martes, 21 de abril de 2020

Juntas de notables.

Pedro Salmerón Sanginés
Perdida la guerra contra Estados Unidos, bajo la guía de Lucas Alamán se empezó a construir formalmente el Partido Conservador. Los conservadores pedían un gobierno fuerte y, ante la revolución francesa de 1848, declaraban que la democracia estaba claramente desacreditada incluso en las naciones más civilizadas del mundo, en favor del otro principio que no se llama conservador, sino porque guarda y lleva consigo los elementos de vida y bienestar de las sociedades.
Ese partido gobernó (es un decir) de 1852 a 1855, cuando fue derribado por una formidable rebelión popular, de la que emanó un Congreso Constituyente. Dicho Congreso cometió, a juicio de las minorías ilustradas, el tremendo error de otorgar el voto a la gran masa del pueblo, al que se asociaba (cito documentos de la época) con la ignorancia, el fanatismo, la pobreza y el resentimiento social, la canalla, la leperada siempre dispuesta a subvertir el orden y la propiedad.
Los elementos responsables de la sociedad promovieron y financiaron una guerra contra los políticos demagogos (sigo citando documentos de la época) que se basaban en ese pueblo ignorante. Vencidos en las urnas y en los campos de batalla, los representantes de este partido conservador seleccionaron comisiones que fueran a Europa a traer un ejército invasor y un príncipe extranjero. Vino el invasor, y cuando después de más de un año de guerra el poderoso ejército extranjero ocupó la capital de la República, el general en jefe del ejército invasor designó una junta de 35 notables, para que decidieran la forma de gobierno. Esas excelentes personas, a su vez, designaron un triunvirato de regencia en lo que llegaba el príncipe extranjero al que otros notables o los mismos, habían ido a invitar.
Lo que caracterizaba a ese partido conservador y a esas juntas de notables, era la certeza de que por su formación, posición o herencia, eran mejores, más sabios, más nobles, más justos que la mayoría ignorante y que los políticos demagogos electos por esa mayoría ignorante.
De todo eso me acordé la semana pasada, cuando, inmediatamente después de los ataques o descalificaciones contra el gobierno mexicano desde un periódico británico que en 2018 predijo la victoria electoral del PRI, y desde algunos voceros de algunas cúpulas empresariales (sobre todo de empresas que rechazan los etiquetados claros que buscan combatir la epidemia de diabetes y obesidad que padece el país), trescientas y tantas personas sacaron un comunicado público en el que piden al gobierno que haga bien las cosas, porque, las está haciendo mal.
El tono es el de los notables del siglo antepasado, pero también es maravillosa la colección de firmas, porque representan justamente a quienes perdieron las elecciones de 2018 y a las instituciones que, para mí, son más representativas del desastre neoliberal. En efecto, entre losabajofirmantes aparecen tres ex secretarios de Salud, uno de Fox, uno de Calderón y otro de Peña, que han sido identificados con los turbios negocios del tráfico de medicinas. El secretario de Relaciones Exteriores de Fox, que tiró por la borda el nacionalismo de nuestra política exterior. La secretaria de Medio Ambiente de Ernesto Zedillo. Un ex ministro de la Suprema Corte (15 años en el cargo) que se caracterizó por su conservadurismo y su defensa de los intereses del régimen.
También dos ex presidentes del IFE, el uno cómplice del fraude, que el otro avaló en otra vergonzosa carta de notables. Un ex presidente del PRD que tras fracasar como síndico de la quiebra, renunció al puesto. El jefe de una de las dos revistas que fueron altamente beneficiadas por los regímenes neoliberales, creador de los éxitos de temporada mesías tropical y presidente imperial. El subjefe de la otra revista, cada vez más perdido en su ira. El editoralista en jefe del periódico de colores que se ha convertido en el principal medio de información de los golpistas. Otro dirigente del PRD de talante golpeador, que siembra permanentemente fake news. El jefe de la mafia no-académica que desde la Universidad de Guadalajara aportó cuanto pudo para entronizar al actual gobernador de Jalisco.
Luego nos quedan quien es diputada, quien fue jefa o recibió un sueldazo como consejera (o) del elefante blanco de acceso a la información o del IFE; uno de los más connotados falsificadores de la historia, defensor de todas las ignominias de los regímenes neoliberales (de Acteal a Ayotzinapa)… ¿Notaron cuántos son académicos del ITAM?; yo, sí pero me guardo el dato. ¿Notaron cuántos escriben regularmente en las dos revistas ya mencionadas, el periódico de colores ya dicho o algún medio similar? ¿Vieron cuántos son esposos de, hijos de, sobrinos de?
Creo que aun no asimilan la derrota de julio de 2018.

