martes, 21 de abril de 2020

Petróleo: fin de un ciclo

Entre el pasado viernes y ayer, el precio del petróleo West Texas Intermediate (WTI, usado de referencia para tasar el crudo de otras regiones, incluida la mezcla mexicana) se desplomó 92 por ciento, hasta alcanzar un piso de apenas 1.42 dólares por barril. De manera incluso más catastrófica, el agotamiento de los espacios para almacenar crudo hizo que las estimaciones de precios futuros se ubicaran en niveles negativos por primera vez en la historia de ese recurso estratégico.
Esta caída en los precios del hidrocarburo responde, en primera instancia, al abrupto freno experimentado en la demanda, tras la inevitable parálisis de buena parte de las actividades económicas que trajeron consigo las medidas de confinamiento tomadas para contener la propagación del coronavirus. Además, el golpe llegó cuando el valor del petróleo ya se encontraba debilitado por el exceso de oferta, creado en un principio por la extracción mediante fractura hidráulica ( fracking) impulsada en Estados Unidos y, después, por la guerra de precios con que Arabia Saudita buscó descarrilar a esa perniciosa industria naciente.
El desplome del valor de la materia prima más importante del siglo XX y de lo que va del XXI no puede interpretarse sino como el fin de un ciclo económico y, por lo tanto, político y social. Así, todo indica que el Covid-19 dejará una herencia incluso más desastrosa en la economía, de la que ya ha dejado, y lo seguirá haciendo en la salud pública en las semanas por venir: como apuntó la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, en estos momentos 170 naciones ya están en recesión económica, y a diferencia de la crisis de 2008, esta vez no hay ningún país que pueda arrastrar al resto de vuelta a la senda del crecimiento.
El quebranto petrolero no puede entenderse de manera aislada; al contrario, es claro que forma parte y magnifica la espiral de recesión económica mundial: si la falta de actividad general tiró los precios del crudo, el virtual cese de sus labores de extracción, refinación, distribución y comercialización y sus derivados orillará a la quiebra, no sólo a empresas del sector, sino también a muchas que dependen de manera directa o indirecta de esta industria.
Al mismo tiempo, tendrá un impacto severo en las finanzas de todos aquellos estados –incluido México– con actividad importante en el rubro de los hidrocarburos. Así pues, la perspectiva de una reactivación económica se torna sumamente incierta.
Por añadidura, dicha vorágine desordena las lógicas económicas sobre las que se ha movido la producción internacional, con lo que alcanza de manera paradójica a sectores cuyo destino solía verse ajeno e incluso contrario al del petróleo. Ejemplo de ello es el previsible retroceso de la industria de las energías renovables: pese a sus beneficios en términos ambientales, será casi imposible que actores estatales o privados inviertan en plantas solares, eólicas, mareomotrices o de otro tipo cuando los combustibles fósiles estarán disponibles a precios insignificantes.
Por otra parte, el destino de las energías renovables ilustra un fenómeno generalizado: el de unos capitales0 cuya volatilidad ha crecido sin control alguno. En efecto, la pandemia ha exacerbado y exhibido el carácter errático de una enorme masa de capitales (es decir, de grandes capitalistas) cada vez más temperamental e inestable, que hoy se encuentran en fuga, incapaces de encontrar un país o un sector productivo que les garantice la rentabilidad siempre creciente que les obsesiona.
En este punto, es necesario recalcar que México enfrenta una situación grave, pero dista de estar solo en ella, pues el mismo FMI da cuenta de que las economías en desarrollo sufrieron la fuga de alrededor de 100 mil millones de dólares en las semanas recientes.
Ante la prolongada crisis en ciernes, quedan abiertas interrogantes sobre el futuro de la comunidad internacional: ¿hacia dónde se moverá la economía mundial? ¿Qué procesos de reorganización social tendrán lugar? ¿Qué políticas públicas se articularán para responder a las necesidades de las mayorías, y cuáles se enderezarán frente a las exigencias de las élites? ¿Cómo se modificarán las preferencias político-electorales? ¿En qué dirección y en qué medida cambiará la correlación de fuerzas geopolíticas? Lo único cierto es que los reacomodos en todas las esferas de la vida humana tendrán consecuencias monumentales, pero que hoy resulta imposible aprehender en toda su dimensión.

