Pedro Salmerón Sanginés
Hace poco recordé a Álvaro Matute: La historia nos provee de la conciencia de valores. Si eso no funciona, entonces la historia no sirve para nada. Añado, y no creo despegarme de la línea del maestro, que la historia sirve para comprender el presente y situarnos en él. La historia funciona como una suerte de sicología colectiva, ayudándonos a entender la raíz de los problemas para así resolverlos. Es también por ello que el neoliberalismo niega el tiempo: rechaza el futuro al augurar el fin de la historia, lo que significa que ya no puede haber nada mejor que el liberalismo económico y la democracia liberal (y ésta, sólo cuando les conviene, como demuestran hoy las derechas boliviana, chilena y mexicana); y rechaza el pasado al asegurar que no importan las condiciones, recursos o realidad de los países para tener éxito: lo fundamental es su entramado institucional (está de moda un libro titulado Por qué fracasan los países, plagado de errores, trampas y manipulaciones históricas); y que también a los individuos les basta con echarle ganas para triunfar.
Frente a esas tesis, el avance de la 4T en México es una reivindicación de esa historia que busca comprender el pasado, para resolver los problemas del presente. Comprender, lo que implica necesariamente, no juzgar. No descalificar a Morelos por su intolerancia religiosa o a Ricardo Flores Magón por su homofobia (palabra inexistente en su tiempo) o el racismo antichino que compartía con demasiados mexicanos de su tiempo. Entender esas ideas y comportamientos nos permite trascenderlos.
Como historiador, he tratado de comprender las revoluciones y la violencia política. Las revoluciones son fenómenos fascinantes. Quienes las sobreviven no hablan de otra cosa, quienes las miran en retrospectiva no pueden sustraerse a esa mezcla de entusiasmo y horror que las caracterizan. Las revoluciones trastocan drásticamente la vida de los pueblos y alteran la vida cotidiana de las personas. Suscitan pasiones y sacan a la superficie las tensiones, los rencores, los conflictos lentamente acumulados. Son explosiones en las que aparecen, como en una erupción volcánica, lo peor y lo mejor de los individuos y las colectividades.
En las revoluciones, el encono y el odio se potencian y aparecen sin rubor en la documentación de la época. Los revolucionarios y sus enemigos se definen mutuamente con los adjetivos más virulentos, más sangrientos posibles, lo que aparece en las fuentes de la época. La labor del historiador consiste en hacer la crítica y la confrontación de esas fuentes. Sin esa confrontación de fuentes y sin la búsqueda de la comprensión de unos y otros, no hay ciencia histórica.
Ahora bien: así como los medios de comunicación son claves en la preparación de golpes de Estado contra gobiernos de transición democrática, y las mentiras y la siembra del encono son el segundo paso, en ambos momentos es clave construir una versión de la historia dicotómica, de buenos y malos, donde se busca descalificar y criminalizar a los revolucionarios y los rebeldes, y canonizar a los representantes de la paz y el orden, aunque éstos sean ficticios. Intentemos lo contrario: buscar en unos y otros sus motivaciones, sus principios propulsores.
No es aún tiempo de analizar la muy violenta (verbalmente) campaña de censura y descalificación que provocó mi intento por iniciar la reflexión crítica, comprensiva, sobre la violencia política que México vivió entre 1965 y 1985 (o 1943 y 2019), pero sí de hacer una pregunta: ¿estudiar la violencia es hacer su apología?, ¿tratar de comprender las razones de quienes optaron por las armas o fueron empujados a ellas es hacer apología de la violencia? Cito los párrafos finales de mi libro 1915: México en guerra: “Hay que contar el verdadero sentido de la violencia, a la que apenas nos asomamos… las guerras, en las que generalmente matan y mueren hombres más o menos jóvenes en el campo de batalla, trae consigo la muerte, la violación, la tortura, el sufrimiento de muchos seres humanos más, que no tienen posibilidad de defenderse del furor de los varones armados...
“Pero que tampoco quede duda: esa violencia, esa sangría, la provocó un régimen que operaba en México los intereses del imperialismo, un régimen genocida que canceló todas las salidas no violentas a la miseria y la desesperación del pueblo. Y el recrudecimiento de la violencia lo provocó una conspiración de la derecha que ahogó en sangre a un régimen democrático, legítimo… Si algo quisiera con este libro, con estos libros, es recordar el significado de esa violencia, su origen y sus formas. Entenderlas, comprender sus resultados y contribuir a evitársela a la generación de nuestros hijos.
Que no se repita.
Recalco: que no se repita. Para eso estudiamos la violencia. Por eso apostamos a una transformación no violenta.
Twitter: @HistoriaPedro
Tiempos de revuelta
Gustavo Esteva
El mundo cae a pedazos a nuestro derredor.
