Ricardo Patiño*
¿Qué hace un gobierno democrático cuando recibe la denuncia de que sus funcionarios, policías o militares han cometido algún delito? Lo primero, investigar, y si comprueba que lo denunciado es real, poner a los delincuentes a las órdenes de la justicia.
Pues, el gobierno demócrata de Estados Unidos hizo exactamente lo contrario: protegió a los criminales (que se auto-filmaron en sus fechorías) e inició una despiadada cacería contra la persona que subió a las redes la evidencia del crimen. En suma, el denunciante es perseguido y los delincuentes condecorados. Ese es el caso de Julian Assange y los militares de Estados Unidos.
El presidente demócrata de Estados Unidos y Premio Nobel de la Paz, Barack Obama comenzó a perseguir a ese hombre valiente desde el momento que apareció en Internet el video asesinato colateral en abril de 2010. Esta cinta muestra a militares estadunidenses masacrando a más de una docena de civiles desarmados en un barrio de Irak, como si se tratara de un juego de video.
Por suerte, hubo un gobierno que también decidió seguir sus principios, enfrentando posibles consecuencias internacionales. El gobierno de Ecuador, liderado por Rafael Correa, concedió asilo a Assange en su embajada en Londres en 2012, después de valorar que lo que se estaba jugando entre los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y Suecia era un montaje teatral que tenía como objetivo final llevarlo a Estados Unidos para juzgarlo, con el riesgo de que allá sufriera torturas, tratos degradantes e incluso una sentencia de cadena perpetua o la pena de muerte.
Estados Unidos necesitaba dos alfiles que lo acompañaran en esta cacería humana, y los consiguió: El primero, el gobierno de Suecia, que por conducto de su Fiscalía sostuvo ilegal y descaradamente una solicitud de extradición contra Assange, que permitió al segundo alfil, el gobierno de Reino Unido, mantener el pretexto para no entregar el salvoconducto que le permitiera viajar a Ecuador, país que le había concedido el asilo.
Por otro lado, grandes corporaciones mediáticas y miles de periodistas, que todos los días se ufanan de defender a muerte la libertad de expresión, no sólo han pasado por alto lo esencial de la disputa, que son los crímenes cometidos, sino que han sometido a Assange a un linchamiento mediático de dimensiones mundiales nunca antes visto. En lugar de defenderlo y reconocer su valentía por las denuncias realizadas, lo han tachado de egocéntrico, niño mimado, sucio, narcisista, presuntuoso, vagabundo y traidor.
Los poderosos medios que reprodujeron las acusaciones de funcionarios estadunidenses que declararon a Assange y Wikileaks combatiente enemigo y servicio de inteligencia hostil, no se inmutaron ante las declaraciones de Bob Beckel, asesor político demócrata y analista de la cadena Fox, quien dijo en vivo, no estoy a favor de la pena de muerte, así que habría solo una forma de hacerlo, por fuera de la ley pegarle un tiro al hijo de puta, refiriéndose a Julian Assange.
Hace un año, en un acto de cobardía y servilismo el actual presidente ecuatoriano, Lenín Moreno, autorizó a la policía británica entrar a la embajada ecuatoriana en Londres para arrestar a Assange y enviarlo a Suecia. Por arte de magia, Suecia decidió desestimar las denuncias y dejar la vía libre para que Reino Unido tramite la extradición a Estados Unidos.
Al entregar a su asilado Julian Assange, algo que ningún gobierno ha hecho en la historia moderna, Moreno violó la Constitución del Ecuador y los más importantes convenios internacionales de derechos humanos, particularmente el principio universal de no devolución.
Además, Julian Assange es ciudadano ecuatoriano reconocido durante el propio gobierno de Moreno, y la Constitución ecuatoriana establece que en ningún caso se concederá la extradición de una ecuatoriana o ecuatoriano (artículo 79). Aún si aceptáramos la peregrina hipótesis de que el gobierno puede suspender los efectos de la naturalización (lo que es abiertamente inconstitucional), el artículo 41 de la misma dice claramente que el Estado ecuatoriano garantizará el principio de no devolución, es decir, que no puede devolverse a un ciudadano asilado al estado que lo está requiriendo, en este caso a Gran Bretaña.
Por su parte, la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el derecho a buscar y disfrutar asilo (artículo 14) y dispone que “a nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad …” (artículo 15). Finalmente, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Refugiados establece terminantemente la prohibición de expulsión o de devolución (artículo 33).
Es claro que a Assange le cayeron en pandilla y cuatro gobiernos supuestamente democráticos trapearon el piso con las leyes nacionales e internacionales. Por suerte, aún existen ciudadanos del mundo que luchan incansablemente por la libertad, la verdad y la justicia, siguen investigando y encontrando evidencias para denunciar esta persecución y exigen que se haga justicia en el caso Assange.