Pandemia, ciencia y política: una defensa de la 4T
Víctor M. Toledo
En tiempos de crisis, el conocimiento racional es el arma más poderosa para salir de ella. Siempre lo ha sido, junto con la cooperación y una visión pertinente de la realidad. Eso fue lo que sucedió con la historia de la humanidad. Los seres humanos somos una de las ocho especies y subespecies que pertenecen al género Homo, cuyos más antiguos registros se remontan a unos ­2 millones de años. Salvo nosotros, el resto de nuestros parientes más cercanos terminaron extinguiéndose. Somos la única y última rama viva de un árbol evolutivo, que no logró mantener a sus especies. Es muy probable que hayan sido el conocimiento racional y la cooperación las que permitieron a nuestra especie continuar existiendo por 300 mil años. Hoy ese conocimiento racional se llama ciencia y esta dimensión de la cultura humana se usa para dos cosas: o para mantener el doble sistema de explotación que una minoría de minorías (el 1%) mantiene sobre el trabajo de la naturaleza (depredación) y sobre el trabajo humano (parasitismo), o bien para la liberación de lo anterior y la defensa de la vida humana y no humana. La primera es la ciencia al servicio del poder corporativo, que en último término busca la ganancia y la acumulación y concentración del capital; la segunda es la que persigue el beneficio social y el respeto por la vida, y es la que se practica en buena parte de las instituciones públicas y en las universidades. De acuerdo con la Unesco (2015), existen casi 8 millones de científicos en el mundo. Los datos indican además una tendencia reciente a la privatización de la ciencia en numerosos países (Sudcorea, China, Alemania, EU, Turquía, Polonia, etcétera). En EU esta tendencia ha sido especialmente marcada. Mientras la relación entre la ciencia académica financiada por el gobierno y la ciencia corporativa era de 60-40 por ciento en 1965, hacia 2006 ésta se había invertido a 35-65 por ciento y alcanzó 30-70 en 2015.
Un gobierno de izquierda es aquel que impulsa y usa para la toma de decisiones la segunda versión de la ciencia. No todo gobierno que se proclama de izquierda tiene conciencia de ello. Digamos que casi ninguno, todavía embelesados ideológicamente por buena parte de los estilos y objetivos de la primera. En México, con la 4T, llegó al poder una nueva generación de científicos ­críticos comprometidos social y ambientalmen­te, producto de cinco décadas de esclarecimiento político y moral sobre el papel de la ciencia, que hoy trabajan en varias de las oficinas y dependencias en temas tan variados como la salud, el ambiente, el agua, la conservación, la energía renovable, lo forestal, la agricultura ecológica, la cooperación, la gobernanza, la pedagogía.
El papel fundamental e imprescindible de la investigación científica en la dura batalla contra el Covid-19 está fuera de toda duda. Hoy la humanidad entera está en peligro, asediada desde dos frentes: uno microscópico (las zoonosis, enfermedades virales y bacterianas surgidas de especies animales silvestres y domesticados) y otro macroscópico (la crisis global del clima). Y lo único que puede salvarla es la toma de decisiones políticas (colectivas y democráticas) a partir de la ciencia.
El gran aporte del gobierno de la 4T, incluso de trascendencia internacional, ha sido la decisión del Presidente de encarar la emergencia a partir del trabajo de los científicos. Esta situación contrasta con la de países como EU, Brasil y aun España (ver artículo de Perla Wahnón, presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas, El País, 17/4), donde la ciencia se niega, se margina o se ignora. Si el país avanza con paso firme en la contención de la pandemia, e incluso logra predicciones a través de sofisticados modelos epidemiológicos de enorme utilidad, se debe al trabajo conjunto de epidemiólogos, virólogos, matemáticos, biomédicos, ingenieros en computación, geógrafos y científicos de datos liderados por el Conacyt y la Secretaría de Salud y con el concurso de institutos nacionales.
Los llamados a desacreditar el plan oficial contra el Covid-19, que realiza la derecha de manera miserable, conciben la pandemia como una oportunidad para derrocar al gobierno. Todos están destinados al fracaso y a ser rápidamente cuestionados por la opinión pública por una sencilla razón: el plan está sustentado científicamente. Ni el artículo de Denise Dresser ( Proceso, 12/4) dirigido a calumniar y a denostar el papel del subsecretario de Salud, ni las declaraciones de gobernadores (Baja California o Michoacán), ni el llamado irresponsable y difamatorio de Tv Azteca, ni la campaña desde la prensa extranjera ( Financial Times, El País) tendrán éxito. Hoy en México la derecha no sólo está moralmente liquidada, vive y sobrevive en un mundo precientífico. Al contrario, la ciencia crítica apuntala a la 4T, y la 4T apoya a la ciencia crítica.
A la memoria de Alejandro Nadal, gigante de la ciencia crítica.