Algunos huyen. Otros se enconchan, buscando que no los aplaste uno de los pedazos. Muchos cierran los ojos para no ver lo que pasa. Pero la mayoría está en revuelta, particularmente ellas.
A ras del suelo, en los abajos, tres palabras definen el estado de ánimo: asombro, indignación, esperanza.
Las revueltas son tan extendidas como confusas. No sale un mensaje claro de calles y plazas recuperadas, pero en todas se manifiesta el hartazgo generalizado con el estado de cosas. El protagonismo de las mujeres y la inspiración de los pueblos originarios renuevan una antigua tradición de América Latina, cuando mujeres indígenas encabezaron muchas rebeliones. Y están siempre los y las jóvenes, con los más diversos impulsos y reivindicaciones.
Hay quienes buscan cambios dentro del sistema dominante: sustituir funcionarios, modificar leyes, restructurar instituciones… Recuerdan los buenos tiempos y las ilusiones de ayer. La revuelta toma entonces expresión electoral o se expresa en demandas puntuales. Las movilizaciones en la República Checa o Hungría, por ejemplo, quieren la democracia liberal que soñaron al salir de la pesadilla autoritaria y les escamotearon los autócratas. En Argentina buscan recuperar lo que tenían antes del horror Macri; quizá se llevarán una sorpresa con lo que obtuvieron. Reajustes como esos resultan muy ambiguos.
Abajo prevalece otra actitud. ¡La calle para siempre!, dicen en Colombia. Se concentran en consejos y asambleas, aunque de paso ganen algunas alcaldías y se enfrenten a la policía. Han perdido toda confianza en el régimen político. No creen que sustituir funcionarios o partidos o reformar leyes o instituciones puedan remediar lo que ocurre. Probaron ya ese camino. Aliviar la extrema pobreza, mejorar servicios públicos y recuperar bienes sociales tiene sin duda sentido. Pero no al precio de mantener el mismo patrón destructivo del sistema dominante, el extractivismo y la depredación de la naturaleza y el rechazo de los empeños autónomos. El leninismo neoliberal no despierta ya entusiasmo. Tampoco el capitalismo leninista, a la manera China.
Muchas revueltas de abajo son retorno al presente. No se cuelgan de alguna tierra prometida o de cierta doctrina e ideología que haga del presente un porvenir siempre pospuesto. Construyen hoy, desde la autonomía, otra forma de vivir que se enfrente valientemente a la incertidumbre radical que define la coyuntura. Saben vivir con ella; muchas y muchos vivieron siempre así.
Arriba, en cambio, no se sabe qué hacer ante tal incertidumbre. Quienes acumularon y concentraron una riqueza sin precedente, lo mismo que quienes mantuvieron la operación normal de empresas capitalistasy gobiernos, topan de pronto con los límites del sistema. Enfrentan obstáculos e imposibilidades del despojo destructivo al que se dedican, lo mismo que la creciente resistencia de abajo. Intuyen la fragilidad del edificio. Quienes se acostumbraron a ejercer el poder político para sus propios fines observan con asombro y preocupación cómo lo pierden: ya no les hacen caso. Recurren a la fuerza para tratar de reconquistarlo y les perturba mucho que hacerlo resulte contraproducente: pierden así el que les quedaba.Unos y otros, los dueños del dinero y los administradores gubernamentales a su servicio, cada cual a su manera, apelan a todas las formas de la violencia para generar miedo. Intentan producir parálisis mediante la acumulación de sufrimiento y horror, como hicieron los nazis en los años treinta y nos acaba de recordar Javier Sicilia.
Ante las revueltas de abajo, las de arriba generan formas sociales y políticas que imitan una aberración de la naturaleza: los cuerpos de gallinas que caminan un trecho, sin sentido alguno, cuando se les corta de tajo la cabeza. Los golpes de Estado, particularmente en América Latina, no pueden ya seguir los guiones convencionales. Los de arriba están claramente desconcertados, en el doble sentido del término: no logran concertarse, articular entre todos la acción, y muestran confusión, turbación, desgobierno…
Las revueltas de arriba resultan especialmente peligrosas. Esas gallinas sin cabeza están arrasando todo a su paso. El pánico es mal consejero. La falta de coherencia y concertación de corporaciones y gobiernos amplía su uso arbitrario de la violencia, aunque ya no logre propósito alguno. Las pestes que emanan del cadáver de los estados-nación causan inmensos daños. Uno de sus efectos más graves es fragmentar, individualizar, debilitar el tejido social, provocar enfrentamientos entre hermanos y hermanas.
El miedo se extiende. No anda en burro. Hay razones para sentirlo ante tantas amenazas y violencias. Pero las revueltas de abajo están demostrando que es posible abrazarlo.
Cuando esas valientes mujeres que encabezan movilizaciones se abrazan ante la policía, pueden decir de nuevo: Nos quitaron tanto que hasta el miedo nos quitaron.
gustavoesteva@gmail.com