* Ex embajador de Ecuador en México
La crisis y la pandemia
Raúl Romero*
Vivimos tiempos de angustia e incertidumbre. La barbarie del capitalismo neoliberal se nos revela en toda su esencia. Las consecuencias de poner al capital por encima de la vida hoy quedan a la vista.
Hoy también padecemos la sobreinformación, el ruido y la intensificación de la guerra mediática. Hipótesis que antes nos hubieran parecido absurdas, hoy se confirman. Los análisis de prospectiva se modifican constantemente. Un tímido consenso asoma en el nubarrón: nada volverá a ser igual.
Los gobiernos de todo el mundo se evidencian insuficientes ante la emergencia. Estados Unidos, centro del imperialismo, se convierte también en el centro de la tragedia y, como en el pasado, sus gobernantes, llenos de soberbia, apuestan por la guerra contra Venezuela. Cuba, siempre Cuba, ratifica su solidaridad con los pueblos del mundo y envía a cientos de médicos a donde sea necesario. El mensaje es potente: la salud nunca debió ser negocio.
La emergencia mundial ocasionada por el Covid-19 también ha propiciado, entre otras cosas, interesantes y arriesgados análisis. Algunos proponen el fin del neoliberalismo y el retorno al Estado Benefactor. Otros sugieren el fin del imperialismo encabezado por Estados Unidos y el ascenso de la hegemonía global de China. Demandas como la Renta Básica Universal, la nacionalización de hospitales o la suspensión de la deuda externa de las naciones ganan simpatías.
La pandemia actual está inserta en una crisis mayor que se transparenta y agudiza. Esa crisis, nombrada de diversas formas –civilizatoria, multidimensional, sistémica– está hecha de muchas crisis. Destaca la económica, que es mundial y que ya estaba en curso, como alertó Alejando Nadal antes de su partida. También están la crisis ecológica o ecocidio y sus efectos ya observables y medibles contra formas de vida humana y no humana y la crisis de la democracia liberal que ha posibilitado que lleguen al gobierno expresiones neofascistas que son la negación misma de la democracia. Igualmente, se observa la crisis de los Estados-nación, ya sea por su negativa a reconocer el derecho al autogobierno de los pueblos originarios o, bien, por ceder ante las corporaciones y otros poderes fácticos. Asimismo, destaca lo que don Pablo González Casanova llama la crisis de las soluciones a la crisis y que hace referencia al agotamiento de antiguas salidas, como la guerra, no porque no sea opción para la élite mundial, sino por la capacidad de destrucción que se tiene y que hace revivir la hipótesis de la destrucción mutua asegurada.
Para el caso de México, la pandemia llegó en un contexto marcado por la violencia del crimen organizado y sus interacciones con distintos sectores del Estado. Esta violencia criminal estatal tiene como consecuencia altas tasas de asesinatos y desaparición de personas. La violencia focalizada contra quienes ejercen el periodismo, que defienden el territorio u otros derechos humanos es igualmente constante. También está la emergencia por la violencia contra las mujeres y su expresión más terrible, los feminicidios. Esta violencia, cómo han indicado las especialistas –y la realidad lo confirma–, continúa y se multiplica durante esta cuarentena.
A nuestros infortunios hay que sumar la emergencia migratoria que en México se había intentado contener con políticas antinmigrantes que hoy tienen a miles de personas recluidas en verdaderas cárceles. Por último, y no menos importante, está la crisis económica que ya venía y que se profundizará por la caída de los precios del petróleo, por la baja de ingresos provenientes del turismo y las remesas, y también por el alto obligado en sectores como la industria automotriz.
Todo lo anterior sucede, a la par, en un contexto de disputa donde fuerzas conservadoras como el Consejo Coordinador Empresarial o los gobernadores de Nuevo León y Jalisco, aprovechan la emergencia para presionar y defender sus intereses de clase.
Como en el pasado, los populismos de derecha –con su fascismo, xenofobia y su selección natural disfrazada de “venganza de la naturaleza– y los populismos de izquierda –con su capitalismo nacionalista y Estado de Bienestar, con su hegemonía que pretende anular a las resistencias, y con su extractivismo en nombre del progreso y el desarrollo– se presentan como alternativas para darle nuevos aires a un capitalismo que ni la humanidad ni el planeta aguantan más.
Nuestra normalidad era ya una crisis a la que no podemos regresar. En el corto y mediano plazos la situación se dibuja peor. Pero, como decía Benjamin, no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria. Hoy es preciso volver a pensar en utopías realizables y concretas, sin capitalismo ni patriarcado, con respeto y reconocimiento de las diferencias, internacionalista, con fuerte conciencia y prácticas ecológicas, y con mucho énfasis en los cuidados, en lo común y en la comunidad. La senda está marcada. Hay que mirar el horizonte.
*Sociólogo-UNAM