lunes, 25 de noviembre de 2019

No a la violencia contra las mujeres.

En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra hoy, se realizan en el mundo múltiples acciones y movilizaciones para hacer conciencia y combatir la atroz hostilidad que va de la discriminación laboral a la violación y del acoso al feminicidio, fenómeno que si bien se ha incrementado en tiempos recientes al menos se ha visibilizado.
En la jornada participan desde organizaciones internacionales hasta colectivos locales que luchan contra la violencia de género. Así, la titular de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, pidió a las autoridades nacionales firmar y/o ratificar los tratados internacionales que custodian los derechos de las mujeres, establezcan y cumplan leyes para acabar con la impunidad y garanticen el juicio a los culpables y la reparación para las víctimas de agresiones de género; que elaboren planes nacionales y locales de acción, que propicien la coordinación entre gobiernos, organizaciones de mujeres, medios informativos y empresas, y adopten medidas para que el acceso a la justicia sea accesible a mujeres y niñas, como servicios jurídicos especializados y gratuitos y el incremento del porcentaje de mujeres en los cuerpos policiales y judiciales.
Desde ayer, en diversas ciudades del mundo se realizaron actos y manifestaciones de protesta. En Bruselas, por ejemplo, unas 10 mil personas participaron en una marcha para recordar a las 22 víctimas de feminicidio en Bélgica en lo que va del año. En la Ciudad de México se colocó una gran cruz rosada en el Monumento a la Madre, se pintó un mural en las mamparas colocadas en el Ángel de la Independencia y se exhortó a la ciudadanía a colocar cruces de color rosa en lugares públicos y fachadas domiciliarias del país.
Con independencia de las realidades externas, es inocultable que en nuestro país el conjunto de expresiones de violencia contra las mujeres constituye un fenómeno devastador. Sin duda, su faceta más terrible y exasperante es el pavoroso número de feminicidios –se calcula que entre siete y 10 al día–, pero no debe soslayarse que en los hogares, en las calles, en los sitios de trabajo y en escuelas y universidades, niñas y mujeres enfrentan un sinnúmero de agresiones, acaso menos visibles, pero suficientes para que muchas de ellas encuentren intolerable la vida en sociedad y vean en las instituciones encargadas de procurar e impartir justicia meros mecanismos de simulación.
La violencia contra las mujeres y las niñas debe cesar, para lo cual no deben escatimarse medidas en todos los ámbitos: desde el legislativo, judicial y el ministerial hasta el educativo, pasando, desde luego, por la movilización social. Cabe esperar que en las manifestaciones previstas para hoy la contundencia de la protesta no llegue a la violencia y no dé pie, con ello, a que se desvirtúe o tergiverse su sentido y se distraiga la atención de lo central, lo principal y lo urgente, que es poner fin a las agresiones de todo nivel contra las mujeres, a la impunidad que las multiplica y a las posturas machistas y patriarcales que las propician.