La vita nuova
Vilma Fuentes
El confinamiento, impuesto con la fuerza de una ley por numerosos gobiernos en el planeta, tiene por objeto proteger a las poblaciones contra el riesgo de ser contaminadas por la temible pandemia de Covid-19 esparcida por el nuevo coronavirus. La ley impone a todos la dura restricción de confinarse en su casa. Los organizadores de esta medida de prudencia habrían podido preparar el público y convencerlo de las ventajas y bondades del encierro aludiendo al célebre pensamiento del matemático filósofo Blaise Pascal, según el cual toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: la de no saber demorar en reposo, en una recámara. Así, la ley, en lugar de sufrirse como una penosa coerción impuesta a los desdichados ciudadanos, habría podido ser presentada, con la ayuda del filósofo, como un favor reservado a los dichosos elegidos al confinamiento. Estos privilegiados ignoran su buena suerte. Corren en todos sentidos con la esperanza de encontrar una ocasión que les proporcione una razón de vivir, y esta agitación es la fuente de los males de estos insensatos.
Quizá no es necesario recordar una evidencia que no presenta dudas a nadie: el confinamiento actual es, primero y ante todo, una penosa obligación para la mayoría de los trabajadores. Quedarse en casa, no poder salir para acudir a su lugar de empleo, fábrica, construcción, oficina, comercio u otro, puede representar una catástrofe para quienes no tienen la posibilidad de laborar por teletrabajo (Internet). La amenaza del desempleo se desarrolla, como es ya el caso, en numerosos países. Una crisis económica de dimensión mundial, la más grave desde 1929, se propaga y promete mañanas muy difíciles para los pueblos. El filósofo Blaise Pascal vivía en una época sacudida por otras desgracias. No siendo economista ni sociólogo, este pensador se preocupaba, sobre todo y en forma esencial, del verdadero sentido que es necesario buscar para llegar a dar a la vida humana una justificación. Observador atento y sin ilusión sobre el comportamiento de sus contemporáneos, se inclinó más bien hacia una visión bastante pesimista de nuestro destino. Para Pascal, el hombre estaba necesariamente loco. ¿Es una razón por la cual el hombre se cree obligado a huir de él mismo?
Quedarse en casa es, en primer lugar, quedarse consigo. Hallarse en presencia de sí mismo, ¿sería el peor destino que pudiese suceder a un ser humano? ¿Sería uno su propio infierno? Habrá quien pueda alegar, para tratar de defenderse de ser su propio verdugo, que el infierno son los otros, remedando la sugerente e insidiosa frase con la cual Jean-Paul Sartre termina con broche de oro su pieza de teatro Huis clos (A puerta cerrada).
Que el infierno sea uno mismo o sean los otros no alivia las penas y pesadumbres del confinado. Sin embargo, estas aflicciones no parecen ser tan graves. ¿De qué se quejan los sometidos al confinamiento? Desde luego, de no poder salir de sus casas ni reunirse con amigos; se lamentan de los cines, restaurantes, cafés o teatros cerrados. Se tiene derecho a unas salidas: pasear al perro, hacer ejercicio, ir al médico o asistir a un pariente enfermo. Y cada salida debe ser anotada y precisada en un documento a disposición de las autoridades que puedan solicitarlo. Cuando no es imprescindible la presencia física en el lugar de empleo, se practica el trabajo por Internet. ¡Ah!, quedan los niños, obligados a quedarse en casa con las escuelas cerradas. Y los deliciosos bambini necesitan mostrar su creatividad, su energía de sobra. Los juegos de mesa o Internet no bastan, hay que inventar. Imaginar. Encontrar cómo pasar el tiempo.
A pesar de todo, hay gente que se aburre. Esta es la palabra clave: aburrirse, un verbo sin acción, una situación que se sufre. Y se sufre pasivamente, sin dejo de melancolía. El aburrimiento es un mal extraño. Aunque quizá no sea siempre un mal. Más bien un manantial de agua silenciosa donde nos murmuran las gotas de luz de una vita nuova.
vilmafuentes22@gmail.com