para intentar deslegitimar al presidente más legítimo que haya tenido este país desde el gobierno de Lázaro Cárdenas. No escatiman en el empleo bajuno de la mentira para intentar descarrilar el empeño minucioso de la autoridad sanitaria por mantener acotada la epidemia, a efecto de que los mexicanos no veamos rebasados los magros recursos de salud que dejó el neoliberalismo ejercido hasta la barbarie por los gobiernos de De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, con el apoyo de sus empleados de tantos medios escritos y electrónicos. Se han vuelto golpistas activos y nadie perteneciente a los nadies, a los excluidos de siempre, debiera perderlos de vista. Quieren el retorno cabal del mundo ­neoliberal.
Cada vez es más claro: es necesaria la radicalización de los movimientos sociales en favor de un mundo nuevo.

Luis Sepúlveda, profundamente rojo
Luis Hernández Navarro
En la Amazonia ecuatoriana, los indios shuar se reúnen al final del día a contarse cómo ha sido su jornada. El escritor chileno Luis Sepúlveda convivió con ellos siete meses y se dejó cautivar por la gestualidad de sus palabras, por el uso de sus silencios y por los rostros felices de los escuchas en esas ceremonias nocturnas. Quedó marcado por la experiencia. Diez años después, a partir de ella, escribió Un viejo que leía novelas de amor.
La novela narra las aventuras de Antonio José Bolívar Proaño, hombre que se adentra, gracias a los shuar, en los misterios del mundo selvático. Fue publicada originalmente en 1988 y obtuvo el Premio Tigre Juan. Su consagración como miembro de honor de la República de las Letras caminó de la mano de la aparición de la traducción francesa del libro cuatro años más tarde. Según la crítica literaria, el chileno se convirtió en el autor latinoamericano más leído en Europa. La obra vendió 18 millones de ejemplares y fue traducida a más de 60 idiomas.
En su cuenta de Twitter (@sinmascara), Luis Sepúlveda se identificó a sí mismo como escritor, periodista y bastante cabreado. En su avatar, puso su imagen con el Kremlin de Moscú de fondo, vistiendo un saco negro y un ushanka también negra, con la hoz y el martillo en rojo montados sobre una estrella de cinco picos en el centro.
Sepúlveda comenzó a trabajar como periodista muy joven, en su natal Chile, reporteando para el diario El Clarín. Allí, un experimentado colega le recomendó ser menos literario y quitar la paja de sus notas. En Nicaragua, adonde fue a combatir contra la dictadura de Anastasio Somoza con la Brigada Internacional Simón Bolívar, se hizo cargo, al triunfo del sandinismo, en medio de mil y un carencias (tinta, papel, ortografía...), de la sección internacional del periódico Barricada. Años después fue corresponsal en una revista alemana en Angola, Mozambique y Cabo Verde.
El autor de La sombra de lo que fuimos fue hijo de un militante comunista y una enfermera mapuche. En su casa había algunos libros de aventuras, pero no una biblioteca desde la que pudiera acercarse a la literatura. Personaje de sí mismo, se hizo escritor –según narró en ocasiones diferentes– por razones familiares y por el futbol.
Familiarmente, porque su acercamiento a la palabra, primero a través de la oralidad y luego de la escritura, provino de tres parientes. Su abuela vasca y su abuelo andaluz eran estupendos contadores de historias, que lo deleitaban y entretenían con sus relatos. Y de su tío abuelo mapuche, dedicado a educar a los niños de su caserío con narraciones que él no entendía del todo, pero cuyo significado sentía gracias a la magia de la oralidad.
Apasionado futbolista, el escritor de Patagonia express soñaba con destacar en ese deporte y llegar a ser profesional. La fantasía no le duró mucho. Un domingo caminaba rumbo a la cancha de juego cuando conoció a la chica más hermosa que había visto en la vida. Tenía entonces 13 años. Obsesionado con ella, jugó uno de los peores partidos en su corta carrera. La pasión siguió pero la joven no correspondió a su fervor y él conoció el veneno de los amores imposibles. Hasta que cayó en sus manos el libro de Pablo Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada y sintió que una de las composiciones estaba escrita pensando en él y en su desdichado enamoramiento. Encontró entonces en la poesía un amor fiel, que jamás lo traicionaría, y comenzó a escribir versos. “Por culpa de la literatura –escribió– el futbol chileno perdió a un gran delantero.”
Su vocación por el periodismo y las letras no lo alejó de su compromiso político con las causas de los de abajo. “Yo siempre escribía –dijo–, pero cuando fue necesario coger el arma la cogí.”
Integrante de una generación que se atrevió a cambiar el mundo y se lanzó de lleno a la lucha social, no era todavía adulto cuando se afilió a la Juventud Comunista, de donde fue expulsado en 1968. Se unió entonces al Partido Socialista y al Ejército de Liberación Nacional en Bolivia, donde era conocido como Iván. Allí fue arrestado. Formó parte del GAP (Grupo de Amigos del Presidente), encargado de la seguridad del presidente Salvador Allende. Pasó casi tres años preso después del golpe de Estado. Combatió en Nicaragua contra la dictadura somocista, porque es lo que dictaba la conciencia. Tiempo después se volvió un activo defensor del ambiente.
“Soy –explicó en una entrevista– un hombre y un escritor de izquierda, y como tal conozco las razones políticas de la injusticia y de la devastación del ambiente. Ciertamente no escribo panfletos, escribo literatura, pero en todos mis libros está mi punto de vista. Además, como ciudadano, soy militante de la causa ecologista.”
En otra, añadió: Mis sueños están intactos, sigo creyendo que es posible vivir en un mundo justo, fraterno, armónico. Y si hay que jugarse de nuevo por esos sueños lo hago con el mismo amor y la misma pasión de cuando tenía 20 años.
Rojo profundo –como se definió a sí mismo–, Luis Sepúlveda sobrevivió a la tuberculosis ósea que adquirió en las mazmorras de la dictadura pinochetista, al ataque de un francotirador en Nicaragua que le metió dos balazos en una pierna, a los dos años en la cárcel de Tenuco y al arresto en Bolivia, pero no pudo vencer al coronavirus.
Twitter: @lhan55