Los tuertos y los ciegos
Hermann Bellinghausen
Los tuertos de Sebastián Piñera, como legítimamente podemos llamar a las 217 (algunas fuentes hablan de 300) personas con traumas oculares severos por acción directa y deliberada de la fuerza pública chilena, serán un karma quemante de los muchos que el aún presidente de Chile cargará hasta la tumba, y en la memoria histórica. Como los maestros socialistas desorejados por nuestros fanáticos cristeros, o las manos de esclavos del rey Leopoldo II en el Congo un siglo atrás, esa mutilación punitiva quintaesencia los acontecimientos en curso en la nación austral: impedir que la gente vea.
Tal subproducto represivo de elocuencia metafórica representa una parte mínima del daño humano que causan hoy las fuerzas públicas en varios países de América Latina, obedeciendo a gobiernos deslegitimados pero muy peligrosos en Haití, Ecuador, Bolivia, Chile, Nicaragua y ahora Colombia. Allí se han de-satado grandes protestas contra la política económica, la falsa democracia, la desigualdad, el golpismo, la violencia contra indios, mujeres, estudiantes y trabajadores. Visto globalmente, estamos ante una guerra contra las sociedades, una guerra permanente, si bien en latencia en la mayoría de las naciones. La modalidad robocópica para aplastar marchas pacíficas o no tanto, cortejos fúnebres, campamentos y bloqueos se repite en todo el mundo. En Barcelona la policía tiene su propia cuenta de ojos rotos. Israel lleva 300 ojos de palestinos, aunque en un lapso de años. Las mismas gaseadas, palizas y balaceadas se han visto en Moscú, Londres, Teherán, y se ven en París, Gaza, Hong Kong y dondequiera que asomen la cabeza el descontento popular, la defensa territorial y la resistencia comunitaria.
Los poderes planetarios lo saben. En la actual fase de brutalidad capitalista han decidido asumir el costo de la violencia institucional, el terrorismo de Estado, la represión, la cárcel, la tortura y el asesinato. Del mismo modo han determinado no arredrarse ante el cambio climático, del cual son causantes y beneficiarios principales. It’s a Brave New World, eso los movimientos de protesta lo tienen claro, aunque no necesariamente los analistas convencidos de que el bando de los buenos va ganando, que el despertar de los pueblos será definitivo, que nada detendrá al progresismo; incluso los hay que polarizan sin autocrítica el propio campo popular con posturas patriarcales y autoritarias en Bolivia, Venezuela y México. Los árbitros internacionales (ONU, OEA) son inútiles o cómplices.
Quizá debamos eludir por lo pronto la dicotomía victoria-derrota. La idea de victoria propició la caída del gobierno en Bolivia y empobrece el debate en blanco y negro, como ocurre en México entre chairos y fifís; no distinguen matices o colores. No que estén a salvo los Trump y Bolsonaro, aunque sigan lejos de haber perdido. Menos a salvo están los pueblos. No han ganado, ni siquiera donde parecen haberlo hecho últimamente. Recordemos el error de lectura que impidió prever el desenlace de la Primavera Árabe, la cual, excepto Túnez, reforzó el autoritarismo, y terminó como desastre nacional en Libia, Yemen y Siria.
El momento latinoamericano está escalando. Puesto que los gobiernos no pueden evitar que la gente vea lo que viene sucediendo, deciden nublarle los ojos con lágrimas dolorosas, o lastimarles la visión. Si los movimientos son festivos, resolvieron violarles y matarles la risa, como ilustra el crimen policiaco cometido en Chile contra Daniela Carrasco, La Mimo. No son excesos, son mensajes.
Este autoritarismo criminal cuenta con sus fuerzas armadas en todos los casos, y con aliados que creímos apagados: las peores expresiones de racismo, clasismo, fanatismo religioso, vandalismo de derecha, feminicidios, violencias contra mujeres, estudiantes, gays, migrantes, líderes comunitarios. La represión es directriz para los gobiernos, de Standing Rock a La Paz, de Palestina a Rojava. Una guerra verdadera. Nos quieren ciegos, y tienen tecnología y estrategias para lograrlo.
Reaccionan contra los amenazantes despertares de las mujeres y los indígenas en particular: la saña que les aplican en las Américas habla también de un despertar de las intolerancias y odios que parecían adormecidos, controlados por cierta civilidad legal. La reacción, la derecha y el fascismo tienen bases, recursos y ningún pudor.
Las lógicas de control y regulación de los cuerpos se profundizan durante los estados de emergencia, declara una investigadora lesbofeminista chilena. O como lo pone el cineasta Costa Gavras: El fascismo está volviendo de manera muy popular, nadie entiende por qué. Se ha vuelto más popular que los derechos humanos.
Si no prevalecen los acuerdos democráticos pacíficos, habrá dolor y castigo contra los heroísmos catárticos, incluso fotogénicos. La represión que nos quita un ojo bien puede privarnos del otro.
Es momento de no permitirnos ceguera alguna. El urgente cambio sistémico necesita ser a fondo, o la oscuridad seguirá creciendo.